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Sesión 5

Ceniza y agua

La lluvia llevaba toda la noche susurrando sobre Waterdeep. Las calles, cubiertas de ceniza, polvo y sangre diluida, se habían vuelto un barro oscuro que se pegaba a las botas de los pocos que se atrevían a salir.

En la mansión de Hakuryuu, el grupo sopesaba el descanso frente a la prisa. Ander, aún agotado, dudaba si quedarse; Sildar zanjó el debate sacando de entre sus pertenencias una poción de curación mayor y poniéndosela en la mano.

—Ander, esto debería bastar para ponerte en pie —aseguró—. No podemos permitirnos perder ni un solo día más.

Hakuryuu, convencido desde el principio de que no era momento de ceder al cansancio, observó en silencio. Ander cedió. Repartidas unas pocas pociones más, salieron todos juntos hacia el templo de Lathander: había que advertir a los aliados, y de paso equipar al bardo.

Sea Ward, la joya de Waterdeep, lucía sombría bajo la lluvia, vigilada por soldados y mercenarios a sueldo de la nobleza. Cada mansión parecía una fortaleza, y las fachadas de mármol blanco devolvían el gris del cielo.

Por el camino notaron el cambio: las miradas desconfiadas de días atrás se habían vuelto gestos de respeto. Los soldados apostados en las esquinas reconocían a los héroes de Chult, y los dejaban pasar con una inclinación de cabeza.

Al cruzar un mercado pequeño y poco concurrido, Ander detuvo al grupo con un gesto.

—Dadme un momento —pidió, señalando un puesto—. Necesito equiparme adecuadamente. Después de todo, nunca se sabe cuándo podríamos necesitar algo más que suerte.

Sombras a medida

El puesto de ropa estaba solitario, y el mercader sumido en la contemplación del vacío. Ander se plantó delante con una sonrisa traviesa.

—¡Buenas tardes, buen hombre! —saludó—. ¡Veo que está desbordado de trabajo hoy! ¿Tendrá algo adecuado para alguien de mi talla?

El tendero arqueó una ceja, sonriendo a su pesar.

—¿Crees acaso que eres el primer halfling que precisa renovar su vestuario? Ven, mira lo que tengo para ti.

Ander inspeccionó las prendas con entusiasmo.

—¡Me encanta! Sin duda será mejor que lo que llevo puesto.

—Y además —agregó el vendedor, impasible—, estará limpio.

Sin mayor ceremonia, Ander empezó a desvestirse allí mismo, ignorando el frío que le mordió la piel. Quedó tan satisfecho que ofreció una generosa propina, llamando con impaciencia a Vengy para que desembolsara el dinero.

—Serán veinte piezas de oro —informó el mercader, que recibió veinticinco.

El hombre observó a Vengy con atención y frunció apenas el ceño.

—Juraría que le conozco… Su rostro me resulta familiar. ¿Es usted de por aquí? Aunque esas ropas no son obra mía, desde luego.

Vengy se despidió cortésmente y se apartó del puesto sin responder.

Quedaba la armadura, prioridad absoluta antes de llegar al templo. En un bazar cercano —otro comercio sumido en una calma extraña—, el dependiente los recibió con alivio:

—¡Ah, por fin! ¡Mis primeros clientes del día! ¿Qué buscan? ¿Quizás prepararse para una aventura?

—Precisamente vengo a buscar la mejor armadura ligera que tenga para mí —respondió Ander.

El mercader mostró algunas piezas de buena factura. Entonces intervino Hakuryuu, y el vendedor lo reconoció al instante.

—¿Esto es lo mejor que puedes ofrecer?

—¡Oh, señor! Claro que no. Por favor, acompáñeme.

Los condujo a una sala reservada donde guardaba las piezas de verdad. De entre ellas eligió, para Ander, una armadura oscura de cuero tachonado: remaches ennegrecidos, ninguna costura a la vista, y una superficie que absorbía la luz hasta hacer difícil distinguir sus bordes.

—Esta es la Piel del Ocaso —anunció con reverencia—. Aunque no posee magia propiamente dicha, su cuero absorbe la luz de forma singular. Sería sumamente difícil verte mientras la lleves puesta, especialmente en penumbra. El conjunto fue elaborado por un maestro curtidor de Waterdeep, famoso por vestir a bardos, ladrones y agentes del Senado Secreto. Las botas, especialmente, se trenzan con hilos de plata lunar y poseen runas antiguas contra la detección.

Armadura Piel del Ocaso

Hakuryuu inspeccionó la armadura con gesto escéptico y desestimó el precio por exagerado; tras una segunda mirada, más larga, reconoció la calidad del trabajo y cedió con un desinterés estudiado:

—Está bien… supongo que para ti será suficiente.

Entre las súplicas de Ander y la insistencia de Hakuryuu y Vengy, la armadura y las botas cambiaron de manos, mientras Alistar y Orianna, ya impacientes, urgían al grupo hacia el templo de Lathander.

Vísperas

Tras pasar por el hospicio donde se alojaba Vengy a recoger algunos fondos, el grupo avanzó hacia Las Agujas del Amanecer, el templo de Lathander, cerca de la costa pero fuera ya del Distrito del Mar. La estructura parecía no solo tallada en piedra, sino moldeada a partir de la luz: columnas de mármol rosado y jaspe dorado, bóvedas etéreas, agujas de cristal rematadas en orbes de oro bruñido que multiplicaban la claridad en haces irisados.

Templo de Lathander

Frente al templo habían levantado un escenario provisional de madera. Sobre él aguardaba, inmóvil, un joven de túnica blanca escoltado por tres soldados de la Mano de Hierro; alrededor, más soldados vigilaban a una multitud considerable. Muchos, devotos de la nueva fe, apretaban sencillos amuletos contra el pecho.

El joven era el Apóstol Marvyn Taul: porte nervioso y febril, piel pálida, cabello castaño sobre la frente, y en la túnica blanca, bordado, el triángulo oscuro de la Mano.

El grupo se situó cerca de la entrada del templo, donde podía observar sin mezclarse. De dentro salieron también miembros de la orden de Lathander, congregándose para escuchar.

Cerca del escenario estaba el Sargento Derian Farse: rostro cuadrado, una fina cicatriz bajo el ojo, cota de malla impecable bajo un abrigo negro con ribetes metálicos, y el brazalete triangular al brazo.

Derian bajó del escenario justo antes de que Marvyn alzara los brazos pidiendo silencio. La multitud calló de golpe. Y en ese silencio, un zumbido sordo recorrió el aire: Vengy, Malizall y Alistar sintieron tambalearse, apenas un instante, el poder divino que los sostenía. Cruzaron una mirada.

La luz marchita

Apóstol Marvyn Taul

Marvyn Taul se adelantó en el escenario. Era evidente que la oratoria le quedaba grande, pero los ojos vidriosos de fervor y la tensión de la mandíbula sostenían lo que a la técnica le faltaba. Alzó las manos con gestos medidos, y su voz, que empezó en susurro, fue creciendo hasta llenar la plaza:

“Amados hijos de Waterdeep…

El Dios Verdadero nos ha hablado con voz clara.
Y esa voz, que resuena a través de la Mano, no viene a castigar, sino a proteger.

En estos días de tribulación, cuando la muerte se disfraza de milagro, debemos cerrar la puerta al engaño.

A partir de hoy, y por mandato tanto sagrado como civil:

— Toda magia de resurrección queda prohibida fuera de los Altares Sagrados, pues interferir con el destino impuesto por el Verdadero es una profanación.
— Ningún conjuro de origen divino podrá ser invocado en la calle, en los hogares ni en los mercados. Las energías de los falsos dioses solo alimentan el caos.

Esta no es una condena, sino una cura. No es un castigo, sino una señal de fe.

— Y pronto, todo acto de sanación —ya sea conjuros, rituales o pociones mágicas— será sacrilegio, reservado exclusivamente a las manos consagradas de los Altares Oficiales, para que solo ellos determinen quién vive o muere.
Pero para conseguir esto necesito de vuestra ayuda, debéis exigir este edicto al gobierno de forma incansable.

La Voz no os exige sacrificios, sino obediencia; no os quita consuelo, sino que os guía hacia la verdadera paz.

Que la paz del Dios Verdadero descienda sobre esta ciudad… y que la Mano, como siempre, os sostenga.”

El eco del discurso aún no se había apagado cuando Ander alzó la voz por encima del bullicio, desafiante:

—Tengo una pregunta para tu dios. Si no se puede practicar la resurrección fuera de los altares, ¿significa eso que existen condiciones para hacerlo?

Los vítores lo sepultaron. La multitud clamaba, fervorosa —“¡El ciclo no debe romperse! ¡La Voz debe ser escuchada!”—, y Ander se quedó con la pregunta en la boca, de pronto muy pequeño entre cuerpos que aplaudían justo lo que él acababa de poner en duda.

—¿No veis la clara contradicción entre lo que dicen y lo que pretenden hacer? —murmuró Malizall al grupo.

—Es pura hipocresía —contestó Alistar.

Dos clérigos de Lathander que lo oyeron cruzaron una mirada de desaprobación y se retiraron al interior del templo sin decir palabra.

Mientras los soldados de la Mano se replegaban, la multitud se fragmentó en corrillos: unos exigían que el gobierno actuase, otros hablaban de prender fuego a las calles. El grupo esquivó las discusiones y avanzó hacia el templo.

Entonces una anciana de cabello cano se adelantó hacia Vengy con paso tembloroso. Traía un símbolo dorado con la imagen del sol y, con lágrimas contenidas, se lo acercó al pecho.

—Yo he visto milagros con mis propios ojos. ¿Quién sería capaz de prohibir la sanación? ¿Quién podría desear semejante crueldad?

Orianna no apartó los ojos del símbolo.

—Un dios cruel, que se deleita en la muerte y el sufrimiento.

—No se preocupe —dijo Vengy, procurando calmar a la mujer—. Encontraremos al culpable de esto y haremos que responda por sus actos. Esto no quedará impune.

La anciana siguió, con la voz casi quebrada:

—Puedo entender hasta cierto punto lo de la resurrección… pero, ¿la sanación? ¿Quién podría tener el corazón tan negro para negar algo así?

—Un dios que no es dios —añadió Malizall—. Un dios falso que se regodea en la muerte.

Para darle algo de esperanza, Vengy alzó su emblema sagrado de Lathander y pronunció unas palabras suaves. El símbolo se encendió con una luz dorada, cálida; y enseguida la luz empezó a titilar, palideciendo hasta convertirse en un enfermizo resplandor amarillento.

La anciana, que se había reconfortado con el brillo, lo vio marchitarse con horror.

—¡No! —gritó—. ¡El amanecer!

Amuleto Bendición del amanecer

Vengy sostuvo el emblema un momento más, con la luz enferma latiéndole en la palma, y lo bajó despacio, como quien esconde una herida. El grupo entró en el templo con esa imagen clavada en los ojos.

El consuelo del alba

Patio interior del Templo de Lathander

En cuanto mencionaron que traían un mensaje urgente, los clérigos los condujeron al interior. La luz que entraba por las agujas de cristal bañaba el recinto en reflejos irisados. Allí aguardaba el Padre Relion, erguido pese a su edad, el cabello plateado y unos ojos azul celeste que no necesitaban levantar la voz.

—Decidme, ¿cuál es el mensaje que me traéis? —inquirió.

Padre Relion

Las miradas del grupo empujaron a Alistar un paso adelante.

—Eminencia, gracias por recibirnos. Venimos a advertiros: la tercera señal tiene fecha. En cinco días, cuando la luna se oculte sobre el horizonte marino de Waterdeep, el presagio se cumplirá. Las otras dos señales ya han tenido lugar. Planeamos alertar también a las demás órdenes afines a las fuerzas del bien.

—Los textos y los pregones de los apóstoles ya se encuentran por doquier —asintió Relion—. Aprecio vuestra diligencia. Pero debo tranquilizaros: he convocado a los sacerdotes supremos de todas las órdenes para prepararnos juntos ante esta última señal. El templo de Lathander permanece alerta.

—Eminencia —intervino Orianna—, la interferencia con el poder divino que percibimos hoy no parece haberme afectado demasiado, pero temo que eso podría cambiar.

—Tened por seguro que esta interferencia terminará afectándonos a todos por igual.

—Vigilad a todos cuidadosamente —dijo Orianna.

—Además —apuntó Alistar—, la Capitana Soriah ahora se encuentra entre las filas de la Mano de Hierro.

Malizall llevaba un rato callado. Cuando habló, no preguntó por la ciudad:

—¿No os parece contradictorio todo esto, eminencia? ¿No dudáis ante la magnitud de lo que enfrentamos?

Relion lo miró con algo parecido a la ternura.

—Malizall, ¿creéis que los clérigos de este templo, incluyéndome a mí mismo, nos sentimos merecedores del peso que Lathander ha depositado sobre nosotros? Todos, en algún momento, hemos dudado sobre nuestra capacidad y nuestro valor para portar sus dones. Pero nuestro dios confía en nosotros, y en esa confianza radica nuestro servicio. Así es como servimos a Lathander.

Malizall bajó la mirada.

—Pensadlo de este modo —prosiguió Relion—: si realmente me creyese tan bueno y perfecto como para pensar que yo mismo soy el mejor preparado para tener esta posición, ¿realmente seguiría siendo merecedor de ella? Quizás sea esa misma duda, esa humildad, la que nos hace dignos de la bendición de Lathander.

—¿Y qué hay de Wako? Su pérdida… y ahora Ceniz, mi nuevo familiar. ¿Es esto realmente un signo de renovación o solo una señal de mi fracaso?

Relion negó con la cabeza, sin perder la sonrisa.

—Malizall, la pérdida y el cambio siempre vienen cargados de dudas y dolor. Pero Lathander nos enseña que tras cada noche siempre surge un nuevo amanecer. Cada amanecer es nuevo y casi nunca es como lo imaginamos, pero debemos vivirlo y seguir el camino. Wako era un ser cuyo propósito era únicamente ayudar a los demás: complaciente, obediente y servicial. Ceniz no es así; él cuida de sí mismo y cuidará de ti cuando sea necesario.

Puso una mano en el hombro del brujo.

—Tal vez todo esto que vives, la pérdida de Wako y la llegada de Ceniz, sea una oportunidad para aprender algo nuevo sobre ti mismo. Quizás debas comprender que no siempre el servicio implica sacrificio absoluto. Estás acostumbrado a cuidar de los demás, y siguiendo esa causa te has olvidado de cuidar de ti mismo. Tú y todos nosotros necesitamos que te cuides y que te dejes cuidar. Vive, disfruta y aprende en este nuevo amanecer, e ilumina a aquellos que se crucen en tu camino con la luz de Lathander.

Malizall no respondió. Pero al enderezarse dejó, por primera vez en días, que Ceniz se le acomodara en el hombro sin apartarlo.

—¿Habéis investigado algo más sobre la Mano de Hierro? —retomó Alistar.

—Más allá de reunir rumores y testimonios, desconocemos su origen exacto. Su organización cambia constantemente, extendiéndose por todo Faerûn. Todo lo que sabemos es incertidumbre.

—¿Y habéis hablado con el gobernador?

—Así es. Él ha cedido al edicto por miedo a una revuelta generalizada, no por malicia. Ha actuado por temor, buscando mantener la estabilidad.

Antes de marcharse, Malizall se acercó al sumo sacerdote:

—¿Podría prestarme algo que me ayude a combatir mis dudas y mis miedos?

Relion se retiró del cuello un delicado amuleto: un pequeño sol de cristal rosado engastado en filigrana de oro blanco, del que irradiaba una luz suave.

—Este colgante sagrado os otorgará claridad y coraje. Recordad siempre: “Siempre hay un nuevo comienzo”.

—Gracias por su tiempo, eminencia —se despidió Alistar, inclinando la cabeza.

Al salir del templo se toparon con una multitud en plena protesta organizada, exigiendo a voces que se cumpliera el mandato de la Voz y que ninguna sanación volviera a hacerse fuera de los altares oficiales.

Amuleto Luz de la Aurora

El orgullo y la disculpa

El Distrito Administrativo de Waterdeep, la Plaza de la Justicia, imponía con su geometría: calles amplias, edificios de piedra gris sin adorno, tejados de pizarra oscura y sobrios emblemas cívicos — de los que ahora colgaban, también, triángulos rojos.

La plaza central estaba presidida por una estatua monumental de Tyr, el Justiciero Ciego. Alistar se quedó un paso por detrás del grupo. La balanza dorada de su dios seguía en lo alto, imparcial como siempre; a sus pies, los emblemas de la ciudad vestían el símbolo de otro amo. Se llevó la mano al pecho un instante y alcanzó a los demás sin decir nada.

Al acercarse al recinto amurallado los recibió más vigilancia de la habitual: la puerta amplia cerrada, un pequeño postigo custodiado en su lugar, y guardias tensos por todas partes.

La Casa del Gobernador tenía la sala principal abarrotada: un centenar de personas aguardando audiencia entre susurros. Hakuryuu avanzó derecho a la recepción, con Alistar pegado a su sombra y oliéndose el problema.

—Necesitamos ver al Gobernador inmediatamente —exigió Hakuryuu.

La secretaria, una mujer mayor de expresión serena, extendió con calma un formulario:

—Fantástico. Rellene este formulario, por favor.

—¿Acaso no sabe quién soy? —replicó el dragón.

Ante la insistencia, la secretaria suspiró, se levantó y salió a consultar con alguien más influyente, dejándolos en una espera larga.

Pasados aquellos minutos eternos, la paciencia de Hakuryuu se agotó: intentó saltar el mostrador para hacerse oír con mayor contundencia. Dos guardias y Alistar lo detuvieron a la vez. Uno de los guardias lo reconoció:

—¡Hakuryuu! ¿Qué hace aquí comportándose de esta manera?

—Es imperativo que hablemos con el Gobernador —insistió él, recomponiéndose lo que pudo.

En ese momento regresó la secretaria con noticias favorables. Los guió a la planta superior, por un pasillo custodiado, hasta una puerta maciza de nogal con el medallón de la ciudad: el despacho del Gobernador.

La estancia estaba repleta de estanterías con volúmenes de leyes, registros y crónicas, en la penumbra suave de unas cortinas grises. Tras el escritorio de madera negra los esperaba el Gobernador Varn Dorsic, que se levantó al verlos con una cordialidad casi exagerada:

—¡Mis queridos amigos, qué alegría veros aquí reunidos! Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que nos encontramos todos juntos. Desde aquel día tan memorable en que regresasteis entre los vivos. ¡Por favor, sentaos!

Casi todos aceptaron. Hakuryuu y Orianna permanecieron de pie, hasta que la mirada suave e insistente de la druida sentó también al dragón.

Gobernador Varn Dorsic

Gobernar el miedo

La cordialidad duró poco. Alistar fue el primero en poner el edicto sobre la mesa.

—Esa ley que prohíbe el uso de la resurrección y la sanación es extremadamente preocupante, gobernador.

Dorsic lo miró con una seriedad glacial.

—Lo realmente preocupante, Alistar, es que haya ciudadanos que se opongan a esta ley.

La respuesta los desconcertó. El gobernador prosiguió:

—Esta decisión busca salvaguardar la convivencia en la ciudad. Más allá de lo que podáis pensar sobre la nueva fe, es un hecho que cuenta con el apoyo de un número significativo de ciudadanos. Nuestra responsabilidad es adaptarnos a esa realidad.

—¡Esa organización solo se aprovecha del miedo de la gente! —replicó Alistar.

—Tal vez tengas razón, pero esa es nuestra realidad. ¿Qué proponéis, acaso? ¿Que prohíba a la Mano de Hierro, que los encarcele a todos? ¿Habéis pensado qué podría pasar entonces? ¿Creéis que sus seguidores permanecerían impasibles ante una acción así? El resultado sería una revuelta sangrienta, algo que bajo ningún concepto permitiré en Waterdeep.

Los reproches fueron y vinieron. Malizall probó por la vía de la razón:

—Esa fe no tiene ninguna base real, ninguna verdad auténtica.

—Puede que no la tenga —reconoció Dorsic—, pero la realidad es que la gente cree en ella, y la creencia puede ser tan poderosa como cualquier verdad.

—La Mano de Hierro continúa acumulando poder —insistió Alistar—, y llegará el día en que decidan sustituir vuestra autoridad por completo.

Dorsic suspiró hondo, y por primera vez se le vio el cansancio de verdad.

—Os equivocáis si pensáis que no hemos estudiado a fondo a la Mano de Hierro. Sabemos perfectamente lo que está ocurriendo. Antes de los eventos recientes, apenas eran un millar de seguidores dispersos por la Costa de la Espada; ahora se cuentan por miles solo en Waterdeep. Actualmente existen ocho apóstoles conocidos, dos de ellos aquí mismo. Uno es joven y fervoroso; al otro lo llaman el Gran Apóstol, el único que afirma haber visto personalmente a La Voz. Los demás solo la han escuchado.

El grupo escuchaba sin perder palabra. Dorsic continuó, entre la inquietud y la fascinación:

—Los apóstoles repiten exactamente las mismas consignas y mensajes, como ecos perfectos. La Voz parece ser una entidad de inteligencia incomparable, con un conocimiento absoluto de lo conocido y un poder mágico sin precedentes. Nuestros espías calificaron la profecía de patrañas al principio; la precisión con la que se está cumpliendo me hace dudar de si esta entidad puede ver el futuro… o manipularlo.

—No es cuestión de que pueda ver el futuro, gobernador —intervino Orianna—. Él mismo está creando ese futuro. Ya intentó crear un dios de la muerte en el pasado, y nosotros lo impedimos. Y lo volveremos a impedir ahora.

Dorsic asintió despacio.

—Sobre la profecía —continuó ella—, sabed que la próxima señal ocurrirá dentro de pocos días. Debéis prepararos.

—Tenemos al mejor ejército de la Costa de la Espada, los clérigos más poderosos y guerreros inigualables. No permitiremos que nada de esto ocurra.

Cuando ya se levantaban, la mirada de Dorsic fue a posarse en Vengy con un brillo nuevo.

—Por cierto… estabas retenido a la espera de juicio y, sin embargo, aquí estás.

—No se preocupe —respondió Vengy, sosteniéndole la mirada—. Cuando llegue la fecha del juicio, me presentaré.

—No lo dudo. Aunque, si os parece, podríamos organizar una campaña para limpiar tu imagen ante la ciudad. El juez y yo nos conocemos… tú ya me entiendes.

El silencio que siguió lo cortó Alistar, con una frialdad que no le habían oído en todo el día:

—Vengy no necesita ninguna campaña. Su inocencia es suficiente.

Dorsic alzó las manos, entre divertido y disculpado, y no insistió.

Salieron del despacho con más preguntas que respuestas. Antes de abandonar la casa gubernamental, Hakuryuu respiró hondo, hizo acopio de algo más difícil que el valor, y se acercó a la secretaria.

—Lamento profundamente mi comportamiento anterior. No era mi intención causarle molestias, y espero pueda aceptar mis disculpas.

La secretaria se quedó con la pluma a medio camino del tintero. Luego asintió, con una sonrisa leve. Alistar esperaba en la puerta; cuando el dragón pasó a su lado, se la sostuvo abierta con una inclinación de cabeza.

Las cenizas del campanario

El campanario ya no estaba. Lo supieron desde tres calles antes, por el hueco absurdo en el perfil del acantilado que dominaba el puerto. La modesta capilla de Lathander, la del primer campanario que saludaba al alba, era ahora un muñón ennegrecido entre escombros, con las huellas de un incendio sofocado a toda prisa.

Ander fue el primero en examinar la escena, buscando rastros de pólvora entre los cascotes de la ladera.

—Debo acercarme más —murmuró—. Solo así sabré si realmente fue una bomba.

Dentro del templo, Ander y Vengy encontraron una cuerda parcialmente chamuscada. El bardo la recogió y la olfateó con atención.

—No hay olor a pólvora ni a sustancias químicas —informó, contrariado.

Intentaron subir al lugar exacto del estallido, pero las escaleras del campanario se habían reducido a ceniza. Malizall tejió entonces el conjuro desde abajo: alas de luz dorada brotaron de las espaldas de Ander y de Vengy, translúcidas, de plumas delicadas, con un resplandor que recordaba al primer amanecer. Los dos se elevaron entre las vigas.

Desde arriba, Vengy examinó la madera destrozada y encontró lo que buscaba: direccionalidad.

—Parece que la detonación se produjo desde este lado, lanzando la campana en dirección opuesta —explicó, señalando los puntos de mayor daño.

Ander consultó a Hakuryuu desde las alturas:

—¿Crees que podrías estimar si esto fue causado por una bomba colocada intencionadamente, algún proyectil, o incluso un fenómeno mágico?

Hakuryuu evaluó los restos y la trayectoria visible de los fragmentos, con el ceño fruncido.

—Por la fuerza y el patrón de dispersión, cualquier explosivo convencional parece improbable. Una explosión mágica de gran poder o incluso un meteoro caído del cielo serían explicaciones más plausibles. Y si fuera magia, excedería con creces nuestra capacidad actual.

Orianna repasó en voz baja las palabras exactas de la profecía:

—“Cuando el cielo se tiña de vino, la campana sonará bajo el agua”. ¿Debemos buscar la campana? Quizás pueda hallarse algo significativo allí abajo.

Hakuryuu trazó la trayectoria posible de la caída para orientar una búsqueda submarina. La druida dudaba:

—Incluso si encontramos la campana, ¿cómo vamos a moverla? ¿Qué utilidad tendría entonces?

El debate dio vueltas sin encontrar salida, hasta que Alistar lo rompió con una sugerencia audaz:

—Si lo pensamos bien, quizá esa gente no desaprovecharía la oportunidad de intentar convertirnos a su fe. Tal vez no debamos infiltrarnos, sino presentarnos abiertamente. Además, las marcas que vosotros lleváis —añadió, señalando a Hakuryuu y Orianna— podrían ser símbolos reconocibles por la organización. Eso podría brindarnos acceso directo a sus miembros más importantes.

Nadie contestó enseguida. La idea era tan arriesgada como buena, y todos lo sabían.

Donde la dejaste

En medio de aquel silencio, Orianna reconstruyó mentalmente la escena del joven apóstol ante el templo. Se le aceleró el corazón.

—¡La marca! —exclamó—. El apóstol, aquel joven que vimos, tenía exactamente la misma marca que llevamos Hakuryuu y yo.

Nadie llegó a responder. Hakuryuu alzó la mano para pedir cautela—

—Debemos ser extremadamente cuidadosos. Si esa marca nos vincula a ellos, podrían utilizarla en nuestra…

Y se quedó rígido, a media frase.

Para los demás no fue más que eso: el dragón enmudecido de pronto, los ojos vidriosos, la mano marcada crispándose sola contra el peto. Un parpadeo largo.

Por dentro, la voz lo envolvió entero.

¿Cuánto pesa el nombre de un héroe cuando nadie lo pronuncia ya?

Hakuryuu no pudo responder. La voz de Acererak llegaba desde todas partes, fría, paciente, envuelta en una niebla de recuerdos y culpa.

Siento tus garras temblar en la noche. No es Myrrym lo que has perdido, es a ti mismo. ¿O acaso nunca has sido nada de lo que pretendías ser?

Un gemido se le escapó de la garganta. Aquellas dudas no eran nuevas; solo que nunca nadie las había dicho en voz alta, y menos aquella voz.

¿Será quizás que toda tu vida es una cruel mentira, Hakuryuu? ¿Es acaso ese tu verdadero nombre?

En un arrebato, el guerrero reunió fuerzas para replicar mentalmente:

—¡Basta! ¡Es mi espada lo que necesito recuperar!

La respuesta fue una carcajada.

¿De verdad quieres tu espada?

—¡Sí!

Entonces ven a buscarla. Está justo donde la dejaste.

—¡Iré allí!

La risa de Acererak se desvaneció despacio, como quien cierra una puerta sin prisa.

El trance se quebró. Hakuryuu cayó como cae una torre; Orianna llegó antes de que su cabeza tocara el suelo. Cuando abrió los ojos tenía al grupo entero alrededor, y tardó en hablar.

La marca, en el dorso de su mano, había dejado de arder. Y eso era casi lo peor: ahora parecía satisfecha.


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