Sesión 10
El espejo de plata
Amaneció sobre Waterdeep, y las campanas no sonaron.
Fue el silencio lo primero que se notó —un silencio que la ciudad no había conocido ni en sus peores noches—, porque ya no quedaba nadie a quien llamar a rebato. La lluvia había escampado de madrugada, y un sol enfermo se abría paso entre las nubes para alumbrar cuanto la oscuridad había tenido la piedad de esconder: el templo de Tyr, que ardía todavía a lo lejos en una columna de humo torcida sobre los tejados, y, más allá, Sea Ward, el barrio de los ricos, vuelto un osario de ceniza. La Ciudad de los Esplendores despertaba como una herida abierta.
Kuryuu lo miraba todo desde el umbral de su mansión —la única del distrito que seguía en pie, intacta entre la ruina como una afrenta—, y no había pegado ojo en toda la noche. Entonces, entre la bruma, reconoció los pasos antes que el rostro. Aquella caminata solemne, medida: la habría reconocido en sueños.
Su padre.
Venía solo, erguido como si la noche no hubiese ocurrido, con esa dignidad de hierro que Kuryuu había aprendido a temer mucho antes que a admirar. Traía algo envuelto en seda, y al descubrirlo lo alzó como quien devuelve una reliquia a su altar: un gran escudo de plata pulida, liso como un espejo, con el dragón del clan grabado en el centro. A Kuryuu se le paró el pulso al reconocerlo, aunque no dejó que se le notara.
—Tu escudo, hijo —dijo el anciano, con una emoción rara, contenida—. Lo encontró una anciana entre los muertos del campo de batalla, después de tantos años. ¿No te parece un poema?
Y un poema era, sí, aunque más cruel de lo que su padre alcanzaba a sospechar, porque aquel escudo guardaba un secreto que solo Kuryuu conocía. Lo recibió con las manos algo temblorosas. En el metal bruñido se vio a sí mismo, y por un instante el reflejo le pareció el de un extraño. ¿De quién era aquel escudo? ¿De quién, en verdad, aquel nombre?
—Estoy orgulloso de ti, Hakuryuu —añadió el padre—. Como lo he estado siempre de todo cuanto has tocado.
El nombre cayó entre ambos como una piedra en un pozo.
—Yo no soy Hakuryuu —dijo Kuryuu, muy quedo.
Pero el anciano no quiso oírlo, o no pudo. Siguió hablando de gloria y de linaje, de la espada perdida y de los años, ajeno a la grieta que se abría bajo cada una de sus palabras. Y cuando Kuryuu, por cortesía o por puro agotamiento, hizo ademán de despedirlo, su padre negó con la cabeza.
—No me despidas tan pronto —dijo—. He venido a quedarme. Esta ciudad merece ser protegida por el clan.
Kuryuu asintió sin palabras. Sostenía el escudo con ambas manos, y en su superficie seguía temblando aquel reflejo que no terminaba de reconocer como suyo. Afuera, la ciudad humeaba; adentro, un hijo sostenía un nombre que no le pertenecía como quien empuña un arma demasiado pesada para su brazo.
Los que volvieron del abismo
No tuvo Kuryuu tiempo de rumiar el peso de aquel escudo, porque la misma marea que lo había arrastrado todo aquella noche fue devolviéndole, uno a uno, a sus compañeros.
Llegaron primero Ander y Orianna, sin resuello, con la urgencia pintada en la cara: había supervivientes entre las ruinas, gente que no aguantaría mucho más. Y en el alboroto de la llegada, algo salió disparado entre sus piernas: Loti, la perra de Ander, que echó a correr ladrando y gruñendo, espantada, y se perdió calle abajo antes de que nadie pudiera sujetarla. Ander hizo amago de ir tras ella, pero había asuntos más urgentes que una perra asustada. Ya la buscarían.
Después subió Vengy, y subió cambiado. Traía la espada desnuda, arrastrándola, y a cada golpe del acero contra los peldaños saltaban chispas. Los ojos no eran ya los suyos: eran ojos de dragón, clavados en un punto que no estaba en aquella calle. El aire crepitaba a su alrededor, y nadie —ni él mismo— habría sabido decir si era un hombre o una tormenta a punto de romper.
Y por fin, rezagados, los que volvían del Abismo. Malizall sostenía a Alistar casi en volandas, porque al paladín las fuerzas lo habían abandonado de golpe — y no por las heridas: por lo que habían visto allá arriba. Una grieta abierta en el cielo, una puerta al mismísimo Abismo, y el esfuerzo sobrehumano de no haberse arrojado a ella.
—Arriba, compañero —murmuraba Malizall, que tampoco se tenía—. Aún tenemos que seguir.
Ryoga los recibió a todos con una cortesía de hielo, midiéndolos con la mirada. Orianna se cubrió los cuernos por instinto al notar el repaso. Alistar, en cambio, le tendió la mano sin doblegarse.
—Alistar Belmont, paladín de Tyr. Es un honor.
El anciano apenas inclinó la cabeza. Miraba a aquella tropa desigual como quien no acaba de entender qué clase de gente rodea ahora al heredero de su clan.
Hubo, entonces, un paréntesis de piedad en medio de tanta ruina. Alistar se acercó a Varuun, malherido más por dentro que por fuera tras la noche en vela, y le impuso las manos.
—Siento que hayas tenido que pasar por esto solo —le dijo con suavidad—. Tendríamos que haber estado aquí contigo.
Malizall, por su parte, fue hacia los civiles que el clan había recogido. Cerró los ojos, alzó las manos, y de su pecho brotó un haz de luz como un sol pequeño; las heridas más graves se cerraron a su paso, y el colgante de Lathander que llevaba al cuello brilló un poco más fuerte, como si la fe se le hiciera carne.

Ryoga observaba con una impaciencia mal disimulada. La compasión le parecía un lujo de tiempos mejores.
—Mi plan es sencillo —dijo al fin—. Encontrar a uno de esos apóstoles y hacerle hablar.
Pero antes había otra cosa. Se volvió hacia su hijo, y la voz se le endureció.
—Tú y yo tenemos que hablar.
Kuryuu asintió. Afuera quedaba Vengy, crepitando como un nubarrón; adentro lo esperaban su padre y una verdad que llevaba años pesándole en la lengua. Lo guió hacia el interior de la mansión.
La voz del hermano
La estancia que eligió para hablar daba a un jardín.
No era casual. Kuryuu lo había mandado plantar años atrás a semejanza de otro: el de su infancia, aquel donde dos niños idénticos jugaban a batirse en duelo hasta caer rendidos de risa. Allí, frente a aquel recuerdo verde, decidió dejar de mentir.
—Escúchame, padre. Sé que no vas a querer creerme. —Tomó aire—. El que tienes delante no es tu hijo Hakuryuu.
El anciano frunció el ceño, sin comprender.
—Yo soy Kuryuu. —La voz le temblaba y se le afirmaba a un tiempo—. El que reía demasiado fuerte, el que lloraba con las canciones, el que nunca fue un guerrero a tus ojos. Aquel día, en la batalla, no caí yo. Cayó Hakuryuu. Se interpuso entre la espada del enemigo y mi cuerpo. Murió por salvarme la vida.
Dejó que el silencio hiciera su trabajo antes de seguir.
—Y yo, por miedo a perderte también a ti, tomé su nombre. He vivido todos estos años escondido detrás de él. —Bajó la cabeza—. Se acabó. Hakuryuu fue un héroe; no merece que yo siga llevando su nombre como una máscara.
Ryoga lo miró largamente. Por su rostro cruzó primero el desconcierto, después algo parecido al dolor —un dolor viejo, de años—, y al cabo la rabia, fría y cortante como su propio código.
—De modo que mi hijo murió aquel día —dijo—. Y tú me lo has callado todo este tiempo.
—Padre…
—Un guerrero lo eres; eso no te lo niega nadie. —No alzó la voz ni una vez, y era peor así—. Pero un líder no es eso. No puedes engañar a tu padre, engañar a tu clan, hacerte pasar por tus muertos y pretender seguir siendo de los nuestros. Renunciarás al apellido. Y, si te queda algún respeto por esta familia, no contarás esto a nadie.
Kuryuu encajó cada palabra sin defenderse.
—El apellido lo acepto —respondió en voz baja—. Pero a mis compañeros se lo debo. Ellos merecen saber quién soy.
El padre no contestó. Se dio media vuelta y salió sin despedirse, y la puerta se cerró tras él con un golpe seco que retumbó por toda la mansión. Por la ventana, Kuryuu lo vio cruzar el patio entre los heridos del clan, recto, sin mirar a ninguno.
Y se quedó solo, frente al jardín.
Entonces, en el silencio, le llegó otra vez aquella voz —la del hermano que se había ido—, no a los oídos, sino a ese lugar hondo donde uno guarda a sus muertos; como una carta escrita en escarcha desde el otro lado del adiós.
Yo elegí la caída para alzarte a la vida, decía. Sigue, Kuryuu: vive pleno, vive libre.
Miró las flores, las mismas de cuando eran niños y se perseguían entre ellas, idénticos, dos gotas de un mismo sol. Y, por primera vez en muchísimo tiempo, sonrió. Y, sonriendo, dejó que las lágrimas le rodaran al fin: las suyas, las de Kuryuu, llorando por primera vez con su verdadero nombre.
Domar al relámpago
Afuera, Vengy seguía siendo una tormenta con forma de hombre.
No había bajado de su furia. Daba la espalda a todos, la mirada perdida en las escaleras que acababa de subir, y de su pecho subía un retumbar sordo, como el de un cielo que aún no ha descargado. Al respirar se le escapaban chispas entre los dientes; el aire olía a metal quemado, y quien se acercara demasiado se arriesgaba a que aquel aliento de dragón lo alcanzase.
—Ander —murmuró Orianna—, ¿puedes tocar algo? Para calmarlo.
El bardo no se hizo de rogar. Había jurado, sobre el cuerpo de una niña, no volver a perder nunca la voz; y allí, ante la espalda erizada de su compañero, la templó en una melodía suave, tanteando el aire crispado.
No bastó. Vengy no se inmutaba, encerrado en su propio rugido.
Entonces Orianna respiró hondo y dejó que la magia le subiera a la garganta. Cuando habló, su voz no fue la suya: fue la de doscientas gargantas a la vez, un trueno que sacudió la calle entera.
—¡Vengy!
El paladín giró la cabeza. Los ojos le seguían ardiendo, dos brasas de dragón, pero al fin había alguien al otro lado de ellos. Despacio, envainó la espada.
—No es el momento —le dijo Orianna, ya con su voz de siempre—. Conserva esa rabia, pero hazla tuya; úsala por los nuestros, por los débiles. Yo también me equivoco por la que llevo dentro, créeme. Pero no podemos dejar que Acererak nos maneje a través de ella, como maneja a todos los demás.
Vengy tardó en contestar. Cuando lo hizo, la voz le salió grave, honda, casi dragoniana.
—No te preocupes —dijo—. Ahora sé perfectamente lo que tengo que hacer.
Guardó el acero del todo, pero los ojos de dragón no se le fueron. Se quedaron ahí, ardiendo bajo el párpado, como una promesa que aguardaba su hora.
El nombre desnudo
Mientras Kuryuu hablaba con su padre a puerta cerrada, los demás ataban cabos al otro lado. Ander y Orianna habían alcanzado a oír algún retazo —que el anciano era su padre, que él le había dicho algo imposible, que no era él, que hablaba de un hermano—, y andaban desconcertados. Alguno recordó, vagamente, que en otro tiempo Kuryuu había mencionado a un hermano y a un padre severo; nada más.
Cuando la puerta se abrió, salió un hombre con otra cara. Malizall, que lo vio primero, lo encontró sereno: esa serenidad rara de quien acaba de quitarse de encima un peso que llevaba años cargando.
Kuryuu los reunió a todos y les pidió que lo escucharan hasta el final.
—A quien habéis llamado Hakuryuu todo este tiempo… en realidad no soy yo. Mi nombre es Kuryuu. Hakuryuu era mi hermano: un guerrero formidable, el orgullo de mi padre. Murió salvándome la vida, y yo tomé su nombre. Os he mentido sin querer todos estos años, y no quiero seguir haciéndolo. Merecéis saber quién soy.
Se hizo un silencio. Y, uno a uno, fueron respondiendo.
—Sinceramente, me da igual cómo te llames —dijo Orianna, con una firmeza calmada—. He peleado a tu lado, he dormido a tu lado, hemos pasado penas juntos. Yo sé quién eres.
—En tu nombre no está lo que importa —añadió Malizall—, sino quién eres y qué eliges hacer. Como nos enseña Lathander, el cambio también es parte de renovarse. No me siento traicionado: me siento tu compañero.
—¿Y qué se supone que debemos esperar de ti ahora? —preguntó Ander, no con recelo, sino con una necesidad sincera de entender.
Alistar le respondió, posándole una mano en el hombro.
—El mismo de siempre, Ander. ¿Qué más da que sea Hakuryuu o Kuryuu? Es la misma persona con la que nos hemos enfrentado al fin del mundo.
Vengy no dijo nada. Simplemente le tendió la mano.
A Kuryuu se le destensaron, por fin, los hombros. Por primera vez, el peso de la espada perdida se le antojó pequeño.
—Recupere a Myrrym o no —dijo—, lo único que quiero es acabar con Acererak.
—El que importa eres tú —respondió Malizall—. No la espada.
A un lado, Varuun aguantaba como podía una lágrima que le temblaba en el filo de los ojos. Pasara lo que pasara, él seguiría llamándolo «señor».
El mensajero sin nombre
Apenas habían recompuesto el ánimo cuando un jinete irrumpió al galope ante la mansión. El caballo, reventado, se detuvo en seco, y el hombre cayó casi rodando al suelo, embozado hasta los ojos. No quiso dar su nombre; solo traía un mensaje, y era de los que no se olvidan.
—Esta noche bajará la Voz —dijo, mientras le ofrecían agua—. Hablará al pueblo, y solo los que lleven la marca del triángulo se salvarán. A los demás, el Dios de la Muerte los aniquilará.
Fue desgranando lo que sabía. El ritual de la Nueva Fe no buscaba almas al azar: ataba la de cada creyente al Dios de la Muerte, una a una, con la marca por sello. Estaban reuniendo a los muertos de la matanza en la Plaza del Juicio, a carretadas, para algo grande. El templo de Tyr había ardido hasta los cimientos. Y a los clérigos y paladines que no habían huido, la Mano de Hierro los había apresado.
—Hay algo más —añadió, y bajó la voz—. Dicen que el sumo sacerdote Eldrin ha muerto. Que se quedó en el templo, hasta el final.
La noticia cayó sobre Alistar como una losa. Eldrin los había mandado dispersarse, les había pedido que se prepararan para esta noche… y él se había quedado, solo, a esperar el fuego. Alistar no dijo nada. Cerró la mano en torno al símbolo de Tyr que llevaba al pecho, la abrió, volvió a cerrarla. Recordó la última vez que lo había visto: aquel trato de tú a tú que lo desconcertó, aquel «no los juzgues; están confundidos» que ahora sonaba a testamento. Cuando volvió a hablar, mucho después, fue solo para preguntar por el templo de Helm.
Cuando el mensajero se hubo marchado, trazaron lo que apenas podía llamarse un plan. Irían al templo de Helm, el único que aún resistía. Buscarían a los suyos, presos quién sabía dónde, y tratarían de poner de su lado a la Guardia de la Ciudad antes de que cayera la noche.
Para empezar, Malizall sacó una pequeña moneda de cobre —una de tantas que los paladines de Tyr se intercambian como prenda de hermandad— y la usó para tender un hilo de magia hacia su dueño. La visión llegó turbia, pero clara en lo esencial: Marcus no estaba preso. Estaba vivo, libre, afilando su espada en alguna parte, listo para pelear. Fue el primer alivio del día.
El jinete, antes de irse, había dejado caer un último cabo: en el barrio del puerto vivía una vidente, una vieja con la marca, que decía haber visto la verdad. Quizá mereciera una visita.
Zarpas en el barro
Mientras Malizall trabajaba su magia, Orianna no aguantó más la inquietud. Loti, la perra que Ander había rescatado de las calles, se había escapado aquella misma mañana, espantada, y no había vuelto; y la druida —que de bosques y rastros sabía más que nadie— se ofreció a buscarla. Ander fue con ella.
El rastro empezó mal. Hallaron primero un jirón de tela mordisqueado, con un olor a perfume que no era de la perra; luego, sangre. Y después las huellas: enormes, de zarpa, hundidas en el barro, demasiado grandes para cualquier animal del barrio.
—Esto no lo ha hecho un perro —murmuró Orianna, agachada.
Unos pasos más allá encontraron lo que confirmaba el miedo: un antebrazo humano, arrancado de cuajo, desgarrado por unas fauces de una fuerza imposible. Orianna lo examinó en silencio; la dentellada no le cuadraba con nada que conociese. Y había algo más, prendido de las zarzas: un mechón de pelo áspero, mucho más recio que el de cualquier perro y, sin embargo, exactamente del mismo color que el de Loti. La druida lo guardó sin decir palabra, con un pensamiento que prefirió no formular en voz alta.
El rastro se internaba en el arbolado espeso que lindaba con la mansión — la del clan era de las últimas casas de la ciudad por el norte, y tras su tapia el monte campaba ya a sus anchas. Lo siguieron entre la maleza, apartando ramas, conteniendo el aliento, temiéndose lo peor —que a Loti se la hubiese tragado aquella bestia—, hasta que de entre los arbustos algo salió disparado hacia ellos.
Era Loti. Viva, entera salvo por unos rasguños, dando brincos y repartiendo lametones como si nada hubiera ocurrido.
Ander la abrazó. Por un instante, en medio de tanta muerte, hubo sitio para una alegría pequeña.
—¡La he encontrado! —rió Orianna—. ¡Ander, la he encontrado!
Y mientras los veía abrazarse, a la druida se le fue la mano, sola, al brazalete de escamas verdes que llevaba bajo la manga. Alguien tendría que encontrar también a Elyz.
Lo que ninguno de los dos dijo en voz alta fue la pregunta que se les quedó flotando: cómo había sobrevivido aquella perra a algo capaz de descuartizar a un hombre. Pero esa duda, como tantas otras, tendría que esperar.
El humo de las piras
Con Loti a salvo, Kuryuu se llevó a Ander a un aparte. Quería decírselo con tiento, porque sabía cuánto quería el bardo a aquella perra, pero alguien tenía que saberlo: lo que habían hallado en el bosque —el brazo arrancado, las fauces— no encajaba con ningún animal corriente. Quizá Loti no fuese solo un perro. Ander lo escuchó, asintió, y prefirió, por una vez, no preguntar.
A la perra, en cualquier caso, no iban a faltarle cuidados. La lavaron de la sangre del bosque y la dejaron al cargo del clan, y fue Varuun quien la recibió en brazos con una ternura impropia de su corpachón: a aquel muchacho la callejera le había robado el corazón desde el primer día. Quedaba en buenas manos.
Faltaba saber de Sildar. Malizall, que aún tenía magia de sobra, tomó una prenda del viejo paladín, cerró los ojos y tendió hacia él un hilo de videncia. La imagen que devolvió el hechizo no era la que esperaban: el viejo mentor de Alistar, solo, embozado en capas raídas, encorvado sobre una mesa en una taberna de los barrios bajos del sur. Más parecía un fugitivo que un caballero de Tyr. Pero estaba vivo, y eso bastaba para ir a buscarlo.
Quedaba, antes de partir, lo más amargo. Eran demasiados muertos, y el tiempo apremiaba. Kuryuu lo planteó, apoyándose en que Orianna sabía de tierra y de fuego más que nadie; y ella dio las instrucciones a la gente del clan: abrir una fosa, amontonar los cuerpos, rociarlos y prenderlos. No era un entierro digno —no había tiempo para ritos, y a más de uno se le revolvió el estómago al oírlo—, pero cada cadáver que ardiese era un cuerpo menos que el enemigo pudiera levantar.
—Cuantos más quememos —zanjó Kuryuu, sombrío—, un soldado menos para Acererak.
Y así, mientras el grupo se vestía con ropas de criado para no llamar la atención, una columna de humo nuevo empezó a alzarse sobre el distrito del Dragón Plateado: la de los suyos, ardiendo para no volver convertidos en algo peor que muertos.
Lo que estaba escrito
Antes de salir, hubo un instante de luz.
Ander llevaba toda la mañana con una melodía rondándole. La afinó dos veces, carraspeó, se subió a un cajón para quedar a la altura del dragón — y se la cantó a Kuryuu. No era la canción del hermano muerto, sino otra distinta: la de quien por fin se atreve a ser él mismo. Hablaba de un dragón de plata que ya no buscaba en ninguna espada lo que le faltaba, porque él mismo era la plata.
Kuryuu la escuchó en silencio, y cuando acabó respiraba a otro ritmo.
Pero la mañana no estaba para luces largas. Cuando se disponían a partir, Dareth —el fiel seguidor del clan— se acercó a su señor con un gesto de disculpa: con tanto desastre, se le había olvidado. La noche anterior, una anciana, una bruja quizá, le había puesto una carta en las manos. Dásela a tu señor, le había dicho. A Acererak, al que llama señor.
Kuryuu desdobló el papel y leyó.
Ya cayó la Casa del Martillo Justo, cuando la razón apagó la llama de la pasión. Los templarios de Tyr, con balanza vacía, cedieron al peso de un dios debilitado.
Ya se cerraron los altares y las bibliotecas, pues el hierro fue más fuerte que la fe. Las campanas de fortuna callaron en la aurora, y la suerte se tornó ceniza en la lengua del creyente.
Ya el pueblo gritó contra sus héroes, culpándolos de atraer ruina en cada paso, y la ciudad se quebró en miedo y sospecha.
Y aún más: el dragón de plata rompió su máscara, su nombre falso cayó como escarcha al suelo. El hermano callado habló al fin su verdad, y en su garganta ardió la tormenta de hielo.
Mas no creáis que fue libre: lo escrito no puede romperse. Pues hasta su rugido fue forjado en el diseño del Arquitecto, y en cada astilla de su alma danza mi voluntad.
Un silencio espeso siguió a la lectura. Porque allí, en aquellas líneas, estaba todo lo que les había pasado —incluida la confesión de Kuryuu, ocurrida apenas unas horas antes, a puerta cerrada— escrito de antemano por una mano que se reía de ellos.
—Es un cuentacuentos viejo —gruñó Alistar, despectivo—. Lleva tanto tiempo vivo que se sabe de memoria las historias de los hombres. No ve el futuro: solo quiere meternos el miedo en el cuerpo.
Pero Kuryuu no las tenía todas consigo. Se llevó la mano, sin pensarlo, al lugar donde la marca del triángulo le ardía bajo la piel.
—¿Y si, al estar marcados, puede leer lo que sentimos? —dijo en voz baja—. ¿Y si nada de lo que hemos vivido es más que un tablero suyo?
Nadie supo responderle. Solo ataron un cabo que no les gustó: aquella bruja de la carta bien podía ser la misma anciana que había «encontrado» el escudo en el campo de batalla y empujado al padre de Kuryuu hasta Waterdeep. Acaso la misma, incluso, que faltaba de cierto aquelarre que ellos creían haber cerrado tiempo atrás. Demasiadas casualidades para llamarlas así. Doblaron la carta sin más comentarios, pero a ninguno se le fue del todo aquel frío.
Leña para el dios
Salieron de la mansión vestidos de criados, procurando parecer lo que ya no eran: gente corriente. Orianna se adelantó convertida en pájaro —no en su águila de siempre, demasiado reconocible, sino en un ave cualquiera— para guiarlos desde el aire por las calles menos vigiladas. La acompañaba Ceniz, el cuervo de Malizall, que, para fastidio del warlock, siempre la había preferido a ella antes que a su propio amo.
Aun así, no pudieron evitarlo todo. En una avenida vieron pasar varios carros tirados por caballos, cargados hasta los topes. Tardaron un instante en comprender qué transportaban: muertos —medio centenar apilado en cada carro, como leña—, y carro tras carro camino de la Plaza del Juicio, bajo escolta de la Mano de Hierro. Solo de echar la cuenta se revolvía el estómago.
A Vengy se le tensó la mandíbula y se le encendió otra vez la mirada. La mano voló sola hacia la empuñadura.
—Vengy. —La voz de Orianna lo frenó en seco—. ¿Recuerdas cuál es nuestro objetivo?
El paladín apretó los dientes, y soltó el pomo. No era el momento. Todavía no.
Para no cruzar por el corazón de la ciudad, donde se concentraba lo peor, optaron por el agua. Tomaron una pequeña barca de la mansión y remaron costa abajo, bordeando Waterdeep desde el mar —Kuryuu al remo, que era el más fuerte de todos—, rumbo al puerto de los pescadores. Desde el agua, la ciudad parecía casi en calma; solo el humo, alzándose en columnas por todas partes, recordaba que aquella no era una mañana cualquiera, sino la mañana después del fin de un mundo.
Donde la Mano no entra
El puerto de los pescadores era otro mundo. Allí, en el sur, entre barcas desvencijadas y un mercado improvisado de pescado y trueque, el toque de queda era papel mojado: la gente, demasiado pobre para temer a los dioses o a la Mano, hacía su vida como si nada.
Su barca, demasiado buena para aquel lugar, desentonaba como una joya cosida a un harapo. No tardó en acercárseles un lugareño de sonrisa fácil y mano rápida, de esos que cobran hasta por respirar en su calle. Kuryuu, que no estaba para regateos, le ofreció la barca entera a cambio de información y de que los dejara en paz. El hombre no se lo hizo repetir.
Más adentro, unos matones les cortaron el paso para cobrarles el «peaje» de costumbre. Hubo un amago de tensión, alguna mano cerca del acero, pero se zanjó con unas monedas: en aquel barrio todo tenía precio, y nada valía una pelea. A cambio les señalaron lo que buscaban —la taberna grande estaba al final de la calle— y dejaron caer, sin darle importancia, que aquel apóstol que un día había venido a predicar, Marvyn, vivía a las afueras, hacia el bosque.
—Aquí la Mano no entra mucho —dijo uno, escupiendo a un lado—. Demasiados cuchillos sueltos.
Lo cual, en aquella ciudad, era casi un consuelo: un rincón donde el credo del triángulo todavía no lo era todo. Hacia allá se encaminaron, mezclados con la marea de pescadores, buscando la taberna del final de la calle.
El que no temía a la muerte
La taberna era, más que taberna, un chiringuito de playa: un cobertizo de madera levantado sobre la misma arena, con un porche amplio donde la tía Lothar despachaba cervezas mientras un par de cocineros asaban pescado al fondo. Y estaba de bote en bote. Subido a una mesa, un hombre hablaba, y todos los demás callaban.
Lo reconocieron por lo que era antes de saber su nombre: un apóstol de la Nueva Fe. Marvyn, lo llamaban. No era lo que esperaban. No gritaba, no espumeaba de fanatismo: hablaba bajo, casi con tristeza, con una calma que ponía más los pelos de punta que cualquier alarido.
—La noche ha sido dura —decía—, y muchos hermanos han caído. Pero no sintáis pena por ellos. Al final, la muerte nos lleva a todos.
A su alrededor, medio centenar de personas lo escuchaban embelesadas, marcadas todas con el triángulo en la piel. Y él seguía, sereno, desgranando su evangelio terrible: que esta noche, en la Plaza del Juicio, llegaría por fin la liberación; que pobres y ricos serían iguales ante la muerte, como debía ser; que había que entregarse sin miedo.
—Yo no temo a esa muerte —dijo, y lo decía de verdad—. Ni a la sangre, ni a la carne. Los poderosos sí la temen; se aferran a la vida, y esa es su debilidad. Seguidme, y al fin seremos libres. Yo mismo lo seré esta noche, cuando me llegue la hora.
La gente respondió con un cántico bajo, repetido, golpeando las mesas; y cuando lo ayudaron a bajar, lo tocaban como se toca algo sagrado, sin aspavientos, con una adoración contenida que daba más miedo que el fervor.
Pero lo que descompuso a los paladines del grupo no fue el sermón. Fue lo otro: en cuanto el apóstol alzó las manos para bendecir a los suyos, Alistar, Vengy y Malizall sintieron que algo se les desacompasaba por dentro, como una cuerda que de pronto deja de sonar. Su vínculo con lo divino se entrecortaba en presencia de aquel hombre, igual que ante los apóstoles de otras veces. Solo Orianna, ajena a los dioses, no notó nada.
No era teatro. El poder era real, y era grande.
Se quedaron quietos, mezclados entre la multitud, tragándose el asco y la rabia, mientras el apóstol que no temía a la muerte repartía su bendición de ceniza entre los desesperados de Waterdeep.
El paladín que bebía solo
Lo hallaron al fondo, en una mesa apartada, encapuchado, con cuatro jarras de cerveza vacías por delante. Sildar Hallwinter, el paladín que había sido mentor de Alistar, bebía solo en el rincón más apartado del local, escondido del mundo. Llevaba allí un buen rato. Parecía estar esperando algo. O a alguien.
No hubo grandes efusiones. Se sentaron con él, disimulando, y Sildar les confirmó en voz baja lo que ya temían.
—Vi cómo arrestaban a Harker —dijo—. Y me dijeron que a Eldrin lo habían matado en el templo. En su propia cara.
Así que era cierto. El sumo sacerdote había muerto, y al comandante se lo habían llevado preso; de los clérigos de Lathander y de Tymora, lo mismo, o peor.
A pocos pasos, el apóstol seguía repartiendo su veneno dulce, y a más de uno le hervía la sangre. Vengy fue el primero: tenía la mano en la espada y los ojos fijos en la nuca de Marvyn.
—Ya le clavaré la espada después —masculló, conteniéndose a duras penas.
Pero no podía ser, y lo sabían. Aquel hombre buscaba la muerte; era un mártir ofreciéndose en bandeja, y matarlo allí, delante de los suyos, solo encendería la mecha que tanto ansiaba. La violencia era justo lo que quería provocar.
—La tentación es grande —dijo Alistar, con los nudillos blancos—. Pero el deber es más.
Así que se tragaron las ganas. No era esa la batalla. La batalla sería esa noche, en la Plaza del Juicio, cuando la Nueva Fe se congregara entera para su ritual. Hasta entonces había trabajo: ganarse a la Guardia de la Ciudad, encontrar a los paladines presos y liberarlos, reunir cuanta fuerza pudieran. Porque la noche que se acercaba lo decidiría todo, y llegarían a ella terriblemente solos si no movían ficha.
Sildar apuró su jarra y los miró por debajo de la capucha, con esa mezcla de cansancio y terquedad que solo tienen los viejos soldados.
—Entonces, que así sea —dijo—. Esta noche.
La marea hacia el Juicio
Cuando el apóstol terminó, no hubo despedida. Solo una llamada.
—Seguidme a la Plaza del Juicio.
Y la gente lo siguió. Todos los marcados de la taberna se levantaron como un solo cuerpo y echaron a andar tras él. Al cruzar el umbral, Marvyn se detuvo un instante y volvió la cabeza hacia el rincón donde el grupo fingía no mirar. No cambió de expresión. Los miró sin más, con una certeza tan absoluta que daba vértigo —la de quien sabe que todo sucederá como está escrito, porque hay un arquitecto que mueve los hilos y él no es más que la voz que los recita—, y siguió su camino. No los temía. No los necesitaba. Para él, sencillamente, no eran su problema.
Al levantarse para salir repararon en otra mesa. Cuatro figuras embozadas —un elfo, un humano, algo que parecía un orco; dos hombres y dos mujeres— que habían estado allí todo el rato, observando, sin sumarse al rebaño. Por un instante, los dos grupos se sostuvieron la mirada, y fue extraño, casi inquietante: como asomarse a un espejo y ver en unos desconocidos un reflejo de lo que ellos mismos podrían haber sido. No eran los únicos, pues, que se negaban a seguir al apóstol. Pero no hubo tiempo para más; cuando quisieron buscarlos de nuevo, ya no estaban.
Afuera, la marea crecía calle a calle. Lo que había empezado como un puñado de fieles era ya un río que confluía desde todos los barrios hacia el centro de la ciudad: hombres y mujeres con cirios en las manos, con azadas y garrotes por armas, entonando salmos, encabezados por la figura serena de Marvyn. No era una turba furiosa, y por eso espantaba más: era una procesión, lenta y solemne y segura, de miles de almas caminando de buena gana hacia su propio juicio.
El grupo los vio pasar desde un costado, pequeños entre el gentío, sabiendo lo que ninguno de aquellos creyentes sabía: que al final de aquel camino no aguardaba la salvación, sino un dios de la muerte con la boca abierta.
Caía la tarde sobre Waterdeep, y la ciudad entera marchaba hacia la Plaza del Juicio.