
Diario Capitulo 1: Ecos de Gloria
Índice:
- Sesión 1 — Uno por uno
- Sesión 2 — Tres palabras en la oscuridad
- Sesión 3 — La segunda señal
- Sesión 4 — Seis lunas sin perdón
- Sesión 5 — Donde la dejaste
- Sesión 6 — La muesca
- Sesión 7 — Un recipiente con forma de hombre
- Sesión 8 — La ciudad que aprendió a callar
- Sesión 9 — La noche más larga
- Sesión 10 — La víspera del Juicio
- Sesión 11 — El amanecer sin luna
Prólogo
La Caída de la Maldición
Canción Acererak, El Arquitecto de la Muerte
Orianna recuerda el calor antes que la caída: la piel del Almero abrasándole las manos mientras el mundo, alrededor, se venía abajo. Recuerda el rugido del volcán, la risa del lich quebrándose en furia, los brazos de sus compañeros demasiado lejos para alcanzarla. Y recuerda que no dudó.
Así terminó la Maldición de la Muerte. No con un ejército: con seis desconocidos que el destino había juntado en la selva de Chult. Durante meses, Faerûn entero había vivido de rodillas —las resurrecciones fallaban, las almas eran arrastradas hacia un artefacto abominable llamado el Almero, y los reinos enloquecían buscando un culpable—, hasta que la emisaria Valindra reunió a un puñado de héroes y les señaló el origen del mal: la ciudad prohibida de Omu, y bajo ella, la Tumba de la Aniquilación. Cruzaron mares y junglas, vencieron a las guardianas de la última puerta, y en la cámara final encontraron al Atropal: un dios inconcluso, suspendido sobre el abismo, engordando con las almas robadas del mundo.
Lo destruyeron. Y cuando Acererak, el Arquitecto de la Muerte, descendió a vengarse, ya era tarde para su criatura: Orianna cayó con el Almero a las llamas del volcán, y la maldición murió con ella. El lich, en su despecho, acabó con los héroes que quedaban en pie. No le bastó. Artus Cimber arrancó a la druida del fuego, y rituales pagados a precio de reino trajeron de vuelta a los demás.
Waterdeep los recibió como lo que eran: los salvadores del mundo.
Acererak
El Eco de la Victoria
La gloria duró poco. Primero fueron las miradas: los vecinos que cruzaban de acera, los saludos que dejaron de volver. Después, las preguntas: si ellos vencieron a la muerte, ¿por qué la ciudad seguía enferma? ¿Por qué temblaba la tierra, por qué se torcía la magia, por qué los templos no daban abasto? Alguien tenía que cargar con la culpa, y nadie carga mejor una culpa que quien ayer llevó una corona de laurel.
Los héroes se separaron sin decírselo. Cada cual se llevó su parte del peso adonde nadie pudiera verla.
Sombras del Pasado
Y, sin embargo, había en el aire algo más que ingratitud. Los que bajaron a la Tumba lo sabían mejor que nadie: a un ser como Acererak se le puede quemar el cuerpo, pero nadie ha visto nunca su tumba. En los lugares sagrados empezó a notarse un frío que no era del invierno; los horrores antiguos, que dormían, cambiaron de postura. Nadie pronunciaba su nombre.
Todos lo pensaban.
La Rebelión del Pueblo
Canción Abismo y rabia
El hambre hizo el resto. Porque la Maldición había dejado una herida que ningún ritual cerraba: mientras duró, y también después, solo los ricos pudieron pagar el regreso de sus muertos. El pueblo enterró a los suyos a secas. Y cuando alguien empezó a susurrar que la Maldición no había sido un castigo sino un aviso —un aviso contra los poderosos y contra sus dioses de pago—, las plazas se llenaron de una rabia que llevaba años esperando bandera.

La Nueva Fe y la Mano de Hierro
Canción Manos de Hierro
La bandera llegó con un dios sin nombre. Una fe nueva corría de boca en boca: había un Dios Verdadero por encima de todos los altares, y la Maldición de la Muerte había sido la prueba de su poder. Sus predicadores no pedían limosna: pedían obediencia. Su brazo armado se hacía llamar la Mano de Hierro; escondía el rostro de sus agentes y crecía más deprisa que el miedo. Donde la fe nueva entraba, los templos viejos cerraban, y una inquisición sin dios conocido empezó a decidir qué magia era santa y cuál merecía la hoguera.

El Retorno de los Héroes
Esta historia empieza la noche en que algo, en seis lugares distintos, fue a buscarlos.
Al guerrero que perdió su espada y finge, entre mármoles, que no perdió nada más. A la druida que juró no volver a tratar con los hombres y guarda un bosque que se está muriendo. Al brujo que dejó de rezar porque cree que su dios dejó de escucharlo primero. Al paladín que defiende un templo del que su propia ciudad reniega. Al hechicero de sangre de dragón que espera juicio en una celda por confiar en el amigo equivocado. Y al bardo que canta en tabernas donde nadie escucha, pagando a tragos una historia que ya no soporta contar.
El mundo que salvaron no los quiere. La oscuridad que vencieron no ha terminado con ellos.
Esta es la crónica de lo que hicieron entonces: de sus ecos de gloria.