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Sesión 6

Cuatro medialunas

Los triángulos rojos habían brotado durante la noche por toda la Avenida de la Esperanza, uno por fachada, pintados por manos apresuradas. Bajo los soportales, los vecinos los miraban sin mirarlos.

En una esquina ardía una hoguera vigilada por soldados de la Mano de Hierro. No había violencia: solo la rigidez con que requisaban amuletos y talismanes, arrojándolos al fuego con gesto de trámite. El humo, verde y acre, se llevaba algo más que baratijas. Un grupo de fieles retrocedía escondiendo sus símbolos bajo la ropa; una madre abrazaba a su hijo con la vista clavada en las llamas; un comerciante cerraba el puesto murmurando que hoy no era día de tentar a la fortuna. Al pasar junto al fuego, Malizall cerró el puño en torno al amuleto de Relion, bajo la ropa, hasta sentir sus bordes.

Fue en esa mañana plomiza cuando, en la capilla destrozada de Lathander junto al acantilado, Hakuryuu despertó de golpe, jadeando. Se incorporó sin decir nada. Solo lo delató el puño: al abrirlo, las garras le habían dejado cuatro medialunas de sangre en la palma.

—Hakuryuu, ¿qué ha ocurrido? ¿Qué es lo que has visto? —preguntó Orianna.

Vengy se acercó también:

—Cuéntanos. No es la primera vez que te vemos caer así, consumido por visiones repentinas. ¿Qué ha ocurrido esta vez?

Hakuryuu respiró hondo antes de responder.

—He visto a Acererak —dijo al fin—. Como siempre, intenta quebrar nuestra voluntad, busca minar nuestra confianza con sus tretas y burlas, pero no lo conseguirá.

Ander no pudo contenerse:

—¿Y qué fue exactamente lo que te mostró, para afectarte tanto?

La mirada que le devolvió Hakuryuu habría afilado un cuchillo. Ander desvió la conversación con la agilidad de quien conoce el peligro.

—Esto confirma nuestras sospechas —intervino Alistar—, especialmente tras mi conversación con Faux. Acererak está provocándonos deliberadamente. Quiere que vayamos en su búsqueda, que volvamos exactamente allí donde ya nos enfrentamos a él.

—Y estará preparado, sin duda —añadió Ander—. No cometerá el error de subestimarnos esta vez.

—Eso es seguro —asintió Alistar.

—Y podemos estar seguros de que vendrá a por nosotros —cerró Orianna—, a cada uno de forma específica y personalizada. Debemos estar preparados.

La Voz es Ley

La tarde caía con matices rojizos sobre las calles húmedas, y las pintadas frescas proclamaban en cada esquina los lemas de la Mano de Hierro: “La Voz es Ley”, “Sin suerte, sin herejía”.

El grupo avanzó con cautela hacia el Templo de Tyr. El bastión de la justicia seguía en pie, pero sus puertas de bronce y la balanza dorada de la entrada parecían apagadas. En la plaza los recibió una imagen nueva: la estatua de Tyr, dañada la noche del ataque demoníaco, había terminado de caer. Un puñado de fieles aguardaba bajo los aleros evitando las miradas de las patrullas, y junto a los escalones una anciana apretaba un medallón dorado, rezando tan bajo que sus palabras se fundían con el viento.

Los soldados no les entorpecieron el paso. Alistar fue directo a sus austeras dependencias y sacó algo de dinero de su cofre personal; después salió a buscar al Capitán Marcus para ponerlo al corriente. Recorrió los corredores de piedra fría sin hallar rastro de él, preguntando aquí y allá, hasta cruzarse con Hendrick: un soldado joven, de barba incipiente y cota impecable, que se cuadró al verlo con más respeto del que pedía el reglamento.

—¡Señor! —saludó con formalidad militar.

—¡Hendrick! Me alegro de verte.

—Igualmente, señor.

—Hendrick, no son necesarias las formalidades. Ya sabes que he sido temporalmente apartado del servicio activo…

—Eso es irrelevante, señor —respondió el joven, con una leve sonrisa.

—La verdad es que estaba buscando al capitán Marcus. ¿Sabes algo sobre su paradero?

Hendrick frunció el ceño, haciendo memoria.

—Lo vi anoche, pero partió de nuevo hoy al alba en una misión. Si no recuerdo mal, hacia el mercado de los suburbios.

—Disculpa la intromisión, pero ¿sabes si la misión tiene algo que ver con la orden de la Mano?

—No lo sé, señor.

—De acuerdo. Gracias, Hendrick. Que Tyr esté contigo.

—Y con usted, señor.

Alistar volvió a la sala principal, presidida por la colosal estatua interior de Tyr —la mano ausente sosteniendo en símbolo la balanza, la otra blandiendo la espada—, y se arrodilló en oración. Sildar lo siguió, y ambos compartieron una plegaria sin palabras.

—Ya podemos irnos, chicos —indicó Alistar al terminar.

—Espero que tus rezos sean escuchados —le dijo Orianna, ya de camino a la salida.

—Estoy seguro de que lo serán.

Fuera, algunos soldados de la Mano les clavaron la mirada. Vengy se la sostuvo, sin parpadear. Hakuryuu captó una sonrisa burlona en los labios de uno y ya se tensaba cuando Ander se le adelantó:

—Un guerrero de verdad sabe cuándo luchar sus batallas. Ahora no, Hakuryuu. Déjalos, por favor.

El dragón cedió, contenido. Orianna envió al grupo un aviso telepático:

—Si esta gente nos reconoce con esa facilidad, no creo que infiltrarnos sea la mejor opción.

Cruzaron la plaza hacia la mansión de Hakuryuu bajo la vigilancia silenciosa de sus adversarios.

La mesa del dragón

El Distrito del Mar los recibió con su calma de mármol blanco y faroles mágicos, banderas doradas y estatuas de héroes antiguos vigilando calles despejadas. Hasta las patrullas de la Mano parecían aquí meros adornos incómodos.

Por el camino, Ceniz revoloteaba entre las farolas a la caza de pequeños tesoros. Captó un brillo en el suelo y volvió orgulloso hasta Malizall con un delicado collarcito de plata en el pico.

—Ceniz, ¿otra vez recogiendo cosas del suelo? —lo reprendió el brujo, con más diversión que severidad.

En la mansión, el servicio seguía retirando escombros. Ander, al ver el entorno familiar, llamó alegremente:

—¡Querida, querida!

Loti llegó corriendo, luciendo al cuello un pañuelo con el blasón del dragón plateado. Hakuryuu, por su parte, se detuvo un instante ante las estatuas de dragones de la entrada; una sombra le cruzó el rostro —su hermano, sus padres—, y siguió adelante.

En la puerta los recibió Varuun, con la cara iluminada.

—¡Señor, cuánto tiempo!

—¿Cómo están las cosas por aquí? —preguntó Hakuryuu.

—Tranquilas, supongo.

—Bien, veo que estáis cuidando bien de la mansión.

—De lo que queda… —musitó Varuun, y se dio cuenta al instante—. ¡Perdón, señor!

—¿Alguna noticia? —continuó Hakuryuu, sin darle importancia al desliz.

—Ninguna, señor.

—Bien. Descansa.

Varuun se cuadró con ímpetu:

—¡Eso nunca, señor! ¡Un dragón nunca descansa!

—Bien, entonces vigila. Y si ves algo sospechoso, avisa —concedió Hakuryuu, con media sonrisa.

—¡A sus órdenes, señor!

—Tal vez podríamos comer algo, chicos… —sugirió Alistar.

—¿Nos preparas algo bueno, Hakuryuu? —se animó Vengy.

—Venid conmigo. Podremos trazar nuestros próximos movimientos mientras comemos.

De camino al comedor secundario —el principal seguía dañado—, Ander expresó su desacuerdo con toda la dignidad de la que fue capaz:

—¡Ay, nooo, eso es malo para la digestión! ¿Comer y hablar de cosas serias y tensas? Preferiría comer primero y luego hablar…

—No te preocupes, Ander —intervino Sildar, gesticulando con exagerada pedagogía—: no hace falta que hables y comas a la vez. Comes. Y hablas. Comes. Y hablas.

Acomodados a la mesa, los sirvientes hicieron aparecer una variedad de platos y bebidas, hidromiel incluida. Ander apartó la botella con un dramatismo de tragedia antigua; Orianna, sonriendo, la alejó un palmo más.

La conversación fue derivando hacia los recuerdos. Malizall habló, por una vez, de sus años de cabaña y de lo que se aprende de un dios cuando nadie más escucha; y Sildar, para levantar los ánimos, remató:

—A mí las canas no hacen más que subirme el carisma.

Las risas despejaron la mesa mejor que los sirvientes.

Después llegó la hora de los planes. Vengy propuso:

—Creo que lo siguiente debería ser visitar el bosque de Orianna para revisar la grieta y buscar algo útil. La otra opción sería infiltrarnos en la Mano.

Sopesaron riesgos y ventajas de ambas, sin acabar de decidirse por la segunda. Sildar ofreció entonces la salida práctica:

—No digáis que lo he propuesto yo, pero podríamos contratar a alguien en los bajos fondos de Waterdeep para infiltrarse en la Mano.

—Sildar, eres un hombre de recursos —aprobó Malizall.

—No es mala idea —asintió Alistar—. Podemos prepararlo antes de partir al bosque.

—Prefiero quedarme en Waterdeep —añadió Sildar—. Me encargaré personalmente de esto.

Le entregaron una suma generosa para la tarea, y se concedieron un rato más de mesa: lo iban a necesitar.

La muesca

La sobremesa tomó un giro más íntimo. Malizall, buscando implicar al pensativo dragón, preguntó con suavidad:

—Hakuryuu, ¿por qué no nos cuentas algo de estos años?

Hakuryuu no respondió. Fue Ander quien llenó el hueco, con un entusiasmo que era ya su manera de ofrecerse:

—Bueno, si nuestro querido dragón no quiere hablar, ¡yo sí tengo una historia que contar! Después de que nos resucitaran, fue todo miel sobre hojuelas. ¡Mis canciones eran un éxito absoluto! —Los ojos le brillaban—. Salía al escenario, cantaba y la gente… ¡La gente se volvía loca! Aquello duró unos diez meses más o menos, y debo admitir que me sentí en la cima del mundo.

Hizo una pausa teatral, y la sonrisa se le fue quedando pequeña:

—Pero debo admitir que quizás, solo quizás, se me subieron un poco los humos a la cabeza. Empecé a exagerar nuestras hazañas en mis relatos. ¡Sobre todo en esos momentos donde yo os salvé el trasero, por supuesto! Como por ejemplo, aquella vez en la que vi a Hakuryuu llorando y le dije: “¡Ánimo amigo, no te vengas abajo, eres un dragón!”

—¡Nunca lloré! —replicó Hakuryuu con fingida indignación.

—¡Claro que sí, amigo! O como esa otra ocasión en la que Alistar tenía dudas sobre su fe y le dije: “Nooo, Alistar, tu fe es un pilar muy importante”, y recuperó su fe con mis palabras.

—Ander —intervino Alistar, con una sonrisa indulgente—, creo que te estás confundiendo con Sharwyn.

La sonrisa del bardo se diluyó.

—Bueno, ahora que lo dices… ¡Puede que también me inventara algunas historias!

—Sin embargo, Ander, sí que hay una historia realmente heroica que supongo habrás contado —añadió Alistar—. ¡Aquella en la que nos salvaste de morir frente a aquella serpiente gigante!

Ander tardó en contestar.

—La verdad es que esa historia la he contado muy pocas veces. No fui para nada un héroe; me acurruqué en un rincón, dominado por el miedo al contemplar las fauces de aquel monstruo colosal. Vosotros erais quienes sosteníais ese titánico combate, mientras yo solo podía observar. La verdadera heroína fue Sharwyn, no yo, pues fue su sacrificio lo que nos permitió escapar de aquel enfrentamiento oscuro. Recuerdo, con un nudo en la garganta, cómo ella, guiada por la nobleza de su corazón y empuñando hábilmente sus espadas de luz y sombra, lograba herir al monstruo con golpes certeros.

—La bestia se ensañó con ella y, en un segundo en que Sharwyn no pudo verla venir, la serpiente le dio el mortal abrazo. La vi caer, su cuerpo quedó inerte en el campo de batalla. Entonces, solo así pude moverme, empujado por algo más fuerte que el miedo: la esperanza de que mis ojos le hubieran jugado una cruel broma a mi corazón. Corrí hacia ella y, en un momento de inconsciencia, empuñé mi espada y le di el golpe final al monstruo.

—Me arrodillé junto a ella y la tomé entre mis brazos; noté todos los huesos quebrados de su cuerpo. Con prisa y la voz quebrada, recité todas las frases y cánticos que podrían haberla curado, pero ya era tarde. Solo pude estar con ella en su último suspiro y, con la boca ensangrentada, esbozó una sonrisa y me miró con una ternura tal que oí dentro de mí su voz diciendo: “No te asustes, pequeñajo; yo te protegeré siempre” y, al finalizar esta frase, el brillo de sus ojos se apagó.

—Después de aquello, enmudecí por unos segundos, como preludio al doloroso llanto por la pérdida de una gran amiga. Por eso no puedo evitar sentirme un fracasado, porque no pude salvarla. Cada vez que intentaba cantar su gesta y su noble sacrificio, se me partía la voz. Así que, con el tiempo, dejé esa historia atrás.

Nadie llenó el silencio que siguió. Era suyo.

—Después de aquello, mi ego se convirtió en mi refugio —prosiguió Ander—. Necesitaba que todos reconocieran mis historias, mis esfuerzos. Y cuando no era así, cuando veía indiferencia en los rostros, sentía una rabia terrible. Un día, cegado por la soberbia y el alcohol, quise impresionar a alguien que no reaccionaba ante mis canciones. Lancé un hechizo sin cuidado y… un niño inocente resultó herido.

Le tembló la voz al continuar:

—Lo curé, lo cuidé. Pero cada vez que me veía después de aquello, veía miedo en sus ojos. Esa herida en mi ojo… no recuerdo cómo ocurrió exactamente, pero se convirtió en un recordatorio constante de mi fracaso, de mis errores. Es también lo que retiene al monstruo que vive dentro de mí, ese monstruo que, cada vez que recuerdo su rostro ebrio de soberbia, me enferma y me aterra. Temo tanto que vuelva a salir y a hacer daño a los inocentes, y por eso soy incapaz de curarla, ya que solo así como me veis ahora soy capaz de verme yo también.

La sala quedó en silencio hasta que Orianna preguntó, suave:

—¿Fue entonces cuando perdiste tu ojo?

Ander asintió, sin poder precisar más.

—En este viaje, Ander —dijo Malizall—, estoy seguro de que encontrarás la manera de sanar esas heridas internas.

—¡Y vamos a necesitar tus dos ojos! —añadió Orianna.

—Todos cometemos errores, amigo —reforzó Alistar—. Tu arrepentimiento es sincero. No necesitas una cicatriz para recordarlo.

Entonces Sildar, viendo al bardo desarmado, intervino con su sabiduría de soldado viejo:

—Si tienes miedo de olvidar algo, solo debes hacerle una marca a tu instrumento.

Tomó la flauta de Ander y, con una daga, talló una pequeña muesca en la madera pulida.

—Algunas cosas no se olvidan nunca. Pero si necesitas recordarlas, mira esta marca. —Retiró su escudo del brazo y les mostró la cara interna, cubierta de muescas—. Cada una representa algo que no debo olvidar. Jamás.

Ander recogió la flauta y pasó el pulgar por la marca nueva.

—Gracias, Sildar.

Sildar alzó entonces las manos hacia el rostro del bardo — y se detuvo a un dedo de tocarlo. Esperó. Ander miró la muesca recién tallada, respiró hondo, y asintió.

Solo entonces el resplandor curativo fluyó, cálido, cerrando el ojo herido y disolviendo de paso un poco del peso que el bardo llevaba encima.

Ander parpadeó, probando la novedad de mirar con los dos ojos. Nadie hizo ruido al respecto, y él lo agradeció más que la propia cura.

Dos gotas de agua

Inspirado por la valentía de Ander, Hakuryuu tomó aire y, con una voz a medio camino entre el orgullo y la melancolía, comenzó:

—Yo también os contaré una historia… la de unos niños cuyos nombres se han desvanecido en mi memoria.

Todas las miradas se volvieron hacia él.

—Estos años han sido muy tranquilos. Tengo de todo, no me falta nada —afirmó, con un leve orgullo.

—Es lo que siempre has querido —intervino Orianna.

Hakuryuu asintió, y su voz se adentró en el recuerdo.

La mañana era fría, aunque la escarcha empezaba a derretirse sobre las hojas plateadas del jardín. Agitado todavía por los ejercicios, caminaba entre los cerezos grises. Mi cuerpo se había fortalecido; mi espíritu seguía erosionado. «Sin Myrrym sigo incompleto», pensaba.

De pronto, un alboroto quebró la calma.

—¡Te he dicho que no puedes pasar, niño! ¡Aléjate de los terrenos de mi señor!

Caminé con paso firme hacia la entrada. Un guardia forcejeaba con un crío de no más de ocho años, sucio, jadeante, el rostro arañado por las zarzas; pese a su tamaño, se aferraba al umbral como si la vida le fuera en ello.

—¿Qué sucede? —pregunté, seco.

—Dice que busca a mi señor, pero no da su nombre ni el motivo —el guardia se cuadró.

Me detuve ante el pequeño.

—Yo soy Hakuryuu. ¿Qué quieres, niño?

Se irguió como pudo, tragando saliva. El cabello, largo y plateado, le caía en mechones sobre la frente, dándole un aire fantasmal bajo el sol. Sus ojos —grandes, plateados, brillantes— mostraban más miedo por lo que dejaba atrás que por mi figura.

—Dicen que es usted un héroe… Que salvó ciudades… Que luchó contra la muerte misma.

Entrecerré los ojos.

—No es a mí a quien buscas. Estoy ocupado. Retírate.

Me giré para marcharme. El niño tembló, bajó la mirada; por un instante pareció rendirse. Y entonces imploró, con la voz rota:

—Es mi hermano gemelo… Cayó por un acantilado. Estábamos jugando, nos alejamos demasiado de nuestros padres, y fue culpa mía. Oímos un rugido. Hay algo ahí abajo. Algo que se mueve… Oí hablar de usted, y vine a pedir ayuda.

La palabra «hermano» quedó suspendida en el salón. Orianna ladeó la cabeza: no era solo lo que Hakuryuu decía, sino cómo lo decía. Atrapada por el relato, preguntó con urgencia:

—Hakuryuu, ¿lo salvaste?

Él alzó la vista. Por un instante, el poco fuego que le quedaba brilló en sus ojos helados. Asintió despacio.

Bajé la mirada y vi al niño: pequeño, sucio, jadeante, los ojos llenos de desesperación. Me volví hacia el guardia.

—Tráeme a Drogon. Ahora.

—¿Su semental, mi señor? —titubeó. Y, sujetando al niño por el brazo—: ¡Mi señor, no vale la pena! Solo es un crío sucio inventando historias. No pierda el tiempo con él.

Volví el rostro hacia él, con furia.

—Prepara a Drogon. Ahora.

—Entendido, mi señor. ¡Ahora mismo! —cedió, resignado pero dispuesto a obedecer.

La tarde empezaba a cubrirse de nubes cuando cabalgaba a toda velocidad, el niño aferrado a mi cintura, Drogon cortando el viento. El paisaje se volvía rocoso, el sendero estrecho, y a lo lejos crecía el rugido de una bestia.

—¿Dónde cayó tu hermano? —pregunté.

—¡Allí! —señaló con el dedo tembloroso una formación rocosa al borde de un precipicio.

Zarzas y piedras marcaban un sendero roto que bajaba hacia el acantilado. Y entre las rocas, un cuerpecito se movía, colgado entre raíces y grietas, luchando por no caer. Entonces una sombra cruzó el cielo.

Frené a Drogon y descendí de un salto. Ordené al niño que se quedara tras una piedra. Y la vi: una criatura parecida a un lobo, enorme, de pelaje negro azabache y ojos como brasas, olfateando el aire, cada vez más cerca del herido. Bajó por la ladera a una velocidad sorprendente; el terreno temblaba bajo sus pisadas.

El combate fue brutal. Sentí renacer en mí una pasión dormida por la batalla, el eco de nuestros días de gloria. Fue duro, pero la vencí: hundí la espada entre sus costillas justo cuando se disponía a saltar sobre el gemelo caído. La bestia soltó un chillido y se desplomó.

Me acerqué al niño herido. Tenía rasguños, estaba aturdido, pero vivo.

—Ya estás a salvo… —le dije, y la voz me salió más suave de lo que habría imaginado.

El silencio volvió al acantilado, roto solo por el jadeo de los tres: el niño herido, el que lo había buscado, y yo, con la espada aún ensangrentada, arrodillado en la tierra.

Cuando me acerqué al que había quedado colgado, percibí algo más: una firmeza inesperada, un temple que no se enseña, que nace. Sus ojos plateados parecían fijos en un único propósito: proteger.

Le pregunté si estaba bien, y respondió con una calma sorprendente:

—Sabía que mi hermano volvería por mí.

Una sombra de tristeza le cruzó el rostro antes de añadir:

—Gracias por no dejarnos solos, señor Hakuryuu.

Miré a los dos hermanos. Uno abrazaba al otro, temblando de alivio. Vivos. Juntos. Casi imposibles de distinguir: el mismo cabello plateado al viento, los mismos ojos grandes y brillantes como espejos enfrentados, la misma fragilidad vestida de coraje. Dos gotas de agua reflejando un mismo sol… o una misma herida.

El mayor —o el más maduro— sostenía a su hermano con una calma nacida del deber, no de la ausencia de miedo; el otro, más pequeño de espíritu aunque no de estatura, sollozaba aún, aferrado a él como si el mundo fuera a derrumbarse si lo soltaba. Y, sin embargo, había sido este —el más asustado, el más frágil— quien había cruzado el bosque, plantado cara a los guardias y llamado a mis puertas para salvar a su gemelo. El miedo no lo había detenido. Lo había empujado.

Les pregunté por qué se habían aventurado allí. Querían emular nuestras leyendas, dijeron, nuestras aventuras.

—No se enfade con nosotros, señor Hakuryuu. Usted es un héroe de verdad. Mi hermano y yo jugamos a ser guerreros, y siempre peleamos por quién hace de usted.

—¿Y quién gana? —pregunté.

—Yo, casi siempre… porque soy el mayor —dijo, con orgullo infantil. Luego se puso serio—. Pero hoy lo he visto de verdad, y fue mejor que cualquier historia.

Hizo una pausa y lo dijo con respeto, con fuego en la mirada:

—Cuando crezca, quiero ser como usted. Fuerte, valiente… pero también alguien que escuche, que se detenga a ayudar. Que no ignore a quien nadie ve.

Lo miré en silencio. Por un instante, aquel brillo en sus ojos fue el reflejo perfecto del que yo ya no era… o del que aún vivía, oculto, dentro de mí.

—Tienes buen corazón, niño. No lo pierdas. Te hará mejor guerrero que cualquier espada.

Y, sin pensarlo, añadí:

—Si seguís entrenando, un día seréis tan buenos guerreros como lo fuimos mi her…

—¿Su… qué? —preguntaron, frunciendo el ceño.

—Nada. Un pensamiento antiguo —dije.

Los llevé a la mansión, ordené que los bañaran y los vistieran con prendas del dragón plateado, y entrené un rato con ellos hasta que sus padres, angustiados, vinieron a recogerlos.

Al terminar, Hakuryuu se quedó un instante en silencio, pensando en unos ojos iguales a los del hermano mayor y en una voz que ya no volvería a oír. El rostro se le afligió.

—Hakuryuu —observó Orianna—, siempre cuentas algo de tu presente; nunca de tu pasado.

Entonces Ander, con una pierna cruzada sobre el respaldo del sofá, se inclinó hacia delante con poco tacto:

—Hakuryuu, ¿y tu familia? ¿Están todos muertos o qué? ¿También eran guerreros como tú?

El comentario cayó como una piedra en el agua. Orianna le clavó un codazo en las costillas, pero Hakuryuu respondió con una serenidad inesperada, como si la pregunta abriera una puerta cerrada hacía mucho:

—Provengo de una familia importante. Mi padre aún vive; hace mucho que no nos vemos, pero nos cruzamos cartas de cuando en cuando. Es un guerrero estricto, dirige un clan. Mi apellido es Arashi.

—¡Imagínate a Hakuryuu y a su padre ahí, pa-pa-pa con las espadas! —fantaseó Ander, incapaz de contenerse.

Hakuryuu continuó sin perder la compostura:

—Mi padre siempre ha sido muy estricto, muy exigente. Puede que alguna vez me hayáis visto vulnerable; no volverá a ocurrir. Os respeto a todos, aunque no seáis guerreros tan hábiles como yo —concluyó con una sonrisa provocadora, pero genuinamente agradecida—. Gracias por todo.

El grupo decidió descansar hasta la tarde siguiente. Nadie preguntó más: el apellido, Arashi, se quedó en la sala como un objeto recién desenvuelto que ninguno se atrevía a tocar.

Lo que Selûne guarda

La tarde caía sobre Waterdeep como un sudario tejido con ceniza y agua. Frente al templo de Tymora, la hoguera seguía devorando símbolos sagrados bajo la lluvia, y los triángulos de las puertas sangraban despacio su pintura roja.

En la mansión, antes de partir, Ander se agachó junto a Loti.

—Loti, debo irme a un lugar peligroso. Cuida bien de la mansión… y de Varuun también.

Loti ladró con entusiasmo de quien acepta un encargo. Varuun, sorprendido momentos antes hablándole a la perra con una voz que nadie le habría imaginado, recompuso el gesto marcial a toda prisa.

Salieron con monturas de los establos privados de Hakuryuu; Alistar invocó su montura celestial, y Orianna tomó forma de águila para vigilar desde lo alto.

Antes de dejar Sea Ward, la druida pidió una parada en el templo de Selûne. El santuario resplandecía con una claridad lunar propia, indiferente a la hora del día. Orianna entró sola.

Dentro olía a jazmín, y una fuente murmuraba en el centro. Una sacerdotisa de ropajes vaporosos danzaba alrededor de un círculo de pétalos blancos, con cintas plateadas y azules trenzadas en el cabello.

Orianna se quitó del cuello una pieza de corteza grabada con el símbolo lunar y la colocó bajo un haz de luz plateada que caía de la cúpula. El símbolo brilló en azul celeste. Cerró los ojos: las noches bajo la luna, las transformaciones, Elyz siempre al lado.

—Selûne —susurró—, te ruego que me ayudes a recuperar a Elyz y que mi conexión arcana resista frente a las fuerzas que buscan separarnos.

La sacerdotisa giró hacia ella con gracia y, lanzando pétalos al aire en un salto leve, pronunció:

—Que la luna refleje tu destino, y la noche guíe tu alma.

Orianna hizo una reverencia y volvió con los suyos. Emprendieron el camino hacia el bosque.

El viaje empezó por rutas transitadas y fue estrechándose hacia sendas solitarias, marcadas con carteles de advertencia — obra de los aldeanos de una villa cercana, a quienes Orianna había hecho algunas “trastadas” en el pasado.

—Tranquilos —explicó—, conozco el camino y cómo evitar todas las trampas que puse para los inoportunos.

Malizall extendió las manos e invocó una protección sobre Vengy, Hakuryuu y Ander, reforzando sus energías vitales.

Antes de llegar al árbol sagrado, Orianna los desvió hacia una madriguera camuflada. De su escondrijo recuperó el kit de herboristería, los manuales de venenos y, con un cuidado distinto, unos brazaletes forjados con escamas de Elyz, regalo de tiempos mejores.

—Nunca quise llevarlos —le explicó a Ander—. Creí que siempre estaríamos juntas, que no necesitaría este tipo de protección. Ahora siento que debería haberlos valorado más.

Ander la vio guardar los brazaletes bajo la ropa y no dijo nada. Orianna añadió a su riñonera tres pociones de curación mayor y una capa con capucha.

Continuaron hacia el árbol sagrado. Ya estaban cerca cuando Alistar activó sus sentidos divinos y se giró en seco:

—¡Detrás nuestro!

El cielo le respondió

A lo lejos, dos figuras grotescas de apariencia humanoide devoraban los restos de un ciervo destripado: cuerpos deformes, obesos, harapos tribales sobre una piel violácea y enfermiza, y un hedor que llegaba antes que ellas.

Alistar no esperó: una llama sagrada brotó de su mano y golpeó a una de las criaturas. Las dos rugieron y se lanzaron contra él en una embestida torpe pero veloz, blandiendo garrotes erizados de cuchillas.

Orianna, enfurecida por la profanación de su bosque, alzó la mirada al cielo encapotado. Su voz, amplificada por la magia, restalló como un trueno:

—¡Acererak! ¡Mataremos a cuantas criaturas nos lances! ¡No profanes más mi bosque!

Y el cielo le respondió: un rayo cayó sobre una de las bestias y la estrelló contra un árbol. Malizall proyectó un caos estático que les retorció la mente, y Ander remató la faena con un puñado de pullas cargadas de magia, hurgando en la cordura ya quebrada de una de ellas.

Alistar interceptó al más próximo; su espada se encendió en un castigo divino que le abrió una herida profunda, y la criatura, desorientada, se desplomó justo a los pies de Hakuryuu.

El dragón plateado sonrió, salvaje.

—Así te quería pillar.

Descargó un tajo certero. El demonio, desesperado, se echó a cuatro patas y se abalanzó sobre él; pero Hakuryuu se apartó con un quiebro elegante y dejó que la inercia llevara a la bestia, trastabillando, hasta los pies de Vengy.

Vengy no desaprovechó el regalo: un golpe brutal la dejó en el suelo, retorciéndose.

Pero la criatura, agonizante, empezó a convulsionarse y a mascullar en el idioma abisal. Vengy, que ya había visto aquello en el mercado, gritó:

—¡Cuidado, va a inmolarse!

Alistar alzó el escudo por instinto, Hakuryuu y Vengy se rehicieron la guardia… y no habría bastado. Pero entonces una espada radiante atravesó a la criatura por detrás, limpia, antes de que estallara.

—¡La próxima vez que montéis una fiesta, no os olvidéis de invitarme! —Sildar, llegado justo a tiempo, con el arma aún encendida.

Con él en el campo, todos se volcaron sobre el segundo demonio. Arremetió contra Alistar, pero Hakuryuu lo interceptó con un batir de alas; y mientras los tres lo acorralaban con el acero, Malizall lo machacaba con descargas sobrenaturales, Orianna llamaba al rayo y Ander le envenenaba la mente a pullas. Acorralado, el monstruo adoptó la pose del sacrificio. Esta vez nadie llegó a tiempo: la explosión los alcanzó a todos.

El escudo de Malizall

Sin apenas aliento tras la explosión, Orianna sintió otra presencia. No era como los seres grotescos recién abatidos: esta se movía con una agilidad etérea, apenas un pliegue en el aire.

Entonces la niebla cuajó en una silueta: piel gris tensa sobre huesos demasiado largos, dientes de aguja en una sonrisa cosida, uñas negras y curvas. Olía a leche agria y a tierra de tumba.

La bruja extendió los dedos y liberó un rayo oscuro contra Hakuryuu, que lo esquivó por poco. Después su cuerpo se deshizo en sombras, evadiendo los aceros del grupo.

—¡Ya nos enfrentamos a algo parecido en la tumba! ¡Es una bruja! —exclamó Alistar.

—¡Sí, y se está desplazando entre planos! —añadió Malizall—. Debemos anclarla en este plano para dañarla.

La bruja reapareció atacando a Alistar, que bloqueó el golpe. Orianna, anticipándose, invocó un rayo que la alcanzó parcialmente antes de que volviera a esfumarse.

Vengy seguía sus movimientos con atención, hasta dar con la clave:

—¡Está usando una piedra de cambio de planos! ¡Una piedra del éter! —gritó.

La bruja retrocedió hacia una posición segura, como si fuera a conjurar desde lejos. El grupo se cerró, pendiente de su hechizo… y por eso nadie vio la verdadera amenaza. Los sentidos divinos de Alistar gritaron una presencia nueva a la espalda del grupo, pero no llegó a tiempo de avisar. Malizall oyó el zumbido mortal justo detrás de él y apenas pudo girar medio cuerpo. El relámpago oscuro venía certero a su pecho, y Alistar solo alcanzó a verlo, impotente, desde la distancia.

Entonces Sildar se interpuso.

El rayo lo golpeó de lleno en la espalda. Una onda lo atravesó y le salió por el pecho, alcanzó también a Malizall y los derribó a los dos.

—¡Sildar! —gritó Malizall, horrorizado.

Otra bruja, oculta hasta entonces, era la autora del ataque. Mientras el grupo asimilaba su presencia, Vengy interrumpía con un contrahechizo la conjuración de la primera, y Orianna descargaba sobre ella otra andanada de rayos.

Hakuryuu se lanzó contra la segunda bruja y le asestó un golpe certero. En un intento desesperado por huir, la criatura tocó su piedra, iniciando el paso al plano etéreo. Pero Alistar, con la voz cargada de poder arcano, ordenó:

—¡Suelta la piedra!

La orden fue irresistible. La piedra cayó, el escape se quebró, y Vengy la remató con un ataque cargado de luz radiante.

La primera bruja, acorralada, intentó una última vez cambiar de plano; Ander le rompió la concentración con un insulto mágico que le atravesó la mente, y el relámpago de Orianna hizo el resto.

Disipado el combate, corrieron hacia Sildar, que intentaba incorporarse. Vengy le aplicó su magia curativa; el dolor cedió, la respiración no. Y al mirarle las manos, todos se quedaron helados: un triángulo oscuro le marcaba la palma.

—¡Sildar, tu mano! —exclamó Alistar.

Sildar contempló el símbolo y se quedó muy quieto. Las pupilas se le abrieron como pozos, el frío le subió por el brazo, y la marca latió una vez, dos, con un compás que no era el suyo. Cuando volvió, buscó a Malizall con los ojos desorbitados:

—¡No era a mí a quien buscaba! Esto no iba dirigido a mí, sino a ti, Malizall.

Malizall repetía su nombre, como si el nombre curase:

—¿Por qué lo has hecho, Sildar? ¡Yo debería protegerte a ti, no al revés!

—Tenía que hacerlo —respondió Sildar, con esfuerzo—. Vi cómo te atacaba… No podía permitirlo.

Malizall volcó toda su energía en sanarlo, sabiendo en el fondo que no bastaría.

—¿Qué has visto, Sildar? —preguntó.

El rostro del veterano era puro horror.

—Algo terrible… Almas atrapadas nuevamente…

—¡No! —jadeó Malizall.

—¡No puede ser! —exclamó Alistar—. ¿Otra vez?

Sildar, con la mirada perdida y la voz casi extinta, murmuró:

—Sobre Waterdeep…

Y perdió de nuevo la consciencia.

Lejos del bosque, la misma lluvia caía sobre un cementerio a las puertas de Waterdeep. Guardias de la Mano de Hierro custodiaban la entrada; dentro, cientos de seguidores de la nueva fe asistían en silencio a un ritual presidido por el Apóstol Hederic Alorn. Una oscuridad espesa cubría el camposanto, cerrando el paso a cualquier luz divina. Diez cuerpos esperaban en fila su entierro.

Hederic Alorn alzó un candelabro oscuro. El artefacto atrapó las almas de los muertos, arrancándolas de los cuerpos con violencia y lanzándolas al cielo tormentoso, mientras su voz se alzaba, honda y triunfal:

—¡Estas almas han sido liberadas! Ahora yacen junto al verdadero dios todopoderoso.


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