Sesión 1
Hakuryuu – Eco de la Gloria Rota
Canción Hakuryu, El Orgullo del Dragón
La mansión del Clan del Dragón Plateado se alzaba en el corazón del distrito noble de Waterdeep como un mausoleo erigido a tiempos olvidados. Columnas de capiteles labrados, cubiertas de hiedra disciplinada, sostenían techos con frescos de glorias pasadas; a ambos lados de la entrada, dos dragones colosales de piedra plateada montaban una guardia que ya no protegía nada.
Dentro, los salones se habían diseñado para contener conversaciones que ya nadie mantenía. Alfombras de hilo de oro y plata cubrían el mármol; sobre las mesas de ébano se enfriaban manjares que nadie se atrevía a tocar.
En el centro de aquel silencio, sentado con la altivez que le imponía su rango, estaba Hakuryuu. La túnica de seda blanca bordada en plata caía sobre él con el peso de las apariencias, y apenas ocultaba unas escamas apagadas que un día habían significado grandeza. Observaba sin interés el plato que un sirviente le sostenía delante con manos temblorosas.
—¿Esto es todo lo que puedes ofrecerme? —preguntó, sin levantar la mirada.
Al sirviente se le fue el plato de las manos; el estrépito de la porcelana sonó a reproche. Se retiró casi corriendo, y la sala volvió a quedarse a solas con su dueño.
Hakuryuu no se movió. El hambre le daba igual; lo que le faltaba era Myrrym, la espada que había definido su nombre, y el peso exacto de ella en la cadera. Los sirvientes murmuraban lejos, procurando no llamar su atención.
Alzó la vista hacia el tapiz que narraba su victoria sobre la Maldición de la Muerte. Solo vio la cuenta de lo perdido. En la quietud de la noche, muy lejos, algo sonó como una cadena al romperse.
Aquella noche un zumbido grave, como un trueno contenido, empezó a filtrarse entre los muros. Después llegó el estallido.
Una explosión sin sonido desgarró el salón. Los tapices volaron hechos jirones, la porcelana estalló, y un vendaval oscuro y viscoso entró por las puertas rotas. Los sirvientes gritaron; algunos cayeron para no levantarse más.
La oscuridad cedió lo justo para revelar tres figuras que avanzaban despacio. Tenían forma de hombre y no lo eran; sus rostros eran remedos de una humanidad perdida.
No pronunciaron palabra. No hizo falta:
Has vivido demasiado tiempo creyendo que tu historia terminó. Hemos venido a recordarte que aún no ha empezado.
Hakuryuu no retrocedió. Tampoco avanzó. Buscó, sin pensarlo, la empuñadura de Myrrym en su cadera; la mano se le cerró sobre la nada, y allí la mantuvo, cerrada, mientras las tres criaturas cruzaban su salón en ruinas.

Orianna – La Guardiana del Bosque
Canción Orianna, El Murmullo del Bosque
El corazón del bosque vivía aquel día como todos: la luz caía en columnas entre las copas centenarias, el musgo humeaba bajo el primer calor y los senderos que solo los espíritus conocían zumbaban de vida pequeña. En el centro del santuario se alzaba el árbol milenario, las raíces entrelazadas como venas de magia antigua; de él manaba el equilibrio que sostenía cada rincón de aquel lugar, y Orianna había jurado protegerlo.
Pero aquel día el bosque contenía el aliento.
Las huellas no pertenecían a nada que viviera en él. Orianna las encontró hundidas en el musgo, entre las raíces del árbol: profundas, de dedos demasiado largos, impregnadas de un olor que no era de aquel lugar.
Se arrodilló junto al tronco y apoyó la palma en la corteza, como hacía cada mañana desde hacía años. Escuchaba aquel árbol igual que se escucha una casa vieja, y por sus crujidos supo que estaba enfermo.
El árbol sagrado
—Algo no está bien —murmuró—. Las raíces están susurrando, y su voz está enferma.
A su lado, Elyzmyrath alzó la cabeza. La joven dragona verde, que dormitaba al sol con un ojo entreabierto, no gruñía todavía: olfateaba, con el borde de las alas temblando a cada soplo que subía de las profundidades del claro. Una a una, las aves fueron callando.
El primer chasquido sonó lejos, bajo tierra. Orianna sintió torcerse la energía vital del bosque, como un tendón a punto de ceder.
—No… no tan pronto —murmuró.
El segundo chasquido sacudió el claro entero y la tumbó sobre el musgo. Delante de ella la tierra se abrió: una herida húmeda, de bordes desgarrados, que exhaló un vapor amarillo y una podredumbre que abrasaba los pulmones.
De la grieta salieron dedos. Negros, largos como dagas, aferrándose al borde.
Orianna retrocedió sin apartar la mirada, y pensó, con una calma que la asustó más que el propio horror: han venido. Uno por uno, nos están buscando.
—¡Elyz, vete! ¡No puedes caer aquí!
La dragona no obedeció. Se plantó entre Orianna y la grieta con las alas abiertas de punta a punta del claro, y por primera vez en su vida le enseñó los dientes a la tierra misma. El árbol milenario crujió una última vez, hondo, como cede una viga, y se partió en dos.
Orianna no vio caer las mitades. Solo el lomo verde que la separaba del abismo.
Malizall – El Pacto que fue
Canción Mallizal, Las Sombras del Tiempo
El fuego de la chimenea llevaba semanas muerto, y Malizall seguía sentándose frente a él cada noche, por costumbre o por castigo. La cabaña, colgada de las alturas nevadas, olía a polvo y a ceniza vieja; los libros llevaban tanto sin abrirse que hasta habían dejado de ser un reproche.
Tenía el grimorio abierto en el regazo, por tenerlo; hacía semanas que las palabras no le decían nada. En el alféizar de la ventana escarchada aguardaba Wako, su viejo familiar. Las plumas del búho, que un día brillaron como nieve recién caída, se habían vuelto de un gris de ceniza.
Malizall habló al cabo, sin apartar los ojos de la chimenea muerta:
—No deberías quedarte aquí, Wako. No si entiendes lo que se aproxima.
Wako ladeó la cabeza y no se movió del alféizar. Llevaba años sin moverse de allí.
Malizall se levantó con esfuerzo, dejó el grimorio abierto sobre la mesa desvencijada y salió sin cerrar la puerta. La ventisca lo recibió cortándole la piel. No se apartó: hacía tiempo que el frío había dejado de importarle.
Entonces, por encima del aullido del viento, algo sonó dentro de la cabaña: un golpe sordo, hondo, de madera y de mundo rompiéndose a la vez. La puerta reventó hacia afuera. Malizall se apartó por puro instinto, entre una lluvia de astillas.
Del umbral salió una figura retorcida, con garras como cuchillas de hueso desplegándose sin prisa.
Wako graznó una advertencia y se lanzó al aire. El brazo de la criatura se estiró más de lo que ningún brazo debería, y lo atrapó en pleno vuelo.
—¡No! —gritó Malizall.
Wako luchó en las garras del demonio hasta que la oscuridad se lo tragó. Una pluma gris quedó dando vueltas en la ventisca y fue a posarse sobre la nieve, sin peso, sin ruido.
Malizall alzó el brazo hacia la criatura con un gesto que había hecho mil veces, en mil amaneceres. Donde antes ardía el pacto solo encontró frío; y al fondo del frío, algo diminuto que aún parpadeaba.

Alistar – Justicia Divina
Canción Alistar, Luz pagada
Alistar rezaba ante el altar del Templo de Tyr, la fortaleza de piedra y bronce que presidía la justicia de Waterdeep. Sobre él colgaba la balanza dorada, y aquella noche le pareció que temblaba. Su oración, que años atrás llenaba la nave, era apenas un susurro con más preguntas que fe.
A su espalda, las puertas del templo se entreabrieron y dejaron entrar los gritos: consignas contra la iglesia, contra los héroes de la Maldición de la Muerte, contra él. Alistar terminó la oración con los dientes apretados.
Desde lo alto de la escalinata contempló la plaza. La multitud llegaba hasta donde alcanzaban las antorchas: palos, piedras, herramientas convertidas en armas, rostros embozados por el humo y por el miedo.
A su lado, Marcus midió la plaza con una sola mirada.
—Esto va a romperse.
Alistar asintió. Detrás de los escudos alzados de sus hombres se oía el miedo; algunos ya miraban de reojo las bocacalles.
Las puertas principales se abrieron con torpeza solemne. Salió Harker, comandante de la orden, con el gesto endurecido de quien lleva décadas cumpliendo órdenes; junto a él, el sumo sacerdote Eldrin alzaba las manos al cielo pidiendo paz.
—¡Hijos de Waterdeep! —clamó Eldrin—. ¡Tyr entiende vuestro sufrimiento y os ofrece consuelo!
La respuesta fue un rugido. Volaron antorchas, estallaron botellas contra la escalinata, y las piedras empezaron a silbar entre los defensores.
—¡Atrás! —rugió Alistar—. ¡Formación!
Era ya demasiado tarde. Una piedra cruzó el aire y golpeó al sumo sacerdote Eldrin en la frente. El anciano cayó sin un grito, desplomado sobre los escalones sagrados, y la sangre empezó a correr peldaños abajo.
La plaza entera calló. Durante un instante no hubo turba ni templo: solo cientos de personas mirando lo que acababan de hacer, y un cuerpo vestido de blanco que no se movía. Una mujer soltó la piedra que aún tenía en la mano.
—¡Avanzad y dispersadlos! ¡Es una orden! —Harker ya bajaba las escaleras, con la furia de los que prefieren no pensar.
Alistar no se movió. En aquellos rostros no veía enemigos: veía padres, madres, hijos, gente arrastrada hasta allí por un miedo más viejo que su rabia.
Entonces, del centro mismo de la plaza, brotó un pulso oscuro que devoró la luz y el sonido. El mundo quedó en blanco un segundo entero. Después, estalló.
La plaza se desgarró; escalinatas y cuerpos saltaron por el aire. El escudo de Alistar —el que portaba desde su iniciación— salió arrancado de su brazo y rodó escaleras abajo. Del humo emergieron figuras de carne putrefacta y sombra sólida, avanzando hacia los ciudadanos que aún no habían echado a correr.
Cuando Alistar pudo incorporarse, buscó su escudo entre los escombros. Estaba boca abajo, con la balanza de Tyr hundida en el barro. Tardó tres latidos en recogerlo.
Vengy – La Llama Encerrada
Canción Vengy, La Llama Inquebrantable
La puerta de la celda cruzó el pasillo antes de que el guardia entendiera el trueno.
—¡Onda de trueno! —había rugido Vengy, y era la primera vez en meses que su voz sonaba a lo que fue.
Hasta esa noche, la prisión subterránea de Waterdeep solo había conocido de él su silencio. Llevaba semanas en aquella celda húmeda, sin armadura ni capa, con las piernas medio dormidas por el cautiverio; y aun así seguía atrayendo miradas y murmullos entre rejas. Para algunos era un santo; para otros, un farsante iluminado. Todos coincidían en una cosa: aquella mirada no se apagaba ni en la más honda de las oscuridades.
La acusación oficial hablaba de tratos con criminales. Vengy sabía lo que se escondía debajo: haber cruzado la puerta del local de un viejo amigo sin saber que las risas y las canciones de antaño tapaban ya otros negocios. Desde aquel día su nombre valía menos, los suyos dudaban, y sus enemigos habían salido de las sombras como buitres.
Aquella noche no podía dormir. Tumbado en el catre, buscaba constelaciones en las grietas del techo cuando el aire de la celda se volvió espeso, con un olor acre a ceniza y a odio. Entonces la vio: una lengua de humo negro deslizándose bajo la puerta, espesa, con paciencia de depredador. El humo no preguntó. Él tampoco.
Un guardia pasó corriendo a ciegas, tropezó con la puerta arrancada y cayó a los pies del prisionero.
—¡Levántate! —Vengy tiró de él.
De la oscuridad salió una silueta felina envuelta en niebla, moviéndose a un ritmo que no era de este mundo. Saltó sobre el guardia y lo dejó tendido de un solo golpe. Luego giró la cabeza, despacio, y clavó en Vengy dos ojos incandescentes.
Aquello era una cacería, y la presa era él.
Vengy se apoyó en la pared húmeda y se incorporó, hueso a hueso. Sin altar, sin armas, sin más fuego que el suyo propio. Si aquel era el fin, estaba decidido a arder junto con él.
Ander – Al compás de la penitencia
Canción Ander, Canciones al Viento
En el rincón más oscuro de una taberna sin nombre, Ander tocaba la flauta con dedos que ya no eran de músico. El aire olía a cerveza estancada y a grasa rancia; el público lo toleraba, que era distinto de escucharlo.
Las notas salían torpes, algunas falladas, otras desafinadas quizá a propósito. Las monedas que caían a sus pies eran limosna, y las dos partes lo sabían.
—¡Eh, héroe! —vociferó alguien entre risas crueles—. ¿Por qué no nos cantas cómo salvaste al mundo y perdiste tu alma?
Ander levantó la vista y no contestó. Mil noches iguales le habían gastado todas las réplicas.
Cuando las burlas se hicieron murmullo constante, se levantó y cruzó la taberna tambaleándose. Junto al umbral se dobló y vomitó, sin ruido, sin que nadie dentro dejara de beber. Después salió al frío. Nadie lo siguió.
La noche mordía a través de la capa raída que un día fue de colores. Por las callejuelas estrechas del suburbio bajaba la niebla del puerto, con su olor a sebo y a marea baja, y las pocas farolas de aceite se ahogaban en ella.
Caminó sin rumbo, con las burlas aún zumbándole dentro. En una esquina, un perro callejero, flaco hasta los huesos, alzó la cabeza al verlo.
Ander se agachó, rebuscó en el bolsillo y le tendió un mendrugo endurecido. El perro lo aceptó con suavidad, sin apartar la vista del bardo.
Al fondo de la calle empezó a arder una luz blanca, de una pureza que no pertenecía a ninguna llama de este mundo. El perro gruñó primero.
La luz giró sobre sí misma y se abrió en un portal. Al otro lado había montañas negras vomitando fuego, un cielo de ceniza roja, una tierra agrietada que ardía. Ander retrocedió un paso.
—No… —susurró.
Del portal salieron tres figuras sin rostro, con paso deliberado y marcial, soldados de una guerra que nadie recordaba. Una giró la cabeza hacia Ander y se detuvo, como quien reconoce.
Antes de que avanzaran, el portal se cerró de golpe. Sobre el empedrado mojado quedó un resplandor que tardó en morir, y el jadeo del perro.
Ander se miró las manos. No conseguía cerrarlas. Ni en la Tumba, con la muerte respirándole en la nuca, le habían temblado así.
El perro le empujó la pierna con el hocico, una vez, dos. Aquellas figuras no habían salido a esa calle por azar. Sabían dónde encontrarlo.