Sesión 3
Amanecer púrpura sobre el templo herido
El templo de Tyr respiraba con dificultad aquella mañana. Sobre el aroma familiar del incienso pesaba ahora la ceniza y la sangre seca. En los pasillos descansaban hombres y mujeres vendados, buscando respuestas en las grietas del techo, y las velas sagradas habían cedido su sitio a lámparas de aceite: la santidad convertida en hospital de campaña.
En la cámara del sumo sacerdote, Eldrin Kurthos yacía inmóvil entre mantas raídas y vendas empapadas. Una quemadura le recorría de la frente a la mandíbula, negra como una letra tatuada por la noche. Dos clérigos jóvenes murmuraban a su lado, canalizando lo poco que les quedaba de poder hacia las runas del mármol.
La puerta crujió y entró Harker. La armadura que siempre había relucido con severidad impecable iba manchada de sangre y hollín; la capa, desgarrada, le colgaba de los hombros sin dignidad.
Sin mirar a Eldrin, se acercó a la ventana alta. Afuera, el amanecer venía teñido de violeta.
—Haced lo que debáis —dijo al fin, sin volverse—. Pero si este hombre muere… Tyr será el único que juzgue mis decisiones.
En la plaza, columnas rotas y emblemas resquebrajados yacían como huesos de una justicia caída. Entre los restos se movían figuras conocidas.
Alistar seguía en pie tras la noche sin tregua, los hombros vencidos. Junto a él, Ander revisaba los cuerpos caídos, uno a uno, procurando a los muertos la dignidad que la noche les había negado.
—Hace mucho que no nos vemos así —comentó Ander, sin levantar la vista de los caídos—. ¿Qué tal una cerveza?
—Este no es el momento, Ander —reprendió Alistar.
En ese momento llegó Vengy, que guiaba a un grupo de heridos hacia el templo. Se quedó mirándolos.
—¿Alistar? ¿Ander? No esperaba encontraros aquí… aunque supongo que debería haberlo imaginado.
Ander sonrió.
—Supongo que hasta en tiempos como estos, algunos siguen firmes en sus convicciones.
—El mundo ha cambiado demasiado —dijo Alistar—. Mantener la ley y el orden se ha convertido en algo casi imposible cuando ya nadie reconoce la justicia divina.
—Firme e implacable, como siempre —respondió Ander—. Algunas cosas nunca cambian.
Vengy suspiró.
—Bueno, hablando de cambios inesperados, ¿sabíais que hace poco estuve encarcelado?
—¿Encarcelado? ¿Por qué motivo? —preguntó Alistar.
—Al parecer, por ayudar a quien no debía —replicó Vengy con una sonrisa amarga—. Vivimos tiempos muy extraños, amigos míos.
Ander soltó una carcajada.
—¿Y ahora qué eres, Vengy? ¿Un estafador o un testaferro?
Vengy frunció el ceño.
—Nada de eso. Fui engañado y usado. Juro que quienes me tendieron la trampa lo pagarán caro.
Alistar los contempló un momento.
—Me alegra veros de nuevo, aunque desearía que fuese bajo circunstancias mejores.
—Pequeñajo… —dijo Vengy, sacudiéndole a Ander el polvo de la ropa con una torpeza de oso.
—La vida me pasó por encima —respondió el bardo—. Salí a contar nuestras historias buscando reconocimiento, pero solo obtuve burlas, insultos y violencia. Al final, simplemente me rendí al alcohol.
—Ahora entiendo por qué lo primero que pediste fue cerveza —bromeó Vengy.
Alistar suavizó el momento:
—Todo ha cambiado después de la maldición. La fe en Tyr se tambalea y un culto oscuro crece en las sombras, erosionando lo que conocemos por justicia.
Los tres callaron un instante, y ninguno tuvo prisa por romper aquel silencio.
El sonido que aún no ha sonado
Un grito rasgó el murmullo de la plaza.
—¡No entréis al templo! ¡Está corrupto! ¡Lo han mancillado!
Sobre una pila tambaleante de cajas, un joven harapiento de ojos afiebrados agitaba los brazos.
—¡Esta plaga es juicio por siglos de mentiras! ¡Por venerar a dioses que callaron cuando más los necesitábamos!
Alistar avanzó junto a Vengy para calmarlo. El hechicero se inclinó hacia el paladín sin quitar ojo al muchacho:
—¿Lo detenemos?
—No vale la pena.
El joven los evadió y alzó un pergamino mugriento. Cuando leyó, la voz que le salió no parecía la suya:
“Cuando el juicio se derrame en las calles
y el cielo se pinte de vino muerto,
una campana sonará bajo las aguas
donde no hay templo ni altar.
Su eco traerá el final del día,
y la aurora será tragada por la espuma.
Los dioses que juraron proteger callarán,
y en su silencio, la Voz tomará forma.
No habrá más amanecer.
No habrá más canto de la luz.
Solo el bronce hundido hablará por ellos.
Entonces sabréis:
la era del juicio ha comenzado.”
La profecía del Abismo - La última campanada
De pronto clavó los ojos en Alistar:
—¿La oyes tú también? ¿La campana?
—¡Detente! —La palabra de Vengy salió cargada de poder arcano.
El joven trastabilló a media zancada, un instante apenas; después sacudió la cabeza y echó a correr, dejando caer el pergamino. Y Vengy notó otra cosa: los vecinos más cercanos se habían apartado unos pasos de él. No del loco. De él.
La multitud murmuraba inquieta; algunos retrocedían ya hacia las bocacalles. Entonces Ander se encaramó a un carro volcado y empezó a cantar. Nadie lo escuchó al principio; después un niño dejó de llorar para mirarlo, una mujer aflojó el palo que empuñaba, y el murmullo de la plaza fue bajando hasta hacerle sitio. No cantaba gestas: era una tonada vieja del puerto, de las que todo el mundo conoce sin recordar de quién son. Cuando terminó, la plaza seguía rota, pero ya nadie gritaba.
Un hombre agradeció a Alistar con una reverencia antes de llevarse a su familia. Vengy, mientras tanto, recogió el papel caído y reconoció el sello al primer vistazo: un triángulo invertido.
Una anciana se acercó a Alistar:
—No te dejes guiar por esta gente. Sigue a tu dios, y solo a tu dios.
Alistar alzó la voz ante todos:
—En estos tiempos difíciles, más que nunca debemos cuidarnos los unos a los otros. Todo aquel que necesite ayuda, será bienvenido en el templo de Tyr.
Los que faltaban
Una sombra cortó el aire sobre la plaza. La enorme águila descendió en círculos amplios, con reflejos de bronce y esmeralda en las alas, y la multitud calló al verla: aquello no era un ave cualquiera. Al tocar tierra, un destello la deshizo, y en su lugar quedó Orianna.
Llegaba exhausta, con la respiración rota, escondiendo la mano marcada contra el costado. Buscó a sus amigos con la mirada.
—¡Ha vuelto! —clamó con voz quebrada—. ¡Lo ha tomado todo! Elyz… la tiene él. Necesitáis ayudarme… ¡tenemos que defender este mundo!
Vengy le mostró el pergamino del perturbado, con su triángulo invertido. Orianna fijó los ojos en el símbolo y el agotamiento terminó de vencerla: se desplomó.
Alistar llegó a tiempo de sostenerla. Mientras la alzaba en brazos, un puñado de tierra fina cayó desde la mano de Orianna y se fundió con el suelo del templo, como si reclamara volver al lugar sagrado del que venía.
Ander le vendó la mano herida, y entre los tres la llevaron adentro.
Mientras tanto, otra figura cruzaba el umbral trayendo un frío que no era del clima. Malizall Faroardiente Verbulux, cubierto de ceniza hasta los codos y con arrugas nuevas, fue derecho hacia Vengy.
—¿Estás bien? —Las palabras se le atropellaban—. ¡Tenemos que hacer algo! ¿Qué hacemos ahora?
Vengy intentó mostrarle el pergamino, pero Malizall lo cortó con un gesto impaciente.
—Ya sé lo que está pasando. ¿Dónde están los demás?
—Alistar, Ander y Orianna están dentro del templo —respondió Vengy, señalando.
Malizall asintió y tejió un conjuro de visión en busca de Hakuryuu. En su mente lo vio: el dragón plateado cabalgando sobre Drogon, su caballo blanco, a través del bosque devastado.
—Hakuryuu, ¿dónde estás? —le habló mentalmente—. Ven al templo de Tyr en Waterdeep. Te necesitamos.
Hakuryuu, frente a la grieta que partía el bosque, contemplaba impotente la desolación. Las palabras de Malizall lo arrancaron de allí: trepó a lomos de Drogon con dedos torpes y el pulso desbocado, y el caballo —firme donde su jinete temblaba— salió disparado hacia Waterdeep.
Dentro del templo, Marcus les había preparado una habitación con lechos humildes de paja y tela. Alistar depositó a su amiga en una de las camas.
—¿Cómo estás, Marcus?
—Difícil, pero aguantaremos. —El soldado tragó saliva—. Permaneceré afuera haciendo guardia.
En la puerta, Marcus reconoció a Vengy y lo saludó a la manera militar antes de indicarles el camino. Al ver entrar a Malizall, Alistar lo abrazó — y notó, sin decir nada, la ausencia de Wako y al cuervo nuevo que ocupaba su sitio.
Malizall canalizó magia curativa sobre Orianna. El conjuro resbaló sin agarrar: aquello no era daño del cuerpo. El brujo se quedó mirándola, con la mano aún tendida.
En los caminos, Drogon devoraba leguas hacia la ciudad.
Alistar se separó del grupo: era hora de enfrentar las consecuencias. Antes de irse, se volvió hacia Marcus.
—Avísame en cuanto despierte.
Marcus asintió y se apostó en la puerta, la mirada fija en una calma que no se creía.
El edicto de Harker
Entre el murmullo de los refugiados, Alistar caminó al encuentro de lo inevitable. Al fondo de la estancia apareció Harker, flanqueado por cuatro templarios de armaduras abolladas, avanzando con paso de desfile aunque no quedara nada que desfilar.
Bajo el casco maltrecho, la mirada del comandante no prometía clemencia. Sobre su pecho brillaba el lema “Lex et Iustitia”: lo único de su equipo que la noche no había conseguido abollar.
Alistar se detuvo y saludó, mano al corazón.
—Paladín Belmont —dijo Harker—. Tus acciones en la plaza me han costado la noche. Provisionalmente quedas fuera del servicio de la orden de Tyr hasta que se pueda celebrar un juicio justo. Nadie te tocará ahora: la ciudad arde, y el juicio deberá esperar mejores tiempos.
—Entiendo, comandante —respondió Alistar—. ¿Cómo se encuentra el sumo sacerdote Eldrin?
Harker titubeó por primera vez, apenas un instante.
—Estamos haciendo lo posible por ayudarlo a recuperarse, pero su estado es incierto.
Retomó su camino sin más. Sus pasos sonaron a sentencia dictada.
Alistar sintió la mirada de Marcus en la espalda y se volvió.
—Marcus, tendrás que tomar mi relevo. He sido relegado de mis funciones hasta que se celebre el juicio.
—¡¿Cómo es posible?! —estalló Marcus—. ¡¿Quién se cree que es para hacer esto?!
—Es el comandante, Marcus, y debemos aceptar su decisión.
Marcus negó, furioso:
—¡De ninguna manera! ¡Renuncio!
Alistar le puso una mano en el hombro.
—No puedes renunciar, Marcus. La Orden te necesita.
—¿Y usted no me necesita, señor? —A Marcus se le quebró la voz.
Alistar le enderezó la hombrera abollada, como quien ajusta un estandarte.
—Por supuesto que sí, Marcus. Pero el funcionamiento de la Orden es fundamental para la ciudad. Te necesitamos aquí, recordando a todos, especialmente al comandante, nuestro juramento de proteger a los inocentes y defender la justicia. En plena batalla, el comandante tomó la decisión de abrir las puertas para proteger a los ciudadanos. Debes recordarle siempre el valor de esas acciones.
Marcus respiró hondo. Al cabo, asintió.
—¿Última orden? —preguntó, recuperando su compostura marcial.
—Solo recuerda lo que somos y por lo que luchamos —respondió Alistar—. Protégelos a todos y no permitas que nadie olvide nuestra verdadera misión.
Marcus cuadró los hombros y se despidió con el saludo formal de la Orden. Alistar lo vio ocupar su puesto, y entró en silencio con sus compañeros.
Todo irá bien
Fuera, sentado en las escalinatas marcadas por la noche, Vengy escuchaba los murmullos a su alrededor.
—Mira, ya está fuera. Gente como él nunca paga realmente por sus actos —susurraban, lo bastante alto para que llegara.
A Vengy le bulló la rabia. Les sostuvo la mirada hasta que se alejaron deprisa. Ya llegaría el día de ajustar cuentas con quienes le habían manchado el nombre.
Entonces una figura cruzó la plaza hacia él, con la espada destellando y una calma que no encajaba con el paisaje. Vengy la reconoció al instante.
—¡Vengy, viejo amigo! ¡Cuánto tiempo sin verte! —Sildar Hallwinter abría los brazos, con una sonrisa capaz de despejar la plaza entera.
—Dichosos los ojos, Sildar —respondió Vengy, levantándose para estrechar su mano.
Sildar sacó una cantimplora y se la ofreció a un niño que pasaba, antes de volverse hacia Vengy.
—¿Cómo te encuentras?
—Mal —confesó Vengy—. Nos enfrentamos de nuevo al mal que combatimos hace años.
—Otro amanecer ha llegado, viejo amigo —dijo Sildar—. Todo irá bien.
Caminaron juntos hacia el templo; antes de cruzar el umbral, Sildar hizo una reverencia. Entraron sin llamar.
—¡Chicos, adivinad quién ha venido! —anunció Vengy.
La sala entera se iluminó. Alistar y Ander lo recibieron con abrazos.
—¿Dónde está Hakuryuu? —preguntó Sildar, mirando alrededor.
—Está en camino —informó Alistar—. Pronto estaremos todos reunidos.
Vengy le tendió el pergamino del perturbado. A Sildar se le ensombreció el gesto con solo mirarlo.
—Tengo mucho que contaros sobre esto —dijo—. Quemad este papel: es veneno para la mente.
Entonces vio a Orianna en el lecho improvisado. Extendió las manos sobre ella e intentó despertarla; la druida gimió sin abrir los ojos. Al reparar en la marca oscura de su mano y rozarla, Sildar sintió de golpe lo que la atenazaba por dentro, y retiró los dedos como de una brasa.
—¿Podrías ayudarla, Malizall? —preguntó Ander.
—Podría usar una restauración mayor, pero necesito polvo de diamante.
Alistar salió en busca de Marcus, y no tardaron en volver con una bolsa generosa del polvo requerido.
Malizall extendió el polvo de diamante sobre Orianna, una mano en su pecho y otra en su frente, murmurando plegarias a Lathander. La luz recorrió el cuerpo de la druida y fue a pelearse con la oscuridad concentrada en su mano; con un último destello, Orianna abrió los ojos de golpe.
Tardó unos segundos en reconocer a sus compañeros. Después susurró:
—Él ha vuelto… he visto un corazón oscuro dentro de la grieta. Acererak nos quiere, y ha tomado a Elyz. Necesito vuestra ayuda… sin ella, el bosque está condenado.
—¿Otra vez Acererak? —Ander torció la sonrisa—. Parece que ha vuelto para que volvamos a hacer de niñeras.
—Entonces volvemos a luchar —dijo Alistar—. Juntos, como antes.
Todos asintieron.
La otra mano
Hakuryuu cruzó la plaza al galope y subió las escalinatas sin desmontar, hasta frenar a Drogon en seco en lo alto. Descabalgó sin mirarse la mano derecha, que llevaba todo el viaje pesándole más que la izquierda. Un guardia, incómodo, tomó las riendas del caballo evitando sus ojos. Hakuryuu lo reconoció al instante.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, aunque sabía de sobra quién era.
—La sala octava, al fondo. Allí está Alistar con los demás —balbuceó el hombre, y se retiró con el caballo casi al trote.
Hakuryuu abrió la puerta de golpe.
—¡Por favor, un poco de modales! —recriminó Alistar—. Esto es un templo y hay heridos descansando.
—Ya veo que tus modales han mejorado considerablemente —sonrió Ander.
Hakuryuu ni contestó. Venía maltrecho del viaje, y Alistar lo sentó sin preguntarle.
Mientras lo atendían, la conversación fue a dar a la profecía. Alistar contó lo del perturbado de la plaza y leyó de nuevo los versos en voz alta. Ander sacó entonces su propio pliego, el papel medio calcinado que el viento le había llevado hasta el tejado la noche del ataque. Sildar los miró los dos, lado a lado, y se le ensombreció el gesto:
—Hay muchos pergaminos como estos circulando. Fragmentos dispersos de una única profecía. Acererak está extendiendo estas visiones por todas partes.
Alistar recogió ambos pliegos y se los guardó bajo el peto. Alguien con mejores ojos que los suyos tendría que leerlos.
—¿Sabes algo más sobre esta «nueva fe»? —preguntó después—. ¿Quién podría estar colaborando con Acererak para propagar estos escritos?
—Es difícil saberlo. La organización está fragmentada, sin una estructura clara. Solo coinciden en una cosa: todos los dioses conocidos están subordinados a esa nueva deidad.
—¿Por qué soy la única marcada así? —intervino Orianna—. ¿Es una maldición? ¿Acaso… me controla?
Hakuryuu apartó con suavidad a Ander, se incorporó con esfuerzo y alzó su propia mano. La misma marca.
—Yo también la tengo. Fue al tocar un fragmento de Myrrym, mi antigua espada.
Un silencio recorrió la sala. Lo rompió Ander:
—¿Y si Acererak busca convertirse en un dios? Esta profecía podría ser su manera de consolidar esa falsa divinidad.
Vengy arrancó a hablar para levantar los ánimos, pero Malizall lo cortó:
—No debemos subestimar el peligro. Esto no es como antes; Acererak ha vuelto más fuerte y mejor preparado.
—Necesitamos recursos e información —zanjó Alistar—. Saber hacia dónde dirigirnos. La Orden puede apoyarnos, pese a las circunstancias.
Recordaron entonces las palabras de Ras’ Nsi: Terry seguía vivo. Malizall tejió otra vez su conjuro de visión para buscarlo — y lo que apareció fue la figura espectral de Acererak.
—Esto que intentas ver… es mío.
—Debemos regresar a Omu, a la Tumba —propuso Orianna—. Allí empezó todo.
—El abuelo Zitembe —recordó Hakuryuu—. El sabio de Puerto Nyanzaru. Él podría ayudarnos a encontrar a quienes buscamos.
Alistar asintió, aunque propuso agotar primero los recursos de Waterdeep antes de emprender tan largo viaje.
En un impulso compartido, Orianna y Hakuryuu juntaron las manos marcadas.
El mundo se fue. Hakuryuu sintió el latido del corazón oscuro antes de verlo: le subió por el brazo y se le metió en los dientes, un compás lento y hondo en un abismo sin calor. Orianna, en la otra orilla de la visión, vio una espada hermosa y rota clavada en la penumbra de una cámara circular — Myrrym, brillante, mellada, esperando.
Ninguno de los dos pudo soltar. La visión los sostenía por las manos.
Cuando por fin se quebró, Hakuryuu se desplomó. Ander llegó primero y le sujetó la cabeza antes de que golpeara la piedra; Malizall ya estaba de rodillas a su lado, plegaria en los labios, canalizando la restauración que le devolvió el pulso. El dragón volvió en sí despacio, con la marca latiéndole aún al compás de algo muy lejano.
Orianna cerró el puño sobre su propia palma y no dijo nada.
No hay justicia sin diamantes
Alistar recorría los corredores del templo con Vengy y Malizall, buscando al clérigo Faux, cuando una discusión encendida les llegó desde la entrada principal.
—¡Si podéis resucitar, resucitad a mi hijo! ¡Solo necesitáis un diamante! ¿Por qué no ayudáis a quienes realmente lo necesitamos? —clamaba un hombre roto.
—¡Claro, para los ricos sí hay diamantes! ¡Los dioses odian a los pobres! —respondía otra voz, entre gritos de aprobación.
Alistar aminoró el paso al oírlos. La mano le buscó sola el pomo de la espada; la apartó. Siguió adelante, y cada grito le llegó a la espalda como una acusación.
Cerca de la cripta, donde los clérigos solían orar en soledad, encontraron la sala llena: docenas de plegarias murmuradas a la vez. Alistar interrumpió la quietud con todo el respeto que pudo.
—Disculpad, necesito hablar urgentemente con Faux.
Faux se acercó con su calma ceremoniosa.
—¿Qué ocurre, hermano Alistar?
—Necesito tu ayuda para realizar el ritual de Comunión. Debemos obtener respuestas directamente de Tyr. Todo esto está conectado con Acererak.
Al oír el nombre, Faux se estremeció; aun así, asintió.
—Dime qué necesitas saber exactamente.
—Necesitamos guía. ¿Debemos regresar a la Tumba de la Aniquilación?
Faux cerró los ojos y oró. Cuando volvió a abrirlos, había en ellos una paz que no encajaba con los gritos de fuera.
—Él está solo y no tiene nada que ganar. Tú posees algo mucho más grande que jamás podrá arrebatarte: tu fe. Permaneced unidos y seguid el camino que vuestros pasos tracen. Ese es vuestro destino, enfrentarlo juntos.
Alistar rumió las palabras en silencio. Acererak ansiaba encontrarlos; y el lugar evidente era aquel donde ya habían combatido una vez.
Cuando volvieron a la sala principal, el clamor había crecido. La multitud exigía diamantes para resucitar a sus muertos; un comerciante agitaba una bolsa llena de ellos, reclamando atención preferente para su esposa a cambio de donaciones generosas. La rabia subió otro grado.
Esta vez Alistar no pasó de largo. Se adelantó con Vengy y Malizall.
—Ciudadanos, entiendo vuestro dolor y desesperación —comenzó—, pero no podemos permitir que esto se convierta en caos.
—¡Solo queremos que resucitéis a nuestros seres queridos! ¿Por qué no nos ayudáis? —le gritó un hombre.
—Si fuera posible, os aseguro que resucitaríamos a todos sin excepción. Pero estos conjuros tienen un coste, y lamentablemente no podemos cambiar eso.
—¡Entonces explica por qué esa mujer sí fue resucitada! ¡Es porque tiene dinero!
Señalaba a una familia que se retiraba en silencio, cerrando filas en torno a la mujer que acababa de volver de la muerte. Cruzaron la plaza envueltos en paño caro, por delante de padres que no podían pagar ni una plegaria.
Alistar tardó en responder; una parte de él gritaba con ellos.
—Sé que parece injusto, y desearía de todo corazón que estos conjuros no requiriesen semejante coste. Pero la realidad es dura, y debemos gestionar con sabiduría los pocos recursos que tenemos, tratando de ayudar al máximo número posible. Os pido paciencia y comprensión.
La multitud siguió murmurando, pero la furia inmediata quedó contenida. Por esa hora, al menos.
El profeta de la nueva fe

Entonces un hombre emergió de entre la multitud y se subió a una caja de madera. La túnica le ondeaba al viento, y la ceniza de los últimos días le danzaba alrededor. Los gritos se fueron apagando hasta que solo quedó su voz.
—¡No vayáis al templo de Tyr! —clamó—. ¡No creáis sus falsas promesas! ¿Acaso vuestros dioses os han ayudado alguna vez cuando más los necesitabais? ¡No confiéis en aquellos que solo favorecen a los ricos mientras dejan sufrir y morir a los pobres! ¡Seguid al verdadero Dios, aquel que está por encima de todos estos falsos ídolos!
Malizall dio un paso al frente:
—¡Blasfemo! ¿Dónde está ese dios tuyo del que tanto hablas? ¡Demuestra su poder si es que existe!
El hombre lo encaró sin pestañear:
—¡Eso es precisamente vuestro problema! Solo pensáis en el poder, igual que vuestros supuestos dioses. ¡Hablan de proteger a los inocentes, pero son solo palabras vacías! ¡Nadie cree que vosotros, débiles y falsos héroes, vencierais realmente a Acererak!
Alistar se adelantó:
—¡Nuestros actos hablan más alto que nuestras palabras! Cuando luchamos contra los monstruos que amenazaron esta ciudad y protegimos a los ciudadanos, ¿dónde estabais vosotros?
El profeta sonrió con desprecio:
—¡No necesitamos combatir a los enviados de nuestro Señor! ¿Sabéis por qué? Porque los mal llamados héroes de Chult no sois más que impostores, sirvientes de una iglesia corrupta que solo ayuda a las castas sociales más altas. La iglesia de Tyr y todos esos falsos dioses solo buscan favorecer a los ricos y poderosos.
—¡Mentiras! —exclamó Alistar—. Siempre hemos luchado por todos, independientemente de su clase o condición.
—¡Falsedad! —respondió el profeta—. El nuevo dios nos pone a todos en igualdad. ¡Da igual cuánto dinero tengáis, todos caeréis ante su poder! Ya nos dio la oportunidad durante lo que llamáis “Maldición de la Muerte”, pero en realidad fue su bendición. Al no escucharlo entonces, ahora nos castiga. ¡Solo aceptando su poder y abandonando los actos corruptos de estos falsos dioses seremos liberados! Si no lo aceptáis, vuestro destino será la muerte.
Alistar se volvió hacia la multitud:
—¡No tenéis que aceptar el sufrimiento y la muerte! ¡Este hombre y su fe solo ofrecen desesperación! En estos tiempos oscuros, nuestra única esperanza es mantenernos unidos.
Malizall elevó su voz con un hechizo de taumaturgia y señaló al profeta:
—¿Con qué poder hablas? ¡Muéstranos el poder de tu dios! ¿Eso es lo que ofrecéis a estas personas? ¿Muerte? ¡No lo permitiremos! No escuchéis sus mentiras, ¡no es más que un instrumento del verdadero mal, Acererak!
—¡Patrañas! —contestó el profeta.
—¡Patrañas son tus palabras! —rugió Malizall—. ¡Yo me enfrenté a Acererak! ¡Sacrifiqué todo por vosotros! ¡Él es real y es quien está detrás de esta calamidad!
—¡Nadie te cree, brujo! —replicó el profeta—. Sois demasiado débiles y vuestros actos solo sirven a aquellos que tienen poder y riquezas. ¡El nuevo dios traerá la verdadera justicia, no vuestros dioses corruptos y comprados!
Siguieron cruzando golpes de fe, réplica sobre réplica, sin que ninguno cediera un palmo. Al cabo, el profeta bajó de la caja con la cabeza alta, como quien se retira de un púlpito, y se perdió entre la multitud.
Alistar miró alrededor, midiendo el daño. Varias personas escupieron hacia los clérigos de Tyr al pasar, rechazaron su ayuda y se alejaron del templo sin volverse.
La tensión en la plaza no se disolvió. El profeta se había ido, pero sus palabras se quedaron, prendiendo en silencio.
El abismo golpea de nuevo
Los gritos llegaron desde el Mercado Viejo.
—¡Ayuda! ¡Han aparecido demonios en el mercado! ¡Por favor!
Alistar, Vengy y Malizall echaron a correr sin cruzar palabra. Dentro del templo, Ander seguía rumiando la negativa de los sacerdotes —había arrastrado a Hakuryuu y a Orianna a pedirles que abrieran las arcas por los muertos de los pobres, con el dracónido plantado tras él, brazos cruzados, empujando con su sola estatura lo que el bardo pedía con palabras; y los clérigos se habían excusado: aquellos diamantes no eran suyos—. Los gritos zanjaron la discusión, y los tres salieron detrás.
El mercado era una ruina de tenderetes reventados y carros volcados, cubierta por una niebla oscura como sangre evaporada. Entre los escombros se arrastraban los heridos.
Malizall golpeó primero: su descarga reventó contra el demonio más cercano. Alistar prendió la espada en luz y le abrió dos tajos, el segundo cargado de castigo divino; Vengy despertó a su espíritu dragón y casi lo remató. La criatura, sabiéndose acabada, empezó a hincharse de una energía negra y escupió una palabra que ya conocían:
—¡Sacrificio!
Alistar ya no la oyó: se había vuelto hacia otras dos que llegaban veloces. Cargó contra la primera y la deshizo de un golpe limpio… que no encontró carne. Una ilusión. El error se pagó doble: mientras Malizall y Vengy abatían a la que sí era real, el primer demonio soltó lo que llevaba guardando, y la explosión de fuego oscuro los levantó del suelo a los dos, a Alistar y a Vengy.
Desde los tejados silbó un virote y mordió a Vengy en el hombro. El hechicero se desvaneció en bruma y reapareció en la azotea, cazando al cazador; abajo, Alistar se cerró las heridas con las manos encendidas y encaró a los dos que se le venían encima. El muro de fuego de Malizall partió la calle en dos; las criaturas lo cruzaron igual, ardiendo, y una alcanzó al paladín con un golpe que le abolló el peto y el aliento. La ballesta volvió a encontrar a Vengy.
Alistar reunió lo que le quedaba —de fuerza y de fe, que a esas alturas eran lo mismo— y su furia divina abrió en canal la carne corrompida. Vengy, invisible, siguió hostigando desde las sombras mientras su espíritu dragón sostenía al paladín en pie.
Entonces llegaron los otros tres. Orianna y Ander alcanzaron a Alistar a tiempo de mantenerlo en este mundo; Hakuryuu no frenó: el mandoble llegó girando desde la carrera y el primer tajo abrió un claro en la niebla. Los dos últimos demonios cayeron bajo el peso del grupo entero. Quedaba el ballestero. Acorralado en su tejado, gastó su última crueldad antes de caer: una onda psíquica que barrió la plaza y se estrelló contra las mentes de Hakuryuu y de Ander. Los dos se desplomaron a la vez.
Orianna se arrodilló entre ambos, una mano en cada frente, hasta que los dos respiraron tranquilos. Alrededor, el atardecer se filtraba en una niebla que no acababa de irse.
—¿Seremos realmente capaces de enfrentar esta amenaza, cuando solo seis demonios han bastado para llevarnos al límite? —susurró Alistar.
Nadie respondió. Cada uno conocía la respuesta, y ninguno quería decirla en voz alta.
Bronce bajo las aguas

Tras el combate, Waterdeep quedó en un silencio espeso, roto solo por los supervivientes recomponiéndose. Civiles y guardias se arrastraban hacia sus casas por igual.
Mientras recuperaban el aliento, algo desentonó. Las campanas de los templos, siempre vivas en las horas de crisis, permanecían mudas. Todas las miradas fueron a dar al risco junto al mar, donde la capilla de Lathander dominaba el puerto.
El aire se volvió frío. El cielo, púrpura de humo, empezó a temblar con destellos anaranjados.
Entonces un estruendo metálico atravesó la ciudad entera. Una explosión sacudió el campanario de la capilla y proyectó la gran campana dorada hacia el vacío, por encima del acantilado.
—¡No puede ser! —exclamó Malizall, petrificado.
Vengy apretó los puños sin poder hacer nada mientras el campanario se derrumbaba hacia el mar en una caída que pareció durar años. Algunos fieles corrieron; otros cayeron de rodillas. Un sacerdote de Lathander alzó su símbolo sagrado hacia el cielo, para nada.
La campana dorada cayó hasta estrellarse contra las aguas del Mar de la Costa de la Espada. Una columna de agua se alzó, encendida un instante por la última luz del crepúsculo; y enseguida llegó el campanazo, sordo, hondo, deformado por el agua.
El tañido atravesó la ciudad entera y algo más adentro. Alistar recordó al joven de ojos afiebrados en la plaza: ¿La oyes tú también? ¿La campana?
Era el eco del juicio anunciándose desde el fondo del mar: una campana que, una vez tañida bajo las aguas, ya no dejaría de doblar.