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Sesión 4

Lo que pesa un amigo

Hakuryuu pesaba como pesan los caídos: el doble. Alistar y Malizall lo llevaban entre los dos, un brazo del dragón sobre cada cuello, y aun así las rodillas se les doblaban a cada tramo. Vengy cargaba con Ander él solo, y eso era lo que más le asustaba: lo poco que pesaba el bardo.

De las narices y los oídos de ambos brotaban hilos de sangre ya seca, la firma del golpe psíquico. Respiraban. A eso se aferraron.

Cruzaron un mercado muerto y calles sin nadie, donde las puertas cerradas soltaban murmullos al oírlos pasar. Nadie habló en todo el trayecto.

En el templo de Tyr los tendieron en camastros de paja y tela. Solo entonces, viéndolos respirar tranquilos, Alistar sacó de la bolsa los dos pergaminos de la profecía y los releyó despacio, una vez y otra, antes de romper el silencio:

—Mirad este fragmento. Orianna, tú fuiste testigo directo de la primera señal. Y la segunda acaba de ocurrir frente a nuestros ojos con la caída del campanario de la capilla de Lathander. Está claro que la tercera también ocurrirá pronto. Debemos averiguar cuándo exactamente, para estar preparados esta vez. No podemos permitir que nos tome por sorpresa nuevamente. ¿Qué pensáis sobre ello?

Malizall respondió sin vacilar:

—“La luna será devorada por su reflejo”… Es evidente. Significa que, cuando la luna se oculte en el horizonte, sucederá. Podría ocurrir incluso esta misma noche.

Alistar sabía que Malizall probablemente acertaba; aun así quiso una confirmación mejor que las deducciones de medianoche. Y la tenía a mano: el maestro Eredin, el erudito del templo en cosmología. Con un gesto a sus compañeros, salió a buscar respuestas.

El escéptico de las estrellas

Eredin

Alistar cruzó los corredores silenciosos hacia el ala de los estudios cosmológicos. Ante la puerta del aula de Eredin lo frenaron voces enérgicas; tomó aire y abrió con suavidad.

El aula, de orden meticuloso en tiempos mejores, era un caos: pizarras saturadas de diagramas y símbolos astrales, mesas sepultadas bajo pergaminos y libros abiertos.

En el centro, Eredin: una silueta delgada bajo una túnica azul salpicada de polvo de tiza, diagramas celestes bordados en plata y unas gafas redondas con huellas de dedos entiznados. Discutía con sus discípulos, que lo escuchaban entre el respeto y la duda.

—¡Ya os he dicho que es absolutamente imposible que ocurra un eclipse en los próximos días! —proclamaba—. Si fuese así, tendríamos que haber visto claramente en el firmamento la constelación de Arvandis hace tres semanas.

Alistar carraspeó. Eredin se giró, sorprendido primero, escéptico enseguida:

—¿Alistar? ¿Qué haces tú por aquí?

—Maestro Eredin, he venido a consultarte sobre un asunto importante. Se trata de la profecía.

Eredin suspiró y se ajustó las gafas.

—Ah, sí, sí… Estoy al tanto de esas supersticiones. ¿Qué quieres saber exactamente?

—He escuchado parte de tu discusión. ¿Cuál es tu teoría al respecto?

El maestro agitó una mano.

—Mi teoría, querido Alistar, es que todo esto es una completa y absoluta sarta de tonterías.

—Sin embargo, dos de las señales ya se han cumplido —insistió Alistar, tendiéndole los dos pergaminos—. Nuestra compañera Orianna fue testigo directo del sangrado del árbol, y todos presenciamos la caída de la campana de Lathander.

Eredin arqueó una ceja y examinó los documentos.

—¿Esta noche? ¿Pretendes decirme que crees que el tercer evento podría ocurrir esta misma noche?

—Así es como lo interpretamos.

Eredin negó con la cabeza y extrajo un nuevo pergamino de una de las mesas.

—No, no. Dice claramente que la luna será devorada en el sexto día. Lee bien, por favor.

Alistar leyó en voz alta mientras el maestro apostillaba:

—¿Lo ves? Esto ocurre cuando se toman demasiado en serio las profecías. ¡Falta de atención en los detalles cruciales!

“Cuando la campana de la ciudad caiga y el hierro marque la primera noche, el espejo y la Voz recorrerán la sangre y la piedra. Contad seis lunas sin perdón, pues al sexto amanecer, la fortuna será robada, y la luna devorada. Entonces, en la más negra de las noches, la Voz hablará y la esperanza será quebrada. Solo los que no teman la sombra podrán ver el regreso del alba.”

La Profecía del Abismo

Mientras Alistar leía, varios discípulos cruzaron miradas inquietas: no todos compartían la seguridad de su maestro.

—¿El comandante Harker está al tanto de esta nueva información? —preguntó Alistar al terminar.

—No sabría decirte, aunque imagino que sí. Después de todo, Sildar se ha ocupado de repartir suficientes copias de estos papeles.

Alistar agradeció y se despidió. Al salir, todavía lo alcanzó el último dardo del maestro —algo sobre Sildar y sobre él, y sobre los años que hacía que ninguno de los dos pisaba su aula si no era para pedirle algo—. Se sorprendió sonriendo por primera vez en dos días.

Lo que se deja atrás

Ander, Vengy y Malizall pusieron rumbo al hospicio. A esas horas el edificio debería hervir con los preparativos del cierre del día; encontraron en cambio una quietud de agotamiento, rostros demacrados entre el personal y los residentes por igual.

La habitación de Vengy era de una sencillez austera: unos pocos símbolos de Lathander y una estatuilla presidiendo un rincón. Vengy extendió la mano hacia el techo y pronunció una palabra suave; el objeto allí colgado se encendió con la luz mágica que había alumbrado sus noches en el hospicio.

—Me acabo de dar cuenta de que estaremos un tiempo sin tener un lugar al que llamar hogar —murmuró—. Más vale que volvamos, ¿verdad?

—Volveremos —respondió Malizall—. Siempre hay un nuevo amanecer.

El brujo se volvió hacia el bardo:

—Ander, estás muy callado.

Ander esbozó una sonrisa.

—La sacudida de energía negativa aún me tiene aturdido, nada más. Pero no os preocupéis, estoy acostumbrado a recuperarme de cosas peores, como noches de tragos demasiado intensas.

Vengy le lanzó una mirada seria.

—Deberías dejar de beber tanto, Ander. Es peligroso, ya lo sabes. No puedo permitir que tu vida termine de esa manera.

—Prefiero morir en combate que a causa de una botella —replicó Ander, entre travieso y resignado—, especialmente con lo que se nos viene encima.

Vengy suspiró. Luego sacó una bolsa y contó cuatrocientas piezas de oro para cada uno.

—Sé que vais escasos de oro. Tomad; quizás necesitemos esto más adelante.

Recogió sus pertenencias, preparadas desde hacía días: la armadura de placas forrada en mithral, la espada de acero del Dragón de Fuego, las botas encantadas, la capa crepuscular. Se vistió despacio, pieza a pieza, como quien se despide, y contempló una última vez la habitación vacía. Después apagó la lucecita del techo con la misma palabra con que la había encendido tantas noches.

Salieron del hospicio hacia el templo de Tyr.

El oficio de las malas noticias

Mientras tanto, Alistar se encaminó a las dependencias del comandante. Buscó antes a Marcus, pero le dijeron que había partido en una misión confidencial. Los dos guardias del despacho, agotados, dudaron —Harker había pedido que no lo molestaran—, pero el peso de Alistar y la palabra «profecía» bastaron para que lo anunciaran. La puerta se abrió y apareció el comandante: la armadura aún puesta, desgastada y marcada de sangre; pese a la fatiga, saludó con respeto.

—Comandante, disculpe que le moleste a estas horas, pero tengo información crítica respecto a la profecía.

Harker suspiró.

—Ah, sí… francamente, empiezo a estar bastante harto de esa profecía.

—Lo entiendo, comandante, pero dos de las tres señales ya se han cumplido. Y estos textos —le tendió la hoja de Eredin— fijan la tercera: el sexto día, cuando la luna se oculte sobre el mar, al oeste de Waterdeep.

Harker examinó el documento; al terminar, la fatiga se le había vuelto otra cosa.

—No estaba al tanto de esta información —admitió.

—Quería asegurarme de que lo supiese, para que la orden y toda la ciudad puedan prepararse. No podemos permitir que nos tome por sorpresa nuevamente.

Harker asintió y le devolvió el papel.

—Te agradezco que hayas venido, Alistar. Estaremos preparados cuando llegue el momento. Esos monstruos nunca prevalecerán sobre el poder de Tyr.

—He pensado que, cuando llegue la hora, los paladines y clérigos podrían emplear el ritual del círculo mágico para fortificar el templo —propuso Alistar.

—Una excelente sugerencia. Convertiremos el templo en un verdadero bastión. La tendré en cuenta.

Antes de retirarse, Alistar recordó al sumo sacerdote.

—Comandante, ¿cómo se encuentra Eldrin?

El gesto de Harker se ensombreció.

—Por la gracia de Tyr, finalmente ha despertado. Su condición sigue siendo crítica. Mantiene intacta su fe, pero en sus ojos pude ver… —No terminó la frase.

Alistar no se la pidió.

—No le molesto más, comandante —dijo, con el saludo de la orden.

Harker lo vio marchar con un gesto que era a la vez aprobación y agradecimiento.

Harker

Huele a muerte

Cuando Vengy, Ander y Malizall llegaron al templo de Tyr, Orianna y Hakuryuu los esperaban junto a Alistar, recién llegado también. Pusieron en común lo averiguado.

—La luna se pondrá en el oeste sobre el mar de Waterdeep en el sexto día —dijo Orianna—. Es algo extraordinario; la luna nunca desaparece así, siempre se desvanece lentamente al amanecer.

Orianna y Hakuryuu cruzaron una mirada. El dragón asintió despacio, rumiando la cuenta de los días. El grupo calló unos instantes.

Agotados, buscaron una posada cercana para recomponer fuerzas. La posadera, una elfa de más de ciento cuarenta años, los recibió con recelo; al reconocer sus rostros, el gesto se le ablandó.

—Veros es como escuchar las canciones de leyenda —dijo con una sonrisa cansada—. Nunca, en todos mis años, había visto a Waterdeep en este estado. Imagino que vosotros estaréis aún más exhaustos.

—Quien más quien menos, todos hemos sufrido esta noche por igual —respondió Malizall—. Hemos tratado de proteger a cuantos pudimos, con un éxito relativo y un considerable coste personal.

Alistar tomó asiento.

—Una copa no nos vendría mal.

La posadera trajo una botella de hidromiel y las copas más elegantes de la casa, y los dejó con sus asuntos.

Mientras compartían la bebida, Malizall abordó el tema pendiente, con esa ironía suya de sermón y aguijón:

—Vengy, me intriga saber cómo alguien tan importante terminó en prisión. Debo decir que, al parecer, necesitabas un Malizall en tu vida. Y, sobre todo, un plan. Con mi presencia aquí, al menos la parte del plan ya está resuelta.

Vengy hizo girar la copa sin llegar a beber.

—Fui engañado por alguien que consideraba un amigo. Fiarme fue mi error.

—La venganza no te ayudará en nada. Deja a esa persona atrás y enfócate en el mañana.

—No busco venganza. Pero cuando encuentre a esa persona, la llevaré ante la justicia.

Ander no dijo nada. Miró el fondo de su copa y la dejó sin apurar.

Se retiraron a descansar poco después.

Despertaron bien entrada la mañana y bajaron a desayunar a la sala principal. La mayoría pidió algo ligero; Ander, un estofado contundente que defendió sin complejos.

Durante el desayuno, Alistar volvió a extender la profecía sobre la mesa.

—Hay algo en esta última hoja que me intriga. Dice claramente que “la fortuna será robada”. Podría referirse a los diamantes que permiten realizar resurrecciones. Quizás ese sea el gran objetivo del enemigo.

La discusión subió de tono, y algunos parroquianos empezaron a retirarse mirándolos de reojo. Entonces una anciana encorvada se acercó a Orianna: el cabello una maraña gris, el rostro surcado de arrugas y unos ojos azul pálido que no parpadeaban.

—Aléjate de ellos —susurró con voz ronca—. Ellos huelen a muerte. ¡A muerte! Pero tú no. Aléjate mientras puedas.

—¿Cómo sabe usted eso? —Orianna la miró desconcertada.

La anciana retrocedió y huyó con una rapidez imposible para su edad.

—Todos nosotros, excepto Orianna, hemos sido revividos —recordó Alistar, sombrío—. Quizás eso sea lo que percibió.

Orianna se volvió hacia Ander.

—¿Has cantado alguna vez sobre nuestra muerte?

Ander dudó un instante.

—Sí, lo he hecho.

—No deberíamos continuar esta conversación aquí —cortó Malizall—. Es peligroso.

—Vayamos entonces a mi mansión —propuso Hakuryuu—. Allí estaremos seguros.

Nadie terminó el estofado. Ander dejó dos monedas sobre la mesa, y la puerta de la posada se cerró tras ellos sin campanilla.

Triángulos oscuros

La Plaza de los Puentes olía a fruta pasada. Tres puestos abiertos y ninguna cola; los pregones, reducidos a un gesto de cabeza. Y soldados: parejas, tríos, el triángulo oscuro en cada brazal de ébano. La Mano de Hierro había convertido la plaza más alegre de la ciudad en un puesto de control.

En el camino se cruzaron con patrulla tras patrulla: armaduras reforzadas, capas contra el frío, y en todas el mismo emblema. Vigilaban cada rincón, con los antebrazos protegidos por placas de ébano que devolvían la poca luz de la mañana.

Alistar se acercó a un puesto de frutas atendido por una mujer de piel morena y largas trenzas.

—Saludos, señora.

—Buenos días, caballero. ¿Desea algo de fruta?

—Esos mangos se ven deliciosos. Póngame uno, y también unas fresas, por favor. —Y mientras la mujer envolvía la fruta—: Por cierto, ¿sabe por qué hay tantos soldados de la Mano de Hierro patrullando hoy la plaza?

La mercader bajó la voz, con un ojo en los guardias.

—No estoy segura del todo, pero he escuchado que han cerrado un templo de Tymora a un par de calles de aquí. También se dice que han visto a personas del gobierno reuniéndose con ellos.

Alistar deslizó una moneda de oro de más y volvió con los suyos.

Sargento Derian Farse

De camino al templo clausurado, un soldado de la Mano les cortó el paso con una sonrisa de cartón.

—Disculpen, necesito que se identifiquen.

—¿Hay algún motivo por el que estén vigilando tan estrictamente esta calle? —Alistar frunció el ceño.

—No cortamos el paso —respondió el soldado, sin soltar la sonrisa—, simplemente queremos registrar quién transita por aquí.

Fueron dando sus nombres a regañadientes, hasta que Ander decidió cobrarse el peaje a su manera:

—¡Amable soldado! Ya que nos estás preguntando nuestros nombres, ¿no sería justo que también compartieras el tuyo?

El soldado dudó.

—Sargento Derian Farse.

—¡Excelente! Estoy seguro de que habrás oído hablar de mí, ya que pareces alguien que frecuenta buenos espectáculos. —Pausa dramática—: ¡Soy el más famoso de los bardos, el gran…!

El sargento no movió una ceja. Ander suspiró teatralmente y concluyó:

—Ander Colinaalta.

Derian anotó los nombres, uno a uno, y los dejó pasar.

El templo de Tymora resultó una estructura modesta, apenas distinguible de las viviendas vecinas, con dos guardias ante las puertas de madera. Alistar propuso enviar a Ceniz a echar un vistazo dentro. Malizall se negó en redondo: el cuervo no era un sabueso, y no pensaba discutirlo. Orianna zanjó el asunto:

—Si Ceniz no está dispuesto, yo puedo hacerlo.

Se escurrió bajo la puerta convertida en lagartija. El mundo se volvió enorme: la piedra fría contra el vientre, los bancos como acantilados y, en el altar, muy arriba, los dados de Tymora atados con su cuerda, meciéndose apenas. La sala olía a cera apagada. La suerte, clausurada.

Las puertas se abrieron. Botas. Un soldado de la Mano y un hombre con maneras de funcionario que sostenía un orbe extraño; al activarlo, una luz barrió la sala de lado a lado como una marea, y al pasar sobre ella la dejó expuesta.

—¡Aquí hay alguien! —exclamó el funcionario.

Orianna fue mosca antes de que acabara la frase. El proyectil mágico le pasó rozando las alas, y el zumbido de su propio vuelo la llevó por la rendija hasta el aire libre.

—¡Tenemos que salir de aquí inmediatamente! —advirtió al recuperar su forma, todavía con el pulso de insecto en el pecho.

Se alejaron deprisa, sin correr, hasta sentirse seguros. Al cruzar otro puente vieron a lo lejos una formación de soldados con estandartes de la Mano de Hierro y del gobierno de Waterdeep, marchando juntos. Alistar se detuvo un instante.

—Esto confirma nuestras sospechas —dijo—. La Mano está colaborando estrechamente con el gobierno. Debemos mantenernos aún más alerta.

El grupo siguió hacia la mansión de Hakuryuu, con la sensación incómoda de moverse ya dentro de una telaraña de política y magia.

Ni todo el oro

La mansión de Hakuryuu los recibió con las cicatrices de la explosión a la vista: el ala derecha hundida, árboles quebrados y un olor a polvo y humo que no acababa de irse.

En la entrada aguardaba Kael, con el alivio pintado encima de la preocupación. Hakuryuu le pidió acomodar al grupo. Dentro, el semiorco Varuun se levantó de un salto para recomponer la pose marcial, con un resultado más bien cómico: quería parecer un dragón implacable y se le veía el cansancio por todas las costuras. Ander, con su desparpajo de siempre, le encargó cuidar y dar un buen baño a su nuevo compañero canino. Varuun aceptó —imposible negarse tras el gesto de aprobación de su señor— y, sin saber cómo se trata a un perro, lo levantó con los dos brazos extendidos, soportando con cara de circunstancias los lametones en las manos.

Al adentrarse en los aposentos, la opulencia contrastaba con la ruina de fuera. Orianna, la única a la que la muerte nunca había tocado, recorrió con la mirada los lujos del dragón: columnas, oro, trofeos de otra era. Pensó en la anciana de la posada —tú no hueles a muerte— y en que nada de lo que Hakuryuu había perdido estaba en aquellas vitrinas.

—Bonita chabola tienes aquí, Hakuryuu —comentó Ander—. ¿Has podido comprar una espada mejor que la anterior con todo el oro que manejas?

La reacción fue inmediata. Hakuryuu levantó a Ander del suelo y lo miró fijamente.

—¡No se puede comprar ninguna espada como Myrrym! —rugió.

—La recuperaremos, Hakuryuu, no lo dudes —intervino Orianna con suavidad.

—Tal vez sea posible repararla —añadió Ander—, cueste lo que cueste.

Hakuryuu no contestó. Dejó al bardo en el suelo con más cuidado del que lo había levantado.

Después fue a sus dependencias y se armó en silencio, pieza a pieza, como quien viste de luto: la coraza de escamas del Dragón Plateado, el Escudo del Aegis, la espada Aliento Plateado —una espada excelente; cualquiera menos la suya— y el Anillo del Vínculo Dracónico en el dedo.

Con los ánimos ya asentados, la conversación volvió a los últimos acontecimientos.

—Creo que la Mano de Hierro está destruyendo deliberadamente todo lo relacionado con la capacidad de resurrección —planteó Orianna—. Debemos descubrir cómo Acererak está manipulando estos eventos.

—Tal vez Acererak esté usándolos como señuelo —advirtió Malizall—, para distraernos de su verdadero objetivo: destruirnos directamente a nosotros.

—Independientemente de cuán implicado esté en las decisiones de la Mano —reflexionó Alistar—, su propósito claro es eliminar el poder divino, la principal defensa contra él. Si la Mano alcanza el poder pleno, Acererak podrá liberar sus fuerzas con escasa resistencia.

Vengy, con los textos proféticos delante, señaló un pasaje:

—Podría ser que Acererak intente revivir al Atropal. La profecía lo sugiere con claridad. No temáis a la muerte, pues es salvación, sino al renacer de aquello que nunca vivió.

Alistar trazó el plan de los próximos días:

—Debemos contactar con los otros templos y prepararlos, además de acercarnos al gobierno para intentar alertarlos. También necesitamos averiguar con exactitud cómo se conecta el gobierno con la Mano de Hierro.

Un golpe suave en la puerta anunció a Sildar. Entró agitado, sin rastro de su sonrisa.

—¡Finalmente ha ocurrido! El gobierno ha emitido el “Edicto de la Resurrección”, prohibiendo oficialmente toda magia relacionada con revivir a los muertos. La Mano de Hierro ejerce una influencia mucho mayor de lo que pensábamos.

Tomó aire y buscó los ojos de Alistar, sabiendo quién iba a entender mejor lo que venía:

—Además, apóstoles cada vez más influyentes hablan de una “voz”, un “profeta” que parece estar moviendo los hilos. Pero eso no es lo peor. Alistar: la Capitana Soriah, incluso ella, ha caído bajo su influencia. La vi con mis propios ojos.

A Alistar se le ensombreció el rostro.

—¿Un paladín de Tyr abandonando su fe? No puede ser… ¿Cómo ha sucedido esto?

—Tampoco yo lo comprendo —respondió Sildar.

Quedaba claro el siguiente paso: averiguar de dónde salían las profecías, y quién era esa “voz”.

Fuera, mientras la mansión apagaba sus lámparas una a una, las calles de Waterdeep volvían a llenarse. Tumultos de ciudadanos con antorchas cruzaban los puentes, y sus consignas golpeaban la noche.


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