Sesión 2
Ander – La huida acompañada
Ander corrió con una desesperación animal, huyendo de las sombras que habían brotado del portal. En sus brazos jadeaba el perro flaco. Con un último esfuerzo se escondieron en un callejón estrecho.
—Escóndete —susurró, acariciando la cabeza del animal. Su propia mano temblaba más que el perro.
No le dio tiempo a recuperar el aliento: una figura oscura apareció al final del callejón. Ander le lanzó un fulgor estelar que impactó de lleno y echó a correr de nuevo, pero la criatura era más veloz. Lo alcanzó en tres zancadas y lo derribó en una maraña de brazos y sombras.

Rodaron por el empedrado húmedo. Ander logró zafarse a cambio de un golpe que le dejó un frío extraño extendiéndose desde las costillas.
Entonces oyó gruñir al perro. Al girarse lo vio: la criatura diminuta mordía los tobillos del demonio, plantándole cara a algo diez veces su tamaño.
Otra muerte inocente por su culpa, no. Ander canalizó un hechizo de desintegración que la criatura esquivó; a cambio, el demonio lanzó una patada al perro, que salió despedido y quedó inmóvil.
Ander se lanzó contra el demonio con un coraje que no sabía que aún le quedaba, encajó otro golpe y consiguió lo que buscaba: llegar hasta el animal, cargarlo y seguir huyendo. No iba a bastar; lo sabía por el ruido de las zancadas a su espalda. Entonces vio un agujero estrecho en una pared. Se lanzó de cabeza, con el perro por delante, y ya tenía medio cuerpo dentro cuando el demonio lo atrapó por las piernas, lo sacó de un tirón y lo estrelló contra la pared opuesta.
Al borde de la inconsciencia, reunió las fuerzas que le quedaban y conjuró un patrón hipnótico. La criatura quedó embelesada ante las luces danzantes, y Ander se arrastró por la abertura, selló sus heridas como pudo y buscó el pulso del perro. Respiraba.
Cargó con él hacia el interior de un almacén abandonado y subió por unas escaleras polvorientas hasta el tejado. La ciudad ardía por barrios enteros, tiñendo el cielo de rojo. En la colina, el templo de Tyr resistía cercado por las llamas.
Entonces el viento le trajo un papel medio calcinado hasta los pies. Ander lo recogió y leyó en voz baja:
“Cuando el velo del mundo se desgaste,
y el oro de los héroes se vuelva herrumbre,
el aire se abrirá como herida en la carne de este plano.Y de esa grieta brotarán los siervos del Juicio,
con garras de castigo y aliento de ruina.
Mas su mera presencia la cordura mina.Donde las raíces se retuercen de dolor,
y la savia se convierte en sangre,
el abismo mismo se abre.Sobre los muros de la falsa fe,
cuando el caos llegue y reine,
ni los más puros estarán a salvo.No temáis a la muerte, pues es salvación,
sino al renacer de aquello que nunca vivió.Los astros se ocultarán de la mirada de los sabios,
las reliquias brillarán con luz marchita,
y los rezos antiguos serán ceniza en la lengua del clérigo.Vendrán las tres señales:
La sangre manará del árbol sagrado,
la campana sonará bajo aguas sin templo,
y la luna será devorada por su reflejo.Entonces, la Voz hablará desde la grieta:
‘El Juicio ha comenzado. Vuestra era termina.’
Así está escrito. Así será.”
La profecía del Abismo - Primeros Versos
Ander dobló el papel con dedos que no le obedecían del todo. Abajo, la ciudad seguía ardiendo. La grieta del mundo ya conocía su nombre.

Alistar – La justicia sobre el orden
El estallido aún le zumbaba en los oídos. Frente al templo, la plaza era una herida abierta de la que manaban humo negro y gritos. Alistar contó entre las llamas treinta, quizá cuarenta criaturas demoníacas avanzando sin prisa, sembrando muerte a su paso.
En lo alto de las escalinatas, Harker seguía rígido, los labios apretados en una línea. Alistar se volvió hacia él.
—¡Harker! ¡Tenemos que ayudarles! ¡Son inocentes!
Harker titubeó, la mano crispada sobre la empuñadura. Después negó.
—La orden es proteger el templo. Nada más importa.
A un gesto suyo, los arqueros descargaron una ráfaga sobre las tres criaturas que subían las escaleras. Una apartó una flecha de un manotazo, con la naturalidad de quien espanta una mosca, y siguió subiendo.
Alistar tomó aire, y su voz llenó la plaza:
—¡En nombre de Tyr, levantad vuestros escudos! ¡Proteged a los inocentes!
Los soldados se rehicieron y cerraron los escudos frente al avance. Alistar extendió la mano hacia la plaza y susurró una oración de santuario: la luz fue a envolver a un niño atrapado bajo un carro volcado, que llamaba a una madre que ya no respondía.
Se lanzó escaleras abajo. La primera criatura le cerró el paso y Alistar la detuvo con la espada encendida; las otras dos lo sortearon y siguieron hacia el templo.
—¡No! —La Luz Sagrada ardió en su hoja con fuerza renovada.
Fue metal contra garra. Dos golpes certeros, dos estelas de luz en la oscuridad de la plaza.
La criatura retrocedió malherida, y Alistar invocó el poder de Tyr: una oleada divina recorrió la plaza y las armas de sus soldados se encendieron, hoja a hoja, como estandartes.
Entonces la criatura moribunda abrió los brazos y murmuró una sola palabra en lengua arcana:
—Sacrificio.
La esfera de fuego oscuro lo lanzó contra la piedra.
Alistar se levantó, escupió polvo y miró hacia lo alto de la escalinata, donde Harker ya no parecía tan seguro.
—¡Ayúdame a salvarlos, Harker! ¡Por la justicia, por lo que aún queda de humanidad!
Algo se quebró en los ojos del comandante. Asintió, seco.
—¡Paladines! ¡A la plaza! ¡Proteged a los inocentes!
Los paladines bajaron en tromba. Alistar luchó entre escombros humeantes y cuerpos caídos hasta que los gritos se fueron apagando calle a calle.
Cuando el humo empezó a dispersarse, Harker apareció junto a él, con una mirada fría que anticipaba reproches.
—Tu desobediencia no quedará impune, Alistar.
—Asumo las consecuencias —respondió.
Harker se alejó sin volverse. Alistar se quedó entre los carros volcados y los rescoldos, contando en silencio: los cuerpos con armadura eran los menos.
Hakuryuu - El regalo del enemigo
El suelo temblaba mientras los demonios se deslizaban hacia él, entre gruñidos de animal y llantos de otra cosa. Hakuryuu se plantó con lo que tenía: un candelabro de bronce en las garras desnudas. La espada que debería estar en ellas le dolió más que el miedo.
Un escalofrío le desenfocó el mundo un instante; algo en su cabeza se tambaleó. Entonces las grandes puertas de la sala reventaron hacia dentro, entre astillas y polvo.
Tres miembros del Séquito del Dragón Plateado irrumpieron con las armas en la mano.
—¡Mi señor! ¡Estamos aquí! ¡Atrás, monstruos!
Eran sus mejores hombres. Kael, al frente, con el mandoble envuelto en un resplandor azul; Varuun, el más joven, cerrando posición delante de su señor; y Dareth, callado, murmurando una plegaria tras el escudo con el emblema del clan.
Las criaturas se detuvieron, como si aquella resistencia les intrigara. La más alta —una masa de huesos retorcidos, humo negro y garras carmesí— abrió una boca donde no había rostro y pronunció una sola palabra:
—División.
Un chorro de oscuridad líquida serpenteó por el aire y se lanzó sobre Dareth. El escudo cayó con estruendo. Los ojos del clérigo se abrieron de par en par, consumidos por una luz púrpura.
Dareth cayó de rodillas y soltó una risa que no era suya.
—Mi señor… —la voz salía distorsionada, cruel— ¿por qué debería proteger a un dragón que ya no ruge?
La oscuridad, hambrienta, devoró de paso a otra de las criaturas hasta no dejar de ella más que una sombra vacía. Hakuryuu encajó el golpe de oír aquella voz y cargó de todos modos, movido por la memoria del guerrero que había sido.
El combate fue un baile desesperado entre muebles rotos, hasta que un golpe certero de Hakuryuu dejó agonizante a la última criatura. La bestia soltó un rugido y, con sus propias garras, se desgarró el pecho: crujido de huesos, sangre negra chisporroteando como ácido.
Y de entre la masa pútrida extrajo algo que brillaba incluso bajo la sombra: una punta de espada, retorcida y mellada, inconfundible.
—Myrrym —susurró Hakuryuu.
El demonio lanzó el fragmento contra el suelo. La pieza se clavó entre las baldosas rotas, y una onda de energía antigua y conocida recorrió la sala. Después, la bestia se derrumbó al fin, vacía.
En el mismo instante, al otro lado de la sala, la luz púrpura se apagó en los ojos de Dareth. El clérigo cayó de bruces, jadeando como quien sale del agua; Varuun llegó a tiempo de sujetarlo. Fuera lo que fuese lo que había hablado por su boca, había muerto con la criatura.
Hakuryuu corrió hacia el fragmento y cerró los dedos en torno al metal. Estaba tibio, demasiado tibio, como si aún recordara haber sido parte de algo más grande, algo vivo.
En cuanto su piel lo tocó por completo, el mundo se detuvo.
El aire se plegó hacia dentro y el sonido se apagó, como bajo el agua. Su mente fue arrastrada sin permiso.
Ante él apareció una sala que no había visto en años: una cámara circular en penumbra, los restos de una cuna de huesos, un altar vacío. Allí, donde una vez había luchado por la vida del mundo, algo brillaba con un resplandor apagado.
Myrrym.
Exactamente donde la había dejado.
La hoja incrustada en el suelo, cubierta de polvo y de años, intacta. Alrededor flotaba una niebla púrpura que se retorcía despacio, y de ella manaba una energía que reconoció con cada escama del cuerpo: poder de Acererak.
Un dolor agudo le atravesó la mano. Miró hacia abajo.
Un triángulo —tres líneas negras— ardía sobre su piel como un hierro candente. No podía gritar ni soltar el fragmento.
—Ahora somos uno —dijo una voz fría, en ninguna parte—. Y cuando vuelvas por ella, yo estaré esperándote.
La visión se desvaneció y le devolvió la sala destrozada. En el dorso de la mano, la marca seguía ardiendo. Hakuryuu guardó el fragmento de Myrrym; sabía ya dónde acabaría llevándolo.

Malizall - El nuevo amanecer del pacto
La cabaña entera vibró cuando el demonio terminó de abrirse paso: una masa retorcida de oscuridad y carne corrompida, plantada en la nieve. Malizall solo tenía ojos para Wako, que batía las alas en su garra buscando una altura imposible.
—¡No! —La palabra no llegó a salirle de los labios.
El demonio hundió las fauces en el cuerpo pequeño del búho. Sonó un crujido seco, quirúrgico.
No brotó sangre. Del cuerpo roto de Wako estalló una luz blanca, cegadora, como un fragmento de sol escapando de su jaula, y el demonio rugió con los ojos quemándosele desde dentro.
El mundo se le tiñó de rojo. Wako no era un simple familiar: era lo último que quedaba del Malizall que fue.
Y acababa de perderlo.
Malizall extendió las manos y pronunció las palabras prohibidas. Un círculo de muerte estalló desde su pecho, astilló las paredes de la cabaña, reventó las vigas y golpeó de lleno al demonio.
Sin darle tregua, le retorció la mente con una descarga de estática sináptica. El demonio intentó avanzar; las piernas ya no le obedecían del todo.
Por un instante, Malizall imploró a Lathander como se implora a un recuerdo. La súplica se le volvió exigencia en la boca.
—¡Ayúdame! —rugió, con una voz que hacía años que no era suya.
La luz desgarró la tormenta, y un celestial descendió con una gracia vengativa. Entre los dos redujeron al demonio a polvo y sombra.
Entonces lo vio: una pluma oscura cayendo desde donde Wako había desaparecido. La atrapó antes de que tocara la nieve. Estaba caliente. La pluma tembló en su palma y empezó a elevarse, envuelta en una sombra tenue.
Ante sus ojos la pluma cambió: alas más pequeñas, ojos nuevos, un cuerpo joven. Un cuervo se materializó frente a él, silencioso y solemne.
Malizall reconoció algo en la hondura de aquellos ojos nuevos; no era Wako, pero algo de él seguía allí. Le tendió el brazo como se tiende una mano vieja, y el cuervo se posó en él sin ruido.
La marca del pacto resurgía, distinta pero igual de honda: Lathander no lo había soltado; solo le había cambiado la forma de tomarlo de la mano.
La profecía del Abismo - Profecía del vuelo renacido
Vengy - Todavía no es tu hora
El trueno aún le zumbaba en los oídos cuando la criatura felina saltó sobre el guardia caído y se volvió hacia él. Era joven, el guardia; el yelmo, demasiado grande, le había rodado por el suelo.
Vengy se apartó del muro, sin armadura, sin escudo, con las piernas aún medio dormidas. La bestia era más rápida; él, más terco. Encajó dos zarpazos por colocar un golpe bueno, y el dolor le despertó el cuerpo mejor que cualquier plegaria.
A su espalda, el guardia se removió. Podría haberse arrastrado hacia la salida; nadie se lo habría reprochado. En vez de eso se levantó, recogió su pica y la hundió por detrás en el lomo de la criatura.
Fue la abertura que Vengy necesitaba. Canalizó cuanto le quedaba en un último golpe y la bestia se deshizo en humo y ceniza. Se arrodilló junto al muchacho, que sangraba por el costado, y mantuvo las manos sobre la herida hasta que la carne cerró.
—Todavía no es tu hora —le dijo, ayudándolo a incorporarse.
Quedaba algo más en el calabozo. Vengy lo sabía como se sabe que hay alguien detrás de una puerta. Tomó la pica de un caído y avanzó por el pasillo a oscuras, y la segunda criatura se le echó encima desde las sombras. Fue un duelo largo, sucio, de los que no se ganan: se sobreviven. Cuando por fin la clavó contra el muro, la bestia agonizante alzó la cabeza y pronunció una sola palabra en una lengua que Vengy no conocía y entendió igual:
—Ofrecido.
La onda de energía negra barrió el pasillo entero. A Vengy lo lanzó contra las rejas; al guardia, que corría a ayudarlo, lo mató antes de que tocara el suelo.
Vengy se quedó de rodillas junto al muchacho del yelmo grande y le cerró los ojos. No dijo nada. Lo único que tenía por decir ya se lo había dicho, y había resultado mentira.
Afuera lo esperaba una ciudad en llamas. Vengy alzó su emblema e invocó a su dragón: una serpiente de luz que cruzó el cielo y le mostró, uno a uno, los rincones donde la gente moría sola. Echó a andar hacia el templo de Tyr recogiendo vivos por el camino.
—¡Al templo! ¡Allí estaremos seguros!
Mientras la ciudad ardía, Vengy siguió adelante, y detrás de él la fila de supervivientes se fue haciendo larga.
Orianna - El latir del abismo
La grieta siguió creciendo con un sonido húmedo, de tierra masticada. Orianna contó al menos cinco criaturas trepando por sus bordes.
Extendió las manos y un cono de frío barrió a las tres primeras, encerrándolas en escarcha; Elyzmyrath cayó sobre las demás con un torrente de veneno. Pero de la grieta subían vapores que no perdonaban: Orianna sintió el latido profundo del árbol sagrado vibrarle en los huesos y, a la vez, vio a Elyz perder estabilidad en pleno vuelo.
—¡No te acerques más a esos vapores! —gritó, lanzando un nuevo cono que hizo añicos a las criaturas más cercanas.
La dragona no escuchó: se arrojó contra las últimas bestias con movimientos cada vez más torpes, envenenada por el aliento de la grieta, mientras Orianna llamaba a los relámpagos desde las nubes. El último rayo pulverizó a la última criatura, y Orianna se transformó en águila gigante para volar hacia su compañera.
Elyz se le adelantó, con una decisión en los ojos que no admitía réplica.
—¡Tenemos que ir a la grieta!
Orianna montó en su lomo y se hundieron juntas en una oscuridad densa. En plena caída, Elyz hizo una maniobra brusca: lanzó a Orianna hacia lo hondo y se aferró a las paredes para frenar su propio descenso.
Los vapores se le agarraban al cuerpo, pero Orianna se dejó llevar hacia abajo, hacia el latido que tiraba de ella. Y entonces lo vio: un corazón colosal de piedra y carne entrelazadas, palpitando despacio en un vacío sin calor ni tiempo, con raíces retorcidas hundiéndose desde sus grietas en la oscuridad, como arterias en busca de una vida que ya no existía.
Cada latido soltaba una onda que le atravesaba la médula. El pulso era lento, hondo, y poco a poco se fue sincronizando con su respiración, hasta que Orianna dejó de saber cuál de los dos corazones marcaba el compás.

Deshizo su transformación y lanzó un último cono de frío contra el corazón. Un latido final rasgó la urdimbre del mundo, y Orianna se vio a sí misma desde fuera, en una cámara de símbolos que espiralaban hacia el centro.
Su mente fue arrancada y arrojada a un vacío de fragmentos de hueso que flotaban como estrellas muertas. Frente a ella, un triángulo perfecto hecho de cicatrices, con un ojo cerrado en el centro. Más allá, una figura sin rostro coronada de oro y fuego, que no la miraba y aun así la atravesaba.
Una voz sin lengua susurró en su mente:
—El Corazón del Abismo fue solo un fragmento. Un nodo. Yo soy la raíz. El origen. El hambre.
Era la voz de Acererak.
La figura alzó una mano: en la palma llevaba tatuado el mismo triángulo, con el ojo cerrado en el centro.
—Los guardianes ya sangran. El sello se debilita. Y tú… tú llevas tierra sagrada en tus venas. Pronto vendrás a mí. Voluntaria o no.
El ojo del triángulo se abrió.
Orianna volvió en sí de golpe. Estaba de nuevo frente al árbol destrozado, y en su mano ardía la marca triangular de la visión.
Buscó el cielo. Ningún aleteo. Llamó una vez, con el nombre entero —Elyzmyrath—, y el bosque solo le devolvió su propia voz.
Acererak se la había llevado. Venían por ellos, uno a uno; y su familia de Chult estaba ahí fuera, sin saberlo.
El aislamiento había terminado. Y, por primera vez en años, Orianna estaba sola de verdad.

Viejos amigos
La noche se alargó en un caos incesante. Waterdeep ardía bajo un cielo ennegrecido, y las criaturas aprovechaban cada sombra para cobrarse a los rezagados.
Desde la azotea del almacén, escondido, Ander vio arder la ciudad que recordaba de otra vida. Cuando las piernas volvieron a obedecerle bajó a la calle, con el perro maltrecho en brazos, y echó a andar hacia el templo de Tyr.
Lo vio desde la boca de la plaza. Alistar. Con la armadura abollada y hollín en la cara, sosteniendo a una anciana del brazo mientras indicaba a sus hombres dónde acomodar a los heridos. Ander se detuvo. Habían pasado años; él cargaba un perro medio muerto, apestaba a vino y llevaba la cara abierta. Estuvo a punto de dar media vuelta.
Alistar tardó unos segundos en reparar en él. Después se quedó muy quieto, mirando la herida que cruzaba el rostro del bardo.
—¿Estás bien? —preguntó al fin.
—No —respondió Ander con una sonrisa triste—. Vine buscando seguridad al templo, aunque solo sea moral. Estaba acabando con mi vida en los bares, pero un encuentro con un demonio me sacó de mis ideas suicidas y me hizo querer volver a vivir. Traje a este chucho pulgoso conmigo.
El perro, como si supiera que hablaban de él, asomó el hocico bajo el brazo del bardo. Alistar miró al animal, luego a su amigo, y sonrió. Ander reconoció aquella sonrisa: el hombre que tenía delante no había cambiado en lo esencial. Sintió algo muy parecido al orgullo.
No hicieron falta más palabras, porque una claridad distinta entró entonces en la plaza. Vengy llegaba caminando con una serenidad que no era de aquella noche, y detrás de él venía media calle: heridos, viejos, niños en brazos, toda la hilera de vivos que había ido recogiendo por el camino.
Guio a la multitud hasta las puertas y reconoció a los suyos al primer vistazo. Fue derecho a Ander y alzó la mano hacia la herida de su ojo; el bardo lo detuvo con suavidad.
—No, amigo —dijo—. Esta herida no debe cerrarse con magia. Necesito que permanezca abierta para recordarme quién fui y quién debo ser.
Vengy sostuvo su mirada un momento y asintió. Después se volvió hacia Alistar.
—Malizall llegará pronto. Nos reuniremos todos otra vez.
En otro rincón de la ciudad, Hakuryuu seguía sentado con el fragmento de Myrrym apretado en una mano. Kael y Varuun descansaban cerca, curándose las heridas. Dareth, aún pálido, se mantenía a distancia, como si no se fiara todavía de su propia voz.
Entonces Hakuryuu se levantó. Al verlo dirigirse a la puerta, Dareth preguntó con cautela:
—¿A dónde va, mi señor?
—No te preocupes —respondió Hakuryuu sin mirarlo—. Cuida de la mansión y de los demás. Esto es algo que debo hacer solo.
—Mi misión es protegerlo con mi vida —replicó Dareth con convicción—. ¿Dónde piensa ir?
Hakuryuu detuvo sus pasos por un instante.
—Voy a ver a viejos amigos.
—¿Los héroes de Chult? —preguntó Dareth, pero solo el silencio respondió.
Hakuryuu desapareció en la noche, dejando atrás la mansión.
En el bosque herido, Orianna emergió de entre los árboles con la furia fría de quien ha perdido demasiado en una sola noche. Miró una última vez el árbol partido, y echó a andar hacia Waterdeep.