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Diario Capitulo 1: Ecos de Gloria

Índice:


La Caída de la Maldición

Canción Acererak, El Arquitecto de la Muerte

Faerûn entero languidecía bajo una oscura y atroz maldición: la Maldición de la Muerte. Las resurrecciones habían dejado de funcionar, y las almas, atrapadas y atraídas inexorablemente hacia un objeto nefasto conocido como el Almero, eran consumidas sin remedio. La desesperación se extendió por los reinos, empujando a cada rincón del mundo conocido en una frenética búsqueda de soluciones. Fue entonces cuando Valindra, sabia y misteriosa emisaria, reunió a un grupo de héroes para revelarles la sombría verdad: el origen de la maldición descansaba en la distante y peligrosa tierra de Chult.

Los héroes, impulsados por la necesidad imperiosa de salvar a toda vida en Faerûn, cruzaron mares, junglas impenetrables y ruinas olvidadas, hasta descubrir Omu, la ciudad prohibida. Al internarse en las entrañas malditas de la Tumba de la Aniquilación, enfrentaron y vencieron a las tres guardianas, brujas de un poder siniestro que custodiaban la última puerta hacia el horror definitivo. Al abrir aquella estancia, contemplaron con espanto al Atropal, un ser inconcluso deforme y abominable, una criatura que emanaba corrupción pura, suspendida sobre un abismo en medio de vapores necróticos. En una batalla titánica, épica y desesperada, cuyas repercusiones resonarán eternamente en las leyendas de Faerûn, los héroes lucharon con todas sus fuerzas hasta destruir al Atropal antes de que alcanzara su temible destino divino.

Cuando Acererak irrumpió en la escena, ya era demasiado tarde para su monstruosa creación. Enfurecido y decidido a vengarse, el lich descargó toda su ira y poder contra los héroes. Pero en ese instante decisivo, el grupo decidió darlo todo en un sacrificio heroico y coordinado para destruir el Almero. En medio del caos y la destrucción, Orianna dio el golpe final al artefacto oscuro, aceptando su destino y cayendo junto al Almero en las llamas ardientes del volcán. Acererak, en un acto de despiadada venganza, acabó con los héroes restantes, dejando solo devastación. Milagrosamente, Orianna fue rescatada de su ardiente destino por Artus Cimber, llevada hasta Waterdeep donde poderosos rituales le devolvieron las partes de su cuerpo que habían sido calcinadas. El resto del grupo fue revivido posteriormente mediante el conjuro ancestral y costoso de Resurrección verdadera.

Acererak

El Eco de la Victoria

Pero la gloria es una luz efímera, y su brillo pronto se desvaneció. A medida que las heridas del mundo parecían sanar, otras cicatrices comenzaron a emerger. Los héroes, inicialmente celebrados, pronto fueron perseguidos por la sombra del miedo y la sospecha. Las catástrofes naturales y disturbios mágicos comenzaron a desgarrar el tejido social, y aquellos que una vez salvaron al mundo fueron señalados como los causantes del caos emergente. La misma sociedad que los elevó ahora los acusaba, y los héroes, aislados y marcados, debieron cargar con el peso amargo de la ingratitud y la incertidumbre.

Sombras del Pasado

En medio de este tumulto, se reveló una terrible verdad: aunque Acererak fue derrotado, su esencia maligna aún persistía, fragmentada y oculta en poderosos artefactos dispersos por el mundo. Estos objetos, cada uno con un fragmento vital de su filacteria, resonaban con un poder oscuro, corrompiendo lugares sagrados y provocando el resurgir de horrores olvidados. La amenaza del lich persistía en cada susurro, en cada sombra, aguardando pacientemente el momento de renacer con más fuerza que antes.

La Rebelión del Pueblo

Cancion Abismo y rabia

Mientras los héroes lidiaban con sus conflictos internos, una semilla oscura echó raíces en el corazón de las gentes comunes. La desigualdad, el resentimiento y la desesperación se convirtieron en combustible para un movimiento popular que cuestionaba la verdad oficial. Para ellos, la Maldición de la Muerte no había sido más que un engaño de los poderosos, quienes usaban los rituales de resurrección como un privilegio exclusivo. El pueblo comenzó a alzarse, exigiendo respuestas y justicia, y rápidamente este movimiento se convirtió en una fuerza imparable que amenazaba con desestabilizar toda Faerûn.

La Nueva Fe y la Mano de Hierro

Canción Manos de Hierro

En medio del creciente caos, surgió una nueva y siniestra fe, centrada en una entidad oscura y desconocida. Sus seguidores predicaban que la Maldición era prueba de la existencia de este nuevo dios, un ser más poderoso y despiadado que cualquier divinidad conocida. Esta creencia radical se extendió como una plaga, dando lugar a una despiadada Inquisición dedicada a purgar la magia poderosa y a perseguir a los clérigos y templos tradicionales. La sociedad, al borde del colapso, se encontraba atrapada entre el fanatismo religioso y la rebelión popular.

El Retorno de los Héroes

Ahora, los héroes que una vez salvaron al mundo deben reunirse una vez más. El destino los llama a enfrentar un desafío aún más grande, uno que pondrá a prueba no solo su coraje y fuerza, sino su humanidad misma. Deberán decidir si luchar por un mundo que ya no los quiere o salvarse a sí mismos del abismo que amenaza con consumirlos. La profecía se cumple, la oscuridad se acerca y el eco de la aniquilación resuena nuevamente.

Los héroes han vuelto a entrar en juego, y esta vez, la batalla será definitiva.


Sesión 1

Hakuryuu – Eco de la Gloria Rota

Canción Hakuryu, El Orgullo del Dragón

Hakuryuu

La mansión del Clan del Dragón Plateado se alzaba imponente en el corazón del distrito noble de Waterdeep, una majestuosa construcción semejante a un mausoleo erigido en honor a tiempos ya olvidados. Columnas corintias cubiertas por hiedras disciplinadas sostenían pesados techos adornados con frescos que relataban glorias y victorias pasadas. A ambos lados de la entrada principal, dos estatuas colosales de dragones plateados vigilaban eternamente, atrapadas en una altivez que ya solo reflejaba recuerdos marchitos.

En su interior, el silencio era tangible, cada salón diseñado cuidadosamente para contener ecos de conversaciones olvidadas, ahora sustituidas únicamente por el susurro constante y vacío del tiempo detenido. Alfombras tejidas con hilos de oro y plata cubrían el frío suelo de mármol, mientras mesas de ébano pulidas sostenían manjares exquisitos que nadie se atrevía a tocar, convertidos en testigos mudos de un esplendor que ya no existía.

En el centro mismo de este silencio, sentado con una altivez forzada por su rango, estaba Hakuryuu, el orgulloso dragón plateado. Su túnica, magníficamente bordada con hilos de plata sobre seda blanca impoluta, caía sobre él con la pesada responsabilidad de mantener las apariencias, ocultando apenas la decadencia de sus escamas, que alguna vez simbolizaron grandeza y ahora apenas reflejaban una luz tenue bajo el crepitar de las antorchas. Sus ojos, dos pozos oscuros repletos de nostalgia ardiente, observaban sin interés el plato exquisitamente presentado que un sirviente tembloroso sostenía ante él.

—¿Esto es todo lo que puedes ofrecerme? —preguntó Hakuryuu, sin molestarse siquiera en levantar la mirada.

El sirviente, estremecido por la fría indiferencia del noble dragón, dejó caer el plato al suelo con un sonido seco y quebradizo, resonando como un reproche. Luego, se retiró apresuradamente, dejando tras de sí una sala nuevamente devorada por el silencio opresivo.

Hakuryuu permaneció inmóvil, indiferente ante la ausencia de apetito o deseo; solo sentía el vasto vacío donde antaño había vibrado con fuerza el nombre de Myrrym, la espada que definió su identidad y ahora no era más que un doloroso recuerdo tangible. Sus sirvientes murmuraban entre ellos, intentando no llamar su atención, conscientes de que cualquier error podría desatar su furia.

Alzó la mirada lentamente hacia un tapiz que narraba su victoria sobre la Maldición de la Muerte, pero solo percibía un recordatorio cruel de todo lo que había perdido. En el silencio denso de la noche, ecos lejanos de una cadena quebrada parecían susurrar su nombre, recordándole insistentemente que su historia no había terminado aún.

Aquella noche, una sensación apenas perceptible recorrió la mansión, como si una presencia oculta respirase justo al borde de la realidad. Un zumbido grave, semejante al eco lejano de un trueno reprimido, comenzó a filtrarse lentamente entre los muros. Entonces ocurrió el estallido.

Una explosión silenciosa, aterradora en su mutismo, desgarró el salón desde sus entrañas. Tapices volaron convertidos en jirones, porcelanas preciosas se hicieron añicos, y la orgullosa estructura de mármol tembló como un ser vivo al borde de la muerte. Un vendaval oscuro, viscoso y cruel, inundó la estancia atravesando puertas quebradas y ventanas destruidas. Los sirvientes gritaron presas del pánico; algunos cayeron al suelo para no levantarse más.

Pero Hakuryuu permaneció inmóvil, ni retrocediendo ni avanzando, observando el caos con una quietud nacida no del miedo, sino del olvido. Su cuerpo todavía recordaba instintivamente la sensación de empuñar a Myrrym, pero su mano, al elevarse en busca de la empuñadura que ya no existía, se cerró sobre la nada fría e indiferente.

La oscuridad sofocante que inundaba el salón cedió lentamente para revelar tres figuras deformes emergiendo con lentitud aterradora. Criaturas corrompidas cuya forma humanoide apenas disimulaba su naturaleza monstruosa avanzaron con pasos decididos. Sus garras negras brillaban bajo la tenue luz residual, sus ojos vacíos contemplaban sin emoción alguna, y sus rostros deformados eran grotescos simulacros de humanidad perdida.

No pronunciaron palabra alguna. Sin embargo, sus pasos transmitían un mensaje claro y estremecedor:

Has vivido demasiado tiempo creyendo que tu historia terminó. Hemos venido a recordarte que aún no ha empezado.

Una gota de sudor frío recorrió lentamente el cuello de Hakuryuu. Sus garras abiertas temblaron imperceptiblemente, no por miedo ni valor, sino por la falta absoluta de propósito. Permaneció inmóvil, contemplando impasible la destrucción a su alrededor y enfrentando en su interior una única pregunta que resonaba con la fuerza incansable de un martillo contra el yunque:

¿Estoy realmente preparado para enfrentar lo que se avecina, ahora que ya no soy el héroe que alguna vez fui?

Orianna – La Guardiana del Bosque

Canción Orianna, El Murmullo del Bosque

Orianna

Orianna se encontraba en el corazón del bosque que había jurado proteger, un refugio oculto entre raíces ancestrales y senderos que solo espíritus olvidados conocían. Normalmente, este santuario rebosaba vida y luz; los rayos del sol atravesaban las copas de árboles centenarios creando patrones dorados sobre el suelo cubierto por un suave manto de musgo. Los árboles susurraban canciones de tranquilidad, y la vida salvaje murmuraba en armonía con la naturaleza. Sin embargo, ese día, una sombra ominosa lo cubría todo, como si el bosque mismo contuviera el aliento.

Orianna estaba arrodillada junto al majestuoso árbol milenario, guardián del equilibrio de aquel lugar sagrado. Sus raíces profundas, entrelazadas como venas cargadas de magia antigua, mantenían la armonía que envolvía cada rincón del bosque. Con reverencia y preocupación, acariciaba suavemente la corteza rugosa, tratando de consolar recuerdos dormidos y susurrar plegarias silenciosas a fuerzas ancestrales.

El arbol sagrado

A su lado, Elyzmyrath, la joven dragona verde, permanecía inmóvil, vigilante y alerta. Sus ojos agudos rastreaban inquietos señales ocultas en la brisa; cada músculo tenso, cada escama reluciente preparada para la acción inmediata. Ambos contemplaban, inquietos, marcas recientes en el suelo: huellas profundas y grotescas, ajenas al bosque, impregnadas de una corrupción que no pertenecía a ese lugar sagrado.

—Algo no está bien —susurró Orianna con inquietud apenas audible—. Las raíces están susurrando, y su voz está enferma.

La dragona respondió con un gruñido bajo y profundo, desplegando ligeramente sus alas, incomodada por una presencia intangible pero perceptible que impregnaba el aire. Orianna sintió la intrusión, una fuerza oscura que desafiaba la pureza que ella había luchado por preservar. A pesar de su desdén hacia la humanidad y su determinación de mantenerse apartada del mundo exterior, sus pensamientos volvieron inevitablemente a sus compañeros, a aquellos que en el pasado habían luchado junto a ella en batallas ya lejanas. Mientras las ramas crujían a la distancia, Orianna se cuestionó internamente con una mezcla de temor y resolución: ¿Sería capaz de protegerlo todo ella sola?

De repente, un chasquido seco rompió abruptamente la quietud, seguido por un temblor tenue pero suficiente para que las aves enmudecidas huyeran en vuelos caóticos, buscando refugio lejos de aquella perturbación invisible. La brisa se desvaneció, dejando las hojas inmóviles, atrapadas en una tensión casi palpable.

—No… no tan pronto —murmuró Orianna con una angustia creciente, sintiendo cómo la energía vital del bosque comenzaba a torcerse peligrosamente hacia un desequilibrio que podría ser irreversible.

Un segundo crujido resonó profundo y ominoso desde las entrañas mismas del mundo, haciendo que la tierra bajo sus pies se sacudiera violentamente. Orianna cayó de rodillas, luchando desesperadamente por mantener el equilibrio, mientras frente a sus ojos la tierra comenzaba a abrirse lentamente con crueldad insoportable. Aquella herida abierta en el corazón del santuario se desgarraba con sonidos húmedos y putrefactos, liberando un vapor espeso y amarillo impregnado de corrupción y muerte, que ardía en sus pulmones con cada inhalación.

Desde el interior de la grieta emergieron lentamente dedos grotescos y deformados, negros como el ébano y afilados como dagas, agarrándose al borde con una determinación maligna. Orianna retrocedió instintivamente, incapaz de apartar la mirada del horror que surgía desde las profundidades. No era miedo lo que se reflejaba en sus ojos, sino una certeza devastadora: han venido, uno por uno, nos están buscando.

Con un rugido de ferocidad absoluta, Elyzmyrath extendió completamente sus alas y se posicionó protectora frente a Orianna, preparada para enfrentar cualquier amenaza, decidida a protegerla aunque le costara la vida.

—¡No! —gritó Orianna con una angustia desgarradora—. ¡Debes huir! ¡No puedes caer aquí, Elyz!

La joven dragona ignoró las súplicas, avanzando con determinación férrea, dedicándole a Orianna una última mirada llena de compromiso eterno. En ese mismo instante, el árbol milenario emitió un último y doloroso crujido y, con un sonido definitivo, se partió en dos, sus fragmentos cayendo pesadamente a ambos lados de la grieta como símbolos rotos de equilibrio destruido.

Con ese estruendo final, Orianna comprendió con claridad devastadora que el equilibrio sagrado del bosque había sido roto para siempre. El santuario que había jurado proteger había sido profanado, y su tiempo de aislamiento había llegado irrevocablemente a su fin. La batalla que siempre había temido ya estaba allí, inevitable e inexorable, exigiendo toda su fuerza, toda su valentía, y un sacrificio que aún no podía imaginar.

Elyzmyrath

Malizall – El Pacto que fue

Canción Mallizal, Las Sombras del Tiempo

Malizall

En una cabaña solitaria, enclavada en las alturas nevadas de las montañas, Malizall permanecía sentado frente a una chimenea fría, contemplando un fuego que hacía tiempo había dejado de arder. La estancia, impregnada por un denso aroma a polvo antiguo y cenizas consumidas, reflejaba en su abandono la esencia misma del brujo. Libros apilados sin orden y pergaminos olvidados descansaban precariamente en estantes, evocando la triste imagen de un santuario abandonado, un templo cuyos dioses habían optado por apartar su mirada.

Con el grimorio abierto en su regazo, Malizall lo observaba distraídamente, incapaz de seguir las palabras escritas en páginas que no había leído en semanas. Su cabello desordenado caía sobre sus ojos, fatigados y cargados de un desencanto que parecía insuperable. A su lado, desde el alféizar de una ventana cubierta de escarcha, Wako, su antiguo familiar, lo observaba con ojos melancólicos. Las plumas del búho, que en otro tiempo brillaron como nieve recién caída, ahora mostraban un gris ceniciento, reflejando la tristeza de quien también se sentía olvidado por el mundo.

Finalmente, rompiendo el silencio opresivo con una voz suave y apenas audible, Malizal susurró con cansancio:

—No deberías quedarte aquí, Wako. No si entiendes lo que se aproxima.

Wako ladeó ligeramente la cabeza, respondiendo no con ternura sino con una profunda melancolía, como si comprendiera exactamente los temores de Malizal y se negara a abandonarlo en su soledad.

Con esfuerzo visible, Malizall se puso en pie. Su pesada capa arrastraba polvo del suelo de madera mientras se movía lentamente hacia la mesa desvencijada. Allí dejó el libro abierto, abandonado como un testigo mudo de su desidia y desgana. Sin molestarse en cerrar la puerta tras él, salió al exterior, donde una ventisca violenta lo recibió de inmediato, cortándole la piel como diminutas hojas de hielo afilado. Sin embargo, Malizal permaneció inmóvil, ajeno a la crueldad del frío, como si ya hubiese perdido la capacidad de sentir.

Entonces, en medio del aullido ensordecedor del viento, un sonido sordo, profundo y terrible resonó desde el interior de la cabaña, como si la realidad misma hubiera comenzado a fracturarse. La puerta explotó desde dentro, lanzando astillas violentamente hacia afuera y obligando a Malizal a reaccionar por instinto, apartándose justo a tiempo para evitar ser alcanzado.

Desde el umbral oscuro de la cabaña emergió lentamente una figura retorcida, una aberración demoníaca cuya piel emanaba corrupción y sombra. Sus ojos brillaban con una luz antinatural, mientras sus largas y afiladas garras, semejantes a cuchillas de hueso, se desplegaban en una amenaza devastadora y silenciosa.

Wako graznó alarmado, no por miedo, sino como advertencia desesperada. Intentó elevarse para escapar de aquella amenaza monstruosa, pero un brazo grotesco de la criatura se extendió de forma antinatural y brutal, atrapándolo sin piedad.

—¡No! —gritó Malizall, sintiendo cómo una parte vital de sí mismo era arrancada brutalmente con ese gesto.

En un acto reflejo, levantó el brazo, tratando desesperadamente de invocar aquella magia que antaño había dominado con facilidad, el vínculo sagrado con Lathander que antes había sido su fuerza y esperanza. Pero solo encontró un vacío aterrador, un silencio absoluto allí donde antes había ardido intensamente la llama del pacto ahora aparentemente olvidado.

Incapaz de apartar la mirada, contempló impotente cómo Wako luchaba inútilmente en las garras del demonio. En ese instante, con amarga certeza, Malizal comprendió que la batalla que se avecinaba no solo pondría a prueba su fuerza física, sino que también amenazaba con consumir el último resquicio de humanidad y esperanza que aún quedaba en él.

Mientras la criatura emergía plenamente de la oscuridad, extendiendo sus garras hacia él con una determinación maligna, Malizall sintió, muy en lo profundo de su mente, la pequeña llama de su antigua conexión con Lathander parpadeando débilmente, esperando desesperadamente ser avivada antes de que fuera demasiado tarde.

Alistar – Justicia Divina

Canción Alistar, Luz pagada

Alistar

Alistar se encontraba frente al altar del imponente Templo de Tyr en Waterdeep, una fortaleza sagrada tallada en piedra y reforzada en bronce, símbolo tangible de la justicia y el orden. La balanza dorada que colgaba sobre el altar, normalmente brillante y solemne, ahora parecía apagada e inquieta, temblando ligeramente como si reflejara las dudas que consumían el alma del paladín. Su armadura reluciente, marcada por años de servicio y sacrificio, reflejaba tenuemente la luz mortecina de las velas. Alistar inclinó ligeramente la cabeza en oración, su voz, que antaño resonaba firme con la seguridad de la justicia, ahora apenas un susurro cargado de incertidumbre y preguntas sin respuesta.

Detrás de él, las puertas del templo se entreabrieron lentamente, dejando entrar el eco de una multitud enardecida, cuyos gritos coléricos resonaban con fuerza dentro del santuario. Las consignas contra la iglesia y los héroes de la Maldición de la Muerte se mezclaban en una cacofonía amarga. Alistar sintió un peso mayor que nunca sobre sus hombros y se preguntó, en la profundidad de su angustia: ¿podría la balanza de Tyr sostener el peso de un mundo tan quebrado?

Desde lo alto de las escalinatas exteriores del templo, Alistar contemplaba ahora a la masa encapuchada que se extendía ante él, sus rostros ocultos bajo la tenue luz de las antorchas que blandían con furia desesperada. Aquella multitud no buscaba consuelo ni salvación; sus ojos ardían con una mezcla de ira y desesperanza, sus manos aferradas a palos, piedras y armas improvisadas en un clamor desesperado contra aquello que sentían como una traición.

A su lado, siempre fiel y vigilante, Marcus habló con voz tensa y cargada de preocupación:

—Esto va a romperse.

Alistar asintió lentamente, incapaz de desviar la mirada de aquella turba que se agitaba peligrosamente cerca. Podía sentir en sus hombres el miedo creciente, sus escudos firmemente alzados, sus corazones latiendo a ritmos desacompasados. Algunos soldados ya exploraban discretamente rutas de escape, incapaces de sostener mucho más aquella presión que amenazaba con desbordarse en cualquier momento.

Entonces, con una solemnidad forzada y torpe, las puertas principales del templo se abrieron pesadamente, dejando emerger a Harker, comandante de la orden, con una expresión endurecida por años de cumplir el deber sin titubeos. Junto a él caminaba el sumo sacerdote Eldrin, vestido con ropajes sagrados, alzando sus manos hacia los cielos en un gesto de súplica y paz.

—¡Hijos de Waterdeep! —clamó Eldrin con voz resonante, tratando desesperadamente de apelar a la razón—. ¡Tyr entiende vuestro sufrimiento y os ofrece consuelo!

La respuesta fue inmediata y devastadora. Un rugido desafiante, lleno de resentimiento, explotó desde la multitud como el aullido de bestias heridas. Antorchas encendidas volaron hacia el templo, botellas estallaron contra las escaleras de piedra, y piedras comenzaron a silbar peligrosamente cerca de los defensores.

—¡Atrás! —rugió Alistar con voz potente, intentando imponer orden sobre el caos creciente—. ¡Formación!

Pero era ya demasiado tarde. Una piedra atravesó el aire envenenado por la violencia, golpeando al sumo sacerdote Eldrin directamente en la frente. Eldrin cayó sin resistencia, su cuerpo desplomándose inerte sobre los escalones sagrados, la sangre comenzando a teñir la piedra con rapidez.

Harker reaccionó con furia inmediata y despiadada:

—¡Avanzad y dispersadlos! ¡Es una orden!

Sin embargo, Alistar permaneció inmóvil, incapaz de actuar, contemplando la multitud desesperada frente a él. En sus ojos no veía enemigos, sino la profunda desesperación de padres, madres e hijos, arrastrados a aquel extremo por circunstancias fuera de su control.

Fue entonces cuando algo imposible ocurrió. Desde el centro mismo de la plaza surgió un pulso oscuro, una presencia intangible que devoró toda luz y sonido, sumiendo el mundo en un vacío aterrador. Segundos después, aquel silencio antinatural estalló violentamente.

La plaza se desgarró desde sus entrañas, lanzando fragmentos de piedra y cuerpos al aire. Las escalinatas del templo se fragmentaron como cristal ante un golpe demoledor. Alistar sintió cómo su escudo, aquel que había portado desde su iniciación, era arrancado brutalmente de su brazo por una fuerza invisible y arrojado al suelo con tal violencia que la realidad misma pareció estremecerse.

Cuando finalmente pudo incorporarse, el paisaje familiar había desaparecido. La plaza se había transformado en un campo de batalla envuelto en humo oscuro y denso. Desde esa negrura emergieron figuras grotescas, criaturas deformadas hechas de carne putrefacta y sombra sólida, avanzando implacablemente hacia los aterrados ciudadanos. Algunos trataron de huir; otros fueron alcanzados por la muerte antes siquiera de entender lo que ocurría.

En medio de aquel absoluto caos, Alistar comprendió con aterradora claridad que la batalla que enfrentaba no solo pondría a prueba su fuerza y fe, sino que desafiaría hasta el límite más profundo su propia humanidad.

Vengy – La Llama Encerrada

Canción Vengy, La Llama Inquebrantable

Vengy

La prisión subterránea de Waterdeep era un lugar sombrío, donde la humedad impregnaba cada piedra y la justicia parecía haber huido hacía mucho tiempo. Dentro de una estrecha y fría celda, Vengy permanecía sentado en penumbra, con la espalda apoyada contra el muro áspero y helado. Las cadenas oxidadas colgaban pesadamente desde las paredes, reflejando débilmente la tenue luz que lograba filtrarse por una diminuta ventana situada en lo alto, como un lejano e inalcanzable vestigio del mundo exterior.

Sin armadura ni capa, sus piernas debilitadas por el prolongado cautiverio apenas le respondían. Pero, incluso así, continuaba irradiando una fuerza intangible que atraía miradas y susurrantes murmuraciones. Para algunos era un santo; para otros, un farsante iluminado. Sin embargo, todos coincidían en un detalle: su mirada ardía con una intensidad que no podía extinguirse, ni siquiera en la más profunda de las oscuridades.

La acusación oficial era colaboración con criminales; un cargo que Vengy sabía ocultaba verdades mucho más complejas. Su caída había comenzado cuando cruzó el umbral del establecimiento de un viejo amigo, solo para descubrir con amarga sorpresa que aquel lugar, antes lleno de risas y canciones, se había convertido en una fachada para negocios turbios. Desde aquel fatídico día, su reputación quedó dañada, la fe de sus seguidores tambaleó, y los enemigos surgieron de las sombras como buitres atraídos por la debilidad.

Pero Vengy jamás había huido. Ahora, encerrado en aquella celda fría y húmeda, lo que más lo atormentaba era el eco de su propio corazón. Cada vez que cerraba los ojos, recuerdos vividos de los momentos en los que su fe había servido de refugio para otros lo inundaban. Ahora, ese propósito parecía tan lejano como la luz del amanecer.

Aquella noche, el silencio en la cárcel era especialmente perturbador. Vengy, absorto, observaba el techo resquebrajado, buscando constelaciones en las grietas, tratando de distraerse de la inquietud creciente que sentía en su interior.

De pronto, algo cambió drásticamente. El aire en la celda se tornó espeso y opresivo, cargado con un aroma acre de ceniza y odio. Vengy se tensó inmediatamente, alerta ante aquella perturbación. Entonces lo vio: una nube de humo oscuro comenzó a deslizarse lentamente bajo la puerta de su celda, avanzando con la determinación silenciosa de un depredador, dotado de una voluntad propia.

El mundo pareció detenerse, atrapado en esa pausa eterna que precede inevitablemente al trueno o al grito.

Sin pensarlo dos veces, impulsado por un instinto más fuerte que cualquier rezo, Vengy canalizó toda la fuerza contenida en su espíritu.

—¡Thunder Wave! —rugió con una voz resonante, un trueno largo tiempo contenido.

La onda mágica estalló desde su interior con violencia devastadora, deformando la puerta metálica hasta arrancarla brutalmente de sus bisagras y proyectarla hacia el pasillo con un estruendo metálico ensordecedor. Un guardia, cegado por el pánico, corrió sin dirección, tropezando torpemente con los restos de la puerta y cayendo indefenso a los pies del prisionero.

—¡Levántate! —ordenó Vengy con determinación férrea, intentando ayudarlo sin éxito.

Antes de que pudiera incorporarse completamente, desde la oscuridad emergió lentamente una figura felina envuelta en niebla oscura, moviéndose con un ritmo perturbadoramente antinatural, casi como una danza siniestra entre las sombras. Sus ojos brillaban con una intensidad sobrenatural, sus garras curvas y letales se revelaron lentamente, y su piel retorcida por la corrupción reflejaba toda la perversión de su esencia.

Vengy la observó fijamente, y ella devolvió su mirada con una precisión fría y despiadada.

Sin emitir rugido ni advertencia alguna, la criatura saltó sobre el guardia caído, arrebatándole la vida en un movimiento limpio y aterrador. Luego, lentamente, giró su rostro hacia Vengy, clavando en él sus ojos incandescentes.

En ese preciso instante, con absoluta claridad, Vengy comprendió que no estaba allí por casualidad. No era un acto aleatorio de violencia, sino una cacería meticulosamente dirigida hacia él. Era la presa de un enemigo implacable.

Pero incluso debilitado, privado de sus armas, despojado de su altar y encerrado en aquella mazmorra oscura, la llama en el interior de Vengy continuaba ardiendo con feroz determinación. Mientras el humo oscuro se enroscaba como una serpiente alrededor del cuerpo sin vida del guardia, el prisionero se incorporó lentamente, apoyándose contra la pared fría y húmeda.

Porque si este era el fin, estaba decidido a arder junto con él.

Ander – Al compas de la penitencia

Canción Ander, Canciones al Viento

Ander

Ander se encontraba en la esquina más oscura y olvidada de una taberna desprovista por completo de alegría. Con dedos inseguros, sostenía su flauta, tocando una melodía quebrada que reflejaba fielmente el profundo vacío en su alma. El aire estaba impregnado de olores desagradables; cerveza estancada, grasa rancia y desesperanza se habían apoderado del lugar, como si las paredes ennegrecidas por el humo hubieran absorbido años de penas acumuladas. El público presente no escuchaba realmente; apenas toleraba su presencia con una indiferencia cruelmente pasiva.

Las notas que escapaban de su flauta eran torpes e irregulares, algunas claramente fallidas, otras quizás intencionalmente desafinadas, tratando inútilmente de comunicar algo que nadie parecía querer entender. Las monedas lanzadas a sus pies no representaban reconocimiento alguno, sino limosnas impregnadas de desprecio y castigo.

—¡Eh, héroe! —vociferó alguien entre risas crueles—. ¿Por qué no nos cantas cómo salvaste al mundo y perdiste tu alma?

Ander levantó lentamente la vista hacia aquella voz burlona, ofreciendo tan solo una mirada vacía como respuesta. Las palabras quedaron atrapadas en su garganta, amordazadas por la vergüenza acumulada y el agotamiento de mil noches idénticas a esta.

Cuando las burlas se convirtieron en un murmullo constante e insoportable, el bardo se puso de pie con dificultad, abandonando su rincón con pasos tambaleantes. Se detuvo brevemente junto a la entrada, vomitando discretamente junto al umbral antes de salir al frío nocturno, sin despedirse. Nadie lo siguió, nadie intentó detenerlo.

Afuera, la noche era cruelmente fría y húmeda, penetrando sus ropas desgastadas y haciendo que su cuerpo se sacudiera con inevitables temblores. Las escasas farolas de aceite apenas lograban disipar las densas sombras que dominaban las estrechas callejuelas de los suburbios de Waterdeep. Las luces de la calle parecían más tenues que nunca, o quizás era simplemente su visión, borrosa por el alcohol que embotaba sus sentidos. Su capa, antaño llena de colores vibrantes y llena de vida, ahora colgaba pesada y raída sobre sus hombros. En una mano sostenía débilmente su lira, un recuerdo polvoriento de tiempos más brillantes.

Mientras avanzaba tambaleándose hacia la oscuridad, los murmullos burlones de los clientes de la taberna resonaban todavía en su cabeza, mezclándose con la culpa y las memorias persistentes de un error imposible de olvidar. Cada paso era más pesado que el anterior, pero Ander ya no podía distinguir si su tambaleo era físico o emocional. A lo lejos, un perro callejero, flacucho y desnutrido, lo observaba con ojos profundamente tristes, casi humanos, como si buscara en él algo que Ander creía haber perdido irremediablemente.

Al girar una esquina, Ander se encontró cara a cara con aquel animal abandonado. Los huesos del perro se dibujaban claramente bajo su pelaje enmarañado. El animal levantó la cabeza lentamente y sus miradas se encontraron en silencio, forjando una conexión inmediata y dolorosa. Torpemente, Ander sacó de su bolsillo un pedazo endurecido de pan y, agachándose lentamente, se lo ofreció. El perro aceptó el mendrugo con suavidad, sin apartar la vista del bardo, reconociendo en él un hermano en desgracia.

En ese instante fugaz y punzante, Ander se vio reflejado claramente en aquel animal abandonado: un héroe olvidado, sobreviviente apenas en un mundo que había dejado atrás su gloria.

La ternura rota de ese momento fue interrumpida abruptamente por una luz blanca, antinaturalmente pura y deslumbrante, que comenzó a brillar al fondo de la calle con una intensidad ajena a toda realidad conocida. Ander parpadeó, mareado por una súbita sensación de náusea. El perro gruñó con inquietud, instintivamente consciente del peligro.

Aquella luz giró lentamente sobre sí misma, expandiéndose hasta convertirse en un portal que revelaba un paisaje infernal al otro lado: montañas negras vomitando fuego y humo, cielos teñidos de ceniza roja, y una tierra agrietada que ardía en llamas eternas. Ander retrocedió un paso, sintiendo cómo el miedo nacía en lo más profundo de su alma.

—No… —susurró con la voz quebrada por el terror.

Desde la oscuridad del portal, tres figuras humanoides, sombras sin rostro definido, emergieron lentamente. Sus movimientos eran deliberados y marciales, como soldados eternamente atrapados en una guerra desconocida. Una de las figuras giró lentamente su cabeza hacia Ander, con una atención escalofriante, como reconociéndolo con sentidos imposibles, con recuerdos profundos y siniestros.

Antes de que pudieran avanzar más, el portal se colapsó abruptamente, dejando tras de sí solo un leve resplandor sobre el empedrado mojado. Un silencio absoluto envolvió nuevamente la calle, roto únicamente por el jadeo inquieto del perro.

Ander cayó lentamente de rodillas, contemplando sus propias manos temblorosas con incredulidad y horror. Por primera vez en demasiado tiempo, sintió miedo real, un miedo profundo y primordial nacido no del exterior, sino de lo más íntimo de sí mismo.

Porque comprendía, con espantosa certeza, que si aquellas figuras lo buscaban, era porque sabían exactamente dónde encontrarlo.


Sesión 2

Ander - La Huida acompañado

Ander corrió con una desesperación animal, huyendo de las sombras que brotaban del portal maldito, sintiendo cómo el frío de la noche se mezclaba con el pánico ardiente que recorría sus venas. En sus brazos, el perro flaco jadeaba, asustado. Con un último esfuerzo, se escondieron juntos en un callejón estrecho y oscuro.

—Escóndete —susurró Ander, acariciando brevemente la cabeza del animal, sintiendo que su propia mano temblaba más que el perro.

Antes de que pudiese recuperar el aliento, una figura oscura apareció al final del callejón, a escasos metros. Sin pensarlo demasiado, Ander conjuró un Starry Wisp que impactó de lleno sobre la figura. Aprovechando el momento, echó a correr de nuevo, pero la criatura era veloz, demasiado veloz. En un abrir y cerrar de ojos, lo alcanzó y se lanzó sobre él, derribándolo al suelo en una maraña de brazos y sombras.

Rodaron juntos por el suelo húmedo y frío; Ander logró momentáneamente liberarse, pero no sin recibir un golpe brutal que le dejó una sensación helada extendiéndose desde el punto de impacto hacia todo su cuerpo.

De pronto, escuchó al perro gruñir con furia desesperada. Al girarse, vio cómo la pequeña criatura mordía ferozmente los tobillos del demonio, exponiéndose a una muerte segura. La imagen golpeó a Ander con una claridad insoportable.

Su corazón latía furioso, no por valentía sino por la desesperación absoluta de evitar otra muerte inocente a causa de su culpa. Sin dudarlo más, canalizó un poderoso hechizo de desintegrar hacia la criatura, pero esta esquivó ágilmente el ataque. Con una crueldad implacable, el demonio lanzó una patada brutal al perro, que salió despedido y quedó inmóvil en el suelo.

La visión del animal herido llenó a Ander con una determinación que no sabía que aún poseía. Se lanzó contra el demonio, recibiendo otro golpe que, aunque doloroso, carecía de la precisión anterior. No obstante, Ander, consiguio su ibjetivo, salir corriendo en dirección al animal para cargarlo y seguir su huida. Herido, pronto fue consciente de que no escaparia sin más de esta cirauta pero justo cuando todo parecia perdido vio un agujero estrecho en la pared. Sin dudarlo trató de lanzarse a el, con el perro cogido en sus manos extendidas atravesó parcialmente el agujero, pero sus piernas quedaron atrás. El demonio lo atrapó por las piernas y lo sacó violentamente, estrellándolo contra la pared opuesta y arrebatándole el aliento.

A punto de perder la conciencia, Ander reunió sus últimas fuerzas para conjurar un patrón hipnótico, atrapando la atención de la criatura que quedó momentáneamente embelesada. Sin perder tiempo, Ander se arrastró por la apertura, curando rápidamente sus heridas y luego examinando desesperadamente al perro. Su corazón saltó al comprobar que, aunque inconsciente, el animal recuperaba lentamente algo de estabilidad.

Exhausto, cargó al perro hacia el interior de lo que resultó ser un almacén abandonado. Unas escaleras polvorientas le condujeron a una portezuela que daba al tejado. Al salir, Ander contempló un panorama desolador: varios edificios ardían con llamas que se alzaban hacia el cielo nocturno, tiñéndolo de rojo y naranja. Su mirada fue atraída inexorablemente hacia la colina donde se alzaba el templo de Tyr, rodeado completamente por llamas hambrientas. El templo permanecía intacto por ahora, pero estaba claro que la destrucción era inevitable.

Entonces, arrastrado por el viento nocturno, un papel medio calcinado aterrizó frente a sus pies. Ander lo tomó con dedos temblorosos y leyó en voz baja:

“Cuando el velo del mundo se desgaste,
y el oro de los héroes se vuelva herrumbre,
el aire se abrirá como herida en la carne de este plano.

Y de esa grieta brotarán los siervos del Juicio,
con garras de castigo y aliento de ruina.
Mas su mera presencia la cordura mina.

Donde las raíces se retuercen de dolor,
y la savia se convierte en sangre,
el abismo mismo se abre.

Sobre los muros de la falsa fe,
cuando el caos llegue y reine,
ni los más puros estarán a salvo.

No temáis a la muerte, pues es salvación,
sino al renacer de aquello que nunca vivió.

Los astros se ocultarán de la mirada de los sabios,
las reliquias brillarán con luz marchita,
y los rezos antiguos serán ceniza en la lengua del clérigo.

Vendrán las tres señales:
La sangre manará del árbol sagrado,
la campana sonará bajo aguas sin templo,
y la luna será devorada por su reflejo.

Entonces, la Voz hablará desde la grieta:
‘El Juicio ha comenzado. Vuestra era termina.’
Así está escrito. Así será.”

La profecía del Abismo - Primeros Versos

Ander sintió un frío más profundo que cualquier noche invernal recorrer su cuerpo. No solo por las palabras leídas, sino por la certeza de que ya sabían exactamente dónde encontrarlo.

Alistar – El caos

La noche se había roto, desgarrada por un estallido infernal que aún reverberaba en los oídos de Alistar. Frente al templo, la plaza era una herida abierta en la piel de la ciudad, de la que manaba humo negro y gritos desesperados. Su mirada recorrió brevemente el campo de batalla improvisado, distinguiendo entre las llamas y el caos a treinta o quizás cuarenta criaturas demoníacas, sombras retorcidas que avanzaban inexorables, sembrando muerte y miedo.

Desde lo alto de las escalinatas, Harker permanecía rígido, los labios apretados en una línea de acero, los ojos duros como piedras ante el horror que se desplegaba a sus pies. Alistar se giró hacia él, la voz quebrada por urgencia y desesperación.

Harker

—¡Harker! ¡Tenemos que ayudarles! ¡Son inocentes!

Harker titubeó un instante, la mano crispada sobre la empuñadura de su espada, pero enseguida endureció su semblante, negando con firmeza.

—La orden es proteger el templo. Nada más importa.

Un gesto y un grupo de arqueros se adelantó, lanzando una ráfaga de flechas contra las tres criaturas que ascendían las escaleras con voracidad. Una de ellas, ágil y aterradora, apartó una flecha con un simple manotazo, un gesto tan casual como escalofriante, y siguió avanzando, acompañada de sus compañeras que apenas parecían ralentizadas.

El corazón de Alistar golpeó furioso contra sus costillas, la adrenalina pulsando en sus sienes como un tambor de guerra. Con un rugido que resonó como campana de plata en la noche ennegrecida, proclamó:

—¡En nombre de Tyr, levantad vuestros escudos! ¡Proteged a los inocentes!

Sus soldados, inflamados por la luz de sus palabras, se incorporaron con decisión renovada, interponiendo sus cuerpos frente al avance demencial. Alistar extendió su mano hacia la plaza, susurrando una oración de santuario que envolvió con una luz protectora a un niño atrapado bajo un carro destrozado, cuya voz imploraba a una madre que ya no respondía.

Entonces, Alistar se lanzó al combate. La primera criatura demoníaca le cerró el paso, sus ojos ardientes clavados en él con odio ancestral. Con un impulso feroz, Alistar blandió su arma iluminada por la justicia divina, logrando detener a esa criatura, pero sus compañeras aprovecharon la distracción para sortearle, siguiendo adelante hacia el templo.

—¡No! —rugió Alistar, invocando en su espada la Luz Sagrada que ardió con fuerza renovada.

La batalla se convirtió en un torbellino desesperado, metal contra garra, luz contra oscuridad. Alistar golpeó con dos ataques certeros, la espada trazando estelas luminosas en la oscuridad densa de la plaza.

La criatura retrocedió, gravemente herida, y Alistar aprovechó para invocar el poder supremo de Tyr. Una oleada divina hizo brillar todas las armas de sus soldados, transformando sus hojas en estandartes de luz y esperanza en medio del caos.

Pero entonces, la criatura moribunda extendió grotescamente sus brazos y murmuró una única palabra en lengua arcana que heló la sangre del paladín:

—Sacrificio.

La explosión fue brutal, desgarradora, una esfera de fuego oscuro que lanzó a Alistar hacia atrás, su cuerpo golpeando violentamente contra la piedra.

Dolorido pero aún en pie, Alistar miró hacia arriba, hacia Harker, cuya expresión era ahora de consternación. Usando toda la fuerza de su pasión y fe, Alistar clamó:

—¡Ayúdame a salvarlos, Harker! ¡Por la justicia, por lo que aún queda de humanidad!

Finalmente, algo se quebró en los ojos de su comandante. Con un asentimiento seco y tenso, Harker dio la orden que Alistar ansiaba escuchar.

—¡Paladines! ¡A la plaza! ¡Proteged a los inocentes!

El descenso por las escaleras fue rápido y decidido. Alistar se reunió con sus hombres entre los escombros humeantes y cuerpos caídos, en medio de un caos total. Los incendios se extendían, y cada grito era una daga en su alma.

Cuando el peligro inmediato pasó y el humo empezó a dispersarse lentamente, Harker apareció junto a él, con una mirada fría que anticipaba reproches.

—Tu desobediencia no quedará impune, Alistar.

Alistar asintió lentamente, aceptando sin resistencia.

—Asumo las consecuencias —respondió con firmeza. Aquella noche, sin embargo, la justicia prevaleció sobre el orden

Y mientras su comandante se alejaba en silencio, Alistar contempló el desastre con el corazón pesado, sabiendo que, pese a la victoria efímera, las heridas de esta noche tardarían mucho tiempo en cicatrizar.

Hakuryuu - Soledad Interior

El suelo tembló bajo sus pies mientras los demonios se deslizaban hacia él, grotescos, emitiendo sonidos que se debatían entre gruñidos animales y ecos de llantos malditos. Hakuryuu se preparó instintivamente, aunque sus garras estaban desnudas y Myrrym brillaba dolorosamente por su ausencia. Verse aferrando un simple candelabro en lugar de su legendaria espada le recordó con mayor intensidad la profundidad de su pérdida.

Un escalofrío punzante recorrió su mente; el mundo se desenfocó por un instante, su cordura tambaleándose peligrosamente. Pero entonces, con un estallido ensordecedor, las grandes puertas dobles de la sala principal reventaron hacia dentro, lanzando astillas y polvo al aire.

Tres miembros del Séquito del Dragón Plateado irrumpieron en la sala con armas en mano, los ojos brillando con una mezcla de pánico y lealtad inquebrantable.

—¡Mi señor! ¡Estamos aquí! ¡Atrás, monstruos! —rugieron al unísono.

Eran sus mejores hombres. Kael, al frente, blandía un mandoble envuelto en un leve resplandor azul; Varuun, el más joven, asumió rápidamente una posición defensiva frente a Hakuryuu; y Dareth, silencioso y solemne, murmuraba una plegaria mientras alzaba el escudo adornado con el emblema del clan.

Varrum

Las criaturas demoníacas se detuvieron abruptamente, como si algo en esta resistencia les intrigara profundamente. La más alta de ellas—una masa de huesos retorcidos, humo negro y garras carmesí—abrió una boca inexistente en un rostro vacío, pronunciando claramente una palabra que resonó ominosamente en los corazones de todos los presentes:

—División.

Un chorro de oscuridad líquida emergió de su boca, serpenteando por el aire como una víbora viva antes de lanzarse directamente hacia Dareth. El escudo cayó al suelo con un estruendo metálico. Los ojos del clérigo se abrieron desmesuradamente, consumidos repentinamente por una luz púrpura antinatural.

Dareth cayó de rodillas, soltando una risa quebrada, inhumana, que heló la sangre de todos los presentes.

—Mi señor… —su voz, distorsionada y cruel, resonó en la sala— ¿por qué debería proteger a un dragón que ya no ruge?

Dareth

La oscuridad reaccionó aún más ferozmente, devorando instantáneamente a otra de las criaturas hasta que no quedó rastro alguno salvo una sombra vacía. Hakuryuu, conmocionado pero reafirmando su resolución, cargó hacia la amenaza que aún persistía, su cuerpo movido por la memoria del guerrero que había sido.

El combate se convirtió en un baile desesperado, las criaturas y soldados enfrentándose en medio del caos. Finalmente, con un golpe certero, Hakuryuu hirió gravemente a la última criatura. La bestia, agonizante, soltó un rugido antinatural y, usando sus propias garras, desgarró su pecho. Un crujido grotesco de huesos rotos resonó en la sala, acompañado de un chorro de sangre negra que chisporroteaba como ácido en el aire.

Kael

Y entonces, de entre la masa pútrida, extrajo algo. Un objeto imposible, brillante incluso bajo la sombra más absoluta. Una punta de espada, retorcida y mellada, pero indudablemente reconocible.

—Myrym —susurró Hakuryuu, aturdido.

Sin mediar palabra, el demonio lanzó con brutalidad el fragmento contra el suelo. La pieza metálica se clavó violentamente entre las baldosas rotas, enviando una onda de energía antigua y familiar que recorrió la habitación como un latido congelado en el tiempo.

Hakuryuu corrió hacia el fragmento. Sus dedos se cerraron lentamente en torno al metal. Estaba tibio, demasiado tibio, como si aún recordara haber sido parte de algo más grande, algo vivo.

En cuanto su piel lo tocó por completo, el mundo se detuvo.

El aire se plegó hacia dentro, las sombras se alargaron, y el sonido se desvaneció como si alguien hubiese sumergido su cabeza en agua negra. Su cuerpo quedó rígido, mientras su mente era arrastrada sin permiso hacia una visión profunda.

Ante él apareció una sala que no había visto en años: una cámara circular sumida en penumbra. En el centro, los restos de una cuna de huesos y un altar vacío. Allí, donde alguna vez había luchado por la vida del mundo, descansaba algo que brillaba con un resplandor apagado.

Myrym.

Exactamente donde la había dejado.

Su hoja incrustada en el suelo, cubierta de polvo y tiempo, intacta. A su alrededor flotaba una niebla púrpura que se retorcía como si respirara. De esa niebla emanaba una maldición viva, una energía que reconoció con cada escama de su cuerpo: era poder de Acererak.

Un dolor agudo le atravesó la mano. Miró hacia abajo.

Un triángulo—formado por tres líneas negras—ardía sobre su piel como un hierro candente. No podía gritar ni soltar el fragmento.

—Ahora somos uno —resonó una voz fría y cruel—. Y cuando vuelvas por ella, yo estaré esperándote.

La visión se desvaneció bruscamente, devolviéndole a la sala destrozada. Pero la marca permaneció, grabada en su piel, una promesa oscura de que su batalla estaba lejos de terminar.

Malizall - El nuevo amanecer del pacto

La cabaña vibró con violencia, resonando como un gong de pesadilla al abrirse paso el demonio. Malizall, afuera en la nieve punzante, apenas tuvo tiempo para reaccionar antes de que la criatura, una masa retorcida de oscuridad y carne corrompida, emergiera en toda su grotesca plenitud. Su corazón se contrajo con una punzada de pánico, sus ojos fijos en Wako, quien desesperadamente extendía sus alas, buscando altura en vano.

—¡No! —La palabra resonó en la mente de Malizall, aunque sus labios permanecieron mudos. Pero el mundo mismo pareció estremecerse ante la desesperación silenciosa de su súplica.

Sin embargo, el demonio fue más rápido. Su cuerpo se deformó con una agilidad monstruosa, las garras extendiéndose con crueldad hacia el familiar. Un crujido seco resonó en el aire, quirúrgico y despiadado, cuando la criatura atrapó a Wako en pleno vuelo, hundiendo sus fauces en la delicada criatura.

El corazón de Malizall se detuvo, su mente negándose a aceptar lo que veía.

La cabeza de Wako fue arrancada con violencia, pero no brotó sangre ni vísceras. En su lugar, una explosión de luz blanca y cegadora inundó la cabaña, como si un fragmento de sol hubiese escapado del cuerpo del familiar para castigar al monstruo que lo había destruido. El demonio rugió, tambaleándose, sus ojos consumidos por la luz que lo quemaba desde dentro.

El mundo de Malizall se tiñó entonces de rojo. No por la sangre, sino por una furia ardiente y dolorosa que emergía desde lo más profundo de su alma. Wako no era simplemente una criatura mágica; era su reflejo más puro, la manifestación de todo lo que alguna vez fue y podría haber sido.

Y ahora, estaba perdido.

Sin dudar, con la determinación nacida del dolor y la culpa, Malizall extendió las manos y pronunció las palabras prohibidas. Un círculo de muerte estalló desde su núcleo, envolviendo la cabaña en una destrucción violenta que astilló paredes y destrozó vigas. El demonio fue golpeado de lleno, su cuerpo corrupto estremeciéndose bajo el impacto del hechizo devastador.

Sin darle tregua, Malizall lanzó inmediatamente una descarga de estática sináptica, retorciendo la mente ya fracturada de la criatura. El demonio intentó avanzar, pero sus movimientos eran torpes, frenados por el peso insoportable de la magia oscura que lo azotaba desde dentro.

Por un instante, Malizall vaciló. Imploró silenciosamente a Lathander, al recuerdo de una conexión perdida. Pero la súplica pronto se convirtió en exigencia, una demanda desde las profundidades de su ser.

—¡Ayúdame! —rugió, la voz resonando con una fuerza que hacía tiempo no poseía.

Como respuesta, la luz divina desgarró la tormenta oscura, manifestando a un celestial que descendió con una gracia vengativa. Entre Malizall y el ser divino, el demonio fue finalmente reducido a polvo y sombra, consumido por la fuerza implacable de su desesperación redimida.

Entonces Malizall lo vio: una pluma oscura, caída desde donde Wako había desaparecido. Se lanzó hacia ella, atrapándola justo antes de tocar el suelo frío. Al sostenerla, notó un calor inesperado que emanaba del objeto frágil. La pluma tembló suavemente en su palma y comenzó a elevarse, flotando envuelta en una tenue sombra.

Ante sus ojos, la pluma cambió lentamente. Alas más pequeñas se formaron, ojos nuevos se abrieron, un cuerpo joven se manifestó con claridad creciente. Un cuervo se materializó frente a él, silencioso y solemne.

Malizall reconoció algo familiar en la profundidad de aquellos ojos nuevos; no era Wako, pero había algo inconfundible de él allí. El cuervo no graznó ni cantó; simplemente lo miró con ojos penetrantes y calmados.

Malizall comprendió en ese instante lo que significaba. Había sido elegido nuevamente, destinado a cuidar de esta criatura como una vez cuidó de Wako. La marca invisible del pacto resurgía, distinta pero igualmente poderosa, y supo con absoluta certeza que su camino aún no había terminado.

La profecía del Abismo - Profecía del vuelo renacido

Ceniz

Vengy - Protector del débil

El eco del trueno resonó aún en los oídos de Vengy mientras la puerta retorcida de su celda caía a un lado, liberándolo de su encierro. Apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento cuando la criatura felina, retorcida y envuelta en humo, se lanzó sobre el guardia caído, hiriéndolo gravemente con una facilidad aterradora.

Vengy sintió la llama en su interior arder con fuerza renovada. Apoyándose contra el frío muro de piedra, se impulsó hacia adelante, sin armadura ni escudo, armado únicamente con su determinación. La criatura se giró lentamente, sus ojos brillantes fijándose en él, reconociéndolo como el verdadero objetivo.

El combate fue feroz, una danza desesperada entre la criatura y el antiguo héroe. La bestia golpeaba con una velocidad sobrenatural, pero Vengy respondía con igual intensidad, cada movimiento guiado por una mezcla de furia y fe implacable.

Durante la lucha, el guardia, que inicialmente parecía vencido, comenzó a recuperarse lentamente. Con esfuerzo, se levantó del suelo y, tras un instante de duda, decidió regresar a la batalla. Armado con la determinación de ayudar, aprovechó un momento de distracción de la criatura y asestó desde atrás un golpe certero, debilitando al monstruo.

Vengy aprovechó esta oportunidad para lanzar un ataque decisivo, acabando finalmente con la bestia. Sin perder tiempo, se arrodilló junto al guardia herido, canalizando sus energías para sanarlo. El hombre jadeó, sus ojos llenos de gratitud y sorpresa al ver la determinación intacta en la mirada de Vengy.

—Todavía no es tu hora —susurró Vengy, ayudando al guardia a levantarse con esfuerzo.

Sin embargo, antes de poder salir juntos, Vengy decidió enfrentar otra amenaza que detectó en la oscuridad del calabozo. Armado con la pica de un guardia caído, avanzó cautelosamente hasta encontrar otra criatura aguardando en las sombras. El combate fue aún más brutal, un duelo agotador que Vengy apenas logró ganar.

En su último aliento, la criatura pronunció una palabra en un idioma desconocido que resonó claramente en la mente de Vengy:

—Ofrecido.

En ese instante, una explosión de energía negativa recorrió violentamente el oscuro pasillo del calabozo, golpeando con fuerza a Vengy y acabando instantáneamente con la vida del guardia que lo había ayudado. Aturdido y golpeado, Vengy entendió finalmente que no quedaban más criaturas en el calabozo y decidió salir al exterior.

Emergiendo de los calabozos, se encontró con una ciudad sumida en el caos absoluto. Fuego, gritos y desesperación llenaban las calles mientras figuras demoníacas vagaban libremente sembrando destrucción.

Su mirada se endureció con una determinación férrea; no abandonaría a la gente en esta hora oscura. Invocando su poder un dragón espiritual surgió como un fuego artificial en el cielo, dando la ubicación exacta de todo aquel que estaba el peligro. Con esto, Vengy avanzó decidido hacia el templo de Tyr, llamando a todos los ciudadanos que encontraba, guiándolos hacia aquel último bastión de esperanza y protección en medio del caos.

—¡Al templo! ¡Allí estaremos seguros! —gritó, su voz resonando fuerte y clara, llena de la autoridad que solo surge de la auténtica convicción.

Mientras la ciudad ardía a su alrededor, Vengy supo con absoluta claridad que su batalla estaba lejos de haber terminado. Pero mientras tuviera aliento, seguiría luchando por proteger a aquellos que aún no habían perdido la esperanza.

Orianna - El latir del abismo

La grieta en la tierra siguió expandiéndose lentamente, devorando el suelo con un sonido húmedo y angustioso. Orianna, firme a pesar del temblor bajo sus pies, calculó con horror que al menos cinco criaturas emergían lentamente de aquella fisura maldita. Su corazón latía con furia y determinación, consciente del peligro que amenazaba con consumir el santuario y todo cuanto amaba.

Sin dudarlo más, extendió las manos y canalizó un cono de frío devastador sobre tres de esas siluetas grotescas. El aire se congeló instantáneamente, encerrando a las criaturas en prisiones de escarcha momentáneas. Elyzmyrath, con un rugido desafiante, extendió sus alas majestuosas y liberó un torrente de veneno verde que se extendió implacable sobre la horda emergente.

Entonces, algo profundo resonó desde el árbol sagrado, un latido que Orianna sintió vibrar en cada fibra de su ser. Un dolor insoportable la golpeó al notar cómo Elyz perdía estabilidad en pleno vuelo, su cuerpo cayendo con un esfuerzo agónico por mantener la altitud.

—¡No te acerques más a esos vapores! —gritó Orianna, desesperada, lanzando un nuevo cono de frío que finalmente destrozó a las tres criaturas más cercanas.

Pero la joven dragona ignoró la advertencia, arrojándose ferozmente contra las criaturas restantes. Sus movimientos se volvieron torpes, afectados gravemente por la corrupción que emanaba la grieta. Orianna suplicó a su compañera mientras invocaba relámpagos desde las nubes oscurecidas, castigando con furia a los monstruos restantes.

El combate se prolongó en un torbellino de magia y desesperación, hasta que finalmente, Orianna conjuró un último rayo destructor que pulverizó a la última criatura. Con rapidez, su cuerpo se transformó en un águila gigante, desplegando sus alas con urgencia para acudir en auxilio de Elyz.

Sin embargo, Elyz se adelantó a su búsqueda, con sus ojos brillantes cargados de una determinación que no admitía réplica.

—¡Tenemos que ir a la grieta! —urgió la dragona.

Sin opción de discutir, Orianna montó sobre el lomo de Elyz, ambas sumergiéndose en una oscuridad densa e infinita. En plena caída, Elyz realizó una maniobra repentina, lanzando a Orianna más profundamente en el abismo mientras se aferraba a las paredes para frenar su descenso.

Orianna sintió los vapores tóxicos aferrándose a su cuerpo, tratando de doblegar su voluntad, pero resistió, atraída hacia abajo por ese latido insistente que parecía estirarla hacia algo inevitable. Finalmente, ante ella apareció un corazón colosal, una masa imponente de piedra y carne entrelazada en una grotesca armonía. Su superficie palpitaba lentamente, cubierta de grietas profundas de las que emergían ramas oscurecidas y raíces retorcidas que se hundían en la oscuridad infinita, como arterias en busca de una vida que ya no existía. Aquel gigantesco corazón flotaba silencioso en una realidad sin calor, tiempo ni gravedad, emanando una presencia arcaica y perturbadora.

Con cada latido, el corazón se estremecía, liberando una onda invisible que se expandía por el vacío abisal. El pulso era lento, profundo y reverberante, como el retumbar de un tambor ancestral que resonaba en la médula de Orianna, sincronizándose con su propia respiración hasta hacerle sentir que su alma latía en un compás lúgubre junto con él. En aquel instante, solo existían ella y aquel corazón, unidos por un ritmo que evocaba un destino oscuro e inexorable.

Sin dudar, Orianna deshizo su transformación y lanzó un último cono de frío hacia el corazón. En el instante previo a su choque, un último latido rasgó la urdimbre misma del mundo, y Orianna se vio desde fuera, observando una cámara llena de símbolos que formaban una espiral convergiendo hacia el corazón.

Su mente fue arrancada de nuevo, arrojada a un vacío infinito lleno de símbolos en espiral y fragmentos de hueso flotando como estrellas muertas. Frente a ella, suspendido en el aire, un triángulo perfecto hecho de cicatrices con un ojo cerrado en el centro. Más allá, una figura sin rostro, coronada con una calavera de oro y fuego que no la miraba, pero cuya presencia la penetraba hasta el alma.

Una voz sin lengua susurró en su mente:

—El Corazón del Abismo fue solo un fragmento. Un nodo. Yo soy la raíz. El origen. El hambre.

Es la voz de Acererak

La figura alzó una mano mostrando el mismo triángulo tatuado en su palma con un ojo cerrado en el centro.

—Los guardianes ya sangran. El sello se debilita. Y tú… tú llevas tierra sagrada en tus venas. Pronto vendrás a mí. Voluntaria o no.

El ojo del triángulo se abrió abruptamente, devolviendo a Orianna a la realidad con un estremecimiento.

Orianna parpadeó, desorientada, y se encontró de nuevo frente al árbol destrozado. En su mano ahora ardía la misma marca triangular que había visto en su visión. Elyz no estaba por ningún lado, y su ausencia golpeó el corazón de Orianna con una fuerza devastadora.

La comprensión llegó con brutal certeza: Acererak había secuestrado a Elyz. Sabía que venían por ellos. Que su familia estaba en peligro y sabía que debía encontrarlos, salvarlos como ellos siempre la habían salvado a ella.

El aislamiento había terminado. Ahora comenzaba la verdadera batalla.

Conclusión

La noche se prolongó en un caos incesante, donde criaturas astutas y oscuras aprovechaban cada sombra para atacar a los incautos y distraídos. Waterdeep ardía bajo un cielo ennegrecido, y el aire estaba impregnado de humo, ceniza y desesperación.

Ander pasó un tiempo en la azotea del almacen escondido viendo el caos en la ciudad, contemplando con dolor cómo la ciudad que recordaba con afecto y nostalgia se había convertido en una visión apocalíptica. Decidió entonces buscar refugio en el templo de Tyr. Caminando lentamente hacia la plaza frente al templo, sintió un nudo en la garganta al reconocer una figura familiar: Alistar, con una postura cansada pero firme, dedicándose con incansable determinación a ayudar a cada persona que se acercaba buscando refugio.

Por un instante, Ander dudó de acercarse, recordando cómo había cambiado desde la última vez que se habían visto. Se preguntó incluso si Alistar lo reconocería en este estado deplorable. Finalmente, avanzó con pasos inseguros, cargando al perro maltrecho que había rescatado de una muerte segura.

Alistar, absorbido por sus tareas, tardó unos segundos en reparar en la presencia del bardo. Cuando sus miradas finalmente se cruzaron, Alistar lo reconoció de inmediato, notando la terrible herida que cruzaba el rostro de Ander.

—¿Estás bien? —preguntó Alistar con una mezcla de preocupación y alivio.

—No —respondió Ander con una sonrisa triste—. Vine buscando seguridad al templo, aunque solo sea moral. Estaba acabando con mi vida en los bares, pero un encuentro con un demonio me sacó de mis ideas suicidas y me hizo querer volver a vivir. Traje a este chucho pulgoso conmigo.

Alistar sonrió con calidez genuina, aliviado al ver a Ander vivo y decidido a luchar de nuevo. Ander sintió una chispa de orgullo al reconocer al amigo que, pese a todo, no había cambiado en lo esencial.

Sin embargo, antes de que pudieran intercambiar más palabras, una presencia luminosa rompió la oscuridad de la calle. Vengy apareció caminando con una serenidad casi sobrenatural, su presencia irradiando calma y esperanza. Detrás de él, una multitud herida y agotada lo seguía, atraída por su fortaleza espiritual y firmeza moral.

Vengy guió a la multitud hacia el templo y reconoció rápidamente a sus compañeros. Se acercó a Ander, intentando curar la grave herida en su ojo, pero Ander detuvo suavemente su mano.

—No, amigo —dijo con determinación tranquila—. Esta herida no debe cerrarse con magia. Necesito que permanezca abierta para recordarme quién fui y quién debo ser.

Vengy asintió solemnemente y miró a Alistar, seguro y calmado.

—Malizall llegará pronto —aseguró con confianza—. Nos reuniremos todos otra vez.

En otro rincón de la ciudad, Hakuryuu permanecía sentado, con la mirada perdida y el fragmento de Myrrym fuertemente apretado en una mano. Dos de sus seguidores más fieles descansaban cerca, recuperándose lentamente de sus heridas. Dareth, prudente y respetuoso, permanecía distante, observándolo en silencio.

De repente, Hakuryuu se levantó abruptamente, con una decisión irrevocable en sus ojos fríos y azules. Al dirigirse hacia la puerta, Dareth preguntó con cautela:

—¿A dónde va, mi señor?

—No te preocupes —respondió Hakuryuu sin mirarlo—. Cuida de la mansión y de los demás. Esto es algo que debo hacer solo.

—Mi misión es protegerlo con mi vida —replicó Dareth con convicción—. ¿Dónde piensa ir?

Hakuryuu detuvo sus pasos por un instante.

—Voy a ver a viejos amigos.

—¿Los héroes de Chult? —preguntó Dareth, pero solo el silencio respondió.

Sin mediar otra palabra, Hakuryuu desapareció en la noche, dejando atrás su mansión y sus dudas.

En el bosque herido, Orianna emergió de las sombras con la determinación feroz de quien ha perdido demasiado en una sola noche. Sabía que sus aliados seguían vivos en algún lugar y que el tiempo del aislamiento había terminado definitivamente.

La noche avanzaba implacable hacia el amanecer, y con ella, la certeza de que la reunión de aquellos viejos compañeros era inevitable. El destino, una vez más, los llamaba a luchar juntos.


Sesión 3

Amanecer púrpura sobre el templo herido

Sumo Sacerdote Eldrin

El templo de Tyr respiraba con dificultad aquella mañana. Sobre el aroma familiar del incienso ahora pesaba una atmósfera sofocante de ceniza y sangre seca, impregnando cada piedra, cada rincón del sagrado recinto. En los pasillos, hombres y mujeres descansaban, vendados y abatidos, con miradas perdidas que buscaban respuestas en las grietas del techo. Las velas sagradas habían dado paso a lámparas de aceite que proyectaban sombras largas, convirtiendo la santidad en un campo improvisado de batalla.

En el interior de la cámara del sumo sacerdote Eldrin Kurthos, la situación era aún más grave. Eldrin yacía inmóvil sobre un lecho frío, envuelto en mantas raídas y vendas empapadas. Una quemadura siniestra recorría desde su frente hasta la mandíbula, negra y profunda como una letra oculta tatuada por la violencia de la noche. A su lado, dos clérigos jóvenes murmuraban oraciones con una desesperación silenciosa, canalizando lo poco que quedaba de su poder divino hacia las runas grabadas en mármol.

La puerta crujió con un quejido metálico, dejando entrar a Harker, el comandante cuya armadura siempre había relucido con impecable severidad. Hoy, aquella armadura estaba manchada por sangre y hollín; su capa desgarrada colgaba sin dignidad sobre sus hombros.

Sin siquiera mirar a Eldrin, Harker se dirigió lentamente hacia la ventana alta. Afuera, el amanecer teñido de violeta anunciaba una verdad incómoda: la batalla había dejado algo más que heridas físicas. La fe, la justicia, el orden—todo parecía pender de un hilo demasiado delgado.

Harker rompió el silencio, su voz grave, contenida: —Haced lo que debáis. Pero si este hombre muere… Tyr será el único que juzgue mis decisiones.

En la plaza frente al templo, la realidad era un cuadro desolador de destrucción. Columnas rotas y emblemas resquebrajados reposaban como huesos dispersos de una justicia caída. Bajo el cielo violáceo, cargado de gases residuales de la batalla nocturna, se movían figuras conocidas con pesadumbre, tratando de encontrar sentido a los restos del caos.

Alistar, con evidente agotamiento tras una noche sin tregua, permanecía en medio de la desolación, sus hombros caídos bajo el peso invisible de la responsabilidad. Junto a él, Ander revisaba los cuerpos caídos con meticulosidad incómoda, buscando otorgar algo de dignidad a los muertos.

—Hace mucho que no nos vemos así —comentó Ander con una voz teñida de amarga ironía—. ¿Qué tal una cerveza?

—Este no es el momento, Ander —reprendió Alistar, severo aunque comprensivo.

En ese momento, Vengy, que había estado guiando a ciudadanos heridos hacia el templo, se acercó con expresión de asombro al ver a sus viejos compañeros.

—¿Alistar? ¿Ander? —preguntó Vengy sorprendido—. No esperaba encontraros aquí, aunque supongo que debería haberlo imaginado.

Ander sonrió nostálgicamente.

—Supongo que hasta en tiempos como estos, algunos siguen firmes en sus convicciones.

—El mundo ha cambiado demasiado —comentó Alistar con tono grave—. Mantener la ley y el orden se ha convertido en algo casi imposible cuando ya nadie reconoce la justicia divina.

—Firme e implacable, como siempre —respondió Ander con resignación, aunque con respeto sincero—. Algunas cosas nunca cambian.

Vengy suspiró, interviniendo con una ironía punzante.

—Bueno, hablando de cambios inesperados, ¿sabíais que hace poco estuve encarcelado?

—¿Encarcelado? ¿Por qué motivo? —preguntó Alistar, claramente sorprendido.

—Al parecer, por ayudar a quien no debía —replicó Vengy con una sonrisa amarga—. Vivimos tiempos muy extraños, amigos míos.

Ander soltó una leve carcajada, recuperando brevemente su antigua chispa provocadora.

—¿Y ahora qué eres, Vengy? ¿Un estafador o un testaferro?

Vengy frunció el ceño, intentando justificarse torpemente.

—Nada de eso. Fui engañado y usado. Juro que quienes me tendieron la trampa lo pagarán caro.

Alistar contempló a sus amigos con una mezcla de alegría y profunda nostalgia.

—Me alegra veros de nuevo, aunque desearía que fuese bajo circunstancias mejores.

Vengy notó la apariencia desmejorada de Ander y lo llamó cariñosamente “pequeñajo”, tratando de limpiar torpemente el polvo acumulado en sus desgastadas ropas.

—La vida me pasó por encima —respondió Ander con amargura—. Salí a contar nuestras historias buscando reconocimiento, pero solo obtuve burlas, insultos y violencia. Al final, simplemente me rendí al alcohol.

—Ahora entiendo por qué lo primero que pediste fue cerveza —bromeó Vengy con acidez.

Alistar intervino con empatía, intentando suavizar el momento.

—Todo ha cambiado después de la maldición. La fe en Tyr se tambalea y un culto oscuro crece en las sombras, erosionando lo que conocemos por justicia.

Los tres permanecieron en silencio por un instante, conscientes de que, pese al dolor y al cansancio, solo juntos podrían enfrentar lo que se avecinaba. El aislamiento, la culpa y la desesperación habían terminado; ahora comenzaba su verdadera batalla.

El sonido que aún no ha sonado

Un grito abrupto rasgó el murmullo general de la plaza, atrayendo todas las miradas.

—¡No entréis al templo! ¡Está corrupto! ¡Lo han mancillado!

Sobre una pila tambaleante de cajas, un joven harapiento, con ojos inflamados pero brillantes por la fiebre, agitaba sus brazos con desesperación.

—¡Esta plaga es juicio por siglos de mentiras! ¡Por venerar a dioses que callaron cuando más los necesitábamos!

Alistar avanzó junto a Vengy, intentando calmar al joven, pero éste lo evadió, alzando un pergamino mugriento. Con voz ajena y profunda leyó:

“Cuando el juicio se derrame en las calles
y el cielo se pinte de vino muerto,
una campana sonará bajo las aguas
donde no hay templo ni altar.
Su eco traerá el final del día,
y la aurora será tragada por la espuma.
Los dioses que juraron proteger callarán,
y en su silencio, la Voz tomará forma.
No habrá más amanecer.
No habrá más canto de la luz.
Solo el bronce hundido hablará por ellos.
Entonces sabréis:
la era del juicio ha comenzado.”

La profecía del Abismo - La última campanada

La figura enloquecida preguntó bruscamente a Alistar: —¿La oyes tú también? ¿La campana?

Y sin esperar respuesta, corrió alejándose de la plaza, dejando caer el pergamino al suelo.

La multitud comenzó a murmurar inquieta; algunos retrocedieron. Ander intentó apaciguar la tensión, entonando una canción magistral que logró suavizar los ánimos y recuperar cierta calma.

Un hombre junto a su familia agradeció a Alistar con reverencia antes de partir. Mientras tanto, Vengy observaba el papel caído, reconociendo inmediatamente un patrón que heló su sangre: un triángulo invertido.

Una anciana se acercó a Alistar con voz susurrante: —No te dejes guiar por esta gente. Sigue a tu dios, y solo a tu dios.

Alistar reafirmó su voz ante todos: —En estos tiempos difíciles, más que nunca debemos cuidarnos los unos a los otros. Todo aquel que necesite ayuda, será bienvenido en el templo de Tyr.

La decisión estaba tomada. Su lucha apenas comenzaba.

El rencuentro con Orianna y Malizall

Desde el cielo teñido de violeta, una sombra cortó el aire con majestuosidad solemne. La enorme águila descendió en amplios círculos sobre la plaza destrozada, sus alas desplegadas irradiando reflejos de bronce y esmeralda que combatían la oscuridad reinante. La multitud miró con asombro silencioso, reconociendo, en aquel vuelo majestuoso, algo más que un simple ave. Finalmente, en un suave destello del amanecer, la figura tocó tierra transformándose en Orianna.

Estaba visiblemente exhausta, su respiración agitada y entrecortada. Ocultaba instintivamente su mano, herida y marcada con una cicatriz siniestra. Sus ojos, profundamente alterados, buscaron desesperadamente a sus amigos.

—¡Ha vuelto! —clamó con voz quebrada por el cansancio y el miedo—. ¡Lo ha tomado todo! Elyz… la tiene él. Necesitáis ayudarme… ¡tenemos que defender este mundo!

Vengy, alarmado, mostró rápidamente el pergamino abandonado por el hombre perturbado, donde resaltaba ominosamente un triángulo invertido. Orianna fijó sus ojos en el símbolo y, al instante, la conmoción y el agotamiento la vencieron, desplomándose suavemente hacia el suelo.

Alistar reaccionó de inmediato, acercándose rápidamente para sostenerla y acomodarla con delicadeza. Observó con preocupación las heridas visibles en su cuerpo. Mientras la alzaba en brazos, un puñado de tierra fina cayó desde la mano de Orianna, fundiéndose imperceptiblemente con el suelo del templo, como si reclamara su regreso a la tierra sagrada de donde provenía.

Ander se apresuró a vendar cuidadosamente la mano herida de Orianna, y junto a Alistar y Vengy, la llevaron con premura al interior del templo.

Mientras tanto, una figura cruzaba lentamente el umbral, trayendo consigo un frío penetrante que poco tenía que ver con el clima. Malizal Faroardiente Verbulux, cubierto de cenizas hasta los codos, con nuevas arrugas talladas por la tensión y la angustia, avanzó con pasos decididos hacia Vengy.

—¿Estás bien? —preguntó Malizal con voz ansiosa y acelerada—. ¡Tenemos que hacer algo! ¿Qué hacemos ahora?

Vengy intentó mostrarle el pergamino con la profecía, pero Malizal, agitado, interrumpió con un gesto impaciente.

—Ya sé lo que está pasando. ¿Dónde están los demás?

—Alistar, Ander y Orianna están dentro del templo —respondió Vengy, señalando hacia el interior.

Malizal asintió con determinación, aunque claramente perturbado. En un movimiento rápido, realizó un conjuro de visión, buscando contactar con Hakuryuu. En su mente vio al orgulloso dragón plateado cabalgando frenéticamente sobre Drogon, su caballo blanco, atravesando el bosque devastado y marchito.

—Hakuryuu, ¿dónde estás? —preguntó mentalmente Malizal—. Ven al templo de Tyr en Waterdeep. Te necesitamos.

Hakuryuu, frente a la grieta que partía el bosque, observaba impotente la desolación causada. Al escuchar las palabras urgentes de Malizal, sintió cómo el pánico se apoderaba de él. Con movimientos torpes e impulsivos, saltó a lomos de Drogo, quien, en marcado contraste con la torpeza de su jinete, salió disparado con firmeza y decisión hacia Waterdeep.

Dentro del templo, Marcus había encontrado rápidamente una habitación improvisada con lechos humildes de paja y tela para que Orianna descansara. Alistar depositó suavemente el cuerpo inconsciente de su amiga sobre una de las camas y agradeció al soldado con una mirada grave.

—¿Cómo estás, Marcus? —preguntó con genuina preocupación.

—Difícil, pero aguantaremos —respondió Marcus, visiblemente alterado—. Permaneceré afuera haciendo guardia.

Alistar asintió en silencio, consciente del peso de las sospechas que ahora se confirmaban con cada nueva revelación.

Al cruzar nuevamente el umbral de la sala, Marcus reconoció inmediatamente a Vengy, saludándolo militarmente antes de indicarles dónde estaban los demás. Malizal y Vengy ingresaron en la habitación. Al ver a Malizal, Alistar lo abrazó efusivamente, notando de inmediato la ausencia de Wako y la presencia inquietante de un nuevo acompañante cuervo.

Malizal se dirigió hacia Orianna, intentando canalizar magia curativa sobre sus heridas. Pronto comprendió con frustración que el conjuro no surtía efecto alguno; no era daño físico lo que la aquejaba. Calló profundamente, reflexionando en silencio sobre la magnitud de lo que estaba ocurriendo y sobre las dificultades que aguardaban a todos.

Fuera del templo, Hakuryuu, montado sobre Drogo, avanzaba con premura hacia la ciudad, consciente de que aquella reunión en el templo de Tyr era ahora su única esperanza.

Con determinación, Alistar se separó del grupo, encaminándose con pasos firmes hacia Harker. Sabía que era hora de enfrentar las consecuencias de sus decisiones. Antes de marcharse, dio instrucciones claras a Marcus.

—Avísame en cuanto Orianna despierte.

Marcus asintió con solemnidad, apostándose en la puerta con una vigilancia resuelta, consciente de que aquella calma momentánea no era más que el preludio de nuevas tormentas.

El edicto de Harker

Entre la niebla violácea y el murmullo apagado de los refugiados que aún se agolpaban en el templo, Alistar caminaba con la determinación de quien sabe que está a punto de enfrentar una verdad inevitable. Al fondo de la estancia, envuelto por la tenue luz filtrada a través del humo, apareció el comandante Harker. Flanqueado por cuatro templarios con armaduras dañadas, sus capas rasgadas y yelmos abollados, avanzaba con la precisión fría de una marcha marcial.

El casco maltrecho del comandante apenas ocultaba unos ojos que parecían dos cuchillas de acero helado, y sobre su pecho brillaba fugazmente el lema “Lex et Iustitia”, como un recordatorio implacable del deber sagrado que aún lo sostenía en pie.

Alistar se detuvo y, alzando su mano izquierda hacia el corazón, saludó respetuosamente al comandante que ahora se acercaba.

—Paladín Belmont —comenzó Harker, su voz resonando como acero en piedra—. Tus acciones en la plaza me han costado la noche. Provisionalmente quedas fuera del servicio de la orden de Tyr hasta que se pueda celebrar un juicio justo. Nadie te tocará ahora: la ciudad arde, y el juicio deberá esperar mejores tiempos.

Alistar mantuvo la serenidad en su rostro y respondió con calma:

—Entiendo, comandante. ¿Cómo se encuentra el sumo sacerdote Eldrin?

Harker, por primera vez, pareció titubear brevemente antes de recomponer su semblante impasible.

—Estamos haciendo lo posible por ayudarlo a recuperarse, pero su estado es incierto.

Tras estas palabras, Harker retomó su camino sin más comentarios, sus pasos resonando con la solemnidad de una sentencia ya dictada.

Alistar permaneció en silencio unos instantes, sintiendo el peso de la mirada de Marcus sobre su espalda. Volvió lentamente hacia él, enfrentando la preocupación palpable en el rostro de su leal subordinado.

—Marcus —dijo Alistar con voz firme pero cálida—, tendrás que tomar mi relevo. He sido relegado de mis funciones hasta que se celebre el juicio.

La reacción de Marcus fue inmediata, su rostro reflejando indignación y sorpresa.

—¡¿Cómo es posible?! —exclamó Marcus—. ¡¿Quién se cree que es para hacer esto?!

—Es el comandante, Marcus, y debemos aceptar su decisión —respondió Alistar con calma, intentando apaciguar la ira creciente de su subordinado.

Marcus negó vigorosamente, visiblemente furioso:

—¡De ninguna manera! ¡Renuncio!

Alistar colocó una mano tranquilizadora en el hombro de Marcus.

—No puedes renunciar, Marcus. La Orden te necesita.

—¿Y usted no me necesita, señor? —preguntó Marcus, la voz quebrándose con emoción genuina.

—Por supuesto que sí, Marcus —contestó Alistar suavemente—. Pero el funcionamiento de la Orden es fundamental para la ciudad. Te necesitamos aquí, recordando a todos, especialmente al comandante, nuestro juramento de proteger a los inocentes y defender la justicia. En plena batalla, el comandante tomó la decisión de abrir las puertas para proteger a los ciudadanos. Debes recordarle siempre el valor de esas acciones.

Marcus respiró profundamente, luchando internamente contra su deseo de marcharse junto a Alistar. Finalmente, resignado, asintió lentamente.

—¿Última orden? —preguntó, recuperando lentamente su compostura marcial.

—Solo recuerda lo que somos y por lo que luchamos —respondió Alistar con solemne convicción—. Protégelos a todos y no permitas que nadie olvide nuestra verdadera misión.

Marcus cuadró los hombros y, con el saludo formal de la Orden, se despidió de Alistar antes de ocupar nuevamente su puesto.

Alistar observó cómo Marcus retomaba su posición con renovado propósito y entró silenciosamente en la habitación donde aguardaban sus compañeros, sabiendo que esta prueba era solo el principio de una larga y oscura batalla por venir.

La llegada de Sildar

Fuera del templo, sentado en las escalinatas que aún mostraban las cicatrices de la noche anterior, Vengy observaba sombríamente a quienes murmuraban a su alrededor, juzgándolo con miradas furtivas y palabras envenenadas.

—Mira, ya está fuera. Gente como él nunca paga realmente por sus actos —susurraban voces anónimas, pero audibles.

Vengy sintió cómo la rabia bullía en su interior, la determinación firme de hacer justicia sobre quienes le habían traicionado y manchado su nombre. Lanzó una mirada gélida hacia quienes hablaban, provocando que se alejaran rápidamente.

En ese instante, una figura luminosa avanzó hacia la plaza. Su espada destellaba con una luz radiante y su presencia transmitía una calma absoluta, casi irreal en medio del caos. Vengy reconoció inmediatamente aquella silueta familiar.

—¡Vengy, viejo amigo! ¡Cuánto tiempo sin verte! —saludó efusivamente Sildar Hallwinter, con una sonrisa que disipaba temporalmente las sombras que lo rodeaban.

—Dichosos los ojos, Sildar —respondió Vengy, poniéndose de pie y estrechando cálidamente su mano.

Sildar, con gesto tranquilo, sacó una cantimplora y la ofreció a un niño que pasaba cerca, antes de volver su atención hacia Vengy.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó con preocupación genuina.

—Mal —confesó Vengy con sinceridad—. Nos enfrentamos de nuevo al mal que combatimos hace años.

—Otro amanecer ha llegado, viejo amigo —dijo Sildar con firmeza serena—. Todo irá bien.

Caminaron juntos hacia la entrada del templo, y antes de cruzar el umbral, Sildar hizo una reverencia respetuosa. Sin llamar, entró junto a Vengy en la sala donde aguardaban los demás.

—¡Chicos, adivinad quién ha venido! —anunció Vengy con renovado optimismo.

La presencia de Sildar iluminó instantáneamente la sala. Alistar y Ander le recibieron con sonrisas y abrazos, reconfortados al ver un rostro tan familiar en esos tiempos tan oscuros.

—¿Dónde está Hakuryuu? —preguntó Sildar, mirando alrededor con expectación.

—Está en camino —informó Alistar—. Pronto estaremos todos reunidos.

Vengy aprovechó para entregarle a Sildar el papel con la profecía. Tras echarle una rápida mirada, el rostro del veterano se ensombreció.

—Tengo mucho que contaros sobre esto —dijo, mostrando una gravedad inesperada—. Quemad este papel, es veneno para la mente.

La atención de Sildar recayó entonces sobre Orianna, tendida e inconsciente en la improvisada cama. Con suavidad, extendió sus manos sobre ella, lanzando un hechizo para intentar despertarla. Orianna emitió un débil quejido, pero no despertó. Sildar reparó en la marca oscura en la mano de la tiefling, y al tocarla sintió abruptamente las emociones que la atenazaban, la oscuridad infinita que invadía su espíritu.

—¿Podrías ayudarla, Malizal? —preguntó Ander con voz preocupada.

Malizal asintió, aunque con incertidumbre.

—Podría usar Greater Restoration, pero necesito polvo de diamante.

Alistar salió apresuradamente a buscar a Marcus, explicándole la necesidad urgente. No tardaron mucho en regresar, Marcus entregándole a Malizal una generosa cantidad del polvo requerido.

Con solemne determinación, Malizal extendió el polvo de diamante sobre Orianna. Colocó una mano sobre su pecho y la otra sobre su frente, murmurando plegarias fervientes a Lathander para que limpiara la corrupción que la consumía. Una luz intensa se extendió por el cuerpo de Orianna, luchando fieramente contra la oscuridad concentrada en su mano. Finalmente, con un destello final, Orianna abrió los ojos, despertando abruptamente en medio de la pesadilla que aún la perseguía.

Durante unos segundos, Orianna permaneció confundida, con las terribles imágenes aún frescas en su mente. Poco a poco, reconoció a sus compañeros y susurró con voz débil pero determinada:

—Él ha vuelto… he visto un corazón oscuro dentro de la grieta. Acererak nos quiere, y ha tomado a Elyz. Necesito vuestra ayuda… sin ella, el bosque está condenado.

Los ojos de todos se encontraron en silencio, la determinación compartida reflejada en sus miradas.

—¿Otra vez Acererak? —preguntó Ander, irónico pero decidido—. Parece que ha vuelto para que volvamos a hacer de niñeras.

El silencio fue breve, roto pronto por la determinación colectiva.

—Entonces volvemos a luchar —dijo Alistar con voz firme—, juntos, como antes.

Todos asintieron, preparándose internamente para el camino arduo que estaba por delante. El reencuentro había concluido; la verdadera batalla estaba a punto de comenzar.

Sildar Hallwinter

El caballero plateado

Hakuryuu cabalgaba a lomos de su caballo Drogo hacia el templo de Tyr con impaciente urgencia, cruzando la plaza con rapidez. Sin detenerse, ascendió las escalinatas hasta detenerse en la cima con un repentino movimiento de las patas delanteras del caballo. Un guardia, visiblemente incómodo y evasivo, tomó apresuradamente las riendas del animal para llevarlo a las cuadras. Hakuryuu lo reconoció al instante.

—¿Cómo te llamas? —preguntó, aunque sabía perfectamente quién era.

El guardia evitó la mirada, señalando nerviosamente hacia el interior.

—La sala octava, al fondo. Allí está Alistar con los demás —balbuceó el guardia antes de retirarse rápidamente.

Sin perder un segundo, Hakuryuu entró bruscamente, abriendo de golpe la puerta.

—¡Por favor, un poco de modales! —recriminó Alistar inmediatamente—. Este es un templo y hay personas heridas descansando.

Ander lo miró con una sonrisa sarcástica.

—Ya veo que tus modales han mejorado considerablemente.

Hakuryuu apenas reaccionó, demasiado agitado y visiblemente deteriorado por su viaje. Alistar, preocupado, ofreció asistencia, notando claramente que su viejo amigo no se encontraba en buen estado.

Mientras trataban de atender a Hakuryuu, la conversación derivó rápidamente hacia la profecía. Alistar recordó al hombre que había irrumpido en la plaza y leyó nuevamente en voz alta los versos perturbadores. Ander aprovechó para mostrar la hoja dejada atrás por el monstruo, provocando que Sildar comentara:

—Hay muchos pergaminos como estos circulando. Fragmentos dispersos de una única profecía. Acererak está extendiendo estas visiones por todas partes.

Alistar, reflexivo, se volvió hacia Sildar.

—¿Sabes algo más sobre esta “nueva fe”? ¿Quién podría estar colaborando directamente con Acererak para propagar estos escritos?

Sildar negó lentamente con gesto preocupado.

—Es difícil obtener información clara. Esta organización está fragmentada, sin una estructura clara. Solo coinciden en que todos los dioses conocidos están subordinados a esta nueva y oscura deidad.

Orianna, inquieta, intervino con ansiedad.

—¿Por qué soy la única marcada así? ¿Es esto una maldición? ¿Acaso Acererak me controla?

Hakuryuu, apartando suavemente a Ander, se incorporó con dificultad y mostró su propia mano, marcada de forma idéntica.

—Yo también tengo esta marca —confesó con voz sombría—. Fue después de tocar algo especial, un fragmento de Myrrym, mi antigua espada.

El grupo intercambió miradas cargadas de preocupación. Ander, reflexionando, dijo en voz alta:

—¿Y si Acererak busca convertirse en un dios? Esta profecía podría ser su medio para consolidar esa falsa divinidad.

Vengy, decidido, tomó la palabra intentando insuflar ánimo en el grupo, pero Malizal lo interrumpió con un tono de advertencia:

—No debemos subestimar el peligro que enfrentamos. Esto no es como antes; Acererak ha regresado más fuerte y preparado.

Alistar intervino con pragmatismo.

—Necesitamos recursos e información. Debemos saber hacia dónde dirigirnos para detenerlo. Estoy seguro de que la Orden puede apoyarnos, pese a las circunstancias actuales.

En ese momento, recordaron las palabras de Ras’ Nsi mencionando que Terry aún estaba vivo. Malizal intentó localizarlo usando su conjuro de visión, pero en su lugar apareció la figura espectral y burlona de Acererak, cuya voz resonó malévolamente:

—Esto que intentas ver, es mío.

Orianna, con determinación renovada, propuso:

—Debemos regresar a Omu, a la Tumba. Allí empezó todo.

Hakuryuu recordó entonces al abuelo Zitembe, el sabio de Puerto Nyanzaru.

—Él podría ayudarnos a localizar a quienes necesitamos.

Alistar asintió, aunque sugirió primero aprovechar los recursos inmediatos en Waterdeep antes de emprender un largo viaje.

En un impulso compartido, Orianna y Hakuryuu juntaron sus manos marcadas. Instantáneamente, cada uno experimentó las visiones del otro: Hakuryuu contempló con horror el corazón oscuro palpitante en el abismo, desgarrando la realidad misma, mientras Orianna veía claramente la espada Myrym, brillante pero dañada en su punta.

La intensidad de la visión fue demasiada para Hakuryuu, quien se desplomó inconsciente. Malizal, reaccionando de inmediato, utilizó Greater Restoration para estabilizarlo, devolviéndolo lentamente a la conciencia.

Mientras el grupo recuperaba el aliento, comprendieron que la batalla que les aguardaba sería la más dura y decisiva hasta la fecha.

No hay justicia sin diamantes

Alistar caminaba con determinación por los corredores del templo, seguido por Vengy y Malizal, buscando la figura reconfortante del clérigo Faux. Mientras avanzaban, el ruido creciente de una acalorada discusión alcanzó sus oídos, resonando desde la entrada principal. Las voces cargadas de desesperación y reproche retumbaban contra las paredes de piedra.

—¡Si podéis resucitar, resucitad a mi hijo! ¡Solo necesitáis un diamante! ¿Por qué no ayudáis a quienes realmente lo necesitamos? —clamaba un hombre desgarrado por la pérdida.

—¡Claro, para los ricos sí hay diamantes! ¡Los dioses odian a los pobres! —exclamaba otra voz entre sollozos y gritos de aprobación.

Alistar sintió un profundo conflicto interno, debatiéndose entre intervenir y seguir adelante. Finalmente, consciente de que cualquier interrupción podría agravar más el caos, decidió avanzar en silencio.

Llegaron a una zona interior cerca de la cripta, donde habitualmente los clérigos oraban en soledad. En esta ocasión, la sala estaba ocupada por muchos clérigos, sumergidos en plegarias silenciosas y desesperadas. Alistar, con respeto pero firmeza, interrumpió la quietud del lugar.

—Disculpad, necesito hablar urgentemente con Faux.

Faux, con una calma ceremoniosa, se puso en pie y se acercó hacia Alistar.

—¿Qué ocurre, hermano Alistar?

—Necesito tu ayuda para realizar el ritual de Commune. Debemos obtener respuestas directamente de Tyr. Todo esto está conectado con Acererak.

Al oír aquel nombre, Faux se estremeció visiblemente, pero asintió con determinación.

—Dime qué necesitas saber exactamente.

—Necesitamos guía. ¿Debemos regresar a la Tumba de la Aniquilación?

Faux cerró los ojos, concentrándose en profunda plegaria. Tras unos largos segundos, sus ojos se abrieron lentamente, reflejando una paz solemne.

—Él está solo y no tiene nada que ganar. Tú posees algo mucho más grande que jamás podrá arrebatarte: tu fe. Permaneced unidos y seguid el camino que vuestros pasos tracen. Ese es vuestro destino, enfrentarlo juntos.

Alistar meditó en silencio sobre estas palabras, comprendiendo claramente el significado implícito. Acererak ansiaba encontrarlos, y el lugar evidente era aquel en el que ya habían combatido antes.

Cuando retrocedieron hacia la sala principal, el clamor en la entrada del templo se había intensificado dramáticamente. La multitud exigía con furia los diamantes para resucitar a sus muertos, acusando a la Orden de favoritismo hacia los ricos. Un comerciante prominente exigía atención preferente para resucitar a su esposa, agitando una bolsa llena de diamantes y prometiendo generosas donaciones. La rabia colectiva se desató aún más.

Alistar, consciente de su responsabilidad moral, decidió que no podía mantenerse al margen esta vez. Se adelantó junto a Vengy y Malizal para enfrentar a la multitud.

—Ciudadanos, entiendo vuestro dolor y desesperación —comenzó Alistar con voz firme pero compasiva—, pero no podemos permitir que esto se convierta en caos.

—¡Solo queremos que resucitéis a nuestros seres queridos! ¿Por qué no nos ayudáis? —le gritó alguien desesperado.

—Si fuera posible, os aseguro que resucitaríamos a todos sin excepción. Pero estos conjuros tienen un coste, y lamentablemente, no podemos cambiar eso —respondió Alistar, tratando de apaciguar la situación.

—¡Entonces explica por qué esa mujer sí fue resucitada! ¡Es porque tiene dinero! —acusó furiosamente un hombre, señalando hacia una familia que se retiraba en silencio, claramente adinerada.

Alistar suspiró profundamente, compartiendo parte de esa frustración.

—Sé que parece injusto, y desearía de todo corazón que estos conjuros no requiriesen semejante coste. Pero la realidad es dura, y debemos gestionar con sabiduría los pocos recursos que tenemos, tratando de ayudar al máximo número posible. Os pido paciencia y comprensión.

La multitud continuó murmurando, pero las palabras de Alistar lograron al menos contener parcialmente la furia inmediata. Alistar, con el corazón pesado, sabía que esta no sería la última vez que tendría que enfrentarse a dilemas tan dolorosos en estos tiempos oscuros.

El profeta de la nueva fe

En ese instante, un hombre emergió entre la multitud, subiéndose a una caja de madera con movimientos resueltos. Su túnica ondeaba con el viento, mientras la ceniza de los días pasados danzaba a su alrededor como un aura siniestra. Los gritos y súplicas de la multitud se apagaron lentamente hasta que solo quedó su voz, resonante y cargada de convicción.

—¡No vayáis al templo de Tyr! —clamó con fuerza—. ¡No creáis sus falsas promesas! ¿Acaso vuestros dioses os han ayudado alguna vez cuando más los necesitabais? ¡No confiéis en aquellos que solo favorecen a los ricos mientras dejan sufrir y morir a los pobres! ¡Seguid al verdadero Dios, aquel que está por encima de todos estos falsos ídolos!

Malizal, furioso ante tales palabras, dio un paso adelante y lo interrumpió bruscamente:

—¡Blasfemo! ¿Dónde está ese dios tuyo del que tanto hablas? ¡Demuestra su poder si es que existe!

El hombre, lejos de intimidarse, encaró directamente a Malizal con fervor:

—¡Eso es precisamente vuestro problema! Solo pensáis en el poder, igual que vuestros supuestos dioses. ¡Hablan de proteger a los inocentes, pero son solo palabras vacías! ¡Nadie cree que vosotros, débiles y falsos héroes, vencierais realmente a Acererak!

Alistar se adelantó decidido, elevando su voz con autoridad para enfrentar al profeta:

—¡Nuestros actos hablan más alto que nuestras palabras! Cuando luchamos contra los monstruos que amenazaron esta ciudad y protegimos a los ciudadanos, ¿dónde estabais vosotros?

El hombre sonrió con desprecio y contestó desafiante:

—¡No necesitamos combatir a los enviados de nuestro Señor! ¿Sabéis por qué? Porque los mal llamados héroes de Chult no sois más que impostores, sirvientes de una iglesia corrupta que solo ayuda a las castas sociales más altas. La iglesia de Tyr y todos esos falsos dioses solo buscan favorecer a los ricos y poderosos.

—¡Mentiras! —exclamó Alistar con firmeza—. Siempre hemos luchado por todos, independientemente de su clase o condición.

—¡Falsedad! —respondió el profeta con ira—. El nuevo dios nos pone a todos en igualdad. ¡Da igual cuánto dinero tengáis, todos caeréis ante su poder! Ya nos dio la oportunidad durante lo que llamáis “Maldición de la Muerte”, pero en realidad fue su bendición. Al no escucharlo entonces, ahora nos castiga. ¡Solo aceptando su poder y abandonando los actos corruptos de estos falsos dioses seremos liberados! Si no lo aceptáis, vuestro destino será la muerte.

Alistar giró hacia la multitud con una voz cargada de convicción y compasión:

—¡No tenéis que aceptar el sufrimiento y la muerte! ¡Este hombre y su fe solo ofrecen desesperación! En estos tiempos oscuros, nuestra única esperanza es mantenernos unidos.

Malizal, elevando su voz mediante un hechizo de taumaturgia, señaló al profeta:

—¿Con qué poder hablas? ¡Muéstranos el poder de tu dios! ¿Eso es lo que ofrecéis a estas personas? ¿Muerte? ¡No lo permitiremos! No escuchéis sus mentiras, ¡no es más que un instrumento del verdadero mal, Acererak!

—¡Patrañas! —contestó el profeta, lleno de furia.

—¡Patrañas son tus palabras! —rugió Malizal con ira y desesperación—. ¡Yo me enfrenté a Acererak! ¡Sacrifiqué todo por vosotros! ¡Él es real y es quien está detrás de esta calamidad!

—¡Nadie te cree, brujo! —replicó el profeta con desprecio—. Sois demasiado débiles y vuestros actos solo sirven a aquellos que tienen poder y riquezas. ¡El nuevo dios traerá la verdadera justicia, no vuestros dioses corruptos y comprados!

La discusión entre ambos continuó por varios minutos, un duelo encendido de creencias y convicciones. Finalmente, frustrado, el profeta descendió de la caja y se alejó, perdiéndose entre la multitud.

Alistar observó a su alrededor, evaluando el impacto de aquella confrontación. Desgraciadamente, pudo notar cómo, a pesar de los esfuerzos, las palabras del fanático habían resonado con demasiada fuerza en algunos corazones, endureciendo aún más las divisiones existentes. Varias personas comenzaron a escupir con desprecio hacia los clérigos de Tyr, rechazando su ayuda y alejándose del templo con miradas llenas de resentimiento.

La tensión en la plaza quedó palpable, un oscuro preludio de las difíciles pruebas que aún aguardaban al grupo.

El abismo golpea de nuevo

La calma relativa tras el intenso enfrentamiento verbal fue abruptamente interrumpida por gritos desesperados provenientes de la plaza.

—¡Ayuda! ¡Han aparecido demonios en el mercado! ¡Por favor, ayudadnos! —clamaban varios ciudadanos aterrorizados, corriendo en dirección al templo de Tyr.

Sin vacilar, Alistar, Vengy y Malizal reaccionaron de inmediato, dirigiéndose a toda velocidad hacia la plaza del Mercado Viejo. Orianna, Ander y Hakuryuu, aún debatiendo sobre la inquietante división social, escucharon los gritos desde el exterior y, sin más demora, corrieron también hacia el caos creciente.

Al llegar, encontraron un escenario dantesco: columnas derribadas, tenderetes destrozados y carros volcados, mientras una niebla oscura como sangre evaporada cubría todo, sofocando el ambiente con un hedor insoportable. Varios civiles yacían heridos, atrapados entre escombros o arrastrándose desesperadamente hacia lugares seguros.

Malizal fue el primero en actuar, conjurando una rápida descarga de energía eldritch contra el demonio más cercano, golpeándolo con violencia. Alistar, invocando el poder divino de Tyr, imbuyó su espada con una brillante energía radiante y avanzó con determinación, propinando dos cortes certeros, uno de ellos potenciado con un castigo divino que hirió profundamente a la bestia.

Vengy, invocando la esencia ancestral de su espíritu dragón, lanzó un poderoso hechizo ofensivo contra el mismo demonio, debilitándolo considerablemente. El monstruo, consciente de su inminente derrota, comenzó a concentrar una energía oscura y siniestra mientras pronunciaba con voz profunda la ominosa palabra:

—¡Sacrificio!

Percatándose del peligro, Alistar cambió su atención rápidamente hacia dos nuevas criaturas demoníacas que se acercaban veloces, interceptándolas junto a Vengy. Atacó con fiereza a una de ellas, destruyéndola con rapidez, aunque al hacerlo reveló que se trataba solo de una ilusión cruel.

Malizal, atento al campo de batalla, lanzó otro feroz ataque contra el demonio restante, y Vengy lo siguió, logrando finalmente derrotarlo. Pero entonces el primer demonio liberó su energía concentrada en una explosión devastadora, infligiendo graves daños tanto a Alistar como a Vengy.

Desde una distancia prudente, un tercer demonio equipado con una ballesta disparó con precisión mortífera. Vengy reaccionó velozmente, usando un conjuro de Misty Step para posicionarse en una azotea cercana, atacando desde allí al peligroso tirador. Mientras, Alistar usó su poder curativo, Lay on Hands, para recuperarse rápidamente antes de enfrentar a otros dos demonios que se aproximaban.

Malizal conjuró entonces un muro de fuego ardiente, forzando a las criaturas a atravesarlo para llegar a Alistar, sufriendo graves quemaduras en el proceso. Aun así, una de ellas consiguió asestar un demoledor golpe al paladín, mientras el demonio con la ballesta lograba herir gravemente a Vengy con otro disparo certero.

Alistar, reuniendo todas sus fuerzas y la voluntad férrea de su fe, atacó con furia divina al demonio que tenía delante, dejando profundas heridas en su cuerpo corrompido. Vengy se volvió invisible, continuando sus ataques desde la distancia mientras su espíritu dragón reforzaba a Alistar.

Finalmente llegaron Orianna, Hakuryuu y Ander. Sin perder tiempo, Orianna y Ander utilizaron sus habilidades curativas para estabilizar y revitalizar a Alistar. Los dos demonios restantes cayeron bajo los ataques combinados del grupo.

Solo quedaba el ballestero, ahora acosado por ataques a distancia y hechizos implacables. En un acto desesperado y oscuro, el demonio utilizó un último ataque psíquico devastador antes de morir, afectando gravemente a Hakuryuu y Ander, quienes colapsaron inconscientes por la abrumadora oleada de dolor.

Cuando el silencio volvió finalmente al mercado, la luz del atardecer se filtraba tenuemente a través de la niebla que aún persistía. Los héroes, exhaustos y heridos, contemplaron con pesadumbre el alcance del daño y la magnitud del desafío que se avecinaba.

La crudeza del combate dejó en el grupo una pregunta inquietante que flotaba en el aire oscuro y espeso:

—¿Seremos realmente capaces de enfrentar esta amenaza, cuando solo seis demonios han bastado para llevarnos al límite de nuestras fuerzas?— susurró Alistar con semblante sombrío.

Nadie respondió, pues cada uno conocía demasiado bien el peso y la incertidumbre de las batallas aún por librar.

La caída de la campana

Tras el encarnizado combate, la ciudad de Waterdeep quedó sumida en un silencio espeso, casi tangible, interrumpido únicamente por el sonido agónico de los supervivientes intentando recomponerse tras la batalla. Civiles y guardias por igual, conmocionados por la violencia vivida y las pérdidas sufridas, se arrastraban lentamente hacia sus hogares, dejando tras de sí un paisaje de desolación.

Mientras los héroes recuperaban el aliento, un escalofrío inquietante recorrió la plaza del mercado. Algo no estaba bien. Las campanas de los templos, normalmente tan vivas en momentos de crisis, permanecían mudas. Sus miradas se dirigieron instintivamente hacia el templo de Lathander, situado en el risco junto al mar, dominando el puerto con una vista majestuosa pero ahora ominosa.

El aire se tornó pesado y frío, cargado de una expectación sobrenatural. El cielo púrpura y ennegrecido, teñido por el humo persistente de los incendios recientes, comenzó a temblar con destellos anaranjados que atravesaban la penumbra, presagiando un acontecimiento terrible.

Entonces, sin previo aviso, un estruendo metálico, profundo y aterrador, resonó por toda la ciudad, captando inmediatamente la atención de todos. Una explosión violenta sacudió el campanario de la capilla de Lathander, golpeando con fuerza brutal su campanario y proyectando la enorme campana dorada hacia el vacío, directamente sobre el acantilado.

—¡No puede ser! —exclamó Malizal, petrificado, incapaz de apartar la vista del templo que había sido un símbolo de esperanza.

Vengy observaba con impotencia, con los ojos llenos de angustia al ver cómo el campanario, herido por fuerzas oscuras, se derrumbaba hacia el mar en una lenta caída que parecía eterna. Algunos fieles corrieron despavoridos, mientras otros caían de rodillas en oración desesperada. Un sacerdote de Lathander, con desesperación evidente, elevó su símbolo sagrado hacia el cielo en un intento vano por contener lo inevitable.

La majestuosa campana dorada voló con fuerza imparable hasta estrellarse violentamente contra las aguas oscuras del Mar de la Costa de la Espada. Al impactar, una enorme columna de agua se levantó hacia el cielo, iluminada brevemente por la última luz púrpura del crepúsculo, seguida inmediatamente por un campanazo sordo, profundo y resonante, distorsionado por el agua, cuyo eco sombrío pareció reverberar directamente en el corazón de cada espectador.

Un resplandor anómalo cruzó fugazmente el cielo, dejando en todos la terrible certeza de que aquella caída no era un simple accidente. Ese sonido apagado, emanando desde las profundidades del mar, marcaba claramente el cumplimiento de una profecía largamente temida.

Era el eco definitivo del juicio, el anuncio inevitable de que la verdadera prueba acababa de comenzar.


Sesión 4

El Cumplimiento de las Señales

La atmósfera de Waterdeep era la de un cuadro desolado: una ciudad habituada a la vida vibrante y el movimiento constante permanecía ahora sumergida en un silencio tan denso como ominoso. El mercado, otrora corazón bullicioso de la urbe, no era más que un despojo arquitectónico devastado por la batalla que recién había concluido. Las calles, usualmente repletas de ciudadanos y comerciantes, estaban vacías y sombrías; apenas ecos distantes y murmullos atemorizados escapaban de puertas firmemente cerradas.

En medio de esta escena desoladora, Hakuryuu y Ander yacían tendidos en el suelo frío del mercado. Ambos respiraban con dificultad, marcados por heridas invisibles que hacían brotar lentamente hilos de sangre de sus narices y oídos; rastros inequívocos de un brutal daño psíquico.

Vengy fue el primero en reaccionar, abalanzándose apresuradamente hacia el pequeño bardo, cuyas ropas desgastadas ahora estaban manchadas con su propia sangre. Lo cargó con sumo cuidado, consciente de su fragilidad actual. A su lado, Alistar y Malizal hicieron lo propio con Hakuryuu, cuyo cuerpo pesado yacía casi sin resistencia alguna en sus brazos.

Sin necesidad de palabras, comprendieron que solo existía un lugar seguro en medio de aquella incertidumbre creciente: el templo de Tyr. Marcharon con rapidez, sus pisadas resonando en las calles vacías con un eco angustiante que enfatizaba aún más el vacío anormal de la ciudad.

Al llegar al templo, depositaron cuidadosamente a sus compañeros heridos en improvisados camastros de paja y tela. Mientras sus amigos descansaban, Alistar sintió la necesidad de aclarar su mente agitada. Extrajo cuidadosamente de su bolsa dos pergaminos desgastados que contenían los textos sagrados de la profecía, su rostro sombrío mientras repasaba una y otra vez las palabras allí escritas. Finalmente, con voz profunda pero decidida, rompió el silencio:

—Mirad este fragmento. Orianna, tú fuiste testigo directo de la primera señal. Y la segunda acaba de ocurrir frente a nuestros ojos con la caída del campanario de la capilla de Lathander. Está claro que la tercera también ocurrirá pronto. Debemos averiguar cuándo exactamente, para estar preparados esta vez. No podemos permitir que nos tome por sorpresa nuevamente. ¿Qué pensáis sobre ello?

Malizal respondió sin vacilación, con una convicción que resonó en la estancia:

—“La luna será devorada por su reflejo”… Es evidente. Significa que, cuando la luna se oculte en el horizonte, sucederá. Podría ocurrir incluso esta misma noche.

Aunque Alistar sabía que las palabras de Malizal eran probablemente ciertas, un ligero atisbo de incertidumbre lo llevó a buscar una confirmación más allá de las deducciones inmediatas. Decidió que era crucial contar con toda la información posible y optó por consultar al maestro Eredin, un erudito del templo experto en cosmología. Con un asentimiento firme hacia sus compañeros, indicó su intención de partir en busca de respuestas definitivas.

Mientras se alejaba hacia las cámaras internas del templo en busca de Eredin, el silencio opresivo de Waterdeep parecía intensificarse aún más, advirtiendo que aquel breve momento de calma no era más que un preludio a la tormenta definitiva que estaba a punto de desatarse.

La Consulta al Maestro Eredin

Eredin

Alistar avanzó rápidamente por los corredores silenciosos del templo de Tyr, dirigiéndose con decisión hacia el ala dedicada a los estudios cosmológicos. Al llegar a la puerta del aula del maestro Eredin, se detuvo un instante al escuchar voces enérgicas provenientes del interior. Tomó un respiro y abrió la puerta suavemente.

El aula, usualmente marcada por un orden meticuloso, se mostraba hoy caótica. Las pizarras cubrían casi todas las paredes, saturadas con complejos diagramas, símbolos astrales y anotaciones en tiza que escapaban a la comprensión inmediata de Alistar. Mesas repletas de pergaminos y libros abiertos daban testimonio del frenesí intelectual que se desarrollaba en su interior.

En el centro de esta escena destacaba la figura de Eredin, con su delgada silueta cubierta por una túnica azul oscura salpicada de polvo de tiza y diagramas celestiales bordados en plata. Sus gafas redondas, marcadas con huellas de tiza, reflejaban el brillo de la pasión dialéctica con la que discutía frente a sus discípulos, quienes le escuchaban con expresiones variadas entre el respeto y la duda.

—¡Ya os he dicho que es absolutamente imposible que ocurra un eclipse en los próximos días! —proclamó Eredin con la vehemencia característica de un académico exasperado—. Si fuese así, tendríamos que haber visto claramente en el firmamento la constelación de Arvandis hace tres semanas.

Justo en ese instante, Alistar aclaró su garganta discretamente, reclamando la atención del maestro. Eredin se giró con rapidez, sorprendido inicialmente pero enseguida mostrando su habitual escepticismo:

—¿Alistar? ¿Qué haces tú por aquí?

—Maestro Eredin —comenzó Alistar respetuosamente—, he venido a consultarte sobre un asunto importante. Se trata de la profecía.

Eredin suspiró con desgana, ajustándose las gafas.

—Ah, sí, sí… Estoy al tanto de esas supersticiones. ¿Qué quieres saber exactamente?

—He escuchado parte de tu discusión —respondió Alistar—. ¿Cuál es tu teoría al respecto?

El maestro agitó una mano en señal de desdén, aunque su voz mantenía un tono paciente.

—Mi teoría, querido Alistar, es que todo esto es una completa y absoluta sarta de tonterías.

—Sin embargo, dos de las señales ya se han cumplido —insistió Alistar, extendiendo hacia él los dos pergaminos que portaba—. De hecho, nuestra compañera Orianna fue testigo directo del sangrado del árbol, y todos presenciamos la caída de la campana de Lathander.

Eredin arqueó una ceja con cierta irritación, observando los documentos.

—¿Esta noche? ¿Pretendes decirme que crees que el tercer evento podría ocurrir esta misma noche?

—Así es como lo interpretamos inicialmente —admitió Alistar con sinceridad.

Eredin negó con la cabeza con firmeza, mostrando ahora un nuevo pergamino que extrajo con rapidez de una de las mesas.

—No, no. Dice claramente que la luna será devorada en el sexto día. Lee bien, por favor.

Alistar tomó la nota que Eredin le ofrecía y comenzó a leer en voz alta, mientras el maestro comentaba irónicamente:

—¿Lo ves? Esto ocurre cuando se toman demasiado en serio las profecías. ¡Falta de atención en los detalles cruciales!

“Cuando la campana de la ciudad caiga y el hierro marque la primera noche, el espejo y la Voz recorrerán la sangre y la piedra. Contad seis lunas sin perdón, pues al sexto amanecer, la fortuna será robada, y la luna devorada. Entonces, en la más negra de las noches, la Voz hablará y la esperanza será quebrada. Solo los que no teman la sombra podrán ver el regreso del alba.”

La Profecía del Abismo

Mientras Alistar leía, varios discípulos intercambiaron miradas inquietas, claramente no tan seguros como su maestro de la imposibilidad del evento anunciado.

—¿El comandante Harker está al tanto de esta nueva información? —preguntó Alistar al concluir su lectura.

—No sabría decirte con certeza, aunque imagino que sí —replicó Eredin con indiferencia—. Después de todo, Sildar se ha ocupado de repartir suficientes copias de estos papeles.

Alistar asintió con agradecimiento, preparado para regresar junto a sus compañeros con esta nueva y valiosa información. Al retirarse del aula, los comentarios sarcásticos de Eredin sobre la estrecha amistad entre Sildar y él mismo resonaron en sus oídos, provocándole una leve sonrisa resignada. Sabía que, a pesar del escepticismo del maestro, el destino de Waterdeep pendía ahora, más que nunca, de una precisa interpretación del firmamento.

Preparativos en el Hospicio

Ander, Vengy y Malizal emprendieron su camino hacia el hospicio, lugar que habitualmente estaría lleno de actividad frenética en preparación para el cierre del día, pero que ahora reflejaba una quietud pesada y cargada de agotamiento. Las calles de Waterdeep, habitualmente bulliciosas incluso al anochecer, lucían inusualmente vacías y silenciosas. Ni siquiera la presencia ocasional de delincuentes o mendigos perturbaba el desolado ambiente de la ciudad.

Al llegar al hospicio, la sensación de cansancio era palpable tanto en el personal como en los residentes. Rostros demacrados y miradas perdidas revelaban el profundo agotamiento que parecía haber infectado incluso este bastión de refugio y cuidado.

La habitación de Vengy destacaba por su simplicidad austera. Algunos símbolos religiosos de Lathander adornaban discretamente el cuarto, con una pequeña estatuilla que presidía sobriamente un rincón. Vengy extendió una mano hacia el techo, pronunciando suavemente una palabra que hizo que un objeto allí colgado brillase con la familiar luz mágica que habitualmente iluminaba sus noches en el hospicio. Sin embargo, esta vez el gesto le provocó una punzada de melancolía profunda, al tomar conciencia de que podrían transcurrir largos días antes de que volviese a tener un lugar que realmente pudiese llamar hogar.

—Me acabo de dar cuenta de que estaremos un tiempo sin tener un lugar al que llamar hogar —murmuró Vengy con una tristeza latente—. Más vale que volvamos, ¿verdad?

Malizal respondió con un tono firme, lleno de convicción:

—Volveremos. Siempre hay un nuevo amanecer.

El brujo, desviando su atención hacia el bardo, añadió con preocupación:

—Ander, estás muy callado.

Ander esbozó una leve sonrisa, intentando aligerar la tensión con humor.

—La sacudida de energía negativa aún me tiene aturdido, nada más. Pero no os preocupéis, estoy acostumbrado a recuperarme de cosas peores, como noches de tragos demasiado intensas.

Vengy le lanzó una mirada seria, reprendiéndolo con suavidad:

—Deberías dejar de beber tanto, Ander. Es peligroso, ya lo sabes. No puedo permitir que tu vida termine de esa manera.

Ander, con una sonrisa entre traviesa y resignada, replicó:

—Prefiero morir en combate que a causa de una botella, especialmente con lo que se nos viene encima.

Vengy suspiró profundamente, consciente del peso sombrío que cargaban sus palabras. Decidió aligerar un poco más la situación, sacando una bolsa de monedas de oro y entregando cuatrocientas piezas a cada uno de sus compañeros.

—Sé que vais escasos de oro. Tomad, quizás necesitemos esto más adelante.

Tras recoger sus pertenencias cuidadosamente preparadas—una reluciente armadura de placas forrada en mithral ligero, su espada larga de guerra forjada en acero del Dragón de Fuego, las veloces botas encantadas y su capa crepuscular—Vengy contempló una última vez la habitación ahora vacía. Salieron del hospicio, encaminándose decididos hacia el templo de Tyr.

La Consulta con el Comandante Harker

Mientras tanto, Alistar avanzó con paso decidido hacia las dependencias del comandante Harker. Antes de presentarse frente a él, intentó encontrar a Marcus, pero otros miembros de la orden le informaron que había partido en una misión confidencial. Resignado, prosiguió hacia el despacho del comandante, donde encontró a dos guardias descansando, vigilantes pese a su evidente agotamiento.

Uno de ellos levantó la vista, reconociéndole de inmediato:

—Alistar, ¿vienes a ver al comandante?

—Así es —respondió Alistar con seriedad—. Tengo información importante y no estoy seguro de que el comandante esté al tanto.

Los guardias intercambiaron una breve mirada de duda antes de responder:

—El comandante ha pedido expresamente no ser molestado… Pero, si consideras que es realmente importante, podemos avisarle.

—Lo es —insistió Alistar con determinación.

Uno de los guardias llamó suavemente a la puerta. Tras unos segundos, esta se abrió para revelar la imponente figura del comandante Harker. Su armadura, aún puesta, mostraba señales evidentes de las batallas recientes, desgastada y marcada con rastros de sangre. Pese a su fatiga evidente, Harker observó a Alistar con respeto, saludándolo brevemente.

—Comandante, disculpe que le moleste a estas horas, pero tengo información crítica respecto a la profecía —comenzó Alistar con formalidad.

Harker suspiró ligeramente, demostrando una fatiga más allá de la física.

—Ah, sí… francamente, empiezo a estar bastante harto de esa profecía.

—Lo entiendo perfectamente, comandante, pero dos de las tres señales ya se han cumplido. Hemos recibido estos nuevos textos —continuó Alistar, entregándole la hoja proporcionada por Eredin—. Indican claramente que el tercer evento tendrá lugar el sexto día, cuando la luna se oculte en el horizonte al oeste de Waterdeep.

Harker examinó con atención el documento, su expresión tornándose más seria al terminar la lectura.

—No estaba al tanto de esta información —admitió finalmente el comandante con gravedad.

—Quería asegurarme de que lo supiese para que la orden, y toda la ciudad, puedan prepararse adecuadamente —añadió Alistar con preocupación genuina—. No podemos permitir que nos tome por sorpresa nuevamente.

Harker asintió con solemnidad, devolviéndole el papel. —Te agradezco que hayas venido, Alistar. Estaremos preparados cuando llegue el momento. Esos monstruos nunca prevalecerán sobre el poder de Tyr.

—He pensado que, cuando llegue la hora, los paladines y clérigos podrían emplear el ritual del círculo mágico para fortificar el templo —propuso Alistar.

—Una excelente sugerencia —coincidió Harker—. Convertiremos el templo en un verdadero bastión. La tendré en cuenta.

Alistar, antes de retirarse, recordó el estado delicado del sumo sacerdote.

—Comandante, ¿cómo se encuentra el sumo sacerdote Eldrin?

La expresión de Harker se ensombreció aún más.

—Por la gracia de Tyr, finalmente ha despertado. Sin embargo, su condición sigue siendo crítica. Mantiene intacta su fe, pero en sus ojos pude ver… —la voz del comandante se quebró ligeramente, incapaz de completar la frase.

Alistar entendió de inmediato la palabra que Harker no había logrado pronunciar: “miedo”.

—No le molesto más, comandante —dijo Alistar respetuosamente, ofreciendo el saludo tradicional de la orden antes de retirarse.

Con un gesto de aprobación y agradecimiento, Harker observó cómo Alistar abandonaba sus dependencias para reunirse nuevamente con sus compañeros, consciente de que la sombra de lo inevitable ya se cernía sobre Waterdeep.

Harker

Revelaciones en la Posada

Al llegar Vengy, Ander y Malizall al templo de Tyr, encontraron a Orianna y Hakuryuu aguardándolos con seriedad, justo en ese momento también aparecía Alistar. Sin perder tiempo, compartieron la importante información que habían recabado.

—La luna se pondrá en el oeste sobre el mar de Waterdeep en el sexto día —informó Orianna con gravedad—. Es algo extraordinario; la luna nunca desaparece así, siempre se desvanece lentamente al amanecer.

Orianna y Hakuryuu intercambiaron una mirada preocupada. Hakuryuu, habitualmente reservado en tales discusiones, asintió lentamente mientras su mente brillante procesaba rápidamente la gravedad de aquella revelación. El grupo permaneció en silencio durante unos instantes, consciente de que se acercaban inevitablemente hacia el cumplimiento de la última señal de la profecía y el destino incierto que ello conllevaba.

Tras una noche de tensión y agotamiento, el grupo decidió retirarse a una posada cercana, buscando un breve respiro para recomponer fuerzas. Al llegar, la posadera, una elfa con más de ciento cuarenta años, los recibió con inicial recelo. Sin embargo, al reconocer sus rostros, su expresión se suavizó considerablemente.

—Veros es como escuchar las canciones de leyenda —comentó con una sonrisa amable, aunque cansada—. Nunca, en todos mis años, había visto a Waterdeep en este estado. Imagino que vosotros estaréis aún más exhaustos.

Malizal respondió con un gesto de serena empatía:

—Quien más quien menos, todos hemos sufrido esta noche por igual. Hemos tratado de proteger a cuantos pudimos, con un éxito relativo y un considerable coste personal.

Alistar suspiró, tomando asiento en una mesa próxima.

—Una copa no nos vendría mal.

Sin decir más, la posadera se apresuró a traer una botella de hidromiel y las copas más elegantes que tenía, dejando al grupo con privacidad para sus asuntos.

Mientras compartían la bebida, Malizal decidió abordar un tema pendiente con Vengy, su voz impregnada de una ligera ironía.

—Vengy, me intriga saber cómo alguien tan importante terminó en prisión. Debo decir que, al parecer, necesitabas un Malizal en tu vida. Y, sobre todo, un plan. Con mi presencia aquí, al menos la parte del plan ya está resuelta.

Vengy bajó la mirada, evidentemente avergonzado.

—Fui engañado por alguien que consideraba un amigo. Fiarme fue mi error.

Malizal asintió con una expresión más seria.

—La venganza no te ayudará en nada. Deja a esa persona atrás y enfócate en el mañana.

Vengy negó suavemente con la cabeza:

—No busco venganza. Pero cuando encuentre a esa persona, la llevaré ante la justicia.

Tras esta conversación, todos se retiraron finalmente a descansar, agotados por los eventos recientes.

Al despertar bien entrada la mañana, el grupo se reunió en la sala principal para desayunar. Mientras la mayoría optó por comidas ligeras, Ander pidió un contundente estofado, ansioso por disfrutar de un plato abundante después de tanto tiempo de privaciones.

Durante el desayuno, Alistar sacó nuevamente la profecía, reflexionando en voz alta.

—Hay algo en esta última hoja que me intriga. Dice claramente que “la fortuna será robada”. Podría referirse a los diamantes que permiten realizar resurrecciones. Quizás ese sea el gran objetivo del enemigo.

La discusión subió de tono, atrayendo la atención de algunos parroquianos que comenzaron a retirarse nerviosos. De pronto, una anciana encorvada se acercó lentamente a Orianna. Su cabello era una maraña gris, su rostro surcado por profundas arrugas, y unos ojos de color azul pálido la observaban con penetrante intensidad.

—Aléjate de ellos —le susurró la anciana, su voz ronca y cargada de urgencia—. Ellos huelen a muerte. ¡A muerte! Pero tú no. Aléjate mientras puedas.

Orianna la miró desconcertada.

—¿Cómo sabe usted eso?

La anciana retrocedió lentamente unos pasos antes de darse la vuelta y huir con sorprendente rapidez para alguien de su edad, dejando a Orianna perpleja.

Alistar, con una expresión sombría, recordó al grupo:

—Todos nosotros, excepto Orianna, hemos sido revividos. Quizás eso sea lo que percibió.

Orianna dirigió su mirada preocupada hacia Ander.

—¿Has cantado alguna vez sobre nuestra muerte?

Ander dudó brevemente antes de admitir:

—Sí, lo he hecho.

Malizal intervino con firmeza, consciente del riesgo:

—No deberíamos continuar esta conversación aquí. Es peligroso.

Hakuryuu asintió con seriedad, proponiendo con su característica inteligencia y pragmatismo:

—Vayamos entonces a mi mansión. Allí estaremos seguros.

Sin más discusión, el grupo se levantó apresuradamente, abandonando la posada con rapidez y determinación hacia el refugio que Hakuryuu les ofrecía, conscientes ahora más que nunca de que el peligro los acechaba con una precisión inquietante.

La Mano de Hierro en la Plaza de los Puentes

El grupo avanzó en dirección a la mansión de Hakuryuu, cruzando la Plaza de los Puentes, un lugar habitualmente lleno de vida, con bardos animando a los transeúntes, comerciantes pregonando sus mercancías y ciudadanos recorriendo sus caminos. Ahora, sin embargo, un silencio opresivo dominaba el lugar. Apenas tres puestos de fruta mantenían cierta actividad, mientras el eco de las pisadas de los héroes resonaba inquietante.

En su recorrido observaron numerosas patrullas de soldados, uniformados meticulosamente con armaduras reforzadas cubiertas por capas que los protegían del frío. Todas ellas portaban un mismo emblema distintivo: un triángulo oscuro, símbolo inequívoco de la Mano de Hierro, la orden que ahora imponía su rigor sobre la ciudad. Los soldados vigilaban cada rincón de la plaza, organizados en parejas o tríos, con los antebrazos protegidos por placas de ébano brillante que reflejaban la tenue luz matutina.

Intrigado por la inesperada presencia militar, Alistar decidió acercarse discretamente a un puesto de frutas atendido por una mujer de piel morena y largas trenzas oscuras.

—Saludos, señora —dijo Alistar amablemente.

—Buenos días, caballero. ¿Desea algo de fruta? —respondió la mercader con una sonrisa cansada.

—Esos mangos se ven deliciosos. Póngame uno, y también unas fresas, por favor —contestó Alistar mientras aprovechaba para preguntar—: Por cierto, ¿sabe por qué hay tantos soldados de la Mano de Hierro patrullando hoy la plaza?

La mujer bajó un poco la voz, mirando de reojo hacia los guardias más cercanos.

—No estoy segura del todo, pero he escuchado que han cerrado un templo de Tymora a un par de calles de aquí. También se dice que han visto a personas del gobierno reuniéndose con ellos.

Alistar agradeció la información, entregando discretamente una moneda de oro antes de reunirse con sus compañeros y relatarles lo escuchado.

Sargento Derian Farse

Al dirigirse hacia el templo mencionado por la mercader, un soldado de la Mano de Hierro les interceptó, mostrando una sonrisa claramente fingida.

—Disculpen, necesito que se identifiquen.

Alistar frunció el ceño ligeramente.

—¿Hay algún motivo por el que estén vigilando tan estrictamente esta calle?

—No cortamos el paso —respondió el soldado manteniendo su actitud artificial—, simplemente queremos registrar quién transita por aquí.

Mientras los miembros del grupo iban revelando sus nombres a regañadientes, Ander aprovechó la ocasión para romper la tensión con su habitual teatralidad exagerada:

—¡Amable soldado! Ya que nos estás preguntando nuestros nombres, ¿no sería justo que también compartieras el tuyo?

El soldado dudó un instante antes de responder con tono firme:

—Sargento Derian Farse.

—¡Excelente! Estoy seguro de que habrás oído hablar de mí, ya que pareces alguien que frecuenta buenos espectáculos —continuó Ander con una pausa dramática—. ¡Soy el más famoso de los bardos, el gran…!

Al ver que el sargento no reaccionaba, Ander suspiró teatralmente y concluyó:

—Ander Colinaalta.

Tras anotar cuidadosamente sus nombres, Derian los dejó continuar su camino.

El templo de Tymora resultó ser una estructura modesta, apenas distinguible entre las viviendas circundantes. Dos guardias custodiaban sus puertas de madera. Alistar propuso a Malizal enviar a Ceniz para inspeccionar el interior, pero tras un intento fallido de convencer a su compañero, Orianna intervino con pragmatismo:

—Si Ceniz no está dispuesto, yo puedo hacerlo.

Transformándose rápidamente en una lagartija, Orianna se deslizó discretamente al interior del templo. Encontró una estancia austera, con dos columnas de bancos, seis filas cada una y un pequeño altar donde pendían unos dados atados por una cuerda, símbolo tradicional de Tymora. De pronto, las puertas se abrieron y dos figuras entraron: un soldado de la Mano de Hierro y otra figura que parecía un funcionario gubernamental portando un extraño orbe. Al activarlo, una luz mágica destacó la presencia de Orianna.

—¡Aquí hay alguien! —exclamó el funcionario.

Al sentir el peligro inminente, Orianna se transformó en mosca justo a tiempo para esquivar un proyectil mágico que pasó rozándola, escapando rápidamente y reuniéndose con el grupo.

—¡Tenemos que salir de aquí inmediatamente! —advirtió con urgencia.

Avanzaron deprisa pero con precaución, tratando de no llamar la atención hasta sentirse seguros. Al atravesar otro puente, observaron a lo lejos una formación de soldados portando estandartes tanto de la Mano de Hierro como del gobierno de Waterdeep. Alistar se detuvo un instante, observando la inquietante alianza.

—Esto confirma nuestras sospechas —dijo con gravedad—. La Mano de Hierro está colaborando estrechamente con el gobierno de la ciudad. Debemos mantenernos aún más alerta.

Sin más, el grupo continuó con determinación hacia la mansión de Hakuryuu, plenamente conscientes del complejo entramado político y mágico en el que se encontraban ahora inmersos.

La Mansión de Hakuryuu

Finalmente, tras cruzar la ciudad y enfrentar las inquietantes señales de cambios drásticos en Waterdeep, el grupo llegó a la mansión de Hakuryuu. Las huellas de la reciente explosión aún eran evidentes: la parte derecha del edificio se encontraba gravemente dañada, con árboles quebrados y escombros esparcidos, impregnando el aire con un persistente olor a polvo y humo.

En la entrada los recibió Kael, cuyo rostro reflejaba tanto preocupación como alivio al ver llegar a su señor y sus compañeros. Hakuryuu solicitó a Kael acomodar al grupo, mientras dentro, el semiorco Varrum, visiblemente agotado, se levantó de manera apresurada intentando recomponer su postura formal y respetuosa al saludar al señor de la mansión. La visión era un tanto cómica, ya que Varrum siempre intentaba parecer un dragón implacable, aunque ahora estaba claramente desgastado. Ander, con su habitual desparpajo, aprovechó para pedirle que cuidara y diera un buen baño a su nuevo compañero canino. Varrum aceptó, incapaz de negarse tras un gesto de aprobación de Hakuryuu. Sin saber cómo tratar al perro, lo tomó con las dos manos extendidas hacia adelante, mostrando una expresión de incomodidad cuando el animal comenzó a lamerle las manos.

Al adentrarse en los aposentos de Hakuryuu, la ostentación del lugar contrastaba con la desolación exterior. Orianna observó con tristeza los lujos que rodeaban al dragón plateado, consciente de que ni siquiera aquellos placeres materiales podían compensar la profunda pérdida que había sufrido.

Ander, con humor punzante, comentó:

—Bonita chabola tienes aquí, Hakuryuu. ¿Has podido comprar una espada mejor que la anterior con todo el oro que manejas?

La reacción de Hakuryuu fue inmediata y visceral. Levantó a Ander del suelo, mirándolo fijamente con ira contenida.

—¡No se puede comprar ninguna espada como Myrym! —rugió antes de depositarlo nuevamente en el suelo.

Orianna intervino suavemente, intentando reconfortarlo:

—La recuperaremos, Hakuryuu, no lo dudes.

Ander añadió, buscando apaciguar la tensión:

—Tal vez sea posible reparar la espada, cueste lo que cueste.

Hakuryuu guardó silencio, sabiendo en su interior que Ander no comprendía realmente la magnitud de lo que había sido destruido; la belleza y magia de Myrym jamás podrían restaurarse completamente.

Sin embargo, Hakuryuu decidió equiparse con lo mejor que aún poseía en sus dependencias. Su armadura, una elegante coraza de escamas del Dragón Plateado, resplandecía suavemente bajo la luz. Con cuidado se colocó el Escudo del Aegis Plateado, resistente al daño necrótico. De un soporte cercano, tomó la Espada Larga “Aliento Plateado”, cuya hoja irradiaba un tenue brillo radiante. Finalmente, deslizó en su dedo el Anillo del Vínculo Dracónico, sintiendo inmediatamente la fuerza y protección adicionales que este artefacto le otorgaba.

Una vez calmados los ánimos, el grupo retomó la discusión sobre los acontecimientos recientes. Orianna planteó con claridad:

—Creo que la Mano de Hierro está destruyendo deliberadamente todo lo relacionado con la capacidad de resurrección. Debemos descubrir cómo Acererak está manipulando estos eventos.

Malizal intervino con precaución:

—Tal vez Acererak esté simplemente utilizándolos como señuelo para distraernos de su verdadero objetivo, que es destruirnos directamente a nosotros.

Alistar reflexionó profundamente antes de agregar:

—Independientemente de cuán implicado esté Acererak en las decisiones específicas de la Mano, su propósito claro es eliminar el poder divino, que es la principal defensa contra él. Si la Mano alcanza plenamente el poder, Acererak podría liberar sus fuerzas con escasa resistencia.

Vengy, revisando los textos proféticos, hizo una revelación preocupante:

—Podría ser que Acererak intente revivir al Atropal. La profecía lo sugiere con claridad. No temáis a la muerte, pues es salvación, sino al renacer de aquello que nunca vivió.

Finalmente, Alistar trazó un plan concreto y firme para actuar en los próximos días:

—Debemos contactar con los otros templos y prepararlos, además de acercarnos al gobierno para intentar alertarlos. También necesitamos averiguar con exactitud cómo se conecta el gobierno con la Mano de Hierro.

De pronto, un golpe suave en la puerta anunció la entrada de Sildar, quien entró visiblemente agitado, con una ausencia inusual de su habitual sonrisa.

—¡Finalmente ha ocurrido! El gobierno ha emitido el “Edicto de la Resurrección”, prohibiendo oficialmente toda magia relacionada con revivir a los muertos. La Mano de Hierro ejerce una influencia mucho mayor de lo que pensábamos.

Sildar tomó aire, mirando directamente a Alistar, sabiendo que sería el único en comprender plenamente la gravedad de lo que iba a decir a continuación:

—Además, apóstoles cada vez más influyentes hablan de una “voz”, un “profeta” que parece estar moviendo los hilos. Pero eso no es lo peor. Alistar, la Capitana Soria, incluso ella, ha caído bajo su influencia. La vi con mis propios ojos.

Alistar sintió una profunda frustración y desconcierto.

—¿Un paladín de Tyr abandonando su fe? No puede ser… ¿Cómo ha sucedido esto?

—No lo comprendo tampoco —respondió Sildar con evidente pesar.

Esta revelación impulsó al grupo a la necesidad urgente de averiguar la procedencia exacta de las profecías y la identidad de esa misteriosa “voz” o profeta al que aludían.

La escena terminó con la visión aérea ascendiendo lentamente desde la mansión dañada, extendiéndose sobre la ciudad. Donde antes reinaba un vacío inquietante, ahora emergían tumultos de ciudadanos que, con antorchas encendidas y voces enérgicas, llenaban las calles de Waterdeep, sus consignas resonando con fuerza en la noche.


Sesión 5

Ceniza y agua

Un suave y persistente susurro de lluvia envolvía la ciudad en un manto melancólico. Las calles, habitualmente bulliciosas y vibrantes, amanecían ahora silenciosas, cubiertas por una mezcla pegajosa de cenizas, polvo y sangre diluida que formaba un barro oscuro y ominoso bajo las pisadas cautelosas de los escasos transeúntes. Waterdeep respiraba tensión, expectante, aguardando un desenlace aún incierto.

En el interior de la mansión de Hakuryuu, el grupo debatía sobre sus próximos movimientos, sopesando la necesidad urgente de descanso frente a la premura de sus obligaciones. Ander, aún visiblemente agotado, contemplaba con duda la posibilidad de permanecer en la mansión, buscando una tregua en su estado. Fue entonces cuando Sildar, decidido, sacó de entre sus pertenencias una brillante poción de curación mayor, ofreciéndosela con gesto firme.

—Ander, esto debería bastar para ponerte en pie —aseguró Sildar con una calma resolutiva—. No podemos permitirnos perder ni un solo día más.

Hakuryuu, aunque convencido desde el inicio de que no era momento para ceder al cansancio, observaba en silencio, otorgando espacio a la determinación del grupo. Ander finalmente cedió, animado por las palabras y la confianza de sus compañeros. Una vez que todos recuperaron parcialmente sus fuerzas mediante diversas pociones de curación, Orianna, Vengy, Alistar, Sildar, Ander, Hakuryuu y Malizall salieron juntos, dirigiéndose hacia el templo de Lathander para advertir a sus aliados y realizar algunas compras necesarias para equipar a Ander.

La mansión de Hakuryuu, situada en el prestigioso distrito del mar, era una muestra palpable de riqueza y poder. Sea Ward, la joya resplandeciente de Waterdeep, lucía ahora extrañamente sombría, envuelta por la lluvia y vigilada con férrea precisión por soldados y mercenarios contratados por la nobleza local. Cada mansión parecía una fortaleza vigilada celosamente, y las calles rectilíneas se extendían bajo la luz pálida de faroles mágicos, resaltando las magníficas fachadas de mármol blanco que reflejaban el gris melancólico del cielo.

Mientras avanzaban, el grupo pudo percibir cómo las miradas juiciosas y desconfiadas que solían acompañarles en días anteriores se habían transformado notablemente. Los soldados apostados en las calles, ataviados con armaduras relucientes, lanzaban ahora miradas de aprobación y respeto, reconociendo en aquellos héroes de Chult la fuerza y determinación necesarias para enfrentar los tiempos difíciles que se cernían sobre la ciudad.

Al pasar por un mercado pequeño y poco concurrido, Ander detuvo al grupo con un gesto rápido.

—Dadme un momento —pidió, señalando con una sonrisa al pequeño puesto—. Necesito equiparme adecuadamente. Después de todo, nunca se sabe cuándo podríamos necesitar algo más que suerte.

El resto del grupo asintió, conscientes de que cada detalle importaba ahora más que nunca, mientras la lluvia continuaba cayendo, implacable, sobre Waterdeep.

Compras Necesarias en Waterdeep

Mientras el grupo avanzaba por las calles semidesiertas en dirección al templo de Lathander, la atención de Ander quedó cautivada por un pequeño puesto de ropa, notablemente solitario y en calma. Con una sonrisa traviesa y ánimo ligero, el halfling se dirigió al mercader, que parecía sumido en una aburrida contemplación del vacío.

—¡Buenas tardes, buen hombre! —saludó Ander con tono jocoso—. ¡Veo que está desbordado de trabajo hoy! ¿Tendrá algo adecuado para alguien de mi talla?

El tendero, con una ceja arqueada pero sonriente ante la broma, contestó con rapidez:

—¿Crees acaso que eres el primer halfling que precisa renovar su vestuario? Ven, mira lo que tengo para ti.

Ander inspeccionó con entusiasmo las prendas modestas que le fueron mostradas, y sin dudar exclamó alegremente:

—¡Me encanta! Sin duda será mejor que lo que llevo puesto.

El vendedor, con una mirada cargada de ironía, agregó:

—Y además, estará limpio.

Sin mayor ceremonia, Ander comenzó a desvestirse allí mismo, ignorando el frío punzante que de inmediato mordió su piel desnuda. La satisfacción era tal que decidió ofrecer una generosa propina al tendero, llamando con impaciencia a Vengy para que desembolsara el dinero necesario.

—Serán veinte piezas de oro —informó el mercader, sorprendido y agradecido al recibir veinticinco.

Observando a Vengy con atención, el tendero frunció ligeramente el ceño y comentó con curiosidad:

—Juraría que le conozco… Su rostro me resulta familiar. ¿Es usted de por aquí? Aunque esas ropas no son obra mía, desde luego.

Vengy, ligeramente incómodo por la atención inesperada, se despidió cortésmente y se retiró del puesto.

Tras esta breve pausa, el grupo reparó en que equipar adecuadamente a Ander con una armadura era una prioridad absoluta, incluso antes de llegar al templo. Rápidamente localizaron un bazar cercano, otro espacio sumido en una calma inquietante. El dependiente, que se mostró inmediatamente animado por su llegada, les recibió con notable alivio:

—¡Ah, por fin! ¡Mis primeros clientes del día! ¿Qué buscan? ¿Quizás prepararse para una aventura?

Ander, directo y entusiasta, respondió:

—Precisamente vengo a buscar la mejor armadura ligera que tenga para mí.

El mercader les mostró algunas armaduras de buena calidad, pero justo en ese momento, Hakuryuu intervino, atrayendo la inmediata atención del vendedor, quien lo reconoció al instante.

—¿Esto es lo mejor que puedes ofrecer? —preguntó Hakuryuu con cierta autoridad.

—¡Oh, señor! Claro que no. Por favor, acompáñeme —respondió rápidamente el vendedor, conduciéndolos a una habitación reservada, donde se almacenaban artefactos de considerable calidad y poder mágico. De entre estas maravillas, el vendedor seleccionó cuidadosamente una armadura especialmente adecuada para Ander: una armadura oscura de cuero tachonado, cuyos remaches ennegrecidos y la ausencia aparente de costuras creaban una ilusión de sombras vivientes. Su superficie absorbía la luz con una propiedad casi sobrenatural, haciendo difícil distinguir claramente sus bordes.

—Esta es la Piel del Ocaso —anunció el mercader con reverencia—. Aunque no posee magia propiamente dicha, su cuero absorbe la luz de forma singular. Sería sumamente difícil verte mientras la lleves puesta, especialmente en penumbra. El conjunto fue elaborado por un maestro curtidor de Waterdeep, famoso por vestir a bardos, ladrones y agentes del Senado Secreto. Las botas, especialmente, se trenzan con hilos de plata lunar y poseen runas antiguas contra la detección.

Armadura Piel del Ocaso

Hakuryuu, con gesto escéptico, inspeccionó minuciosamente la armadura. Inicialmente desestimó su valor con desdén, alegando que el precio solicitado era exagerado. Pero tras una observación más detenida y reconociendo la calidad extraordinaria del trabajo, cedió con cierto desinterés:

—Está bien… supongo que para ti será suficiente.

Finalmente, tras las súplicas emotivas de Ander y la ligera insistencia de Hakuryuu y Vengy, adquirieron la armadura junto con unas botas a juego, mientras Alistar y Orianna, ya impacientes, urgían al grupo para continuar con premura hacia el templo de Lathander, deteniéndose previamente en el hospicio de Vengy para recuperar fondos adicionales.

Las Agujas del Amanecer

Tras pasar brevemente por el hospicio donde se alojaba Vengy para recoger algunos fondos adicionales, el grupo avanzó hacia Las Agujas del Amanecer, el espléndido templo de Lathander, ubicado cerca de la costa pero fuera ya del Distrito del Mar. La estructura, magnífica y luminosa, parecía no sólo tallada en piedra y arte, sino moldeada a partir de la luz misma. Columnas abovedadas de mármol rosado y jaspe dorado sostenían bóvedas etéreas, coronadas por agujas de cristal puro, cuyos extremos en orbes de oro bruñido multiplicaban la luz en espectaculares haces irisados.

Templo de Lathander

Frente al templo se había dispuesto un escenario provisional de madera, sobre el cual permanecía inmóvil un joven con túnica blanca acompañado por tres soldados de la Mano de Hierro. Alrededor, numerosos soldados adicionales vigilaban atentamente la escena. Frente al escenario, una considerable multitud esperaba con inquietud. Diversos ciudadanos, muchos claramente devotos de la nueva fe, sostenían con reverencia sencillos amuletos que apretaban contra sus corazones en ferviente anticipación.

El joven del escenario, conocido como el Apóstol Marvyn Taul, tenía un porte nervioso y febril, su piel pálida contrastando con su cabello castaño liso que caía sobre su frente. Su expresión era una mezcla de solemnidad y fervor, destacando el símbolo triangular oscuro de la Mano de Hierro bordado en su túnica blanca.

El grupo, intrigado y precavido, decidió posicionarse cerca de la entrada del templo, desde donde podrían observar sin mezclarse directamente con la multitud. Otros miembros de la orden de Lathander salieron también del templo, congregándose en la entrada para escuchar las palabras del apóstol.

Cerca del joven apostólico se encontraba el Sargento Derian Farse, con su semblante siempre alerta, rostro cuadrado marcado por una fina cicatriz bajo un ojo de acero azul. Vestía su habitual cota de malla impecable bajo un abrigo negro de cuero adornado con ribetes metálicos, mostrando con orgullo el brazalete triangular de la Mano de Hierro.

Derian descendió del escenario justo antes de que Marvyn levantará lentamente sus brazos al cielo, invitando a un silencio absoluto. La multitud respondió inmediatamente, cayendo en un silencio tan profundo que casi podía palparse físicamente. En ese instante, un zumbido sordo reverberó en el aire, acompañado por un leve pero notable tambaleo en el poder divino que sustentaba a Vengy, Malizall y Alistar, haciendo que intercambiaran miradas de preocupación y alarma.

La tensión en el ambiente era palpable, mientras todos aguardaban expectantes las palabras que pronto romperían aquel pesado silencio.

El Pregón del Apóstol

Apóstol Marvyn Taul

Con una postura firme y solemne, el joven Apóstol Marvyn Taul se adelantó ligeramente en el escenario, proyectando una presencia que llenaba la plaza entera. Aunque evidentemente inexperto en la oratoria pública, sus ojos claros, vidriosos por el fervor, y la tensión palpable en su mandíbula, revelaban una convicción profunda, casi absoluta. Sus manos se alzaron lentamente, con gestos medidos y ceremoniosos, mostrando una seguridad imperturbable que atrapó inmediatamente la atención de la multitud expectante.

Con una voz que inició en un susurro contenido y fue creciendo paulatinamente en resonancia y autoridad, Marvyn comenzó su discurso, cada palabra cuidadosamente articulada y cargada de un poder casi hipnótico:

“Amados hijos de Waterdeep…

El Dios Verdadero nos ha hablado con voz clara.
Y esa voz, que resuena a través de la Mano, no viene a castigar, sino a proteger.

En estos días de tribulación, cuando la muerte se disfraza de milagro, debemos cerrar la puerta al engaño.

A partir de hoy, y por mandato tanto sagrado como civil:

— Toda magia de resurrección queda prohibida fuera de los Altares Sagrados, pues interferir con el destino impuesto por el Verdadero es una profanación.
— Ningún conjuro de origen divino podrá ser invocado en la calle, en los hogares ni en los mercados. Las energías de los falsos dioses solo alimentan el caos.

Esta no es una condena, sino una cura. No es un castigo, sino una señal de fe.

— Y pronto, todo acto de sanación —ya sea conjuros, rituales o pociones mágicas— será sacrilegio, reservado exclusivamente a las manos consagradas de los Altares Oficiales, para que solo ellos determinen quién vive o muere.
Pero para conseguir esto necesito de vuestra ayuda, debéis exigir este edicto al gobierno de forma incansable.

La Voz no os exige sacrificios, sino obediencia; no os quita consuelo, sino que os guía hacia la verdadera paz.

Que la paz del Dios Verdadero descienda sobre esta ciudad… y que la Mano, como siempre, os sostenga.”

Cuando el Apóstol Marvyn concluyó su discurso, su voz resonó en la plaza como un eco sombrío que se aferró al aire por unos instantes adicionales. Ander, con el ceño fruncido y un tono abiertamente desafiante, intentó proyectar su pregunta por encima del bullicio creciente:

—Tengo una pregunta para tu dios. Si no se puede practicar la resurrección fuera de los altares, ¿significa eso que existen condiciones para hacerlo?

Sin embargo, su voz quedó rápidamente sofocada por la erupción entusiasta de vítores y aplausos que brotaron de la multitud, cuyos miembros clamaban con fervor casi fanático:

—¡El ciclo no debe romperse! ¡La Voz debe ser escuchada!

Entre el tumulto, Malizall murmuró al grupo con una mezcla de confusión y desprecio:

—¿No veis la clara contradicción entre lo que dicen y lo que pretenden hacer?

—Es pura hipocresía —contestó Alistar con áspera firmeza.

Dos clérigos cercanos de Lathander, al escuchar estas palabras, intercambiaron miradas inquietas y cargadas de desaprobación. Sin mediar palabra, optaron por retirarse discretamente al interior del templo, dejando claro con su actitud que consideraban temerarias e imprudentes las palabras del grupo.

Mientras los soldados de la Mano de Hierro se retiraban, la multitud se fragmentó en pequeños grupos, algunos demandando enérgicamente que el gobierno actuase con decisión, otros sugiriendo con furia y desesperación prender fuego a las calles en señal de protesta. El grupo, evitando involucrarse más en estas discusiones incendiarias, comenzó a avanzar hacia el templo.

En ese preciso instante, una anciana de cabello canoso y manos arrugadas se adelantó rápidamente hacia Vengy, con paso tembloroso y un rostro marcado por la angustia. Portaba un símbolo dorado con la imagen del sol, evidentemente sagrado y dedicado a Lathander. Con lágrimas contenidas y voz trémula, acercó el símbolo hacia el pecho de Vengy, exclamando con desesperación:

—Yo he visto milagros con mis propios ojos. ¿Quién sería capaz de prohibir la sanación? ¿Quién podría desear semejante crueldad?

Orianna intervino con claridad severa:

—Un dios cruel, que se deleita en la muerte y el sufrimiento.

Vengy, procurando calmar a la mujer, respondió con voz firme pero serena:

—No se preocupe, encontraremos al culpable de esto y haremos que responda por sus actos. Esto no quedará impune.

Sin embargo, la anciana continuó con su voz casi quebrada:

—Puedo entender hasta cierto punto lo de la resurrección… pero, ¿la sanación? ¿Quién podría tener el corazón tan negro para negar algo así?

—Un dios que no es dios —añadió Malizall con gravedad—. Un dios falso que se regodea en la muerte.

Para reforzar sus palabras y brindarle algo de esperanza, Vengy levantó su emblema sagrado de Lathander y pronunció suavemente unas palabras mágicas. Al instante, el símbolo comenzó a emitir una cálida luz dorada, reconfortante y brillante. Pero la tranquilidad fue fugaz; enseguida la luz comenzó a titilar, palideciendo hasta convertirse en un enfermizo resplandor amarillento, manifestando claramente la corrupción que permeaba incluso lo sagrado.

La anciana, inicialmente reconfortada por el resplandor, contempló horrorizada cómo la luz se marchitaba.

—¡No! —gritó con desesperación—. ¡El amanecer!

Amuleto Bendición del amanecer

La intensidad y pureza características del emblema habían sido oscurecidas, reflejando la influencia nefasta que ahora pesaba sobre la ciudad. Con expresión solemne y corazones cargados de inquietud, el grupo avanzó hacia el interior del templo, plenamente conscientes de que el peligro al que se enfrentaban iba mucho más allá de lo que hasta ahora habían imaginado.

Audiencia con el Padre Relion

Patio interior del Templo de Lathander

Tan pronto el grupo mencionó que tenía un mensaje crucial para compartir, los clérigos del templo de Lathander los condujeron apresuradamente hacia el interior del majestuoso templo. La luz matinal que entraba por las agujas de cristal bañaba el recinto en resplandecientes reflejos irisados, proporcionando un ambiente de calma y reverencia profunda. Allí, aguardaba el Padre Relion, erguido y digno a pesar de su avanzada edad, con cabellos plateados y ojos azul celeste que irradiaban sabiduría y determinación serena.

—Decidme, ¿cuál es el mensaje que me traéis? —inquirió Relion con voz firme, mostrando una seguridad imperturbable en su fe.

Padre Relion

El grupo dirigió sus miradas hacia Alistar, animándolo a tomar la palabra. Éste, dando un paso adelante, comenzó con solemnidad:

—Eminencia, gracias por recibirnos. Venimos con información crítica sobre la profecía. Imagino que ya estará informado sobre algunas partes de la misma.

—Así es —confirmó Relion—. Los textos y los pregones de los apóstoles ya se encuentran por doquier. Pero decidme, ¿hay algo más que deba conocer?

—Efectivamente —prosiguió Alistar—. Venimos a advertirle sobre la tercera señal. Hemos sabido que en cinco días, cuando la luna se oculte sobre el horizonte marino de Waterdeep, este presagio se cumplirá. Las otras dos señales ya han tenido lugar, por lo que debemos prepararnos con toda prontitud. De hecho, planeamos alertar también a las demás órdenes religiosas afines a las fuerzas del bien.

Relion asintió lentamente, comprendiendo la gravedad del mensaje:

—Aprecio sinceramente vuestra diligencia. Sin embargo, debo tranquilizaros. Ya he convocado a los sacerdotes supremos de todas las órdenes para prepararnos conjuntamente ante esta última señal. El templo de Lathander siempre permanece alerta y listo para asistir a nuestros ciudadanos en cualquier circunstancia.

Orianna intervino entonces, manifestando una preocupación personal:

—Eminencia, la interferencia con el poder divino que percibimos hoy no parece haberme afectado demasiado, pero temo que eso podría cambiar.

—Tened por seguro —respondió el sumo sacerdote con gravedad— que esta interferencia terminará afectándonos a todos por igual.

—Vigilad a todos cuidadosamente —añadió Orianna con inquietud.

—Además —apuntó Alistar con severidad—, la Capitana Soriah ahora se encuentra entre las filas de la Mano de Hierro.

Malizall, cuya mirada reflejaba claramente sus dudas internas, habló con sinceridad:

—¿No os parece contradictorio todo esto, eminencia? ¿No dudáis ante la magnitud de lo que enfrentamos?

Relion dirigió al brujo una mirada compasiva y paternal:

—Malizall, ¿creéis que los clérigos de este templo, incluyéndome a mí mismo, nos sentimos merecedores del peso que Lathander ha depositado sobre nosotros? Todos, en algún momento, hemos dudado sobre nuestra capacidad y nuestro valor para portar sus dones. Pero nuestro dios confía en nosotros, y en esa confianza radica nuestro servicio. Así es como servimos a Lathander.

Malizall bajó la mirada, pensativo y algo turbado.

Relion prosiguió, intentando dar una nueva perspectiva a los pensamientos de Malizall:

—Piénsalo de este modo: si realmente me creyese tan bueno y perfecto como para pensar que yo mismo soy el mejor preparado para tener esta posición, ¿realmente seguiría siendo merecedor de ella? Quizás sea esa misma duda, esa humildad, la que nos hace dignos de la bendición de Lathander.

—¿Y qué hay de Wako? Su pérdida… y ahora Cenit, mi nuevo familiar. ¿Es esto realmente un signo de renovación o solo una señal de mi fracaso?

Relion negó con la cabeza, manteniendo una sonrisa tranquila y cercana.

—Malizall, la pérdida y el cambio siempre vienen cargados de dudas y dolor. Pero Lathander nos enseña que tras cada noche siempre surge un nuevo amanecer. Cada amanecer es nuevo y casi nunca es como lo imaginamos, pero debemos vivirlo y seguir el camino. Wako era un ser cuyo propósito era únicamente ayudar a los demás: complaciente, obediente y servicial. Cenit no es así; él cuida de sí mismo y cuidará de ti cuando sea necesario.

Relion colocó una mano tranquilizadora sobre el hombro del brujo.

—Malizall, tal vez todo esto que vives, la pérdida de Wako y la llegada de Cenit, sea una oportunidad para aprender algo nuevo sobre ti mismo. Quizás debas comprender que no siempre el servicio implica sacrificio absoluto. También debes reconocer que proteger tu propio espíritu es necesario. Estás acostumbrado a cuidar de los demás, y siguiendo esa causa te has olvidado de cuidar de ti mismo. Tú y todos nosotros necesitamos que te cuides y que te dejes cuidar. Vive, disfruta y aprende en este nuevo amanecer, e ilumina a aquellos que se crucen en tu camino con la luz de Lathander.

Estas palabras reconfortaron visiblemente tanto a Malizall como a Vengy, reafirmando su determinación.

Alistar prosiguió, buscando más información:

—¿Habéis investigado algo más sobre la Mano de Hierro?

Relion negó suavemente con pesar:

—Más allá de reunir rumores y testimonios, desconocemos su origen exacto. Su organización cambia constantemente, extendiéndose rápidamente por todo Faerûn. Todo lo que sabemos es incertidumbre.

—¿Y habéis hablado con el gobernador? —preguntó Alistar con curiosidad.

—Así es —confirmó Relion—. Él ha cedido al edicto por miedo a una revuelta generalizada, no por malicia. Ha actuado por temor, buscando mantener la estabilidad.

Antes de marcharse, Malizall solicitó con humildad al sumo sacerdote:

—¿Podría prestarme algo que me ayude a combatir mis dudas y mis miedos?

Relion, con un gesto solemne y bondadoso, retiró de su cuello un delicado amuleto: un pequeño sol de cristal rosado engastado en filigrana de oro blanco, del que irradiaba una suave luz reconfortante. Con voz cálida explicó:

—Este colgante sagrado os otorgará claridad y coraje. Recordad siempre: “Siempre hay un nuevo comienzo”.

Alistar inclinó respetuosamente la cabeza:

—Gracias por su tiempo, eminencia.

Al salir del templo, el grupo se encontró con una multitud organizada en fervorosa protesta, reclamando con voces firmes que se cumpliera el mandato de la Voz y prohibiendo toda sanación fuera de los altares oficiales, recordándoles que el peligro que enfrentaban era cada vez más palpable y urgente.

Amuleto Luz de la Aurora

Audiencia en la Casa del Gobernador

Decididos a comunicar directamente sus preocupaciones al Gobernador, el grupo se encaminó hacia el imponente Distrito Administrativo de Waterdeep, conocido como la Plaza de la Justicia. Este enclave, de calles amplias y geométricas, imponía su presencia con edificios de piedra gris desprovistos de adornos superfluos, coronados por tejados de pizarra oscura y engalanados con sobrios emblemas cívicos, ahora tristemente acompañados por triángulos rojos de la Mano de Hierro.

La plaza central, perfectamente nivelada, estaba presidida por una estatua monumental de Tyr, el Justiciero Ciego, cuya balanza dorada parecía contemplar silenciosamente la agitación reinante en la ciudad. El aire resonaba con las voces formales de magistrados y escribanos, entremezcladas con el eco metálico de armaduras de la guardia que patrullaba con rigurosa vigilancia.

Al acercarse al recinto amurallado, el grupo notó con preocupación la mayor concentración militar. La habitual puerta amplia permanecía cerrada, reemplazada temporalmente por un pequeño portín custodiado por varios soldados. Tras acceder al distrito, encontraron aún más guardias desplegados, vigilando con una mezcla de tensión y rigidez.

La Casa del Gobernador presentaba una sala principal abarrotada, alrededor de cien personas inquietas aguardando audiencia, hablando en susurros nerviosos o permaneciendo en ansioso silencio. Hakuryuu, mostrando una altiva determinación, avanzó hacia la recepción acompañado por Alistar, cuya expresión mostraba una ligera preocupación por la impulsividad de su compañero.

—Necesitamos ver al Gobernador inmediatamente —exigió Hakuryuu con una autoridad que rozaba la arrogancia.

La secretaria, una mujer mayor con expresión serena pero imperturbable, extendió con calma un formulario:

—Fantástico. Rellene este formulario, por favor.

—¿Acaso no sabe quién soy? —replicó Hakuryuu con visible irritación.

Ante la insistencia del dragón plateado, la secretaria finalmente suspiró ligeramente, se levantó y se retiró de la sala para consultar con alguien más influyente, dejando al grupo esperando durante largos y tensos minutos.

Pasados esos eternos quince minutos de espera, la paciencia de Hakuryuu finalmente se agotó. Sin contener más su frustración, intentó saltar el mostrador para hacerse oír con mayor contundencia. De inmediato, dos guardias y Alistar intervinieron para detenerlo. Uno de los guardias, reconociendo a Hakuryuu, habló con sorpresa:

—¡Hakuryuu! ¿Qué hace aquí comportándose de esta manera?

—Es imperativo que hablemos con el Gobernador —insistió Hakuryuu con firmeza, tratando de recuperar algo de compostura.

En ese preciso momento regresó apresuradamente la secretaria con noticias favorables. Indicando con un gesto cortés, pidió al grupo que la acompañara y les guió a través del edificio hasta la planta superior. Allí, al fondo de un pasillo custodiado por guardias atentos, una puerta maciza de nogal decorada con el medallón de la ciudad les dio paso al despacho del Gobernador.

La estancia rectangular que les acogió estaba repleta de estanterías con innumerables volúmenes de leyes, registros y crónicas, iluminada suavemente por la luz filtrada a través de pesadas cortinas grises. El escritorio de madera negra, imponente y ordenado, reflejaba la seriedad del hombre que los esperaba detrás: el Gobernador Varn Dorsic, quien se levantó al verlos entrar con una cordialidad casi exagerada y abrió sus brazos en un gesto hospitalario:

—¡Mis queridos amigos, qué alegría veros aquí reunidos! Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que nos encontramos todos juntos. Desde aquel día tan memorable en que regresasteis entre los vivos. ¡Por favor, sentaos!

Casi todo el grupo accedió inmediatamente a la invitación, excepto Hakuryuu y Orianna, quienes permanecieron de pie con gesto firme. Finalmente, ante la mirada insistente y suave de Orianna, Hakuryuu decidió sentarse con renuencia, aguardando con visible tensión el inicio de la importante conversación.

Gobernador Varn Dorsic

La Discusión con el Gobernador

Tras la inicial cordialidad, pronto la conversación entre el Gobernador Varn Dorsic y el grupo derivó hacia terrenos más tensos. Alistar fue el primero en expresar abiertamente sus preocupaciones sobre la reciente ley promulgada respecto al uso de magia divina.

—Esa ley que prohíbe el uso de la resurrección y la sanación es extremadamente preocupante, gobernador —manifestó Alistar con firmeza.

Dorsic miró a Alistar con una seriedad glacial y replicó con contundencia:

—Lo realmente preocupante, Alistar, es que haya ciudadanos que se opongan a esta ley.

La respuesta desconcertó al grupo. El gobernador prosiguió con énfasis:

—Esta decisión busca salvaguardar la convivencia en la ciudad. Más allá de lo que podáis pensar sobre la nueva fe, es un hecho que cuenta con el apoyo de un número significativo de ciudadanos. Nuestra responsabilidad es adaptarnos a esa realidad.

—¡Esa organización solo se aprovecha del miedo de la gente! —replicó Alistar, indignado.

—Tal vez tengas razón, pero esa es nuestra realidad —respondió Dorsic con determinación—. ¿Qué proponéis, acaso? ¿Que prohíba a la Mano de Hierro, que los encarcele a todos? ¿Habéis pensado qué podría pasar entonces? ¿Creéis que sus seguidores permanecerían impasibles ante una acción así? El resultado sería una revuelta sangrienta, algo que bajo ningún concepto permitiré en Waterdeep.

La discusión fue intensificándose con reproches mutuos. Malizall, intentando aportar cierta racionalidad, comentó:

—Esa fe no tiene ninguna base real, ninguna verdad auténtica.

—Puede que no la tenga —reconoció Dorsic con voz grave—, pero la realidad es que la gente cree en ella, y la creencia puede ser tan poderosa como cualquier verdad.

—La Mano de Hierro continúa acumulando poder —insistió Alistar—, y llegará el día en que decidan sustituir vuestra autoridad por completo.

Dorsic suspiró profundamente, dejando escapar por primera vez un atisbo claro de su profundo agotamiento y preocupación:

—Os equivocáis si pensáis que no hemos estudiado a fondo a la Mano de Hierro. Sabemos perfectamente lo que está ocurriendo. Antes de los eventos recientes, apenas eran un millar de seguidores dispersos por la Costa de la Espada; ahora se cuentan por miles solo en Waterdeep. Actualmente existen ocho apóstoles conocidos, dos de ellos aquí mismo en nuestra ciudad. Uno es joven y fervoroso, mientras que al otro lo llaman el Gran Apóstol, ya que es el único que afirma haber visto personalmente a La Voz. Los demás solo la han escuchado.

Ante la atención concentrada del grupo, el gobernador continuó con una mezcla de inquietud y fascinación:

—Los apóstoles repiten exactamente las mismas consignas y mensajes, como si fueran ecos perfectos. La Voz parece ser una entidad de inteligencia incomparable, poseedora de un conocimiento absoluto sobre lo conocido y dotada de un poder mágico sin precedentes. Nuestros espías inicialmente calificaron la profecía como meras patrañas, pero la precisión con la que se está cumpliendo me hace dudar sobre si esta entidad realmente puede ver o incluso manipular el futuro.

Orianna intervino con determinación:

—No es cuestión de que pueda ver el futuro, gobernador. Él mismo está creando ese futuro. Ya intentó crear un dios de la muerte en el pasado, y nosotros lo impedimos. Y lo volveremos a impedir ahora.

Dorsic asintió con solemnidad, percibiendo la gravedad de las palabras de Orianna.

—Sobre la profecía —continuó Orianna—, sabed que la próxima señal ocurrirá dentro de pocos días. Debéis prepararos para entonces.

—Tenemos al mejor ejército de la Costa de la Espada, los clérigos más poderosos y guerreros inigualables —respondió el gobernador con renovada seguridad—. No permitiremos que nada de esto ocurra.

Con la discusión concluida y sabiendo que debían actuar con premura, el grupo se despidió y salió del despacho del gobernador. Antes de abandonar definitivamente la casa gubernamental, Hakuryuu respiró profundamente y, haciendo acopio de valor y humildad, se acercó a la secretaria con gesto incómodo pero sincero.

—Lamento profundamente mi comportamiento anterior. No era mi intención causarle molestias, y espero pueda aceptar mis disculpas.

La secretaria, visiblemente sorprendida pero agradecida por el gesto inesperado, asintió suavemente con una leve sonrisa.

El grupo dejó atrás la casa del gobernador, plenamente conscientes del difícil camino que aún debían recorrer.

Investigación en la Capilla de Lathander

Tras la reunión con el Gobernador, el grupo decidió dirigirse al pequeño templo de Lathander ubicado cerca del acantilado que domina el puerto de Waterdeep. Esta modesta capilla, conocida por albergar el primer campanario que saludaba al alba cada mañana, presentaba ahora una escena desoladora tras la reciente explosión. A medida que se acercaban, observaron claramente cómo el campanario parecía haber sido arrancado con violencia, dejando sólo escombros dispersos y la huella ennegrecida de un incendio sofocado apresuradamente.

Consciente de la gravedad del incidente, Ander fue el primero en examinar superficialmente la escena en busca de rastros de pólvora o residuos que pudieran indicar el uso de algún tipo de explosivo.

—Debo acercarme más —murmuró el halfling mientras contemplaba los cascotes esparcidos en la ladera que daba al mar—. Solo así sabré si realmente fue una bomba.

El grupo accedió al interior del templo, donde inmediatamente Ander y Vengy descubrieron una cuerda parcialmente chamuscada sobre el suelo. Ander la recogió cuidadosamente, olfateando con atención, aunque no pudo detectar nada fuera de lo común.

—No hay olor a pólvora ni a sustancias químicas —informó Ander con cierta frustración.

Intentaron entonces ascender al lugar exacto del incidente, pero las escaleras del campanario se habían reducido a cenizas por las llamas recientes. En respuesta, Malizall extendió sus manos con gesto solemne, invocando alas mágicas que surgieron como resplandecientes manifestaciones de luz dorada. Estas alas, translúcidas y delicadamente emplumadas, irradiaban una calidez reconfortante y un suave resplandor que recordaba inevitablemente el primer amanecer.

Desde arriba, Vengy observó minuciosamente las vigas destrozadas, detectando indicios claros de direccionalidad en la explosión.

—Parece que la detonación se produjo desde este lado, lanzando la campana en dirección opuesta —explicó, señalando los puntos específicos de mayor daño.

Intrigado por estas observaciones, Ander consultó inmediatamente a Hakuryuu:

—¿Crees que podrías estimar si esto fue causado por una bomba colocada intencionadamente, algún proyectil, o incluso un fenómeno mágico?

Hakuryuu frunció el ceño, evaluando cuidadosamente los restos estructurales y la trayectoria visible de los fragmentos.

—Por la fuerza y el patrón de dispersión, cualquier explosivo convencional parece improbable. Una explosión mágica de gran poder o incluso un meteoro caído del cielo serían explicaciones más plausibles. Y si fuera magia, excedería con creces nuestra capacidad actual.

Orianna, pensativa, repasó en voz baja las palabras exactas de la profecía:

—“Cuando el cielo se tiña de vino, la campana sonará bajo el agua”. ¿Debemos buscar la campana? Quizás pueda hallarse algo significativo allí abajo.

Hakuryuu, con mirada analítica, intentó trazar la trayectoria posible de la campana al caer para facilitarle a Orianna su búsqueda submarina. Sin embargo, la druida mostró dudas:

—Incluso si encontramos la campana, ¿cómo vamos a moverla? ¿Qué utilidad tendría entonces?

El grupo, inmerso en profundas reflexiones, debatió durante varios minutos sobre la mejor manera de proceder. Finalmente, Alistar rompió el silencio con una sugerencia audaz:

—Si lo pensamos bien, quizá esa gente no desaprovecharía la oportunidad de intentar convertirnos a su fe. Tal vez no debamos infiltrarnos, sino presentarnos abiertamente. Además, las marcas que vosotros lleváis —añadió, señalando significativamente a Hakuryuu y Orianna— podrían ser símbolos reconocibles por la organización. Eso podría brindarnos acceso directo a sus miembros más importantes.

La propuesta quedó flotando en el aire, aumentando la tensión palpable del momento mientras el grupo consideraba detenidamente cuál sería su próximo movimiento.

Revelación del Vínculo

En medio de la tensa reflexión provocada por las palabras de Alistar, Orianna, con súbita inquietud, reconstruyó mentalmente la escena del joven apóstol predicando frente al templo de Lathander. Su corazón se aceleró al darse cuenta de un detalle hasta entonces inadvertido.

—¡La marca! —exclamó Orianna con ansiedad—. El apóstol, aquel joven que vimos, tenía exactamente la misma marca que llevamos Hakuryuu y yo.

Un escalofrío recorrió al grupo al comprender la magnitud de lo que aquello implicaba. Hakuryuu intervino inmediatamente, visiblemente perturbado por la revelación:

—Debemos ser extremadamente cuidadosos —advirtió con gravedad—. Si esa marca nos vincula a ellos, podrían utilizarla en nuestra contra.

Apenas hubo terminado de hablar, el dragón plateado sintió una violenta sacudida en su mente, como si una presencia poderosa y oscura invadiera abruptamente sus pensamientos. Su mirada se tornó vidriosa y distante, atrapado repentinamente en un trance profundo. La voz resonante y fría de Acererak invadió sus sentidos, envolviéndolo por completo en una niebla de recuerdos y culpa:

¿Cuánto pesa el nombre de un héroe cuando nadie lo pronuncia ya?

Hakuryuu tembló imperceptiblemente, incapaz de responder, inmovilizado por aquella voz sobrenatural.

Siento tus garras temblar en la noche. No es Myrym lo que has perdido, es a ti mismo. ¿O acaso nunca has sido nada de lo que pretendías ser?

Un gemido apenas audible escapó de la garganta del guerrero, atormentado por las dudas que habían anidado secretamente en su corazón durante tanto tiempo.

¿Será quizás que toda tu vida es una cruel mentira, Hakuryuu? ¿Es acaso ese tu verdadero nombre?

La voz, implacable y burlona, desvelaba cruelmente la verdad oculta, desgarrando su alma en jirones. En un arrebato de desesperación, Hakuryuu reunió fuerzas para replicar mentalmente:

—¡Basta! ¡Es mi espada lo que necesito recuperar!

La respuesta resonó como una carcajada despiadada dentro de su mente:

¿De verdad quieres tu espada?

—¡Sí! —respondió Hakuryuu con creciente angustia.

Entonces ven a buscarla. Está justo donde la dejaste.

—¡Iré allí! —gritó mentalmente, decidido a enfrentar lo que fuera necesario.

La risa siniestra de Acererak resonó nuevamente antes de desvanecerse lentamente, dejando al guerrero sumido en un oscuro silencio interior.

La visión se disipó bruscamente y Hakuryuu, liberado súbitamente del trance, cayó al suelo inconsciente ante la mirada alarmada de sus compañeros, que se apresuraron a socorrerlo, plenamente conscientes de que ahora enfrentaban algo mucho más profundo y peligroso de lo que habían anticipado.


Sesión 6

Visiones en la Lluvia

La mañana se deslizaba lenta y plomiza sobre Waterdeep, teñida por una luz grisácea que apenas conseguía abrirse paso entre los nubarrones espesos. La persistente llovizna golpeaba suavemente las calles, dejando un rastro húmedo y melancólico sobre la Avenida de la Esperanza. El aroma de piedra mojada, impregnado de promesas perdidas y temores enmudecidos, flotaba en el aire como un presagio inquietante.

Las fachadas de los edificios lucían grotescamente adornadas con triángulos rojos, pintados apresuradamente por manos temblorosas. Bajo los soportales y entre las lonas a medio recoger de los mercados, los habitantes observaban con silencio contenido. Cada rostro, marcado por la incertidumbre y el temor, parecía susurrar una pregunta no pronunciada: ¿cuánto más resistiría la esperanza?

En una esquina, una hoguera ardía bajo la mirada férrea de los soldados de la Mano de Hierro. No había violencia explícita, pero su presencia opresiva se manifestaba claramente en la rigidez con que los guardias requisaban amuletos y pequeños objetos considerados supersticiosos, arrojándolos con gesto impasible al fuego. Un humo verde y acre ascendía lentamente al cielo, llevándose consigo mucho más que meros objetos: se llevaba la esencia misma del consuelo.

En ese ambiente cargado de tensión y expectativa, la escena se dibujaba con claridad dolorosa:

Un grupo de fieles retrocedía discretamente, escondiendo apresuradamente sus símbolos bajo la ropa. Una madre abrazaba en silencio a su hijo, clavando una mirada dolida y distante en las llamas. Un comerciante cerraba prematuramente su puesto, murmurando con amargura que hoy no era día para tentar a la fortuna.

Y fue en este momento sombrío cuando, en la capilla destrozada de Lathander junto al acantilado, Hakuryuu despertó abruptamente. El dragón plateado abrió los ojos de golpe, jadeante y visiblemente alterado. A pesar de sus esfuerzos por disimular, era evidente el miedo y la rabia que consumían su interior. Un observador atento habría notado el ligero temblor en sus manos, así como la delgada línea carmesí que escapaba de su palma cerrada, resultado de clavar profundamente sus propias garras.

—Hakuryuu, ¿qué ha ocurrido? ¿Qué es lo que has visto? —preguntó Orianna con voz suave pero firme, sus ojos reflejando profunda preocupación.

Vengy se aproximó lentamente, cauteloso pero decidido a conocer la verdad:

—Cuéntanos, Hakuryuu. No es la primera vez que te vemos caer así, consumido por visiones repentinas. ¿Qué ha ocurrido esta vez?

Hakuryuu respiró profundamente antes de responder, tratando de estabilizar sus emociones revueltas.

—He visto a Acererak —dijo finalmente con voz grave—. Como siempre, intenta quebrar nuestra voluntad, busca minar nuestra confianza con sus tretas y burlas, pero no lo conseguirá.

Ander, incapaz de contener su curiosidad, se aventuró con una pregunta arriesgada:

—¿Y qué fue exactamente lo que te mostró, para afectarte tanto?

Hakuryuu le lanzó una mirada penetrante, helada y afilada como el filo de una daga, transmitiendo claramente un mensaje inequívoco: esa era una pregunta que no debía formularse. Ander captó inmediatamente la indirecta, desviando la conversación con agilidad hacia otros asuntos.

Alistar, siempre atento a los detalles esenciales, intervino con serenidad y convicción:

—Esto confirma nuestras sospechas iniciales, especialmente tras mi conversación con Faux. Acererak está provocándonos deliberadamente. Quiere que vayamos en su búsqueda, que volvamos exactamente allí donde ya nos enfrentamos a él.

—Y estará preparado, sin duda —añadió Ander con tono sombrío—. No cometerá el error de subestimarnos esta vez.

—Eso es seguro —replicó Alistar, asintiendo lentamente.

Orianna, con determinación calmada, aportó su visión personal:

—Y podemos estar seguros de que vendrá a por nosotros, a cada uno de forma específica y personalizada. Debemos estar preparados.

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire cargado de humedad y tensión, resonando con una advertencia clara y solemne, mientras el grupo asimilaba silenciosamente la gravedad de lo que acababan de descubrir.

La Voz es Ley

La mañana daba paso a tarde lentamente, teñida con matices rojizos y violáceos que bañaban el cielo, proyectando sombras largas y profundas sobre las calles húmedas de Waterdeep. Las fachadas de los edificios mostraban inquietantes triángulos rojos, pintados durante la noche, cada uno proclamando silenciosamente los oscuros lemas de la Mano de Hierro: “La Voz es Ley”,“Sin suerte, sin herejía”.

En ese ambiente opresivo, el grupo avanzaba con cautela hacia el Templo de Tyr. La imponente construcción, símbolo de justicia y esperanza, se erguía como un bastión solitario envuelto en incertidumbre. Las puertas de bronce y la magnífica balanza dorada que presidía la entrada parecían ahora opacas, apagadas bajo el peso invisible de la desesperanza colectiva.

La plaza frente al templo les recibió con una escena lúgubre y nueva: la majestuosa estatua de Tyr, ya dañada durante la noche del ataque demoníaco, había caído finalmente, revelando con crudeza la fragilidad del orden establecido. Un reducido grupo de fieles aguardaba bajo los aleros, intercambiando murmullos nerviosos mientras evitaban cruzar miradas con los soldados de la Mano de Hierro que patrullaban con gesto severo. Junto a los escalones del templo, una anciana, con los dedos temblorosos, apretaba un pequeño medallón dorado mientras murmuraba oraciones tan íntimas que parecían fundirse con el viento.

Alistar guio al grupo hacia la entrada del templo. Los soldados, aunque atentos, no entorpecieron su paso. El paladín se dirigió rápidamente hacia sus austeras dependencias, extrayendo con gesto decidido algo de dinero de su cofre personal, un acto simple pero cargado de previsión.

Sin dilación, Alistar decidió buscar al Capitán Marcus para advertirle y ponerlo al corriente de los últimos sucesos. Recorrió los corredores de piedra fría, escudriñando cada rincón conocido, pero no encontró señales de su compañero. En un segundo intento, se dirigió directamente al templo, cuyo vacío resonaba con un eco inquietante. Finalmente, Alistar decidió preguntar directamente a alguien de confianza.

Fue entonces cuando se cruzó con Hendrick, un soldado joven cuyo semblante reflejaba lealtad inquebrantable. Hendrick, un joven de porte esbelto y constitución atlética, destacaba por su cabello castaño cuidadosamente peinado hacia atrás y una barba incipiente que subrayaba su juventud, otorgándole un aire de seriedad anticipada. Sus ojos oscuros y serenos eran ventanas de una determinación firme, producto de años dedicados al servicio del templo. Vestía con pulcritud la cota de malla reglamentaria bajo un tabardo blanco, marcado con el emblema de la justicia. Su postura era recta y disciplinada, revelando un respeto sincero hacia Alistar.

—¡Señor! —saludó Hendrick con formalidad militar.

—¡Hendrick! Me alegro de verte —respondió Alistar con cordialidad.

—Igualmente, señor.

—Hendrick, no son necesarias las formalidades. Ya sabes que he sido temporalmente apartado del servicio activo… —indicó Alistar suavizando la conversación.

—Eso es irrelevante, señor —respondió Hendrick con una leve sonrisa, reafirmando su lealtad.

Alistar asintió agradecido antes de continuar:

—La verdad es que estaba buscando al capitán Marcus. ¿Sabes algo sobre su paradero?

Hendrick frunció ligeramente el ceño, recordando:

—Lo vi anoche, pero partió de nuevo hoy al alba en una misión. Si no recuerdo mal, hacia el mercado de los suburbios.

—Disculpa la intromisión, Hendrick, pero ¿sabes si la misión tiene algo que ver con la orden de la mano?

—No lo sé, señor.

—De acuerdo. Gracias, Hendrick. Que Tyr esté contigo.

—Y con usted, señor —respondió Hendrick con una firme inclinación de cabeza.

Alistar regresó entonces a la sala principal del templo, donde dominaba una colosal estatua de Tyr, cuya mano ausente sostenía simbólicamente una balanza, mientras la otra blandía una espada implacable. El paladín se arrodilló en silenciosa oración, gesto que fue rápidamente seguido por Sildar, compartiendo ambos una plegaria sin palabras para recibir fuerza y protección.

Al concluir, se levantaron y se dirigieron al resto del grupo que aguardaba respetuosamente.

—Ya podemos irnos, chicos —indicó Alistar con determinación.

Mientras abandonaban el templo, Orianna se aproximó suavemente:

—Espero que tus rezos sean escuchados, Alistar.

—Estoy seguro de que lo serán —contestó él con firme convicción.

Sin embargo, la tensión volvió al notar cómo algunos soldados de la Mano de Hierro fijaban su atención desafiante sobre el grupo. Vengy, en respuesta, sostuvo su mirada, una confrontación silenciosa cargada de advertencias mutuas.

Hakuryuu, captando una sonrisa burlona en los labios de uno de los soldados, estuvo a punto de reaccionar violentamente, pero Ander intervino rápidamente:

—Un guerrero de verdad sabe cuándo luchar sus batallas. Ahora no, Hakuryuu. Déjalos, por favor.

El dragón plateado, con un gesto contenido, aceptó la prudente intervención de su compañero.

Orianna, percibiendo claramente el peligro, envió un mensaje telepático al grupo:

—Si esta gente nos reconoce con esa facilidad, no creo que infiltrarnos sea la mejor opción.

El grupo avanzó entonces, dirigido por Alistar, atravesando reticentemente la plaza en dirección a la mansión de Hakuryuu, conscientes de cada paso bajo la silenciosa vigilancia de sus adversarios.

Descanso y Planificación en Sea Ward

Ya próximos a la mansión de Hakuryuu, la atmósfera del Distrito del Mar se presentaba notoriamente más apacible, en marcado contraste con las tensiones vividas en otras áreas de Waterdeep. El suelo, pavimentado con elegante mármol blanco, reflejaba la luz tenue de faroles mágicos dispuestos ordenadamente, de los cuales pendían orgullosamente las banderas doradas de la ciudad. El aire aquí era puro y fragante, cargado con un suave aroma marino y notas florales que conferían al lugar una sensación de tranquila nobleza.

A lo largo del camino, destacaban estatuas meticulosamente talladas en homenaje a ilustres guerreros, escritores y héroes que habían dado forma a la historia de la ciudad. Cada figura parecía vigilar en silencio las calles amplias y despejadas, bajo la sutil presencia de soldados de la Mano de Hierro que patrullaban discretamente, sin intervenir directamente en la vida cotidiana del distrito.

Mientras avanzaban, Ceniz, curioso y siempre atento a los pequeños tesoros que la ciudad podía ofrecerle, revoloteaba ágilmente entre las farolas. De repente, captó un brillo plateado en el suelo y, sin dudarlo, se lanzó con rapidez, regresando orgullosamente hacia Malizall con un delicado collarcito de plata entre sus picos.

—Ceniz, ¿otra vez recogiendo cosas del suelo? —le reprendió ligeramente Malizall, aunque su voz sonaba más divertida que severa.

Al llegar finalmente a la mansión, encontraron al servicio de Hakuryuu trabajando diligentemente para limpiar los numerosos escombros que aún quedaban como testimonio de los daños sufridos. Ander, al ver el familiar entorno, llamó alegremente:

—¡Querida, querida!

En respuesta, Loti apareció rápidamente corriendo hacia él, luciendo en su cuello un pañuelo elegante que mostraba orgullosamente el blasón del dragón plateado. Hakuryuu, al aproximarse, se detuvo frente a las imponentes estatuas de dragones que flanqueaban la entrada. Durante unos instantes, una sombra de tristeza cruzó su rostro al recordar inevitablemente a su hermano y a sus padres. Respiró profundamente para calmar su ánimo agitado y prosiguió con paso decidido hacia el interior.

En la puerta los recibió Varuum, cuyo rostro se iluminó al ver a Hakuryuu.

—¡Señor, cuánto tiempo! —saludó Varuum con evidente respeto.

—¿Cómo están las cosas por aquí? —preguntó Hakuryuu.

—Tranquilas, supongo —respondió Varuum con leve incertidumbre.

—Bien, veo que estáis cuidando bien de la mansión —comentó Hakuryuu observando alrededor.

—De lo que queda… —musitó Varuum, dándose cuenta inmediatamente de su error y apresurándose a corregirse—. ¡Perdón, señor!

—¿Alguna noticia? —continuó Hakuryuu con voz firme, sin darle importancia al desliz.

—Ninguna, señor.

—Bien. Descansa —añadió Hakuryuu.

Varuum, cuadrándose orgullosamente, respondió con ímpetu:

—¡Eso nunca, señor! ¡Un dragón nunca descansa!

—Bien, entonces vigila. Y si ves algo sospechoso, avisa —ordenó Hakuryuu con leve sonrisa.

—¡A sus órdenes, señor! —respondió Varuum decidido.

Alistar, percibiendo que era un momento adecuado para reponer energías, sugirió al grupo:

—Tal vez podríamos comer algo, chicos…

Vengy, entusiasmado por la propuesta, exclamó:

—¿Nos preparas algo bueno, Hakuryuu?

—Venid conmigo. Podremos trazar nuestros próximos movimientos mientras comemos —indicó Hakuryuu con autoridad natural.

Mientras seguían a Hakuryuu hacia uno de los comedores secundarios, dado que el principal aún se encontraba afectado por los daños, Ander expresó cómicamente su desacuerdo:

—¡Ay, nooo, eso es malo para la digestión! ¿Comer y hablar de cosas serias y tensas? Preferiría comer primero y luego hablar…

Sildar, divertido por las quejas de Ander, intervino burlonamente:

—No te preocupes Ander, no hace falta que hables y comas a la vez. Comes. Y Hablas. Comes. Y Hablas —gesticuló exageradamente.

Una vez acomodados, sirvientes aparecieron de inmediato ofreciendo una gran variedad de platos y bebidas, entre ellas hidromiel. Ander, dramáticamente, apartó la bebida con fingida desesperación, gesto que provocó una sonrisa en Orianna, quien lo alejó aún más.

La conversación pronto derivó hacia historias personales, recuerdos del pasado y bromas amistosas que aligeraron notablemente la atmósfera. Malizall compartió reflexiones sobre su tiempo en soledad, y Sildar, tratando de levantar los ánimos, comentó:

—A mí las canas no hacen más que subirme el carisma.

La ocurrencia arrancó risas al grupo, disipando la tensión acumulada durante el día.

Finalmente, comenzaron a discutir seriamente sus próximos movimientos. Tras considerar diversas opciones, Vengy propuso:

—Creo que lo siguiente debería ser visitar el bosque de Orianna para revisar la grieta y buscar algo útil. La otra opción sería infiltrarnos en la Mano.

La discusión continuó, explorando los riesgos y ventajas de ambas alternativas. Finalmente, ante las claras objeciones y preocupaciones, Sildar propuso una solución práctica:

—No digáis que lo he propuesto yo, pero podríamos contratar a alguien en los bajos fondos de Waterdeep para infiltrarse en la Mano.

—Sildar, eres un hombre de recursos —comentó Malizall con aprobación.

Alistar asintió, considerando la propuesta:

—No es mala idea. Podemos prepararlo antes de partir al bosque.

Sildar, decidido, añadió:

—Prefiero quedarme en Waterdeep. Me encargaré personalmente de esto.

El grupo acordó entregarle una generosa suma para esta tarea. Con sus planes perfilados y el ánimo más distendido, siguieron disfrutando brevemente del descanso que tanto necesitaban.

La Redención del Bardo

Mientras el grupo disfrutaba del merecido descanso en la mansión de Hakuryuu, la conversación tomó un giro más introspectivo. Malizall, tratando de involucrar al pensativo dragón plateado, preguntó suavemente:

—Hakuryuu, ¿por qué no nos cuentas algo de estos años?

Hakuryuu, sumido en profundos pensamientos, no respondió. Fue entonces cuando Ander, con su característico entusiasmo y buscando aliviar el ambiente, tomó la palabra:

—Bueno, si nuestro querido dragón no quiere hablar, ¡yo sí tengo una historia que contar! Después de que nos resucitaran, fue todo miel sobre hojuelas. ¡Mis canciones eran un éxito absoluto! —Sus ojos brillaban con nostalgia y emoción—. Salía al escenario, cantaba y la gente… ¡La gente se volvía loca! Aquello duró unos diez meses más o menos, y debo admitir que me sentí en la cima del mundo.

Hizo una pausa teatral, dejando que la sonrisa que adornaba su rostro se desvaneciera ligeramente:

—Pero debo admitir que quizás, solo quizás, se me subieron un poco los humos a la cabeza. Empecé a exagerar nuestras hazañas en mis relatos. ¡Sobre todo en esos momentos donde yo os salvé el trasero, por supuesto! —dijo con un toque de autosuficiencia—. Como por ejemplo, aquella vez en la que vi a Hakuryuu llorando y le dije: ‘¡Ánimo amigo, no te vengas abajo, eres un dragón!’

—¡Nunca lloré! —replicó Hakuryuu con fingida indignación.

Ander continuó con humor:

—¡Claro que sí, amigo! O como esa otra ocasión en la que Alistar tenía dudas sobre su fe y le dije: ‘Nooo, Alistar, tu fe es un pilar muy importante’, y recuperó su fe con mis palabras.

Alistar intervino entonces con una sonrisa indulgente:

—Ander, creo que te estás confundiendo con Sharwyn.

La sonrisa del bardo se diluyó rápidamente, dando paso a una expresión más solemne:

—Bueno, ahora que lo dices… ¡Puede que también me inventara algunas historias!

Alistar añadió, buscando recuperar el tono animado:

—Sin embargo, Ander, sí que hay una historia realmente heroica que supongo habrás contado. ¡Aquella en la que nos salvaste de morir frente a aquella serpiente gigante!

El semblante de Ander se tornó algo triste al recordar aquel momento:

—La verdad es que esa historia la he contado muy pocas veces. No fui para nada un héroe; me acurruqué en un rincón, dominado por el miedo al contemplar las fauces de aquel monstruo colosal. Vosotros erais quienes sosteníais ese titánico combate, mientras yo solo podía observar. La verdadera heroína fue Sharwyn, no yo, pues fue su sacrificio lo que nos permitió escapar de aquel enfrentamiento oscuro. Recuerdo, con un nudo en la garganta, cómo ella, guiada por la nobleza de su corazón y empuñando hábilmente sus espadas de luz y sombra, lograba herir al monstruo con golpes certeros.

La bestia se ensañó con ella y, en un segundo en que Sharwyn no pudo verla venir, la serpiente le dio el mortal abrazo. La vi caer, su cuerpo quedó inerte en el campo de batalla. Entonces, solo así pude moverme, empujado por algo más fuerte que el miedo: la esperanza de que mis ojos le hubieran jugado una cruel broma a mi corazón. Corrí hacia ella y, en un momento de inconsciencia, empuñé mi espada y le di el golpe final al monstruo.

Me arrodillé junto a ella y la tomé entre mis brazos; noté todos los huesos quebrados de su cuerpo. Con prisa y la voz quebrada, recité todas las frases y cánticos que podrían haberla curado, pero ya era tarde. Solo pude estar con ella en su último suspiro y, con la boca ensangrentada, esbozó una sonrisa y me miró con una ternura tal que oí dentro de mí su voz diciendo: “No te asustes, pequeñajo; yo te protegeré siempre” y al finalizar está frase el brillo de sus ojos se apagó.

Después de aquello, enmudecí por unos segundos, como preludio al doloroso llanto por la pérdida de una gran amiga. Por eso no puedo evitar sentirme un fracasado, porque no pude salvarla. Cada vez que intentaba cantar su gesta y su noble sacrificio, se me partía la voz. Así que, con el tiempo, dejé esa historia atrás.

Un silencio respetuoso llenó la habitación, dejando espacio para que Ander pudiera expresar el dolor guardado durante tanto tiempo.

—Después de aquello, mi ego se convirtió en mi refugio —prosiguió Ander, visiblemente afectado—. Necesitaba que todos reconocieran mis historias, mis esfuerzos. Y cuando no era así, cuando veía indiferencia en los rostros, sentía una rabia terrible. Un día, cegado por la soberbia y el alcohol, quise impresionar a alguien que no reaccionaba ante mis canciones. Lancé un hechizo sin cuidado y… un niño inocente resultó herido.

Sus ojos reflejaban un arrepentimiento genuino, y su voz tembló ligeramente al continuar:

—Lo curé, lo cuidé. Pero cada vez que me veía después de aquello, veía miedo en sus ojos. Esa herida en mi ojo… no recuerdo cómo ocurrió exactamente, pero se convirtió en un recordatorio constante de mi fracaso, de mis errores. Es también lo que retiene al monstruo que vive dentro de mí, ese monstruo que, cada vez que recuerdo su rostro ebrio de soberbia, me enferma y me aterra. Temo tanto que vuelva a salir y ha hacer daño a los inocentes, y por eso soy incapaz curarla, ya que solo así como me veis ahora soy capaz de verme yo también.

La sala quedó sumida en silencio durante un largo instante, hasta que Orianna intervino suavemente:

—¿Fue entonces cuando perdiste tu ojo?

Ander asintió levemente, incapaz de recordar claramente.

Malizall lo observó con empatía:

—En este viaje, Ander, estoy seguro de que encontrarás la manera de sanar esas heridas internas.

—¡Y vamos a necesitar tus dos ojos! —añadió Orianna intentando aligerar el momento.

Alistar reforzó con solemnidad:

—Todos cometemos errores, amigo. Tu arrepentimiento es sincero. No necesitas una cicatriz para recordarlo.

Entonces Sildar, viendo la vulnerabilidad de Ander, intervino con sabiduría práctica:

—Si tienes miedo de olvidar algo, solo debes hacerle una marca a tu instrumento.

Sin esperar respuesta, tomó suavemente la flauta de Ander y, con una daga, hizo una pequeña muesca en la madera pulida.

—Algunas cosas no se olvidan nunca. Pero si necesitas recordarlas, mira esta marca. —Sildar retiró su escudo y mostró múltiples marcas internas—. Cada una representa algo que no debo olvidar. Jamás.

Ander tomó la flauta con reverencia, mirando la nueva marca con profundo respeto.

—Gracias, Sildar.

Sin más, Sildar posó sus manos sobre el rostro del bardo, emitiendo un suave resplandor curativo que inundó el ojo herido de Ander. La magia fluyó cálidamente, disipando tanto el daño físico como un poco del peso emocional que Ander cargaba.

El bardo, por primera vez en mucho tiempo, sintió la claridad volver a su mirada, y algo en su interior comenzó lentamente a sanar.

Memorias de un Guerrero

Inspirado por la valentía de Ander al compartir su historia, Hakuryuu tomó un respiro profundo y, con una voz que reflejaba un extraño equilibrio entre orgullo y melancolía, comenzó a hablar:

—Yo también os contaré una historia…de unos niños cuyos nombres se han desvanecido en mi memoria—

Todas las miradas se dirigieron expectantes hacia él mientras el dragón plateado elegía cuidadosamente sus palabras.

—Estos años han sido muy tranquilos para mí. Tengo de todo, no me falta nada —afirmó con un leve orgullo.

Orianna intervino brevemente, con una mirada comprensiva:

—Es lo que siempre has querido.

Hakuryuu asintió ligeramente, continuando su relato:

La mañana era fría, pero la escarcha comenzaba a derretirse sobre las hojas plateadas del jardín. Estaba agitado por los ejercicios matutinos, caminaba entre los cerezos grises de mi jardín privado. Aunque mi cuerpo se había fortalecido, mi espíritu seguía erosionado.

-“Sin Myrrym… sigo incompleto, pensaba”-.

De pronto, un alboroto quebró la tranquilidad del momento.

—“¡Te he dicho que no puedes pasar, niño! ¡Aléjate de los terrenos de mi señor!”

Me detuve y caminé con paso firme hacia la entrada principal de mi mansión.

Allí, un guardia forcejeaba con un niño de no más de ocho años. El pequeño estaba sucio, jadeando, con el rostro arañado por ramas y zarzas. A pesar de su tamaño, se plantaba con fuerza, aferrándose con determinación al umbral como si su vida dependiera de ello.

—“¿Qué sucede?” —pregunté con tono seco.

El guardia se cuadró y se dirigió a mí. —“Dice que busca a mi señor, pero no quiere dar su nombre ni el motivo.”

Hakuryuu hizo una pausa, reviviendo aquel momento con nitidez:

—Yo soy Hakuryuu. ¿Qué quieres, niño?

El pequeño se irguió como pudo, tragando saliva. Sus ojos me escudriñaban con una mezcla de temor y esperanza. Su cabello, largo y plateado, caía en mechones desordenados sobre su frente, dándole un aire fantasmal bajo la luz del sol matutino. Sus ojos, grandes plateados y brillantes, mostraban más miedo por lo que dejaba atrás que por mi imponente figura.

—“Dicen que usted es un héroe… Que salvó ciudades… Que luchó contra la muerte misma…”

Hakuryuu entrecerró los ojos.

—“No es a mí a quien buscas, estoy ocupado. Retírate”.

Me giré para marcharme, pero entonces el niño tembló y bajó la mirada. Por un instante parecía rendirse, pero entonces él imploró con voz rota:

—“Es mi hermano gemelo… cayó a un acantilado . Estábamos jugando… Nos alejamos demasiado de nuestros padres y fue culpa mía. Escuchamos un rugido. Hay algo abajo. Algo que se mueve…Escuché hablar de usted y vine a pedir ayuda”.

El mundo pareció detenerse para Hakuryuu y como el aire pareció hacerse más frío.

—“¿Tu hermano? —Hakuryuu se giró lentamente hacia el niño. Su voz sonó grave, más baja de lo habitual, como si luchara contra un recuerdo”.

En el salón principal, mientras escuchaban la historia, Oriana ladeó la cabeza. No era solo lo que decía Hakuryuu… era cómo lo decía. La palabra “hermano” le había atravesado el pecho como una flecha. Atrapada por la narración, preguntó con urgencia:

—¿Hakuryuu, lo savaste?

Hakuryuu alzó la mirada, y por un instante, el fuego que le quedaba brilló en sus ojos helados y asintió lentamente:

Bajé mi mirada y vi al niño. Pequeño, sucio, jadeante. Con los ojos llenos de desesperación…

Me giré hacia el guardia y le dije:

—“Tráeme a Drogon. Ahora!

Él me respondió titubeante:

-¿Su semental, mi señor?”—“¡Mi señor, no vale la pena!” —gruñó el guardia, sujetando al niño por el brazo—.

-“Solo es un crío sucio inventando historias. No pierda su tiempo con él”

Volví mi rostro con furia hacia ese guardia descarado:

—“Prepara a Drogon. Ahora!.”

—“Entendido, mi señor. ¡Ahora mismo!”—dijo el guardia resignado pero dispuesto a obedecer.

La tarde había comenzado a cubrirse de nubes cuando cabalgaba a toda velocidad, con el niño aferrado a mi cintura y con Drogon cortando el viento. El paisaje se tornaba rocoso, el sendero estrecho, y el rugido de una bestia en la lejanía comenzaba a crecer.

—“¿Dónde cayó tu hermano?” —pregunté al niño.

—“¡Allí! “—el niño señaló con el dedo tembloroso hacia una formación rocosa al borde de un precipicio. Unas zarzas y piedras marcaban un sendero roto que descendía hacia el acantilado. Y entre las rocas… un pequeño cuerpo se movía, colgado entre raíces y grietas, luchando por no caer.

Entonces, una sombra cruzó el cielo.

Frené a Drogon y descendí de un salto. Ordené al niño que se quedara tras una piedra. Entonces la ví: una criatura parecida a un lobo, enorme, de pelaje negro azabache y ojos como brasas, olfateando la zona, cada vez más cerca del niño herido.

Descendió por la ladera con velocidad sorprendente. El terreno temblaba bajo las pisadas de esa bestia.

Mientras luchaba, sentí renacer en mí una pasión dormida por las batallas, rememorando nuestros días de gloria juntos. El combate fue duro, pero la vencí

El combate fue brutal. sentí renacer en mí una pasión dormida por las batallas, rememorando nuestros días de gloria juntos. El combate fue duro, pero la vencí. Hundí mi espada entre las costillas de la bestia justo cuando esta se disponía a atacar al gemelo caído—dijo con satisfacción contenida—

La bestia soltó un chillido y se desplomó.

Me acerqué al niño herido. Tenía rasguños, estaba aturdido, pero vivo.

—Ya estás a salvo… —le dije, aunque por alguna razón, con una voz más suave de lo que hubiera imaginado.

La bestia yacía muerta. El silencio volvió a apoderarse del acantilado, roto solo por el jadeo de los tres: el niño herido, el que lo había buscado… y yo, con la espada aún ensangrentada en mano, arrodillado en la tierra.

Cuando me acerqué al niño que había estado colgado, percibí algo más. Una firmeza inesperada, una determinación pura que no se enseñaba, que nacía. Su cabello plateado caía sobre su frente de forma desordenada, agitándose con el viento, y sus ojos plateados, intensos, parecían fijas en un único propósito: proteger.

Le pregunté si estaba bien, y él respondió con calma sorprendente: “Sabía que mi hermano volvería por mí”.

Su rostro reflejó brevemente una sombra de tristeza antes de continuar:

—Gracias por no dejarnos solos, señor Hakuryuu —dijo el pequeño, con los ojos brillantes de gratitud.

Miré a los dos hermanos. Uno abrazaba al otro, temblando de alivio. Vivos. Juntos. Casi imposibles de distinguir: el mismo cabello plateado agitándose al viento, los mismos ojos grandes y brillantes como espejos enfrentados, la misma fragilidad vestida de coraje. Como dos gotas de agua reflejando un mismo sol… o una misma herida.

El más serio —o simplemente el más maduro— sostenía con firmeza a su hermano, su rostro aún pálido pero sereno, con una calma nacida del deber, no de la ausencia de miedo; el otro, más pequeño en espíritu aunque no en estatura, sollozaba aún, aferrado a su gemelo como si el mundo entero pudiera derrumbarse si lo soltaba.

Y sin embargo, había sido él —el más asustado, el más frágil— quien había atravesado el bosque, enfrentado a los guardias y llamado a mis puertas para salvar a su hermano.

Porque el miedo no lo detuvo. Lo empujó.

—Al verlos reunidos, pregunté por qué se habían aventurado allí. Me explicaron que querían emular nuestras leyendas, nuestras aventuras. “No se enfade con nosotros, señor Hakuryuu”, me dijeron.

—Usted es un verdadero héroe. Yo… bueno, todos hemos oído historias sobre usted y sus compañeros —sonrió tímidamente el niño rescatado—. Mi hermano menor y yo jugamos a ser guerreros todo el tiempo. Y siempre peleamos por quién sería usted.

—¿Y quién ganaba? — pregunté al pequeño con curiosidad

—Yo, casi siempre… porque soy el mayor —dijo con orgullo infantil. Luego se puso serio otra vez—. Pero hoy… hoy lo vi en persona luchar y fue mejor que cualquier historia.

Hizo una pausa. Luego lo dijo con claridad, con respeto y fuego en la mirada: —Cuando crezca, quiero ser como usted. Fuerte, valiente… pero también alguien que escuche, que se detiene a ayudar. Que no ignora a los que nadie ve. Lo miré en silencio. Por un instante, ese brillo en los ojos del hermano mayor fueron un reflejo perfecto del yo que ya no existía… o del que aún vivía oculto dentro de mí:

—Tienes buen corazón, niño — No lo pierdas. Te hará mejor guerrero que cualquier espada.

—Si siguen entrenando… un día serán tan buenos guerreros como lo fuimos yo y mi her…

—¿Su… qué? —preguntaron los niños, frunciendo el ceño-

—Nada… sólo un pensamiento antiguo —dije sin más.

Los llevé a mi mansión, ordené que los bañaran y vistieran con prendas que llevaban el emblema del dragón plateado. Entrené brevemente con ellos hasta que llegaron sus preocupados padres para recogerlos.

Al terminar su historia, Hakuryuu pensó en algo para sí mismo en ese momento, en unos ojos iguales a los del hermano mayor y en una voz que ya no escucharía más. Su rostro de afligió.

Orianna comentó reflexivamente:

—Hakuryuu, siempre cuentas algo de tu presente, nunca algo directamente de tu pasado.

Fue entonces cuando Ander, sentado con una pierna cruzada sobre el respaldo del sofá, se inclinó hacia adelante, con el ceño ligeramente fruncido y falta de tacto:

—Hakuryuu, ¿y tu familia? ¿Están todos muertos o qué? ¿También eran guerreros como tú? —

El comentario cayó como una piedra en el agua. Oriana le dio un codazo seco en las costillas a Ander, pero Hakuryuu respondió con serenidad inesperada como si esa pregunta abriera una puerta que llevaba mucho tiempo cerrada:

—Provengo de una familia importante. Mi padre aún vive; hace mucho que no nos vemos, pero intercambiamos cartas de vez en cuando. Es un guerrero estricto, dirige un clan. Mi apellido es Arashi.

Ander, incapaz de contenerse, fantaseó cómicamente:

—¡Imagínate a Hakuryuu y a su padre ahí, pa-pa-pa con las espadas!

Hakuryuu continuó sin perder la compostura:

—Mi padre siempre ha sido muy estricto, muy exigente. Puede que alguna vez me hayáis visto vulnerable, pero eso no volverá a suceder. Os respeto a todos, incluso si no sois guerreros tan hábiles como yo —concluyó con una sonrisa provocadora, aunque genuinamente agradecida—. Gracias por todo.

El grupo decidió entonces descansar hasta la tarde del día siguiente, dejando que las palabras de Hakuryuu flotaran pensativas en el aire, fortaleciendo los lazos entre ellos.

Viaje hacia la Luna y el Bosque

La tarde caía sobre Waterdeep como un sudario tejido con ceniza y agua. Pesadas nubes, cargadas de lluvia, filtraban una luz mortecina que teñía las calles y tejados de tonos grises y apagados. En las plazas, la presencia de la Mano de Hierro imponía una severidad opresiva; triángulos rojos pintados sobre templos y puertas parecían sangrar lentamente bajo el efecto de la lluvia constante. Frente al templo de Tymora, la hoguera aún ardía tenazmente, devorando símbolos sagrados entre las cenizas húmedas, mientras fieles temerosos murmuraban oraciones clandestinas.

En la mansión, antes de partir, Ander se agachó junto a Loti, acariciándola suavemente.

—Loti, debo irme a un lugar peligroso. Cuida bien de la mansión… y de Varuum también.

Loti ladró alegremente, como asegurándole que cumpliría su encargo. Varuum, visiblemente incómodo por haber sido sorprendido momentos antes hablándole cariñosamente a Loti con una voz que nadie imaginaría en él, recuperó rápidamente su semblante habitual.

El grupo salió de la mansión, abastecido de monturas desde los establos privados de Hakuryuu, mientras Alistar invocaba solemnemente su montura celestial. Orianna optó por tomar la forma de una majestuosa águila y planear sobre el grupo, vigilando atentamente desde lo alto.

Antes de abandonar Sea Ward, Orianna pidió al grupo hacer una parada en el templo de Selûne. El santuario brillaba con una luz propia, reflejando la tenue y reconfortante claridad lunar que lo envolvía, indiferente a la hora del día que reinaba afuera. Orianna se adentró sola mientras sus compañeros aguardaban respetuosamente en la entrada.

El templo respiraba una atmósfera mágica, impregnado del suave aroma del jazmín y del murmurar sereno del agua en la fuente central. Una sacerdotisa, vestida con vaporosos ropajes sedosos y un velo translúcido, realizaba una danza armoniosa alrededor de un círculo de pétalos blancos, sus movimientos delicados realzados por cintas plateadas y azules entrelazadas en su cabello.

Orianna extrajo cuidadosamente de su cuello una pieza de corteza grabada con el símbolo lunar, colocándolo bajo un haz de luz plateada que penetraba por la cúpula cristalina. El símbolo brilló tenuemente en azul celeste, y Orianna cerró los ojos brevemente, recordando las noches pasadas bajo la luna, sus transformaciones y la presencia constante de Elyz.

—Selûne —susurró con voz firme y reverencial—, te ruego que me ayudes a recuperar a Elyz y que mi conexión arcana resista frente a las fuerzas que buscan separarnos.

La sacerdotisa, percibiendo el momento solemne, giró hacia Orianna con gracia y, lanzando suavemente pétalos al aire con un pequeño y grácil salto, pronunció:

—Que la luna refleje tu destino, y la noche guíe tu alma.

Orianna hizo una reverencia respetuosa antes de reunirse con sus compañeros, y juntos emprendieron el camino hacia el bosque.

El viaje inicial fue sencillo, avanzando por rutas frecuentemente transitadas. Poco a poco, guiados por Orianna, tomaron desvíos menos visibles, internándose en caminos solitarios marcados por carteles de advertencia hacia los aldeanos, instalados por los habitantes de una cercana aldea a quienes Orianna había hecho algunas “trastadas” en el pasado.

—Tranquilos —explicó Orianna—, conozco el camino y cómo evitar todas las trampas que puse para los inoportunos.

Malizall, atento a cualquier peligro que pudiera acechar, extendió sus manos e invocó un hechizo de protección sobre Vengy, Hakuryuu y Ander, fortaleciendo sus energías vitales.

Antes de llegar al árbol sagrado y la inquietante grieta, Orianna condujo al grupo hacia una madriguera cercana. Allí, en un escondrijo cuidadosamente camuflado, recuperó su kit de herboristería, manuales de venenos y, con profunda emoción, unos brazaletes forjados con las escamas de Elyz, regalo de tiempos más felices.

—Nunca quise llevarlos —explicó Orianna a Ander, con una voz teñida de tristeza—. Creí que siempre estaríamos juntas, que no necesitaría este tipo de protección. Ahora siento que debería haberlos valorado más.

Ander asintió con comprensión, observando con delicadeza cómo Orianna ocultaba los brazaletes bajo su ropa. Luego, rebuscando entre sus cosas, Orianna encontró tres pociones de curación mayor que guardó cuidadosamente en su riñonera junto a una capa con capucha.

Preparados para enfrentar lo desconocido, continuaron hacia el árbol sagrado. Justo cuando estaban cerca, Alistar activó sus sentidos divinos y percibió inmediatamente una presencia maléfica.

—¡Detrás nuestro! —alertó, girándose rápidamente.

La Ira del Bosque

A lo lejos distinguieron dos figuras grotescas de apariencia humanoide, con cuerpos deformes, obesos y cubiertos apenas por harapos tribales que dejaban ver su piel de un enfermizo color violeta pálido. Sus rostros reflejaban una crueldad primitiva mientras devoraban brutalmente los restos de un ciervo destripado. Su hedor era nauseabundo, impregnando el aire con un aura pestilente.

Sin titubeos, Alistar alzó su mano invocando una llama sagrada que golpeó violentamente a una de las criaturas. Los demonios reaccionaron con rugidos furiosos, lanzándose en una torpe pero veloz embestida hacia el paladín, empuñando grandes garrotes rematados con cuchillas rudimentarias.

Orianna, enfurecida por la profanación del bosque, alzó la mirada hacia el cielo ya cargado de nubes. Su voz, potenciada mágicamente por taumaturgia, resonó como el trueno:

—¡Acererak! ¡Mataremos a todas las criaturas que lances contra nosotros! ¡No profanes más mi bosque!

En respuesta, los cielos rugieron en cólera. Relámpagos brillantes cayeron directamente sobre las criaturas, deteniendo la carrera de una que se estrelló violentamente contra un árbol.

Malizall extendió sus manos, proyectando un caos estático que asaltó directamente la mente de las bestias, confundiéndolas y causando un dolor interno insoportable.

Ander, con su acostumbrado sarcasmo, dirigió palabras cargadas de magia burlona hacia uno de los demonios, dañando su ya frágil estabilidad mental.

Aprovechando la circunstancia, Alistar avanzó con determinación para interceptar al demonio más próximo. El impacto fue feroz, pero la firmeza del paladín prevaleció. Su espada se encendió en un destello cegador al activar un Castigo Divino, provocando una herida profunda en su adversario. La criatura, desorientada y desprovista de equilibrio, se desplomó pesadamente frente a Hakuryuu.

El dragón plateado, con una sonrisa salvaje, sentenció:

—Así te quería pillar.

Golpeó ferozmente con su espada, el demonio desesperado se puso a cuatro patas y se lanzo con fuerza hacia el. Hakuryuu con un movimiento suave lo esquivó y el demonio paso de largo sin llegar a impactar y trastabillando nuevamente cayo frente a Vengy. En ese instante Vengy descargo toda su fuerza en un poderoso golpe con la espada dejando a la criatura agonizante en el suelo.

Con feroz agilidad descargó un golpe certero con su espada. Desesperado, el demonio se puso en cuatro patas y se lanzó hacia él con furia salvaje, pero Hakuryuu, en un movimiento grácil y calculado, lo esquivó suavemente, dejando que la criatura siguiera su inercia hasta caer, nuevamente trastabillando, frente a Vengy.

Aprovechando la ventaja, Vengy canalizó toda su fuerza en un devastador golpe con su espada, dejando a la criatura en el suelo, retorciéndose en agonía.

Pero en un último acto desesperado, el demonio comenzó a convulsionarse, canalizando energías oscuras y profiriendo palabras en el ominoso idioma abisal. Vengy, que ya había presenciado esa escena durante los sucesos en el mercado de Waterdeep, gritó con urgencia:

—¡Cuidado, va a inmolarse!

Alistar, alejado de la escena inmediata, alzó su escudo instintivamente, mientras Hakuryuu y Vengy trataban de recomponer rápidamente su guardia. Sin embargo, el tiempo apremiaba; en un abrir y cerrar de ojos, el demonio estuvo a punto de completar su fatal explosión.

Pero antes de que el desastre aconteciera, una espada radiante surgió desde atrás y atravesó limpiamente a la criatura, frustrando su funesta intención.

—¡La próxima vez que montéis una fiesta, no os olvidéis de invitarme! —gritó Sildar, apareciendo justo a tiempo con su arma aún resplandeciente.

El grupo, fortalecido por la llegada de Sildar, dirigió su atención hacia el segundo demonio. Este, recuperado, arremetió con furia contra Alistar, pero antes de alcanzarlo fue interceptado por Hakuryuu, cuyas alas desplegadas le permitieron una maniobra ágil y veloz.

Alistar y Vengy se unieron rápidamente a Hakuryuu, formando un frente unido contra el monstruo, mientras Malizall continuaba lanzando poderosos Eldritch Blast, Orianna convocaba rayos desde los cielos y Ander asaltaba la mente del demonio con insultos cargados de magia corrosiva.

En un desesperado intento final, el demonio adoptó la pose de sacrificio, y esta vez, pese a todos sus esfuerzos, los héroes no lograron evitar la devastadora explosión. La energía oscura estalló violentamente, dañando significativamente al grupo.

Sombras del Bosque

Sin apenas tiempo para recuperar el aliento tras la última batalla, Orianna sintió de repente la presencia de otra criatura. Era diferente a los seres grotescos que acababan de derrotar; esta figura se movía con una agilidad etérea y siniestra, apenas perceptible.

De pronto, su silueta cobró nitidez frente a ellos.

Ante el grupo apareció una visión sacada de una pesadilla:

Su cuerpo, delgado y retorcido, parecía formado de ramas secas y raíces marchitas. Un manto harapiento, de tela oscura mezclada con restos de musgo muerto, envolvía su figura con macabra elegancia. Su piel, cenicienta y atravesada por venas azuladas, parecía absorber la poca luz del ambiente. De su cuello pendían amuletos macabros, elaborados con huesos y dientes de criaturas desconocidas. Un rostro espectral, parcialmente oculto por cabello gris que flotaba como algas en agua estancada, mostraba una sonrisa siniestra y burlona, mientras dos ojos desiguales brillaban con malicia sobrenatural.

En cuanto la bruja se materializó completamente, extendió sus largos dedos rematados en uñas negras y curvadas, liberando un rayo oscuro dirigido hacia Hakuryuu, quien logró esquivarlo por poco. Inmediatamente después, su cuerpo se desvaneció en sombras etéreas, evadiendo hábilmente los ataques del grupo.

—¡Ya nos enfrentamos a algo parecido en la tumba! ¡Es una bruja! —exclamó Alistar alarmado.

—¡Sí, y se está desplazando entre planos! —añadió Malizall—. Debemos anclarla en este plano para dañarla.

La bruja volvió a aparecer, atacando esta vez a Alistar, quien bloqueó con éxito el ataque. Orianna, anticipándose a su aparición, invocó un poderoso rayo que golpeó parcialmente a la criatura antes de que volviera a esfumarse.

Mientras tanto, Vengy observaba atentamente sus movimientos, notando algo crucial:

—¡Está usando una piedra de cambio de planos! ¡Una piedra del éter! —gritó con urgencia.

La bruja retrocedió, preparándose para conjurar un hechizo de largo alcance desde una posición segura. El grupo se preparaba para lidiar con el conjuro de la bruja. Alistar activó sus sentidos divinos y logró detectar una nueva presencia justo detrás del grupo, pero no tuvo tiempo suficiente para intervenir. En ese instante de duda y confusión, Malizall percibió un zumbido mortal justo a su espalda. Era demasiado tarde para reaccionar, y un relámpago oscuro surcó velozmente hacia él. Alistar no puedo hacer mas que verlo con impotencia desde la distancia y Malizall a apenas tubo tiempo de girar medio cuerpo. El rayo de energía oscura era certero, pero justo antes de que el ataque impactara en Malizall, Sildar se interpuso. El rayo lo golpeó con fuerza brutal en la espalda, expulsando una onda que parecio atravesarle el curpo y salir el el pecho, golpeando también a Malizall y tirándolos al suelo. (añade aqui el gesto de sildar despues del impacto)

—¡Sildar! —gritó Malizall, horrorizado.

Otra bruja, oculta hasta entonces, era la autora del ataque. Mientras el grupo se daba cuenta de su presencia, Vengy interrumpía con un contrahechizo la conjuración de la primera bruja, y Orianna descargaba sobre ella otra andanada de rayos letales.

Hakuryuu reaccionó rápidamente, lanzándose contra la segunda bruja y asestándole un golpe certero con su espada. En un desesperado intento por huir, la bruja tocó su piedra, iniciando el paso al plano etéreo. Pero Alistar, con una voz cargada de poder arcano, le ordenó:

—¡Suelta la piedra!

La orden fue irresistible. La bruja dejó caer el objeto, interrumpiendo su escape, y Vengy la remató con un devastador ataque cargado de luz radiante.

La primera bruja, acorralada y dañada por los ataques combinados del grupo, intentó una última vez cambiar de plano, pero Ander interrumpió su concentración con un insulto mágico que le causó un agudo dolor psíquico. Orianna aprovechó el momento y, convocando un poderoso relámpago, terminó por eliminarla.

Al disiparse el combate, el grupo se precipitó hacia Sildar, quien intentaba incorporarse penosamente. Vengy aplicó rápidamente su magia curativa, pero aunque esto alivió parte de su dolor, la respiración de Sildar seguía siendo dificultosa. Al mirar sus manos, todos se congelaron al ver un triángulo oscuro marcado en la palma.

—¡Sildar, tu mano! —exclamó Alistar con alarma.

Sildar, al contemplar el símbolo, entró momentáneamente en trance. Cuando volvió en sí, miró aterrorizado a Malizall:

—¡No era a mí a quien buscaba! Esto no iba dirigido a mí, sino a ti, Malizall.

—¿Por qué lo has hecho, Sildar? ¡Yo debería protegerte a ti, no al revés! —exclamó Malizall, al borde de un ataque de ansiedad.

Sildar, con dificultad, respondió:

—Tenía que hacerlo. Vi cómo te atacaba… No podía permitirlo.

Malizall, abrumado por la culpa, volcó toda su energía mágica en intentar sanar a su amigo, sabiendo en el fondo que no bastaría.

—¿Qué has visto, Sildar? —preguntó desesperado.

El rostro de Sildar reflejaba un profundo horror mientras susurraba:

—Algo terrible… Almas atrapadas nuevamente…

—¡No! —jadeó Malizall.

—¡No puede ser! —replicó Alistar con profunda preocupación—. ¿Otra vez?

Sildar, con la mirada perdida y la voz casi extinta, logró murmurar:

—Sobre Waterdeep…

En ese instante, perdió nuevamente la consciencia, dejando al grupo sumido en una profunda desesperación.

La escena se elevó lentamente desde el grupo abatido hacia el cielo oscuro, mostrando la siniestra grieta abisal que atravesaba el bosque como una cicatriz maldita. La visión continuó alejándose, acercándose ominosamente hacia la cercana Waterdeep, envuelta en sombras y presagios de inminentes tragedias.

La vista avanzó hacia las afueras de Waterdeep, a un cementerio envuelto en niebla y lluvia intensa. Guardias de la Mano de Hierro custodiaban la entrada, con miradas frías e impasibles. Dentro, cientos de seguidores de la nueva fe observaban en inquietante silencio un lúgubre ritual presidido por el Apóstol Hederic Alorn.

Una oscuridad palpable cubría el lugar como un velo maligno, bloqueando cualquier luz divina que pudiera penetrar en aquel santuario de muerte. Diez cuerpos yacían preparados para el entierro, víctimas recientes de ataques y otras desgracias desconocidas.

Hederic Alorn elevó un candelabro oscuro que exudaba una energía siniestra, atrayendo y atrapando las almas de los muertos, arrebatándolas con violencia desde sus cuerpos y lanzándolas al cielo tormentoso. Su voz resonó profunda, triunfal y escalofriante:

—¡Estas almas han sido liberadas! Ahora yacen junto al verdadero dios todopoderoso.


Sesión 7

Umbral de la Séptima Noche

El mundo parecía haberse inclinado hacia lo siniestro. Sobre el bosque, la lluvia hilvanaba sombras: ramas empapadas, frondas abatidas, un rumor de agua arrastrándose por la maleza como si la misma noche respirase.

La lluvia caía con un ritmo pausado, paciente; cada gota descendía entre frondas y nudosos ramajes, hasta reventar en charcos terrosos donde el sotobosque se convertía en barro oscuro. El aire, cargado de humedad y a tierra mojada, susurraba en la piel. No había trino ni zumbido: el bosque, mudo, parecía guardar luto.

En una hondonada cercada por helechos vencidos y ramas abatidas, yacía Sildar. Su rostro, desencajado por la visión, conservaba la boca curvada y el ceño fruncido; estaba inconsciente. Alrededor, el rastro reciente del combate: cadáveres de brujas y bestias abisales, charcos de sangre enrojecida que la lluvia diluía en arabescos ferruginosos. Las piedras de paso etéreo, antes encendidas en las manos de aquellas hechiceras, yacían ahora opacas, sin pulso ni fulgor. Desde el sur empujaba un vientre de nubes densísimas, presagio de tormenta: una sombra gigantesca ensayando su caída sobre Waterdeep.

El grupo se reunió en torno a Sildar con inquietud contenida. Alistar —la cota pesada oscurecida por la lluvia, los ojos firmes— comprobó su pulso y el compás de la respiración. Concluyó que, aunque desvanecido, estaba fuera de peligro. Acarició el hombro de Malizall con una mano enguantada y habló con voz baja, de temple acerado:

—Calma, Malizall, es lo mismo que les ha pasado a Orianna y Hakuryuu; estará bien.

—Pero era yo el que tenía que recibir esto, ¡no… no Sildar! —respondió Malizall, con la angustia hecha bruma en la garganta.

—Ya lo conoces —replicó Alistar con firmeza—. Si tuviera la oportunidad de protegerte, no la iba a dejar pasar.

Dentro de Malizall, una voz fina y despiadada arañó: Tendrías que haber sido más rápido; más atento. El amuleto rosado de Relion reposaba tibio sobre su pecho, irradiando un consuelo tenue que apenas mitigaba el peso de la culpa; quizá, pensó, aquello era un umbral: otro tramo de camino en el que tendría que aprender a respirar con heridas que no cerraban del todo.

—Hakuryuu —ordenó Alistar, girándose hacia el dracónido—, ayúdame a incorporarlo. Lo ataremos al arzón de mi montura para movernos con seguridad.

Hakuryuu asintió en silencio. Sus manos escamadas, firmes pese al temblor contenido, alzaron con Alistar el cuerpo de Sildar. El metal, el cuero y el jadeo leve del herido compusieron un acorde breve bajo la lluvia. Con gesto experto, aseguraron correas y mantas.

Alistar cerró los ojos un instante, abriendo su percepción a lo invisible. Su sentido divino palpó la espesura, tanteando la grieta entre lo sagrado y lo profano. Nada acudió: ni zarpazo de mal ni latido impío.

—No percibo más corrupciones —anunció—. El bosque está quieto… por ahora.

Orianna, con el cabello pegado a la frente y los ojos encendidos de una cólera silenciosa, miró hacia el sur, donde el cielo se ennegrecía como una amenaza antigua. Vengy apretó el medallón del sol naciente, cuya luz, en lugar de estallar, titubeó en un ámbar enfermo antes de apagarse de nuevo. Ander, serio por una vez, custodió el flanco con la mano en la empuñadura, atento al crujido más leve entre la maleza.

Sobre ellos, la lluvia redobló su andadura. Y sin embargo, bajo aquel aguacero, en medio del bosque ensordecido, se encendió la decisión que a veces nace tras la fatiga: seguir adelante, atando al compañero caído, con la ciudad en el horizonte y una tormenta —de agua y de hierro— aguardando su hora.

Aliento violeta

La grieta por la que Orianna había cruzado antaño aún supuraba humo: una herida abierta e infecta. El vaho denso se arrastraba a ras de suelo, espesándose en torno al tajo como si se aferrara a la tierra. A cada paso, el aire se volvía más frío, cerrado, con un olor antiguo de cripta abierta. Un eco sordo —crujidos, chasquidos, la promesa remota de una tormenta— emergía desde la profundidad.

Alistar se quedó atrás, velando a Sildar; el resto avanzó. Hakuryuu, Orianna, Vengy y Malizall se internaron en el perímetro de la grieta, y antes de franquear el humo, Orianna alzó la voz:

—Este miasma hirió a Elyz. Respirad poco y movedos deprisa.

La luz, filtrada por gases violáceos, viraba a un violeta malsano. Malizall, atento al rumor de las profundidades, negó con la cabeza.

—No es máquina ni fragua —murmuró—. No hay ritmo; es algo vivo.

Los brazaletes de escamas —la gema musgosa que los recorría, sintonizada al bosque— vibraron contra la piel de Orianna, como si el lugar los reconociera y rechazara a la vez. Un hormigueo le subió por el antebrazo con el perfume agrio del peligro.

—¿El sonido aumenta? —preguntó Ander, ladeando la cabeza.

Se detuvieron. El ronco crujir no crecía; se mantenía, obstinado, como una marea al otro lado del mundo.

De súbito, Vengy se volvió hacia Orianna:

—¿Tienes marfil?

—¿Marfil? —replicó ella, casi ofendida.

—Para el ritual Saber legendario. Si supiéramos qué sangra al otro lado…

No tenían marfil. Quedó el silencio, y la decisión de acercarse más.

El árbol partido seguía colgado del borde, sangrando savia oscura, luchando por no ceder al abismo. Parecía una mano aferrada al precipicio. Orianna tomó la cabeza, Malizall la sombra; Vengy y Hakuryuu flanquearon. El consejo fue claro:

—Evitad inhalar; recordadlo: esto es literalmente un portal al Abismo.

Juntos bajaron hasta las raíces expuestas. La herida abierta supuraba un olor a corrupción, la inversión exacta de lo que aquel lugar había sido. Ander rompió el mutismo:

—Dime una cosa, Orianna: ¿hemos de salvar el árbol, impedir que caiga… o solo mirar?

—Hasta que la grieta no se cierre, el árbol seguirá enfermo —respondió ella, con voz acerada—. Creo que es lo único que la sujeta, lo que impide que crezca.

—Entonces no deberíamos moverlo.

—No. El árbol aún protege este bosque. Si la grieta no es mayor, es por su resistencia.

Orianna alargó la mano hacia el tronco. Antes de tocarlo, algo verde relampagueó entre la corteza desgarrada: una escama, inconfundible, de Elyz. La recogió con dedos firmes; el pulso le vibró en la muñeca. Rabia, impotencia, cansancio se alzaron como un oleaje… y pasó a través de ellos. Guardó la escama en su bolsa.

Entonces la visión la asaltó: garras verdes arañando el suelo, buscando asidero; la tierra levantada en surcos; el arrastre invisible en dirección al árbol, como si una fuerza silenciosa reclamase a Elyz hacia la grieta.

—¡Elyz! —se le escapó, apenas un hilo de voz.

Hakuryuu dio un paso, espada baja; Vengy apretó el símbolo del alba hasta que el metal le dolió en la palma; Malizall, con los ojos clavados en el tajo, sostuvo la mirada a lo desconocido.

La crisálida en la corteza

Orianna vaciló un instante ante el tronco herido. La corteza, abierta como una boca sin voz, despedía un hálito frío de humedad antigua. Cuando por fin posó la palma sobre la madera, la asaltó un torrente de punzadas, no dolor exactamente, sino una miríada de agujas de memoria: un latido moribundo, persistente, como el pulso debilitado de un corazón que aún se niega a rendirse. El árbol estaba enfermo, sí, pero vivo; su savia —espesa, fatigada— empujaba todavía en los túneles íntimos de la madera.

Entonces llegó el grito. No brotó del bosque, sino del interior de su cráneo: un último alarido, nítido y quebrado, con el timbre inconfundible de Elyz. Junto a la voz, un rastro de aroma: la pureza fresca tras una lluvia breve sobre hojas jóvenes, una fragancia que no podía pertenecer a otra. Elyz había estado allí… y luego, sencillamente, ya no.

De la herida del tronco brotaba una rama mínima, tímida al principio, como un pronóstico de esperanza. Orianna la creyó sana, casi radiante; pero al alzarla a la luz vio, en la punta, una crisálida. La encerraba una escama de Elyz, engastada en fibras vegetales, y en torno a esa tesela de su compañera reptaba una corrupción púrpura, lenta y metódica, como tinta derramada en agua.

Vara de la Crisálida Abisal

El árbol, o aquello que aún quedaba de su voluntad, suplicó sin palabras. «Llévatela». Orianna obedeció. Arrancó el brote con un chasquido húmedo y se detuvo a contemplarlo.

La vara cabía entera en el antebrazo —no más de treinta centímetros—, pero pesaba como un juramento. Su madera era de un negro terroso con vetas que, bajo la penumbra, destellaban verdes y violetas, como si una bioluminiscencia tímida las recorriera. La superficie no era lisa: presentaba espirales y surcos que evocaban runas druidas, hojas que nacen y se marchitan, ciclos grabados por alguna mano vegetal. En la base, la raíz desgarrada conservaba motas de savia solidificada; hebras translúcidas de resina colgaban y palidecían al contacto con el aire. El remate superior —la crisálida abrazando la escama— parecía sostenido por la corteza más que incrustado en ella, como si el propio árbol hubiese intentado asimilar el fragmento de Elyz sin conseguirlo del todo.

Al tomarla, Orianna percibió un calor vivo. La vara palpitó, un compás sutil que se acompasó con su corazón, y la humedad pegajosa de la savia dejó en sus dedos un hormigueo insistente. Fue entonces cuando la oleada la alcanzó: una energía densa, sombría, que trepó desde la yema de sus dedos hasta el codo y se clavó, viboreante, en la cicatriz de su mano. La marca comenzó a tiritar, a vibrar con una ansiedad casi dolorosa. Y, simultánea, llegó la otra corriente: una claridad limpia, protectora, un resplandor que no iluminaba los ojos pero despejaba la respiración, como si Elyz —no su recuerdo, sino su presencia— la rodeara por un instante.

Un sonido subió desde lo más hondo de sí misma, una nota que era voz y campana apagada a la vez: «Orianna… Huye… N… No vengas a por mí». El aire se le atascó en la garganta. Respondió en un susurro que apenas se atrevió a existir: —Ya sabes que… o juntas o… —y la frase quedó trunca, desgastada por todo lo que no podía decir.

Siguió un intervalo sin tiempo. En él, la mente de Orianna viajó hacia la figura que encarnaba su odio. Vio a Acererak envuelto en llamas —no las del mundo, sino las suyas—, su osamenta crepitando bajo un fuego más puro que el de las forjas. Lo vio caer, una y otra vez, y su puño, convertido en maza de ira, golpeó con disciplina obstinada, sin prisa y sin piedad, hasta romper la corona hueca que respaldaba aquella risa. Era una visión descarnada y, sin embargo, no promesa sino desahogo: un lugar donde el dolor podía respirar.

La vara susurró entonces, apenas un rumor de hojas agitadas por un viento que aún no había llegado. Al acercarla involuntariamente al pecho, el fulgor de la escama subió un grado, y el fuste vibró con una intención que no alcanzó a descifrar; señaló, tal vez, un destino. El perfume que exhalaba la madera era un pacto imposible: primero, la húmeda limpieza del bosque recién lavado; después, un dejo agrio, casi sulfúrico, como de savia que se corrompe.

—Tranquila —se dijo, sin convencerse del todo.

Guardó la vara con un cuidado que parecía ternura. Su luz, apenas perceptible, proyectó sobre el suelo un doble perfil mientras desaparecía entre los pliegues del manto: la sombra de una rama viva y la sombra de un tentáculo. Pesó, en el silencio, la certidumbre de un poder formidable allí encerrado; lo sintió escurrirse por los bordes de su voluntad como una marea subterránea buscando grietas.

Cuando se volvió hacia los demás, el bosque volvía a ser bosque. Nadie preguntó. Nadie necesitó preguntar. Orianna notó que una parte de sí anhelaba advertirles del pulso oscuro que latía en ese trozo de madera; otra, más profunda, eligió callar. No era mentira: era resguardo. El conocimiento, a veces, es una llama traicionera; mejor custodiarlo hasta comprender dónde empieza la promesa y dónde termina el veneno.

Sostuvo un segundo más la mirada sobre la herida del árbol. El pulso débil persistía, tercamente vivo. Orianna inclinó la cabeza como quien recibe un legado y, al reemprender la marcha, la cicatriz de su mano cesó de vibrar, pero no de recordar.

—Orianna —dijo Ander, con una delicadeza impropia de él—, tienes que prepararte para lo peor, por si llegara.

—Sé que sigue viva —respondió ella.

—Hay destinos peores que la muerte. Prepárate también para eso.

—Estoy preparada para todo —zanjó Orianna—. Aquí ya no queda nada que rascar; no tenemos con qué adentrarnos en la grieta, y el juicio está a punto de empezar.

—Pues habrá que volver a la ciudad —resolvió Malizall, práctico.

—El juicio… final… —arrastró Ander las sílabas, como si las paladease.

Apenas se reunieron con Alistar, su voz cortó el murmullo del bosque como un filo que reconoce su vaina.

—Siento una presencia maligna, Orianna —advirtió, con una gravedad que no admitía réplica.

El paladín ladeó la cabeza, dejando que su sentido sacro peinara el aire en torno a ella; el fulgor de su fe, aunque invisible, vibró como un diapasón. Su mirada se detuvo en el bulto que Orianna guardaba con celo. Señaló la rama coronada por la crisálida.

—Seguramente viene de aquí.

—Simplemente la he cogido porque tiene un aura de Elyz —replicó Orianna, firme—, y voy a necesitarla para encontrarla. No estoy mintiendo.

Alistar sostuvo el silencio un parpadeo más, calibrando la sombra que se adhería al objeto. Lo que percibía no era un eco cualquiera: era un pulso, una latencia que se apretaba y se aflojaba como respiración contenida… y algo más, una vigilancia. No solo estaba ahí: miraba desde ahí.

—Aun así… úsalo con cautela —concluyó, sin apartar la vista.

—Curioso… —murmuró para sí, antes de compartir con el grupo aquello que su percepción había rastreado—. Late, y… observa.

La ciudad sin guardianes

Decidieron volver a Waterdeep. La tarde, ya inclinada, derramaba sus últimos hilos de oro sobre los tejados altos; el camino hacia la ciudad olía a polvo cansado y a promesas cerradas. A la entrada, los mercaderes plegaban toldos y ataban cordelerías con la prisa de quien quiere llegar a casa antes que la noche pronuncie su nombre. Vengy, consultando mentalmente sus necesidades, habló sin rodeos:

—Necesito marfil. En el puerto lo venden, entre otros materiales… llamémosles exóticos. Primero os acompaño al templo; después me encamino al muelle.

Waterdeep, sin embargo, no los recibió con el pulso habitual. En las paredes, en las esquinas de los portales, en los lomos de los carros, el rojo reciente de las consignas hervía aún: «Sólo un dios», «La Voz es ley», «Muchas manos, una sola voz». Abundaban los triángulos invertidos, estampados a brochazos torpes, como tatuajes de urgencia. Ander refunfuñó al verlos, escupiendo entre dientes un improperio que el viento se llevó sin destino.

La ausencia pesaba más que los signos: no había un solo guardia de la Ciudad ni un brazal de la Mano de Hierro en todo el trayecto. Calles vigiladas por nadie.

Frente al templo de Tyr, la estatua seguía tendida, monumental en su derrota, con heridas de mármol que no ocultaban el símbolo: la justicia caída, el juez vencido a ras de suelo. La plaza, poblada por corrillos de voces bajas, olía a miedo: ese murmullo que pregunta si es más prudente encerrarse o fingir normalidad.

Alistar, con las palabras de Sildar aún clavadas bajo la armadura, habló con la claridad de una sentencia:

—Tenemos que acceder a los miembros más altos de la Mano de Hierro; detenerlos, cueste lo que cueste… aunque ello incluya el uso de la fuerza.

—¿Nosotros seis contra toda una orden? —Malizall tragó saliva—. O sea… no te digo que no, ¿eh?

—O no solo nosotros seis —matizó Alistar—. Podemos entrar en el templo de Tyr y hablarlo con otros.

—La que se va a liar… Lathander nos guarde el siguiente amanecer —masculló Malizall.

—Ya no es solo una orden que intenta expandir sus ideales —dictaminó Alistar, sin temblor—. Son un peligro real. Están atentando contra las almas de las personas.

—Cuando los conocimos ya pintaba mal la cosa; ahora pinta mucho peor —concedió Malizall.

Subieron los peldaños. Las losas, ya limpiadas de la sangre de la batalla, tenían un brillo triste. Dentro, el incienso persistía —dulce y denso—, pero estaba corrompido por un regusto de humo y sudor humano: el perfume de un esfuerzo que se sabe insuficiente. Había menos fieles de los que el recinto solía abrazar; los rostros, tensos; una armadura por allí con el cuero reventado, una túnica por allá con zurcidos recientes; el cansancio flotaba como un velo.

Hakuryuu y Alistar cargaban con Sildar. Nada más franquear la nave, el paladín alzó la voz hacia el primer guardia que encontró.

—Necesitamos un espacio para que Sildar descanse.

—¿Qué ha pasado? —preguntó el guardia, con una preocupación sin barniz.

—Fuimos atacados por unos demonios; tuvimos que enfrentarnos a ellos —respondió Alistar, con un poso de pesadumbre.

—¿Más demonios? —un fulgor de miedo cruzó los ojos del hombre.

—En la arboleda sagrada de Waterdeep —añadió Alistar—. Fuimos para investigar la grieta… y allí nos aguardaban más enemigos.

—¿¡Allí hay demonios!? ¡Hay que avisar de inmediato, hay que exterminar a esas criaturas! —la alarma le tensó el gesto y lo trocó en ira.

—No solo demonios —intervino Orianna—. También encontramos brujas.

—Y bien feas, además —terció Ander, con una energía que pretendía humor y terminaba en cansancio.

—¿Brujas? Por aquí no hemos visto ninguna —replicó el guardia.

—Nosotros encontramos al menos dos —dijo Orianna.

—Y suelen ser tres —apostilló Malizall.

—Llevaremos a Sildar a una estancia privada; no puede quedarse aquí —resolvió el guardia.

—Por supuesto —asintió Alistar.

Los condujeron hacia una zona que antaño había sido espacio de curación improvisado y que ahora, sin haber recuperado su antigua pulcritud, respiraba cierto orden. Bastidores alineados, mantas plegadas sin esmero, cuencos de agua tibia que murmuraban vapor. Allí podían, por fin, sentarse.

—Necesitará supervisión —advirtió el guardia—. Alguien debe quedarse con él.

—M… me quedaré yo —se ofreció Malizall—, si no me veis necesario donde vayáis.

—Os pediré que os quedéis todos —dijo Alistar, volviéndose hacia el grupo—. Iré a hablar con el comandante.

—Eres el único que puede convencer a alguien —concedió Orianna.

La puerta se cerró quedamente tras ellos. En el silencio posterior se oía, mejor que nunca, la respiración doble de la ciudad: una hecha de incienso y rezos; la otra, de pintadas rojas y símbolos invertidos. Afuera, la estatua de Tyr seguía recordando, desde el suelo, lo que se había venido abajo.

El peso de las órdenes

Dejaron marchar a Alistar. El paladín cruzó la nave con paso comedido, y lo encontró en una capilla lateral, de pie ante la estatua de Tyr. Harker no vestía su armadura habitual: llevaba ropas cómodas, de paño oscuro, el yelmo ausente, las manos entrelazadas como un candado. Rezaba sin estridencia, con la mandíbula apretada y la espalda recta, tal como rezan los que creen que la plegaria es una forma de servicio.

Alistar no interrumpió. Esperó —diez minutos que parecieron el doble—, midiendo la respiración para domar la impaciencia. Cuando Harker al fin se incorporó, el gesto que encontró en su rostro fue el de un cansancio hastiado, una mueca leve y áspera que no llegaba a desprecio, pero lo rozaba.

—Comandante —saludó Alistar.

—Alistar. Cuánto tiempo —repuso Harker, sin entusiasmo y con la cólera dormida tras los párpados.

—Imagino que estará harto de que le traiga malas noticias, pero es necesario. Tengo que hablar con usted de nuevo.

—Pues aquí estamos. Todo oídos —dijo Harker, con aún menos ánimo en la voz.

—Tuvimos un enfrentamiento contra demonios en el bosque de Waterdeep —anunció Alistar— y Sildar fue… atacado. Maldito.

—Esas cucarachas… —Harker dejó escapar un siseo de enfado—. ¿Y Sildar? ¿Cómo… cómo está?

—Inconsciente. Tuvo una visión, como mis otros compañeros cuando fueron malditos. No sé si lo llegó a ver, pero se les formó un triángulo. Un triángulo que…

—¿¡Está maldito!? —lo cortó Harker.

—Está vinculado a Acererak —concluyó Alistar.

—¿Sildar? ¿Te refieres a Sildar? —insistió Harker, ya con exasperación.

—Sildar —confirmó Alistar.

—Tiene que estar fuera de este templo. ¿¡No me digas que lo has traído aquí!? —el control se le quebró en un grito—. Como si no te conociera.

—Por supuesto que lo he traído. ¿Dónde iba a estar si no? —respondió Alistar.

—No. No, no, no. Nada de cosas malditas en este templo. ¡HAY QUE RESISTIR! ¡HAY QUE BLINDARSE! ¡SÁCALO DE AQUÍ INMEDIATAMENTE! —tronó Harker, y su voz rebotó en la piedra.

—Tiene que escucharme. Es importante lo que voy a decirle —intentó proseguir Alistar.

—¡Escúchame tú a mí! —Harker avanzó un paso—. Saca. Cualquier. Cosa. Corrupta. De. Este. Templo. Sagrado.

—Con todos mis respetos, señor —Alistar no alzó el tono—, un paladín de Tyr que ha sido maldito debería encontrar refugio en la casa de Tyr.

—Encontrará refugio en cualquier otro lugar. ¡No aquí! No lo entiendes: somos pocos, y cada vez menos —replicó Harker, fuera de sí.

—Está bien. Iremos a otro lugar —cedió Alistar, con un suspiro seco—. ¿Por lo menos podría decirme dónde está Markus?

—No lo sé con certeza. Creo que en el puerto… sí, en el puerto. Más criaturas, o no sabemos si criaturas o emboscadas. La ciudad arde —informó Harker, recobrando un poco de compostura al ver que Alistar obedecía.

—¿Y el sumo sacerdote Eldrin? —inquirió Alistar.

—Recuperándose, por suerte. Quizá pronto pueda valerse por sí mismo y ayudarnos a seguir los pasos de Tyr. Ojalá Tyr lo salve pronto de su estado y podamos estar protegidos por él, porque sinceramente no sé qué vamos a hacer sin su ayuda —dijo Harker, y la exasperación volvió a asomar.

—Somos paladines de Tyr; haremos lo que haga falta —afirmó Alistar, impasible—. Necesito ver al sumo sacerdote, si acepta visitas.

—Imposible. No puedo permitirlo —cortó Harker.

—Sildar vio almas atrapadas sobre Waterdeep. No tengo duda de que la Mano está detrás de esto. Mis compañeros y yo haremos todo lo posible por detenerlos —declaró Alistar, ya a punto de concluir la entrevista.

—¿¡Qué!? ¡Estás loco! —se encendió de nuevo Harker—. ¡Las calles arderán! No todo se resuelve con una espada. Así no arreglaremos nada.

—Ya no es una orden que sólo trata de propagar sus ideas —replicó Alistar—. Están acabando con las almas de los ciudadanos.

—¿Tienes alguna prueba de lo que dices? —inquirió Harker.

—Me fío de la palabra de Sildar —respondió Alistar, firme.

—Pero Sildar no ha visto eso. ¿Y si es una alucinación? ¿Sabes lo que puede causar? ¿Y si todo es una tentación? —lo reprendió Harker—. No te dejes llevar por los engaños del maligno: acabarás cometiendo una locura y los demás pagaremos el precio.

—¿Y qué sugiere? ¿Que esperemos sin hacer nada? —lo acució Alistar.

—¿¡Esperar!? ¿Acaso ves que estemos esperando? —Harker señaló la sala contigua, donde los pocos servidores de Tyr trabajaban con los hombros vencidos—. Mientras tú te paseas por ahí y tomas decisiones precipitadas, los demás intentamos restaurar el orden en esta ciudad.

Alistar soltó un suspiro corto, la exhalación de quien siente el muro.

—¿Tiene algo más de información de la Mano de Hierro que pueda compartir con nosotros?

—Sí —repuso Harker, con sarcasmo—. Imposible que te lo diga después de lo que me has confesado. No pienso compartir información con alguien que quiere luchar esta batalla él solo, sin orden. Tú no estás siendo un buen paladín.

—No quiero luchar solo. Por eso he venido aquí —dijo Alistar.

—Pues si acudes a mí, escúchame. Escucha mis órdenes, eso que tanto te cuesta. Esta batalla no la ganarás luchando contra la Mano —sentenció Harker.

Harker era serio y seco, sí; pero Alistar vio también, detrás del fragor, la fractura. El comandante quería justicia, y sabía que esa justicia pedía mano dura y conflicto. Y también sabía —Eldrin ausente— que esa vía no contaba con el beneplácito del sumo sacerdote. No era mal hombre. Era un hombre fatigado por tener que elegir entre caminos que todos pierden algo.

Alistar se retiró con el saludo reglamentario. La tensión, el agravio y la frustración podían casi tocarse en el aire. Regresó con los suyos.

—Harker está completamente cerrado a escuchar ninguna explicación —comenzó.

—Eso es porque está asustado —diagnosticó Orianna.

—Ey… Creo que este no es el sitio para tener esta conversación —murmuró Malizall.

En el camastro, Sildar se agitaba, anclado a pesadillas que no daban tregua. Malizall le posó las manos sobre la frente y dejó correr un caudal de magia curativa. El guerrero se removió, sudoroso; la temperatura de su piel era alarmante.

—¿Qué hacemos? —apremió Malizall.

—Hay que llevarlo a algún sitio donde puedan hacerle una restauración mayor. Creo que está empeorando —diagnosticó Vengy—. Nuestras artes son insuficientes. Vayamos al templo de Lathander; allí quizá nos atiendan mejor.

El comentario golpeó a Alistar por dentro, pero no tuvo réplica que oponer.

El templo de Lathander era más pequeño, incapaz de albergar multitudes; sus clérigos usaban posadas cercanas como aposentos.

—Vayamos a mis aposentos —propuso Vengy—. Allí podremos cuidarlo.

Asintieron. Fuera, la ciudad continuaba su respiración doble: un cántico de vigilancia y una amenaza pintada en rojo.

La diplomacia de Cénit

La noche avanzaba con la indiferencia de un juez extenuado. El sol se había ocultado ya tras los tejados, pero aún quedaban, en lo alto, hebras de luz deshilachándose sobre las chimeneas. No ardían hogueras; ardían, en cambio, pequeñas rabias: disturbios que no llegaban a incendio, sombras que no acababan de dispersarse.

En una bocacalle, el grupo los vio: figuras con capuchas, rostros borrados, movimientos de enjambre. No llevaban armas a la vista —Malizall lo comprobó con una mirada técnica—, pero el modo en que se apostaban, codo con codo y espalda al muro, delataba el oficio de lo clandestino: conspiración o, como poco, un negocio que necesitaba de la noche para no avergonzarse de sí mismo.

—Cénit —susurró Malizall, y el cuervo acudió raudo, atraído por la promesa de un premio. La moneda de su afecto tintineó en el aire. Malizall le indicó con un gesto que fuera a posarse cerca de los encapuchados.

A través de los sentidos del ave, el murmullo se hizo frase:

—Ya estoy harto de quemar cuatro carromatos. Vamos al barrio de los ricos. Que sufran esos asquerosos —escupió uno, con una inquina que olía a vino agrio.

Cénit, no obstante, eligió una diplomacia muy suya: bajó en picado, picoteó a los hombres y tiró de una capucha con un graznido indignado. Uno de ellos manoteó para apartarlo. Malizall, en el acto reflejo de quien manda sobre lo que ama, extendió la mano para llamarlo… y la memoria le pinchó como una espina: ese poder ya no estaba. El vacío de la magia perdida le dejó un sabor a metal.

Orianna silbó; la nota fue un hilo claro en el aire. Cénit, obediente, viró y se refugió junto al grupo. Los sospechosos, heridos en su vanidad, se crecieron. Uno llegó a descubrirse el rostro con gesto chulesco, como si nombrarse con la piel fuese un desafío. Vengy, hasta entonces con la paciencia de un cuchillo enfundado, tensó la mandíbula.

—Iros de Waterdeep —soltó primero uno de los encapuchados.

—¿Por qué habríamos de irnos de Waterdeep? —preguntó Malizall.

—No traéis más que muerte. Sois la peste —apuntaló otro.

—Vámonos de aquí —sugirió Alistar, buscando aplacar el ruido que ya veía venir.

—Sí, sí. Escupe. Va bien para las encías —se burló Malizall.

—No decíais lo mismo cuando disipamos la Maldición de la Muerte. ¿Qué ha cambiado? Dímelo —insistió, esta vez sin burla.

—Sí, sí, la maldición… Tremendos mentirosos —escupió el tercero.

—¿Mentirosos por qué? ¿Cómo se disipó, entonces? —apretó Malizall.

—Sarta de mentiras.

—¿Crees que todo es mentira? ¿Qué te lleva a pensarlo? De veras me interesa —persistió Malizall.

—Me lleva a pensarlo que eres un puto mierdas —le devolvieron—. ¿No ves tu cara de viejo? ¿Cómo vas a salvar el mundo, estúpido?

La mirada de Vengy se encendió.

—Vengy, Vengy, Vengy… Diplomacia. Recuerda —lo amonestó Malizall al ver la mirada del hechicero convertirse en filo.

—Y el otro putero, ¡venga! Fuera de Waterdeep, guarro —remató otro, señalando a Vengy, buscando herir por el barro.

El aire cambió de densidad. Alistar invocó su aura de paz; no era luz visible, pero sí un descenso súbito en la temperatura del conflicto, una invitación al sosiego que rozó la piel de todos como agua fría.

—No vale la pena —dijo al oído de Malizall, tomándolo del brazo.

—No, quizá no. Pero podríamos averiguar por qué ha cambiado todo —repuso el bardo.

—No va a cambiar nada, Malizall. No te esfuerces —cerró Alistar.

Entonces Vengy se movió. La ira le subió con la memoria de mil problemas resueltos por su poder; esta vez, el poder no mandaba. Dio dos zancadas y agarró a uno de los encapuchados por el pescuezo. Ander y Hakuryuu saltaron para detenerlo, pero ya lo había alzado del suelo. El hombre, en un gesto sucio y rápido, sacó una navaja y la hundió en la axila del hechicero. Vengy soltó un puñetazo que, desangrado por el dolor, se perdió en el aire. El encapuchado cayó, rodó y echó a correr. Los otros dos le siguieron, como si la bravata hubiese cumplido su cuota de coraje.

—¿Cuándo perdiste el camino de Lathander? —le lanzó Malizall, a cierta distancia que era más moral que física.

Vengy dio otro paso, dispuesto a cazar al fugitivo, pero Hakuryuu lo sujetó por los hombros con firmeza; Ander ayudó, Alistar cerró el cerco. El hechicero respiró hondo, con un orgullo dolido que tenía algo de reptil: ¿qué humillación más áspera que ser herido por quien no sabe luchar? La axila ardía; su orgullo, más.

—Necesitamos a alguien —dijo, aún jadeante.

—¿Qué crees que nos aportará? —preguntó Alistar, sin aflojar el gesto.

—Sonsacarle algo… quizá —admitió Vengy, ya con dudas.

—Pero, en primer lugar… —empezó Malizall—. Vengy, ¿qué te pasa? Tú no eres así.

—¿No veis que están destruyendo la ciudad? ¡Es el caos! —replicó Vengy—. Hay que pararlos de alguna manera.

—No a esta gente —dijo Alistar—. A quienes hay que detener es a los responsables. Estas personas están siendo confundidas.

—Tal vez haya que empezar por abajo para llegar arriba —ensayó Vengy, casi en susurro.

—No de esta manera —zanjó Alistar.

El hechicero bajó los hombros. La respiración se le hizo pareja. La sangre, tibia, le pegaba la tela al costado. Reanudaron la marcha.

El hospicio que servía de aposentos para los clérigos de Lathander estaba inusualmente vacío. Mesas despejadas, catres sin mantas, tazas alineadas como en una despedida. Vengy fue el primero en preguntar:

—¿Qué ha pasado? ¿Por qué hay tan poca gente?

—No sé… Mucha gente ha partido hacia otros puntos de la Costa de la Espada —respondió el encargado, un hombre de voz cansada.

—¿Están huyendo? —se alarmó Vengy.

—No. Han sido llamados por sus órdenes —aclaró el hombre.

—¿Cómo que por sus órdenes? —intervino Malizall.

—Órdenes de otras ciudades. Hay misiones por doquier; no somos el único sitio con problemas —añadió, sombrío.

—¿Alguna misión concreta? —insistió Vengy.

—Sobre todo al norte. Dicen que hay una presencia maligna que avanza de norte a sur por la Costa de la Espada.

—¿En Neverwinter? —preguntó Alistar, y en su voz se abrió una grieta.

—Todavía no. Pero todo sugiere que se dirige hacia allí —dijo el encargado.

La preocupación le desordenó a Alistar la compostura habitual; recordó a sus padres, a su casa, y sintió, por un latido, que la armadura pesaba el doble.

—No se sabe qué es —continuó el encargado—, pero hablan de un demonio de poder enorme.

—Arrollador, si avanza como dices —murmuró Malizall, con una inquietud que ya no disimulaba.

—¿Cuánto hace de eso? —preguntó Vengy.

—Unos días.

—Alistar, ¿podría ser que Markus haya ido a por él? —aventuró Vengy.

—No. Harker dijo que estaba en el puerto —repuso el paladín, recobrando su temple—. Aun así, quiero ir. Quiero encontrarlo y hablar con él. Tú también debías ir.

—Sí. Necesito materiales —asintió Vengy.

—Yo me quedaré con Sildar —dijo Malizall.

—Antes de que nos vayamos, Vengy… ¿conoces a algún clérigo con magia avanzada para tratar de sanar a Sildar? —preguntó Alistar.

—Sí. Benedict —respondió Vengy—. Puede que nos ayude. Vayamos a verlo.

El hechicero partió su bolsa y puso quinientas monedas de oro en manos de Alistar, como quien aprieta una promesa. Orianna entregó a Malizall un vial cuyo contenido olía a bosque recién abierto. Ander, sentado a la cabecera, dejó que una melodía tranquila descendiera como una manta sobre el insomnio de Sildar.

Luego, Vengy, Orianna y Hakuryuu se repartieron el peso del herido. Salieron al corredor con el rumor de la ciudad todavía latiendo como un tambor lejano. Iban en busca de Benedict, y quizá, con él, de un resquicio de luz que contuviera la maldición.

Benedict y el amanecer velado

Encontraron a Benedict con la puerta entreabierta, sentado en el borde de su catre, los codos apoyados en las rodillas y un volumen abierto entre las manos. Leía con una concentración de cirujano, ajeno al tránsito tenue del pasillo. Fue Vengy quien rompió el cerco del silencio.

—Vengy… ¿qué haces aquí? —alzó la vista Benedict, con una media sonrisa—. ¿No deberías estar luchando contra los demonios que acechan ahí fuera?

—Pues sí —repuso Vengy, cansado—. De hecho, hemos peleado con un par de demonios y con brujas.

—¡No me digas! —la sonrisa se desvaneció—. Lo decía en broma. Pensé que no habría más demonios. Pero claro, tú siempre andas por ahí… arreando.

—No paro —concedió Vengy.

—Uy… ¿y eso en el costado? —Benedict frunció el ceño ante la sangre que empapaba la tela.

—He sufrido peores. Sanaré en un rato —quitó hierro el hechicero—. Necesito tu ayuda. Un compañero ha sido maldito por una bruja: la fiebre no deja de subir.

—¿Dónde está? —Benedict cerró el libro con un golpe suave—. Te advierto: mi magia ya no brilla como antes. Desde que el amanecer anda oscuro… pero iremos.

—En mis aposentos. Sígueme —dijo Vengy—. Tenemos que intentarlo. Ha tenido una visión sobre Waterdeep y necesitamos saber qué vio.

Caminaron juntos, y al cruzarse con el grupo Benedict no pudo evitar el comentario socarrón de quien se saborea la propia ironía.

—Vaya compañía —murmuró—. ¿Con estos te paseas dando mamporros?

—¿No los conoces? —Vengy fingió extrañeza—. Somos los que salvamos al mundo de la Maldición de la Muerte.

—Se te crece el pecho, como siempre —rió Benedict—. Te crees el héroe de todo y al final no eres más que un rayo en este amanecer que nos queda.

—Reconozcámoslo: yo no fui el héroe. Lo fueron ellos —admitió Vengy, más flojo de lo habitual.

—Sí, sí… lo que nos contó Malizall. Por cierto, ¿dónde está? —inquirió Benedict—. Además, vosotros llegasteis ya para el último acto; el trabajo duro lo hicimos los demás.

—Bueno, bueno… —Vengy dejó el gesto en tierra de nadie.

Orianna sonrió por primera vez en días: una grieta de luz breve, casi esquiva.

—Creo recordar a un tal Terry del que Malizall hablaba con envidia —continuó Benedict—. ¿Y tu compañero?

—Malizall está con el herido. Un paladín de Tyr: Sildar —explicó Vengy.

—De paladines sé poco. De escritos del Alba, mucho —concedió Benedict, cordial—. Siempre estáis con algo: demonios, bestias… vuestra luz golpeando. No me interesan tanto esas cosas.

—Alguien tiene que luchar contra ellos —intervino Alistar.

—Eso también —asintió Vengy.

—Y también es verdad —zanjó Benedict—. Vamos.

Entraron. Sildar, tendido, ardía sin despertar. Benedict aspiró hondo: el cuarto tenía olor a sudor, a incienso ya frío y a miedo domado con disciplina.

—Le invade un aura oscura —diagnosticó—. Trataré de iluminarla con la luz de Lathander.

Se arrodilló junto al camastro. Sacó de su bolsa una piedra sagrada y la sostuvo entre ambas manos. La juntura de sus dedos formó un cuenco y, dentro, la piedra pareció latir.

—Oh, primer rayo que rozó esta tierra —oró—, rayo de esperanza que rompe la noche: presta tu aliento a este servidor de la bondad y de la justicia; su espada ha velado durante años, durante décadas, por los inocentes. Que su aura no se extinga; que vuelva a brillar en estos días aciagos. Concédeme tu luz, y que tu claridad devore lo que lo ennegrece.

El fulgor se filtró por los surcos de la piedra, trepó a las manos de Benedict y de allí a las de Sildar. El paladín se estremeció; un temblor recorrió sus brazos, pero los párpados no se abrieron. La luz menguó como si exhalara un último esfuerzo y quedó en nada.

Benedict bajó las manos con una pesadumbre que no disfrazó.

—No puedo hacer más.

—¿Y qué hacemos? —Malizall miró de reojo un vial sobre la mesa—. Si Benedict no ha podido, esta poción tampoco.

—Dejémosle descansar —dijo Alistar, asentando el peso de la decisión en la voz.

—Tal vez sólo necesite tiempo —concedió Malizall—. Pero el tiempo no se detiene: todo avanza.

Ander se inclinó, tomó la temperatura con el dorso de la mano y forzó una sonrisa breve.

—Está un poco mejor —informó, y el cuarto respiró.

—Yo me quedaré con Sildar —anunció luego Malizall—. Sería prudente que vayáis a por Markus.

—¿Markus? —preguntó Ander.

—El compañero de Alistar —aclaró—. No conviene que dos de nosotros anden solos por ahí.

—Gracias, Benedict —dijo Malizall entonces, con una inclinación sincera.

—Lo intenté —respondió el clérigo, extrañado de su propia tibieza—. Mis dones no responden como antes.

—Había que intentarlo —zanjó el bardo.

Mientras se preparaban para partir, Vengy retuvo a Benedict un instante.

—Eso que notas, que la magia se te va… ¿desde cuándo?

—Desde que empezó todo esto —dijo Benedict—. Como si amaneciera sin amanecer. Mi don se ha vuelto tenue.

—Hace un par de días sentí lo mismo —confesó Vengy—. ¿A ti también…?

—Los corruptos apagan la magia —respondió Benedict, con una convicción sobria—. Cada vez que hablan, la magia tiembla.

—¿Cómo puede ser? —murmuró Malizall para sí.

—No te preocupes —continuó Benedict, al ver a Vengy vacilar—. El poder de Lathander los destruirá cuando llegue el momento. Lo nuestro es sostener la promesa: garantizar que habrá un nuevo amanecer, por oscura que sea la noche.

—Tienes razón —apretó el collar Vengy—. Lucharemos por un nuevo amanecer.

—Exacto.

Alistar escuchó sin replicar. Comprendía esa fe del alba; pero en su pecho, la doctrina de Tyr era otra cosa: justicia que no aplaza, deber que no duerme cuando la noche muerde. No es después; es ahora.

Vengy, Alistar, Orianna y Hakuryuu salieron luego hacia el puerto. Malizall y Ander se quedaron en vigilia junto a Sildar. El pasillo devolvió sus pasos con un eco blando.

—Alistar —dijo Vengy, ya en la calle—. ¿Puedes usar tus poderes para sentir criaturas ocultas por la ciudad?

—Es un don limitado —advirtió—. Si ves algún lugar sospechoso, lo emplearé.

Y marcharon con la ciudad extendida como un tablero incierto, cada esquina capaz de ocultar una grieta o una esperanza.

El puerto del Oro Silente

Markus

Llegaron al puerto sin contratiempos. La explanada costera no era sólo muelles y jarcias: se abría como un recinto industrial cercado por una valla de estacas reforzadas, más disuasoria que inexpugnable, con garitas en las esquinas y un equipo de guardia que regulaba el trasiego por unas puertas menores de paso. Dentro, el mundo del comercio respiraba a pulmón lleno: almacenes con portones anchos, patios donde se apilaban cajas marcadas con tintas de colores, grúas de flecha, polipastos chillando en alturas, carros que iban y venían entre calles de traviesas manchadas de brea, bancos de carpinteros con virutas recientes y cuadrillas remachando planchas en cascos abollados. De un lado, el edificio principal —una casa de piedra y madera barnizada— albergaba oficinas en los pisos superiores y, en su corazón, un gran auditorio donde se reunían los mercaderes del Consorcio del Oro Silente, patronal de los grandes capitales marítimos.

Alistar —montado— distinguió a Markus en la puerta de acceso al recinto vigilado. Guardaba el tránsito con actitud sobria, la vista abarcando más de lo que parecía. El paladín espoleó hasta colocarse frente a él.

—¡Markus! Me alegro de verte. Hace días que te he estado buscando.

El otro respondió con el saludo reglamentario.

—¡Señor!

—Quería hablar contigo. Es realmente importante. He tratado de hablar con Harker, pero está totalmente cerrado a escuchar.

—No me sorprende en absoluto —contestó Markus, sincero hasta la desolación.

—Esperaba algo más de comprensión por su parte… —admitió Alistar, la frustración asomándole al rostro.

—Tú siempre piensas demasiado bien de las personas —replicó Markus, sin acritud.

Alistar tomó aire y, tras una pausa, expuso lo ocurrido con voz pesada:

—Estuvimos en el bosque de Waterdeep. Nos enfrentamos a un grupo de demonios. Durante el combate, Sildar fue alcanzado por una maldición y tuvo una visión… vio almas atrapadas sobre Waterdeep.

La sombra cruzó el semblante de Markus.

—Imposible… No puede ser.

—Me temo que sí. Y no tengo duda: la Mano está detrás. ¿Cómo iban a coincidir estos sucesos con su súbito ascenso si no?

—Seguro… —concedió Markus—. Pero la Mano no es lo que más miedo me da. Son sus acólitos, sus profetas, sus apóstoles.

—Exacto. Al fin y al cabo, son ellos quienes mueven los hilos. Si hay responsables de lo que hacen con esas almas, son ellos.

—Están corruptos —dijo Markus, sin rodeos.

—No sé cómo, pero mis compañeros y yo tenemos que acceder a ellos y detenerlos. ¿Tú o la Orden habéis averiguado algo más? Intenté sonsacar a Harker y se negó a darme información.

Markus lo tomó del codo y lo apartó a un rincón del vallado, fuera del oído de los estibadores.

—La verdad… no estamos haciendo nada para impedir que la Mano prospere. Vigilamos y custodiamos a los poderosos. Mírame aquí: guardando este perímetro porque los señores comerciantes están dentro. Nos ordenan protegerlos a ellos en vez de hacer algo de verdad por la ciudad.

—Tenemos que luchar por esta ciudad —insistió Alistar—. Si no lo hacemos nosotros, ¿quién?

Markus dejó que el silencio respondiera un par de latidos antes de hablar:

—Aunque quieras, no es posible un enfrentamiento directo. Son demasiados. Y aunque los derrotaras y arrestaras, no puedes apresar la fe. Sigue habiendo quien cree. Cada vez que intentamos detener a un vándalo en la calle, sólo alimentamos el odio y la animadversión hacia nosotros… Nuestras armas no están hechas para esta guerra.

La rabia y la impotencia tensaron el gesto de Alistar.

—Lo sé… maldita sea.

—Quizá Harker tenga razón —murmuró Markus, bajando la mirada—. Tal vez no sea nuestro deber.

—¿Y de quién, si no, es luchar contra el mal? —alzò Alistar—. Esto ya no es sólo una fe. Están atrapando —y quizás destruyendo— las almas de la gente. Son un peligro para la sociedad.

—Luchar contra el mal es sencillo cuando tienes un demonio delante —dijo Markus—. Cuando es una persona con ideales, con fe… no lo es. Eso quizá no sea trabajo de un paladín.

Las palabras golpearon un sitio que Alistar conocía: la memoria de lo fácil que fue blandir justicia contra la Maldición de la Muerte frente a la dificultad áspera de combatir la injusticia cotidiana en Waterdeep.

—Sinceramente —prosiguió Markus con gesto derrotado—, no sé qué solución hay. Temo que, haga uno lo que haga, empeore todo. Y si quisieran, ahora mismo… ¿qué no podrían hacer con esta ciudad?

Alistar quedó un instante sumido en sus pensamientos.

—Si averiguas algo que pueda servirnos, te agradeceré que me lo hagas saber —dijo, al fin.

—No creo poder averiguar nada aquí, vigilando a estos picatostes mientras negocian a quién deben apoyar —escupió Markus, más cansado que airado.

—¿El sumo sacerdote no se ha recuperado lo suficiente como para retomar la dirección de la Orden?

—No lo creo.

—Está bien. Acompañaré ahora a Vengy a buscar en el puerto los ingredientes que necesita.

—Si puedo ayudarte en algo, dímelo. Aquí me siento completamente inútil… —admitió Markus. Luego, con una tristeza sin máscara—: A veces desearía que vinieran más demonios para saber por qué luchar… y qué hacer.

—Al pasar por el templo de Lathander nos hablaron de un demonio muy poderoso en el norte, avanzando hacia el sur —recordó Alistar.

—Así es. No hay certezas aún. Han partido hacia allí paladines de Helm y de Lathander. No así los de Tyr. Harker se aferra a defender a toda costa lo que cree que será nuestro último bastión: el templo.

—Ya veo.

Alistar posó una mano en el hombro de Markus.

—Si llega el momento de luchar, sé que contaré contigo.

—Por supuesto —respondió sin sombra de duda.

Se despidieron con el saludo de orden. Después, Alistar se volvió hacia los suyos, y juntos se encaminaron al interior del recinto portuario, donde el rumor de poleas y martillos marcaba el compás de una ciudad que, incluso bajo amenaza, seguía moviendo mercancías y voluntades.

La asamblea del Oro Silente

Lady Shadari Velnarë

A esas horas, el recinto portuario respiraba con un pulmón más lento. Las grúas dormían como jirafas de hierro, los polipastos pendían inmóviles y sólo quedaba el ir y venir de algún sereno, el rumor de cadenas al mecerse y el salitre lamiendo la piedra. Entre naves y patios cercados se alzaba, con una sobria pretensión, el auditorio del Consorcio del Oro Silente: fachada de madera barnizada y sillería, contraventanas cerradas a cal y canto, dos lámparas de aceite encendidas junto al portal. No era un coloso —a lo sumo cincuenta almas cabían en su sala—, pero la guardia privada que lo flanqueaba, más los escoltas personales de cada mercader, le daban aspecto de bastión.

Varias figuras bien vestidas, escoltadas de cerca, cruzaban el umbral con esa prisa medida de quien llega tarde sin querer parecerlo.

—¿No os parece extraño una reunión a estas horas? —musitó Vengy.

Un poco más allá, a pie de muelle, aguardaba una caravana: cajas de marfil con el sello de procedencia y bramantes recién tensados. No había vendedor —normal para la hora—, y la tentación llevaba nombre de necesidad. Vengy apretó la mandíbula, miró las cajas un latido más y volvió la vista al auditorio.

Del interior llegó un jaleo: voces cruzadas, aplausos aislados, madera de banco protestando. Alistar se acercó a los dos guardias de la puerta.

—¿Qué se celebra dentro? —preguntó.

—Asamblea del Consorcio —respondió uno, seco. El resto de la información se atrincheró en su mirada. Alistar dejó el asunto donde lo había encontrado.

—Podrías meterte como lagartija para escuchar… —susurró Vengy a Orianna.

Ella dudó un instante. Transformarse en mitad de la vigilancia era invitar a preguntas. Esperó a que el grupo echara a andar, aprovechó el pliegue más ancho de la capa de Hakuryuu y, al abrigo de ese paño, dejó que la metamorfosis ocurriera: vértebras encogidas, piel que se afinaba, dedos que se volvían dedos distintos. La lagartija trepó por el zócalo y se deslizó bajo la puerta.

Al mismo tiempo, Vengy hizo brotar un ojo arcano: una pupila invisible que planeó hasta el dintel… y atravesó el umbral como una gota en el agua. Sintió el roce de un campo antimagia, una resistencia como de goma tensa; pero el conjuro, aunque amortiguado, persistió.

Dentro, la sala de actos desplegaba su geografía práctica: platea semicircular, bancos corridos, un pasillo central y, presidiéndolo todo, un atril de madera encerada con un emblema dorado. Entre cuarenta y cincuenta comerciantes llenaban el recinto; cada uno, flanqueado por su guardia. El sonido era un enjambre: frases que se solapaban, indignaciones simultáneas.

—¡Guarden silencio! ¡Lady Shadari Velnarë en la sala! —tronó una voz desde el escenario.

El rumor decreció hasta quedar en respiración contenida. Subió al atril una elfa lunar de porte glacial, la seda bien cortada, la mirada exacta de quien mide con el mismo rigor la ganancia y el riesgo. Habló sin pedir permiso a las palabras:

—El orden se ha descompuesto en la ciudad. Las tiendas se vacían y el puerto rumia una superstición que cada día nos cuesta más dinero. Mientras aquí debatimos, yo sostengo —como puedo— el techo bajo el que todos comemos.

Un hombre, apremiado por el cálculo, la interrumpió desde la platea:

—El pueblo teme, y el miedo es caro. El alimento aquí almacenado no rota y se estropea. Los obreros rezan, y mientras rezan no trabajan. He revisado los libros: en tres días hemos perdido un catorce por ciento del movimiento fiscal. ¿Y el Consejo qué quiere? ¿Esperar los rezos a ver si nos salvan? No puede ser. Debemos deshacernos de las banderas que nos atan. ¡Hay que hacer algo!

—Tal vez aún es pronto para según qué medidas… —arriesgó una voz joven.

Lady Shadari no cedió un milímetro:

—¿Pronto para qué? ¿Para que la Mano de Hierro imponga un toque de queda y se paren muelles y mercados? ¿Para que nos llamen impíos por importar mirra? ¿Para que ese apóstol —ese adolescente esmirriado— decida qué grimorio es vendible y cuál no? No aceptaré que lleven contabilidad dentro de mi casa. No hacer nada es absurdo: hay que hacer. O, dicho de otro modo, nos pondremos del lado de la Mano de Hierro. Si la ciudad quiere rezar, que rece; mientras no impongan toque de queda y el comercio continúe, ¿qué problema hay? Si la ciudad necesita mártires, que los tenga. Si los templos caen, nosotros seguiremos teniendo ladrillos para levantarlos. Nos llamarán cobardes, oportunistas. Y el profeta —el falso profeta— desaparecerá. Cuando lo haga, nosotros seguiremos aquí, abasteciendo a la ciudad y reconstruyéndola con nuestras monedas.

No fue ovación, pero sí una suma de aplausos decididos. Lady Shadari descendió del atril, y el consenso —más práctico que fervoroso— se instaló en la sala como una losa útil.

La lagartija se escurrió de nuevo hacia la luz de la calle y, en el amparo de una sombra, recuperó el cuerpo de Orianna. Contó lo visto y lo oído. Añadió, en voz baja, su reflexión:

—Podría ser una aliada… si lográramos inclinarla.

Alistar negó con suavidad.

—Creo que se quedarán al margen. No van a luchar. Cuando termine, harán lo que mejor saben: seguir con su actividad y, quizá, contribuir a reconstruir. Pero no empuñarán nada que no sea su propio interés.

—Puede que tengas razón —concedió Orianna, sin dejar de pensar en la utilidad de ciertas sumas de dinero cuando el mundo se desmorona.

Vengy, entretanto, no había soltado su ojo arcano. La pupila invisible siguió a Lady Shadari fuera del auditorio: en sus labios se demoraba una sonrisa breve, la de quien ha hecho aprobar lo que ya tenía decidido. Su séquito la escoltó hasta el muelle, donde un navío aguardaba con las amarras prontas y los faroles encendidos. La vio subir a bordo y desaparecer tras la borda, rumbo a la negrura salina, antes de que el conjuro se deshilara por fin contra el campo antimagia que aún lamía las paredes del recinto.

El rumbo de los perdidos

La noche estaba ya muy entrada cuando regresaron a los hospicios de Lathander. Las habitaciones se abrían vacías a ambos lados del corredor, una hilera de puertas mudas que antaño habían cobijado a clérigos y peregrinos. Antes de buscar el sueño, Vengy quiso pasar por el templo a orar; Alistar lo acompañó, no tanto por devoción como por la esperanza de hallar al padre Relion.

Lo encontraron de rodillas ante el altar, las manos unidas y la voz reducida a un hilo. Vengy se arrodilló a su lado y sumó su plegaria a la del anciano. Alistar se quedó algo atrás, sentado, respetando aquel cerco de recogimiento.

Cuando Relion concluyó su oración, se volvió hacia el hechicero con una sonrisa cansada.

—Vengy, hijo. ¿Cómo va?

—Rezo por el alma de un compañero —respondió—. Lo han maldecido.

—Vaya… ¿Habéis pedido ya ayuda a algún clérigo?

—A Benedict. Pero no logró disipar la maldición. Nos atacaron en el bosque, y allí se la lanzaron. Ahora lleva grabado el triángulo invertido de Acererak. Sufre pesadillas, fiebre alta… Por Lathander, ojalá se recupere y pueda seguir el viaje con nosotros.

—Ojalá sea así. No podemos permitirnos perder a gente como tu compañero —el anciano dejó que el silencio pesara un instante—. Y, aun así, deja que te diga una cosa: por mucho que las desgracias nos atormenten, lo que siempre hemos de pedir es la esperanza de saber que llegará un día mejor que este. Aunque no sea para nosotros.

Vengy asintió. Las palabras se le posaron dentro con un peso sereno.

—Es muy probable que tarde o temprano ataquen este templo —prosiguió Relion—. Cuando lo hagan, no quiero que nadie se manche las manos de sangre por una idea corrupta.

—¿Y qué hacemos?

—Intentar convencerlos.

—No quieren escuchar. Para ellos, su fe es la verdad, y los corruptos somos nosotros.

—Tarde o temprano escucharán. Tarde o temprano verán la verdad y la luz.

—Tal vez, cuando lo hagan, ya sea demasiado tarde.

—Nunca es demasiado tarde —repuso el sacerdote, sin asomo de duda—. Siempre hay un nuevo amanecer.

La frase resonó en Vengy con una autoridad que no admitía réplica. Relion lo miró entonces de un modo distinto, como quien recuerda lo que late bajo la armadura del otro.

—Escúchame de verdad: cuando vengan, no derrames sangre.

—Es difícil. Ya me conoces: soy impulsivo —admitió Vengy, con una mueca—. Espero que mis compañeros me ayuden a contenerme.

—No es tu labor juzgarlos. No es lo que tu dios quiere —y aquí la voz del anciano se afiló con un timbre de mandato que un paladín de Lathander sabe que debe obedecer—. No dejes que tu sangre de dragón prevalezca sobre tu fe. Controla la ira de tu dragón interior.

Vengy bajó la cabeza, y en su pecho la brasa antigua —esa que tantas veces le pedía morder antes que hablar— se replegó un grado.

Cuando vio que ambos habían terminado, Alistar se acercó.

—Sumo sacerdote Relion. Antes, al ayudarnos, el clérigo Benedict mencionó algo que me inquietó: un demonio muy poderoso que se acerca desde el norte. ¿Sabe usted algo?

—Sé que es una criatura grotesca, pero por ahora se conoce poco. Hemos enviado una veintena de hombres a investigar y a proteger a la gente.

—¿Sabe a cuántos días está de Neverwinter?

—Depende de la velocidad a la que avance. Quizá a una semana.

Alistar respondió con la mirada extraviada, los pensamientos ya lejos.

—De acuerdo… Muchas gracias, eminencia.

—Me da la impresión —dijo Relion, observándolo— de que vosotros siempre estáis donde no debéis. Y, justo ahí, es donde debéis estar. Mientras los demás luchan contra demonios… ese no es vuestro camino.

—¿Luchar contra los demonios no es nuestro camino? —Alistar frunció el ceño.

—No. Por eso estáis aquí. No son los demonios lo que os ata a esta ciudad.

El paladín soltó un suspiro.

—Sinceramente, ya no sé qué pensar. Intentamos frenar la propagación de la nueva fe, pero, como me dijo Markus, siempre es más fácil luchar contra demonios: cuando el enemigo es el mal encarnado, la tarea es sencilla. Aquí ya no estoy seguro de qué podemos hacer. Si de verdad hay una amenaza tan grave en el norte, tal vez sea allí donde deberíamos estar.

—Exacto. Y, a la vez, no estáis. Y creo que es por algo —Relion habló despacio, como quien lee un presagio—. Cuando mandábamos misiones a todas partes en busca de la Maldición de la Muerte, vosotros andabais perdidos. Y fue justo eso lo que nos salvó. Creo que aquí también estáis perdidos. Pero si estáis aquí, es por algo. Así lo presiento.

—Espero que así sea.

—¿Cómo está Malizall? —preguntó el sacerdote, más suave.

—Tocado. No puede evitar culparse por lo de Sildar. Pero creo que estará bien. Haremos todo lo posible.

—Seguro que sí.

Se despidieron para entregarse al descanso. Malizall insistió en velar a Sildar durante la noche; el resto se retiró a las habitaciones contiguas, mientras afuera la ciudad maquinaba su silencio y, en algún punto del cielo cerrado, la tormenta seguía aprendiéndose el camino hacia Waterdeep.

La mañana sin alba

La noche se retiró sin dar tregua y dejó una mañana sin sol. Las nubes, densas como un techo de plomo, cegaban el horizonte; el aire olía a tormenta inminente y a vela mojada. Waterdeep no había dormido bien: se notaba en los pasos cortos, en los párpados pesados de quienes cruzaban los claustros, en el modo casi maquinal con que los acólitos recogían cuencos y velas. En algún lugar, la Mano de Hierro formaba sus escuadras.

Cuando los héroes despertaron, se reunieron en el cuarto donde Malizall velaba a Sildar. El paladín, aunque seguía inconsciente, presentaba mejor semblante: la fiebre había cedido un grado, y el rictus de dolor ya no le fruncía el entrecejo. El silencio del cuarto tenía el pulso contenido de las decisiones que aún no se nombran.

Fue entonces cuando un anciano cruzó el pasillo, arrastrando las suelas y las palabras a partes iguales:

—Agh… qué asco. Ahora están cerrando también la biblioteca. Ya me dirán qué tiene que ver eso con la fe…

Alistar alzó la cabeza.

—Señor, ¿dice que han clausurado todas las bibliotecas?

—No. La Biblioteca Central. La gran biblioteca de Waterdeep —replicó, y su voz tuvo un filo de incredulidad—. Dicen que tiene libros que quieren requisar. Libros herejes.

El hombre se detuvo un latido, como para tomar aliento, y añadió:

—Y además, ninguno de ustedes está a salvo: cualquiera que haya conjurado en la calle ha cometido un delito. Tienen ojos por todas partes. Al menos ya han detenido a tres clérigos de Lathander en lo que va de mañana. La verdad… no sé qué hacemos aquí. Lo mejor sería huir y buscar otro sitio donde vivir.

Se fue entre refunfuños, dejando el pasillo con un temblor de rumor.

Las palabras encendieron la discusión como una yesca. Orianna fue la primera en fijar posición: no ocultaría nada por mera complacencia ante el celo inquisitorial de la Mano. Si empezaban a esconder sus posesiones o su saber, ¿qué no acabarían entregando?

Malizall, atento a un silencio que pesaba más que todos los sonidos, miró a Alistar.

—¿Qué te aflige?

El paladín respiró hondo, y la exhalación sonó a cansancio antiguo.

—Que ahora mismo veo imposible convencer a la gente de la falsedad y la corrupción de la Mano —dijo—. Y, aun así, lo único que podemos hacer es luchar por ellos, aunque estén en nuestra contra.

Se pasó la mano por la frente, como si apartara un sudor que no había.

—Pienso en tres vías. Primera: enfrentarnos directamente a los apóstoles, cueste lo que cueste y pase lo que pase con nosotros después. Segunda: ir a por la amenaza que avanza desde el norte. Quizá esté conectada con lo del sexto día; podría ser su método más rápido para acopiar almas sin mancharse las manos aquí. La gente no quiere morir, al fin y al cabo. Tercera… —y su voz bajó un punto—: averiguar cómo están atrapando las almas en Waterdeep. Si lo están haciendo, debe existir un mecanismo, una estructura, algo.

—Pero la amenaza del norte… —objetó Malizall—. Se supone que está a semanas de aquí.

—Sí —concedió Alistar—, pero no sabemos qué ocurrirá exactamente el sexto día. Podría ser sólo el inicio de algo que conecte con eso. No lo sé.

Orianna, que había escuchado con los brazos cruzados y la mirada fija en el suelo, levantó por fin la voz:

—Tal vez deberíamos dejarnos apresar para introducirnos en la Mano.

—De ninguna manera —replicó Malizall sin dudar—. Ya pasamos por ahí, y no salió bien.

Hakuryuu habló entonces, y su tono tuvo la firmeza de un tajo limpio:

—Debemos enfrentarnos a ellos. No hay otra manera.

—Si acabamos con los apóstoles los convertiremos en mártires —repuso Malizall—. Y eso podría ser peor.

Alistar giró el ángulo de la conversación con un gesto.

—Si la Mano está atrapando almas, necesita un modo de hacerlo. Un artefacto, un ritual sostenido, una infraestructura.

—Tiene que haber un Almero —aventuró Orianna—. Pero Sildar dijo que las vio sobre Waterdeep. ¿Cómo puede estar… sobre Waterdeep?

—Podríamos buscar en otras zonas —terció Vengy—. No tiene por qué estar literalmente encima de la ciudad, aunque Sildar lo viera así.

—El Almero que destruimos capturaba almas en todo Faerûn —recordó Malizall—. No necesitarían estar cerca del punto de muerte. A menos que estemos ante una versión más pequeña y limitada.

—Y recuerda —dijo Vengy, frunciendo el gesto—: Acererak invirtió un tiempo incontable en construir aquel Almero.

—Entonces, busquemos a alguien con conocimientos arcanos elevados —propuso Malizall.

—Es buena idea —asintió Alistar.

—La Biblioteca Central —continuó el bardo— es la mayor fuente de conocimiento arcano de la ciudad… y, según el anciano, la Mano la ha clausurado.

—Aun así, quizá valga la pena acercarse —decidió Alistar.

—Propongo otra cosa —añadió Vengy—: pasemos primero por el puerto a por el marfil que necesito, y luego vamos a la biblioteca.

Antes de moverse, aseguraron la vigilancia de Sildar. Benedict, avisado, aceptó ocuparse de él.

—Queda en mis manos —dijo el clérigo—. Si la fiebre vuelve, estaré aquí.

Dejaron el hospicio. El claustro recibía la mañana como quien recibe una mala noticia que ya esperaba: sin sorpresa. Tomaron los caballos. El camino hacia el puerto se les hizo veloz: la ciudad, aunque herida, abría paso al trote de las monturas. Pasaron por la entrada del recinto; Vengy pagó por el marfil que precisaba, contó los paquetes con una precisión de escriba y volvió a montar.

—A la biblioteca —dijo Alistar.

Y partieron hacia la gran sala de los libros clausurados, con el cielo de plomo pesándoles sobre la nuca y la sensación obstinada de que el sexto día —fuera lo que fuese— ya había comenzado a contar.

La capitana de espaldas

La Gran Biblioteca de Waterdeep

La Biblioteca Central se alzaba al final de una escalinata ancha, y al pie de sus peldaños aguardaba lo que el anciano había anunciado: una veintena de soldados de la Mano de Hierro cerrando el paso, formados en una hilera de acero pardo. Los mandaba una figura que Alistar reconoció antes de verle el rostro, sólo por el porte: Soriah, antigua capitana de la orden de Tyr. Mujer seria, recia, de cierta edad, con una firmeza tallada a fuerza de años. Estaba de espaldas, a media distancia, discutiendo con alguien en lo alto de la escalinata.

A Alistar, la sola idea de tener que dirigirle la palabra le anudó el pecho.

Junto a Soriah y a su interlocutor había un tercer hombre que a Orianna le sonó de algo. Al acercarse a la línea de soldados, reconocieron al erudito que porfiaba con la capitana: el célebre Mase Dorlan Trenn. Orianna probó suerte con la formación.

—Me gustaría consultar algo en la biblioteca.

—La biblioteca va a ser clausurada —respondió un soldado, seco.

—¿Ya? ¿Ahora mismo?

—Ahora mismo.

—¿Por qué?

—No moleste, señora.

El hombre, agotada la paciencia, golpeó el guantelete contra el escudo para hacer ruido y cerró un palmo más la formación, retirándole la mirada. Ander masculló entre dientes:

—Mira que se creen los dueños de la biblioteca…

Alistar trató de pescar la discusión de lo alto, pero, aunque al erudito se le veía alterado, no alzaban la voz lo suficiente. Orianna insistió: ¿a quién debía dirigirse, era la única clausurada, necesitaba conocimientos de herbología? No obtuvo respuesta. Y entonces cayó en por qué le sonaba el hombre que acompañaba a Soriah: era el mismo que había visto, escoltado por un soldado de la Mano, cuando se infiltró en la capilla de Tymora. Se lo comunicó a Alistar por el collar de telepatía. El paladín no dijo nada; se limitó a esperar, y a dar un paso al frente para que Soriah reparara en su presencia.

El primero en advertirlo fue el acompañante, que tocó a la capitana y señaló al grupo. Soriah cruzó la mirada con Alistar. Él la sostuvo con seriedad, tratando de ocultar la decepción; ella no pudo evitar bajar los ojos al suelo un instante antes de volverse de nuevo hacia el erudito. Alistar lo notó. Y siguió callando.

El funcionario que escoltaba a Soriah bajó los peldaños hacia ellos.

—No habréis venido a causar problemas, ¿verdad?

—¿Qué problemas? —se indignó Orianna—. Sólo quiero saber de herbología.

—Pequeña druida, métete en tus asuntos.

—Mis asuntos son conocimientos druídicos. Y están en esta biblioteca.

—Sabemos de sobra que no es momento de herbología. No me torees —el hombre destilaba prepotencia—. No se entra hasta que requisemos el material prohibido.

—¿Material prohibido? ¿En serio? ¿Y cuánto tardaréis en ese «trabajito»?

—Qué chistosa. Un par de días, seguramente.

—Un par de días… que casualmente coincidirán con «el Juicio».

—Coincidirá con lo que tenga que coincidir —y, con una risa burlona—: ¿Tan apremiante es ese remedio de hierbas?

—Obviamente —replicó ella, con acidez—. Después del «incidente» que ocurrirá dentro de poco habrá mucha sangre, mucha gente que sufra. Necesitaré muchos remedios.

—¡Ja! Sí, claro, tú salvarás la ciudad. Seguro que sí. En fin, el gobierno ha ordenado requisar los libros, y yo, como funcionario, obedezco.

—Pues disfruta del camino que has escogido.

—Y tú del tuyo. Pero hoy, sin libros.

El funcionario aguardó a que se marcharan; el grupo siguió plantado, esperando a que Soriah y el erudito zanjaran su disputa. Cuando el hombre fue a hablar de nuevo, Alistar se le adelantó, ya harto:

—No nos interesa hablar con usted, señor. Esperamos a ese caballero —dijo, señalando al bibliotecario.

—Bueno, pues a ver si os decidís. En fin: dentro de poco la biblioteca estará cerrada, y el señor Mase quedará libre para perder el tiempo con vosotros.

Y subió de nuevo los peldaños. Arriba, el erudito acabó cediendo: abrió las puertas para franquearles el paso a los requisadores y descendió la escalinata, mientras Soriah permanecía en lo alto, inmóvil. La hilera de soldados se abrió para dejarle salir. Al pasar, los héroes lo oyeron farfullar:

—Maldita sea, Soriah… Antes, al menos, sabía leer. Ahora se ha vuelto imbécil.

Alistar aprovechó el resquicio.

—Yo también estoy decepcionado con ella.

El erudito le clavó un rostro amargado.

—¡Métete en tus asuntos!

Pero Alistar le siguió el paso, con los suyos detrás.

—Necesitamos hablar con usted, señor Trenn. Sólo será un minuto.

—No me molestes ahora. Hoy no es buen día. Lo siento.

—Al menos díganos dónde hallar una biblioteca con conocimientos parecidos a esta.

—¿Una biblioteca como esta? Qué absurdo… —masculló sin detenerse.

—Necesitamos acceder a ciertos conocimientos arcanos —insistió Alistar, alzando la voz—. Es extremadamente importante. Por favor.

Mase suspiró, vencido.

—Está bien, está bien. Tranquilo. Acompañadme.

Echó a andar farfullando que pensar en otra biblioteca comparable a la Gran Biblioteca de Waterdeep era el colmo de las necedades que llevaba oyendo toda la mañana. Alistar puso los ojos en blanco ante el dramatismo, pero no dijo nada.

Un recipiente con forma de hombre

Mase Dorlan Trenn

Mase los condujo a una taberna. Al entrar, el tabernero lo reconoció y, sin que mediara palabra, empezó a tirarle una jarra de cerveza.

—Sí, sí, ya lo sé, es un poco pronto para esto —se adelantó el erudito—. Pero qué más da…

—Nadie va a juzgarte por ello —dijo Alistar.

—Después de lo que habrás pasado, es normal —añadió Malizall.

Mase bebió un trago largo.

—La maldita Soriah. Antes pertenecía a la Orden del Códice. Yo mismo le enseñé incontables versículos. ¿Y ahora resulta que prohíben el conocimiento? Ya veréis: harán la mayor pira de libros de la historia de Waterdeep. ¿Y sabéis qué hará el gobierno? Lo de siempre. Nada.

Volvió a beber. Cuando se templó, dejó la jarra y compuso el gesto.

—Disculpad, qué maleducado. No me he presentado. Soy Mase Dorlan. Tal vez me conozcáis.

—Así es —respondió Alistar—. Yo soy Alistar. Estos son mis compañeros —y los fue nombrando uno a uno.

—Veníamos buscando conocimiento sobre algo muy concreto. Quizá eso le ayude a decirnos dónde encontrarlo.

—Buscad más bien a las personas adecuadas; los lugares con libros acabarán todos clausurados. Y, ya que estamos: puede que no lo sepáis, pero soy probablemente quien más conocimiento arcano atesora en esta ciudad. No uso la magia —nunca me interesó—, pero de saber, sé.

Vengy fue directo.

—Necesitamos información sobre Almeros. Creemos que podría haber uno sobre Waterdeep.

—Eso, o sobre otros mecanismos capaces de atrapar almas —apostilló Alistar.

—Almero, que se sepa, sólo ha habido uno, y me extrañaría muchísimo que hubiera otro sobre Waterdeep —repuso Mase—. Ahora hay nubes; pero cuando no las había no se veía nada ahí arriba. Es muy confuso lo que decís.

—¿Y no podría estar debajo? —tanteó Malizall—. En las alcantarillas.

—Podría… Aun así, me extrañaría.

—Pero Sildar vio las almas sobre Waterdeep —terció Alistar.

—Tal vez el Almero las canalice de modo que se concentren ahí arriba —aventuró Malizall.

Alistar comprendió que debía poner al erudito en antecedentes.

—Déjeme contextualizarle. Espero que no se altere… aunque, con todo lo que pasa, lo dudo. Sabemos, por un compañero que tuvo una visión tras ser marcado con el sello de Acererak, que…

—¿Acererak? —lo cortó Mase—. ¿Qué tiene que ver Acererak con todo esto?

—Todo —contestaron Orianna y Malizall, al unísono.

—Creemos que esto es la continuación de lo que ya intentó en su día —dijo Alistar—. En esa visión, nuestro compañero vio almas atrapadas sobre Waterdeep. Fueron sus palabras.

—No, no tan deprisa —insistió Mase, incrédulo—. ¿Qué tiene que ver Acererak, exactamente?

—Acererak es una criatura que disfruta dando mensajes crípticos —explicó Malizall—. Cruzamos su Tumba para destruir el Almero, y en cada piso había pistas veladas sobre los horrores que albergaba. La profecía funciona igual. Y en uno de sus versos dice: «el renacer de lo que nunca vivió».

—¿De lo que nunca vivió?

—Lo que nunca vivió era la criatura, el engendro que alimentaba con las almas que capturaba.

—El dios de la muerte que pretendía crear —añadió Alistar.

—El Atropal —dijo Mase.

Todos asintieron.

—Pero ¿por qué estáis tan seguros de que es Acererak? Sigo sin verlo.

—Por esto —Orianna le mostró la palma, con el triángulo invertido grabado en la piel—. ¿Reconoces el símbolo? ¿Y a quién lo enarbola hoy como emblema de su fe?

—Lo reconozco, sí. Pero… ¿un mero triángulo sostiene todas vuestras hipótesis?

—Desde que pisamos la Tumba supimos que ese signo está ligado a Acererak —dijo Alistar.

—Lo sé, lo sé perfectamente. De hecho, conservo varios tomos donde se explica, pero… —no terminó la frase.

—Nuestra compañera —Malizall señaló a Orianna— estuvo a punto de quedar atrapada en un limbo por su culpa.

—Igual que los apóstoles, también nosotros hemos oído su voz —dijo ella—. Sabemos que está aquí.

Mase suspiró.

—Sí… tiene sentido. Y los demonios están muy ligados a él. Pues, si es así, tenemos un problema.

—Un problemón —corrigió Malizall—. Necesitamos saber cómo detectar la presencia de un Almero en el flujo mágico. Si es que puede sentirse.

—Puede. Una persona de fe podría notarlo. O bien otro liche.

—Los liches… ¿son todos de naturaleza malvada? —preguntó Orianna.

—Por supuesto. ¿Crees que alguien —si es que aún puede llamársele así— que vive de las almas ajenas, puede ser bueno?

—¿Y cómo detectaríamos el Almero?

—Honestamente, no creo que lo haya. Sería demasiado aparatoso para ocultarlo en Waterdeep.

—¿No podría estar escondido, diseñado a propósito para ello? —porfió Malizall—. En las alcantarillas, por ejemplo.

—Tendría que ser una obra concienzuda de muchos años.

—Han pasado tres.

—No bastan.

—¿Hay algún otro mecanismo? —preguntó Alistar.

—Por supuesto. Una filacteria es otro artificio capaz de atrapar almas.

—¿Una filacteria con poder para retener las almas de toda Waterdeep? —dudó Malizall—. ¿No es su efecto más localizado?

—Por norma general, atrapar un alma exige rituales. Pero lo que alguien retenga por arte mágica, o en lugares muy preparados, sí: las almas cercanas pueden quedar prendidas en la filacteria de forma casi automática.

—¿Entonces es una filacteria, y no un Almero, lo que hay en Waterdeep? —murmuró Malizall, casi para sí.

—¿Podríamos averiguar dónde se hacen esos rituales? —preguntó Orianna—. ¿Han de hacerse en un sitio concreto?

—Cerca de los cuerpos que yacen. Hablo de metros, a lo sumo. Aunque hay excepciones: ciertas tumbas o guaridas de liches atrapan las almas de los aventureros que mueren en ellas.

—¿Y hay modo de detectar una filacteria? No estará a la vista; es demasiado valiosa para un liche.

—Correcto, sería ridículo dejarla expuesta… a menos que esté bien protegida, aunque esté a plena vista. A veces las guardan conjuros que impiden destruirlas.

—Tal vez lo que buscamos esté delante de nuestras narices y no lo veamos —dijo Vengy, en voz baja.

—¿Qué tamaño, qué forma tiene una filacteria? —quiso saber Orianna.

—Puede ser cualquier cosa. Cualquier objeto. Aunque algunos perturbados sostienen que hasta podría intentarse convertir a una persona en filacteria.

La idea atravesó a Malizall como una flecha.

—¡Los apóstoles! ¡Los apóstoles podrían ser filacterias vivas!

Un escalofrío recorrió la mesa.

—Pero me sigue chirriando que Sildar dijera «sobre Waterdeep» —objetó Alistar—. Quizá no salgamos de dudas hasta que despierte.

—Tendremos que volver con él —convino Malizall.

—Y, sin embargo —siguió Alistar—, si fuera sobre la ciudad, debería existir algún objeto físico que atrapara las almas…

—Invisible —soltó Malizall.

—La tormenta —dijo Vengy, despacio—. Algo debe de estar ocultándose tras la tormenta.

—Dejando eso de lado —retomó Orianna—, ¿qué se sabe de Acererak en general? ¿Qué información hay sobre él?

—Nada muy concreto, aunque es un ser conocido —Mase apuró otro trago—. Se dice que vive desde que hay memoria. Algunos relatos lo pintan como un niño traumado, con sangre de demonio, que enloqueció. Si hemos de creerlos, es mitad demonio, mitad humano. Viajó al Abismo y se hizo su señor, derrotando a un rey demonio tras otro, hasta vencer a su propio padre, al que encarceló en su guarida. Una guarida a la que nadie, que se sepa, ha logrado llegar.

—Tengo otra duda —dijo Orianna—, sobre algo que vi cuando él me marcó.

Y le describió lo que había contemplado al asomarse a la grieta del bosque.

—Sin duda, es el Corazón del Abismo.

—¿Y por qué crees que me lo enseñó?

—No creo que te lo enseñara. Lo viste porque intentaste atravesar el plano hacia el Abismo.

—Así que esto confirma que es un portal —dijo Malizall.

Alistar retomó el hilo.

—Entonces, si están enviando las almas de los muertos, necesitarán cuerpos. Fallecidos.

—Cementerios —apuntó Vengy.

—No —corrigió Malizall—. En los cementerios, las almas ya han partido. Han de ser personas agonizantes, recién muertas.

—Exacto. Pero en un lugar concreto, para poder oficiar su ritual.

—Tal vez lo disimulen para que no levante sospechas. Tal vez lo hagan a plena luz del día, sin que nadie se percate.

Alistar miró a Mase de frente.

—Y si los apóstoles fueran las filacterias… ¿cómo nos enfrentamos a ellos? ¿Cómo se destruye una filacteria?

—O sabes exactamente cómo hacerlo —todas tienen un punto débil que el liche está obligado a dejar—, o sólo un hechizo de poder descomunal podría lograrlo.

—Desintegrar —probó Malizall.

—No. Ni siquiera. Tendría que ser un deseo. O varios.

El silencio se cerró sobre la mesa unos instantes.

—Definitivamente, necesitamos hablar con Sildar —dijo Alistar.

—Así es. Tenemos que despertarlo de algún modo —asintió Malizall—. Señor Mase, espero que esta conversación le haya resultado, al menos, entretenida.

—Sí… —respondió el erudito, con una sonrisa amarga—. Siempre está bien hablar de viejos conocidos.

—Señor Trenn, gracias por su tiempo y por el conocimiento que ha compartido con nosotros.

Mase se quedó terminando su jarra mientras el grupo salía a la calle.

Y, al enfilar el camino hacia el aposento donde descansaba Sildar, se toparon de frente con lo que la mañana les tenía reservado: Soriah y su pelotón, concluido ya su trabajo en la biblioteca, avanzaban en línea recta hacia los héroes.


Sesión 8

La ciudad que aprendió a callar

Capitana Soriah Durn

La lluvia caía sobre Waterdeep como un sudario gris, fina y persistente. La Ciudad de los Esplendores había aprendido a callar. Las contraventanas permanecían cerradas a mediodía, los puestos del mercado desmontados, y tras cada rendija se adivinaba un ojo temeroso. El miedo se había vuelto el nuevo idioma de la ciudad.

Desde el umbral de la posada, los héroes la vieron llegar antes de oírla: una columna de la Mano de Hierro avanzando con una cadencia solemne, casi litúrgica. Una veintena de agentes, quizá treinta, embutidos en armaduras ennegrecidas y capas oscuras, con el triángulo escarlata pintado sobre el pecho como una herida ordenada. No marchaban como soldados, sino como una procesión: sin prisa, sin desorden, seguros de que la calle entera les pertenecía.

Y al frente, con el yelmo bajo el brazo y la mirada fija en ningún punto y en todos, caminaba la Capitana Soriah Durn. Su rostro era el de siempre —curtido, disciplinado, imposible de descifrar—, y precisamente por eso dolía mirarlo. Porque Alistar sí lo conocía. Lo había visto inclinado en oración bajo las balanzas de Tyr, en los bancos de la misma iglesia donde ambos habían jurado servir a la justicia. Habían sido hermanos de fe, compañeros durante años, antes de que ella colgara los hábitos de la orden para abrazar el puño que ahora ahogaba la ciudad. Soriah no le dedicó ni un gesto. Tal vez fuera lo más piadoso que podía ofrecerle.

No todos guardaron las formas. Uno de los agentes, al pasar, encontró los rostros del grupo y curvó los labios en una sonrisa prepotente, hecha para ser vista. Una invitación a la rabia. Pero Orianna no le concedió ese poder: simplemente cerró los ojos y apartó el rostro. No pensaba regalarle una sonrisa, ni siquiera la mueca de odio que el hombre buscaba. Cuando volvió a abrirlos, la columna ya se alejaba, y la insolencia de aquel rostro se había perdido entre cien capas iguales.

Pero los ojos del grupo no se quedaron atrás. Invisible y silencioso, el ojo arcano de Vengy se deslizó tras la procesión, mirando por ellos lo que ellos no podían seguir.

Resguardados de nuevo bajo el alero, las piezas empezaron a encajar en voz queda y sombría. Si la Nueva Fe arrancaba las almas de los muertos para alimentar los fragmentos malditos de Acererak, necesitaba algo más que fe: necesitaba cadáveres, y recientes. Fue Malizall quien puso nombre al siguiente paso, con la frialdad de quien ya ha aceptado pisar terreno sagrado por una causa impía.

—Al cementerio —dijo—. Si están cosechando muertos, es allí donde hay que mirar.

Y hacia el cementerio se encaminaron, bajo una lluvia que no parecía dispuesta a parar, en una ciudad que había dejado de levantar la vista.

Siega de las almas

Apóstol Hederic Alorn

El camposanto principal aguardaba en el extremo oriental de la ciudad, donde las casas menguaban y el lujo cedía paso a la piedra gris. Lo cercaba una verja de hierro forjado, oscura y austera. Tras los barrotes se adivinaban cipreses empapados y flores marchitas. Pero la quietud del lugar no era la de los cementerios, hecha de respeto y memoria. Era otra cosa. Era expectación.

No fueron los muertos quienes los recibieron, sino los vivos: una guarnición de la Mano de Hierro formaba a un costado del portón, escudo en mano y espada envainada, las miradas clavadas al frente con una rigidez que no era de vigilancia rutinaria, sino de guardia ante algo. A escasos cinco metros de la entrada, una mano enguantada se alzó sin prisa, y el grupo se detuvo.

—El acceso está restringido —dijo el agente—. Se celebran rituales para dar libertad a las almas de los fallecidos ayer. Solo entra quien posee permiso.

Fue Malizall quien dio un paso al frente, con esa serenidad de orador que sabe que la mentira más firme se sostiene sobre una verdad a medias. Preguntó quién concedía esos permisos; aseguró que querían uno.

—Mi compañero debe rendir homenaje a uno de sus compañeros caídos —dijo, dejando que la mirada del guardia resbalara hacia Alistar.

El soldado lo observó con una devoción serena, casi luminosa, y Malizall decidió tantear ese fervor.

—Se te ve muy devoto en lo que dices —deslizó.

—¿Acaso no sois seguidores de la Nueva Fe? —repuso el agente, devolviéndole la pregunta.

—Estamos estudiando sus ideas, a ver si las seguimos o no —respondió Malizall sin perder la calma—. Tienes que entender que es un cambio radical.

El guardia no respondió enseguida. Sus ojos descendieron hacia los pechos del grupo, hacia los símbolos sagrados que ninguno había tenido el cuidado de ocultar: la balanza de Tyr, la luz de Lathander, emblemas de dioses que la ciudad había empezado a llamar paganos.

Ander, que había escuchado todo aquello con el desdén de quien asiste a una mala comedia, masculló entre dientes un sincero —Qué tontos—. Y, sin embargo, tal era el aire de bufón inofensivo que envolvía al pícaro que los guardias no encontraron en sus palabras provocación alguna que castigar. La insolencia se disolvió como una broma que nadie se molesta en perseguir.

A Alistar, en cambio, no le hizo falta oír más. Rituales para liberar almas. El eufemismo le bastó: comprendió de golpe la magnitud de lo que se cocía tras aquella verja, y su voz se volvió prudente.

—Volveremos en otro momento.

Vengy, con la calma de quien ya guarda la respuesta para usarla después, preguntó cuándo concluiría el ritual. Dos horas, le dijeron; en dos horas el cementerio volvería a abrirse. Fingieron entonces la retirada, murmurando naderías sobre compras y cenas, dando media vuelta con estudiada indiferencia.

Y fue justo al volver la espalda cuando el mundo enmudeció.

No cesó la lluvia —seguía cayendo, fina y constante—, pero dejó de oírse, como si cada gota fuera a romper contra el suelo de otro mundo. Con ella callaron el viento, las hojas, el roce de las capas, el rumor remoto de la ciudad, hasta el latido de la propia sangre en los oídos. No era el silencio de la calma: era el de una estancia inmensa en la que algo, de pronto, ha vuelto la cabeza para mirar. Un silencio atento y hambriento, que se posó sobre los hombros como una losa de agua.

Y en mitad de aquella mudez, desde el corazón del camposanto, dio comienzo el oficio. Entre las tumbas abiertas, donde la tierra de la víspera aún estaba removida y fresca, se recortaban figuras encapuchadas con los hábitos de la Nueva Fe, inmóviles como mojones. Y sobre todas ellas, erguido en una piedra que hacía las veces de altar, presidía el Apóstol Hederic Alorn. No clamaba ni imploraba; con una calma que helaba más que cualquier alarido, alzó por encima de su cabeza el Cáliz de la Fe del Profeta y lo ofreció al cielo encapotado, como quien brinda de igual a igual con un dios.

Entonces ocurrió lo que no debería haber sido posible. De la tierra recién cerrada, de cada fosa de los muertos de ayer, empezó a manar una luz pálida y trémula. Decenas de luces, centenares; esferas del tamaño de un puño que se despegaban del suelo con una lentitud agónica, temblando, como si se resistieran a abandonar la carne que todavía las reclamaba. Eran las almas. Las almas de quienes apenas una jornada antes habían respirado, reído y temido, arrancadas de su descanso igual que se arranca una raíz que no quiere soltarse, atraídas hacia el Cáliz en alto y, desde él, hacia las alturas.

Subieron en una procesión muda y luminosa, sin prisa, y atravesaron el manto de nubes como el humo atraviesa una sábana. Pero no se deshicieron en lluvia ni cayeron sobre tejado alguno de Waterdeep: cruzaron el velo gris y, sin más, dejaron de existir para el mundo, tragadas por algo que aguardaba al otro lado y que ninguno de ellos alcanzaba a ver. La ciudad enterraba a sus muertos, y la Nueva Fe los segaba antes de que el cuerpo se enfriara, para entregarlos a un hambre sin nombre.

Junto al portón, ajenos al horror que custodiaban —o, peor aún, en comunión con él—, los tres centinelas inclinaron la cabeza y entonaron una oración. No era arcana, ni infernal, ni ninguna de las lenguas que los héroes habían aprendido en mil caminos: era un idioma muerto, hecho de sílabas que ninguna garganta viva debería poder formar, y que, sin embargo, aquellos hombres salmodiaban con la dulzura de una nana.

A Orianna se le erizó el cuerpo entero, de la nuca a los talones. La druida, de estatura menuda, se aferró a lo primero que tuvo al alcance —la pierna de Hakuryuu— y, con la voz quebrada por un pavor que rara vez se permitía mostrar, dijo lo único que su instinto le gritaba:

—Tenemos que marcharnos de aquí. Ahora mismo.

Nadie discutió. Se alejaron de la verja con paso medido para no delatar el miedo, mientras a sus espaldas el cielo seguía tragándose en silencio la cosecha de la Nueva Fe.

Velo sobre velo

Se internaron de nuevo en las arterias de la ciudad hasta dar con un callejón olvidado, lejos de miradas y de triángulos rojos.

Antes de mudar la forma, Orianna no quiso fingir aplomo.

—No voy a negar que tengo miedo —admitió—. Pero hay algo ahí arriba, y tengo que verlo con mis propios ojos.

Alistar le posó una mano en el hombro y dejó caer sobre ella una bendición, una brizna del favor de Tyr para que la amparase en la altura adonde ningún dios parecía ya asomarse.

Allí, donde la magia proscrita podía costar la vida, Hakuryuu hizo de muro: plantó su corpulencia ante Orianna y la envolvió con el embozo de su capa, ocultándola del mundo igual que una roca oculta a un manantial. Bajo aquel abrigo de sombra, la druida menguó y mudó, huesos y carne plegándose en plumas, hasta que de entre los pliegues alzó el vuelo un águila de plumaje gris, deliberadamente vulgar, nacida para no llamar la atención de nadie.

Mientras tanto, muy lejos de allí, Vengy seguía mirando por un ojo que no era suyo. Su centinela arcano había rastreado a la Mano de Hierro a través de las calles, y la había visto partirse en dos ríos: uno tras el Inspector, otro tras la Capitana Soriah. Optó por seguir a esta última, y lo que el ojo le mostró le heló la sangre: las dos corrientes volvían a confluir, engrosadas por decenas y decenas de agentes más, hasta formar algo que ya no era una patrulla, sino casi un ejército, congregándose en la gran plaza que se abría ante el palacio del Gobernador. No se reunían para desfilar. Se reunían para caer sobre algo.

—Daos prisa —transmitió Vengy a los demás, con la urgencia fría de quien ve venir la tormenta—. Algo muy gordo va a pasar en media hora.

Arriba, Orianna ascendía. Atravesó las primeras nubes —esas nubes bajas de lluvia mansa que tanto amaba, las que dejan colarse una luz tímida y plateada— y siguió subiendo, batiendo las alas contra un aire cada vez más frío y más delgado. El instinto del águila le advertía que se acercaba a un límite que ningún ave debería cruzar; aun así, subió. Y al rasgar el techo de nubes encontró, al fin, el cielo abierto.

Pero no era un cielo.

Sobre ella se extendía un azul soleado, sí, de los que deberían reconfortar el corazón tras tanta lluvia. Solo que estaba… mal. Plano. Demasiado perfecto, un gradiente impecable sin la hondura de lo verdadero, recorrido por una sutil ondulación, como si mirase el firmamento a través de una lámina de agua. No era cielo: era la imagen de un cielo. Una ilusión tendida sobre el mundo, vasta más allá de toda medida, una mentira pintada de azul para que nadie, allá abajo, sospechara lo que se ocultaba detrás.

Orianna forzó las alas un poco más, peleando contra el frío y la falta de aire, solo para confirmar lo que ya sabía. Y al hacerlo, por un instante, sintió lo que había al otro lado del velo: no el vacío sereno de las alturas, sino algo inmenso, hambriento y ajeno a este mundo, una herida abierta en la bóveda misma de la realidad hacia la que ascendían, mansas y robadas, las almas de Waterdeep. No alcanzó a verlo con claridad —ningún mortal estaba destinado a verlo—, pero su alma de druida lo reconoció como se reconoce la cercanía de un depredador en la oscuridad. El cielo eterno y encapotado de aquellos días no era obra del clima. Era una losa que una mano antigua y muerta había colocado sobre el mundo para esconder su cosecha.

—No me hace falta ver más —se dijo.

Y plegó las alas. Cayó a plomo, dejándose tragar de nuevo por las nubes mientras el aire turbulento la zarandeaba, descendiendo hacia una ciudad que vivía bajo un cielo falso sin saberlo, ignorante de que, por encima de su lluvia cotidiana, algo había abierto una puerta y aguardaba ser alimentado.

Donde la justicia aún velaba

Alistar

Orianna recuperó su forma casi antes de tocar el suelo, y aun así el aterrizaje fue duro. Cayó de rodillas, el pecho agitado, el corazón desbocado y la cabeza dándole vueltas; no por el esfuerzo del águila, sino por lo que había rozado allá arriba. Tardó un momento en encontrar de nuevo el aliento, y los demás le concedieron ese silencio.

Pero el mundo no estaba dispuesto a darles tregua. Sobre los tejados volvió a alzarse el desfile de luces: una segunda oleada de almas ascendiendo mansa hacia el cielo de mentira. Verlo por segunda vez no lo hizo más soportable, sino menos. Fue Alistar quien se quebró primero; se llevó las manos a la cabeza, incapaz de seguir mirando aquella procesión de difuntos robados.

—No, no puede ser. Tenemos que actuar ya. —Recobró el aliento a duras penas, y la urgencia se le agrió en rabia impotente—. Ya no hay ninguna duda… pero no tenemos pruebas de nada.

—No podemos convencer a Harker de que nos ayude —apuntó Malizall, sombrío—. No podemos hacer nada.

—Sí que tenemos una prueba —dijo Orianna, todavía con la respiración entrecortada—. Está sobre nuestras cabezas. El cielo no es el cielo.

Aquello bastó para encender la chispa. Si la bóveda celeste era una falsificación, alguien sabría reconocerla: alguien que se pasara las noches escrutándola. Y fue la propia Orianna quien lo señaló, buscando a tientas la palabra:

—Hay que hablar con ese que se pasa las noches con la vista clavada en las estrellas.

—El astrónomo —completó Malizall.

—Eredin —asintió Alistar.

Pero antes de ir tras él decidieron acercarse a la Ciudad de la Justicia, pues Vengy había visto a la Mano congregarse en sus inmediaciones y convenía saber qué se cocía allí. El distrito era un recinto casi amurallado, donde los propios edificios se cerraban formando baluarte, y lo coronaba la fortaleza-templo de Helm: los vigilantes, los protectores eternos de la ciudad, atrincherados en un torreón que era a la vez santuario y castillo, con su foso, sus murallas y sus portones. Desde sus alturas, ladera abajo y de cara al mar, se alcanzaban a ver los campanarios del templo de Tyr.

Para Hakuryuu, aquel no era un distrito cualquiera: era su hogar. Conocía sus avenidas y sus plazas, el trasiego de funcionarios y el bullicio de las casas de comidas a aquella hora; y por eso le dolía más verlo ahora erizado de guardias y salpicado de capas negras.

En la entrada del distrito reinaba esa tensión de plaza tomada por el ejército: guardias controlando cada acceso, miradas que los habían visto llegar mucho antes de que llegaran. Pero el capitán que mandaba el puesto era un rostro conocido. Serjay, caballero de armadura impoluta y porte disciplinado, compartía con Alistar la orden y los años, y los saludó como se saluda a un viejo camarada.

—¿Cómo están las cosas por aquí? —tanteó Alistar.

—Tensas. La Mano está muy activa… por toda la ciudad. —Serjay midió las palabras—. Nada que merezca la pena contar.

Pero algo en su tono, y en el discreto engrosamiento de las filas que se adivinaba a izquierda y derecha, decía lo contrario: algo estaba creciendo. Alistar no insistió. Se limitó a sostenerle la mirada y bajar la voz lo justo, consciente de que el resto de la guardia, firme y con la vista al frente, fingía no escuchar.

—Solo te diré una cosa, Serjay: ten cuidado, y mantente alerta estos próximos días.

Una chispa en la noche más cerrada

El templo de Tyr se alzaba ladera abajo, de cara al mar, donde el distrito de la justicia derramaba sus campanarios hacia el agua. La lluvia había cesado al fin, pero no la amenaza: mar adentro, sobre un horizonte de plomo, se amontonaban los nubarrones de una tormenta que aún no se decidía a caer. El aire sabía a sal y a hierro.

Dentro reinaba un temple muy distinto del que habían dejado en la casa de Lathander. Si en el templo del alba los sacerdotes habían atrancado los portones con miedo, aquí los templarios de Tyr se movían con la espalda recta y la mano cerca del pomo, tensos como la cuerda de un arco, aguardando una orden de soltarse que no terminaba de llegar. La balanza de Tyr pesaba la justicia, cierto, pero la pesaba sobre el filo de una espada, y aquella casa no había olvidado jamás el segundo platillo.

Y, sin embargo, la primera buena noticia de la jornada los aguardaba en el corazón del templo: el Sumo Sacerdote Eldrin, en pie. Caminaba despacio, pasito a pasito, con la cautela de quien ha estado más cerca de la otra orilla de lo que quisiera admitir; pero caminaba. Días atrás lo habían visto postrado, temiendo que no volviera a levantarse, y ahora recorría la nave por su propio pie, las canas peinadas y la mirada despejada. Tras él, un paso por detrás, marchaba un paladín de armadura impecable y gesto de ira contenida. Era un detalle pequeño y terrible: Eldrin nunca había necesitado escolta para andar su propio templo. Hoy la llevaba.

Los vio antes de que lo saludaran, y en su rostro fatigado se abrió una sonrisa.

—Alistar, hijo del Martillo.

—Eminencia. —Alistar inclinó la cabeza, y por una vez la solemnidad se le llenó de algo cálido—. No sabe cuánto me alegro de verle en pie.

—La verdad es que han sido unos días horribles. No sabía si me levantaría. —Eldrin dejó flotar un instante la confesión antes de enderezarla—. Pero Tyr ha estado conmigo. Quiere que siga luchando.

—Por supuesto que sí.

—Y luchar es lo que necesitamos ahora, Alistar.

—Me alegro de que me diga esas palabras, Eminencia —respondió el paladín—, porque es justo lo que pienso.

No había tiempo para más cortesías, y ambos lo sabían. Alistar le refirió lo que habían visto y lo que habían atado: el encuentro con los demonios en el bosque de Waterdeep, las grietas abiertas al abismo, la maldición que había abatido a Sildar. Al pronunciar el nombre midió la lengua un instante —conocía de antiguo la frialdad que el Sumo Sacerdote reservaba para quien había dado la espalda a su orden, y Sildar era, a ojos de la casa de Tyr, un renegado—, pero lo que traía no admitía remilgos. Aquella maldición, dijo, le había concedido a Sildar una sola visión antes de hundirlo en su sueño: almas atrapadas sobre Waterdeep.

—Después de eso decidimos investigar por nuestra cuenta —continuó—. Hoy nos acercamos al cementerio, sospechando que la Mano estaba detrás. No nos dejaron pasar; dijeron que celebraban un ritual para liberar las almas de los muertos. Y vimos con nuestros propios ojos cómo esferas de luz se alzaban al cielo. —Hizo una pausa, y la voz se le endureció—. Están utilizando las almas de los muertos.

Algo se ensombreció en el semblante del sacerdote. No era sorpresa: era la confirmación de un espanto largamente temido.

—Entonces es verdad.

—No quería creerlo —admitió Alistar—. Pero ya no podemos quedarnos sin hacer nada. Ya no. Está en peligro la ciudad. La gente.

Quedaba la pregunta que nadie quería formular: ¿para qué? Fue el propio Alistar quien se atrevió con la respuesta, y era un nombre que ninguno pronunciaba a la ligera.

—Lo único que podemos pensar es que Acererak quiera retomar el plan que ya le frustramos una vez. En su día quiso usar las almas para alimentar el nacimiento de un dios de la muerte.

Orianna añadió lo que había rozado en las alturas: la distorsión tendida sobre el cielo entero, la certeza de que algo inmenso aguardaba al otro lado del velo. Y todo encajaba —la visión de Sildar, lo presenciado en el cementerio, lo que ella había sentido sobre las nubes—; tres piezas que dibujaban una misma figura. Malizall fue más lejos y puso voz a la teoría más oscura: los apóstoles, los predicadores de la Nueva Fe, no eran simples fanáticos. Tenían razones para creer que eran filacterias, los receptáculos fragmentados donde un liche esconde su alma para burlar a la muerte.

—Eso se hace bastante descabellado —objetó Alistar.

—Estamos hablando de Acererak —repuso Malizall.

—Es una mera teoría. —Alistar no quiso comprometerse, pero tampoco la descartó—. Lo que no admite duda es que son ellos los instigadores de toda la mentira, y quienes organizan lo que se hace ahora con las almas. Así que es a ellos a quienes debemos ir.

Eldrin había escuchado hasta el final. Cuando habló, no lo hizo con el ardor de sus templarios, sino con la fatiga lúcida de quien ha visto demasiados incendios apagarse en ceniza.

—La política es el mayor enemigo de la justicia —dijo—. ¿Qué justicia puede haber si no se conoce la verdad?

Y los previno contra lo que sus propios paladines ansiaban. Un enfrentamiento abierto, por justo que pareciera, no conduciría a ninguna parte: solo engrandecería la mentira.

—Si la hacemos grande enfrentándonos a ellos, la falsa fe no hará más que crecer. Y la gente lo tendrá claro: o estás con ellos o contra ellos. Y estar con ellos significa estar contra nosotros.

No era rendición; era estrategia. Si confirmaban que en el cementerio se cometían actos impíos, había otra manera de golpear sin alzar estandarte.

—Podemos enviar un grupo sin ninguna señal. Alguien que no se identifique con ninguna de las órdenes, y que sea lo bastante valiente como para detener lo que estén haciendo… aun sabiendo lo que puede costarle. —Y, antes de que nadie se ofreciera, zanjó—: De eso ya me encargo yo.

Había hablado ya con las demás órdenes —los centinelas de Helm, los vigilantes eternos de la ciudad—, y cuando llegara la hora los templos abrirían sus puertas como refugio para los civiles; el de Helm, fortaleza entre fortalezas, sería el corazón de esa retirada. Porque la hora de la verdad tenía fecha. Sus informantes coincidían: todo culminaría la noche del juicio, el día sexto, cuando los apóstoles se reunieran. Y había algo más.

—Nuestros informantes dicen que la Voz también estará.

—La Voz —repitió Orianna, casi en un susurro—. Es él.

A Alistar le hervía la sangre de tener que esperar. Se ofreció a ir él mismo al cementerio, a mudar el rostro si era preciso, pero los suyos lo contuvieron: era demasiado conocido, un cartel andante que la Mano sabría leer de un vistazo. Su deber era otro ahora, le recordaron; el de todos, desentrañar cómo atajar el mal mayor. Cedió a regañadientes, y al hacerlo, como quien comprueba los cimientos de una casa que tiembla, regresó en silencio a su juramento. El de la devoción: el mayor de los bienes con el menor de los daños; actuar con honestidad; siempre la verdad, nunca la mentira; proteger a los inocentes; luchar, sin dudas, contra el mal.

A la hora de despedirse, Eldrin reservó para él un trato de tú a tú que lo desconcertó —el Sumo Sacerdote solía ser hombre de distancias—, y unas palabras que el paladín se llevaría consigo a la noche que se avecinaba:

—Incluso en la noche más cerrada, basta con una simple chispa para volver a iluminar la verdad. La mayoría de la gente solo está confundida; cuando vean la verdad, sabrán lo que es justo y volverán al camino. —Le sostuvo la mirada—. No los juzgues a ellos. Están confundidos.

Afuera, sobre el mar, la tormenta seguía sin decidirse a caer. Pero quedaba aún un hombre que gastaba las noches escrutando el firmamento, y si alguien podía decirles qué se escondía tras aquel velo de azul mentiroso, sería él. Hacia el astrónomo, pues, dirigieron sus pasos, mientras la tarde se vaciaba de luz sobre Waterdeep.

El astrónomo a ciegas

La sala de estudio del Maestro Eredin había conocido días mejores. Donde antes se apretaba el bullicio de discípulos y curiosos, ahora solo quedaba el silencio polvoriento de un aula vaciada. Un ayudante dormía desplomado sobre una mesa del fondo, vencido por el cansancio en una postura imposible. Y al frente, más demacrado todavía, el propio astrónomo: ojeras como cardenales, las gafas torcidas, balbuceando ante una pizarra cubierta de cálculos como si impartiera lección a un auditorio que se hubiera marchado hacía horas. No reparó en ellos al entrar. Llevaba demasiado tiempo a solas con las estrellas que no podía ver.

Fue Malizall quien lo llamó de vuelta al mundo.

—Maestro. Maestro Eredin. —El astrónomo alzó apenas la vista, los ojos enrojecidos—. Tenemos algo que decirte. Algo importante, y necesitamos de tu conocimiento.

—Mi conocimiento está un poco frustrado últimamente —repuso él, con una sonrisa amarga.

—Precisamente por eso. —Y cuando el sabio protestó que no había tiempo de sentarse, Malizall le robó la excusa con la suavidad de quien sirve al alba—: Quince minutos los tienes. Mañana habrá otro amanecer, no te preocupes.

Eredin se dejó caer en su silla. Prendió un cigarro a medio consumir y, mientras la primera calada le devolvía algo de color, escuchó sin mirarlos.

Alistar le expuso la situación con la economía de quien ya ha contado la misma historia demasiadas veces: una distorsión tendida sobre el cielo que parecía ocultar la realidad; la Mano atrapando las almas de los muertos en algún lugar de las alturas; su propia compañera, hecha águila, elevándose hasta rozar aquel velo. Venían, dijo, a saber si el mayor experto en astronomía de Waterdeep había advertido algo extraño en sus observaciones.

El astrónomo dejó escapar el humo despacio.

—¿Sabes cuál es el mayor enemigo de un maestro de las estrellas? —Hizo una pausa dramática—. Las nubes. —Y, como si la palabra le supiera a hiel, añadió—: Llegan los días más importantes para observar el cielo de mi vida y resulta que hay nubes. Llevo literalmente setenta y dos horas esperando y no se ha visto el firmamento en ningún momento.

Setenta y dos horas. Los héroes cruzaron una mirada. No era el clima quien le había robado el cielo al sabio justo en los días señalados.

—Demasiada casualidad —murmuró Malizall.

—Demasiada —convino Alistar.

Algo empezó a encajar en la mente de Malizall, una pieza que llevaba días girando sin hallar su hueco. Preguntó qué calculaba el Maestro entre aquel naufragio de papeles. La luna, respondió Eredin: la trayectoria de los astros. La profecía anunciaba que la luna no volvería, y eso era sencillamente imposible; todos sus números lo gritaban: la luna se ocultaría una noche, sí, pero a la siguiente regresaría, como había regresado desde el principio del tiempo.

Y entonces lo vieron.

—Espera. No hace falta quitar la luna —dijo Malizall, muy despacio.

—No hace falta. —Orianna sintió que un escalofrío le trepaba por la espalda al comprenderlo—. Solo que no la veamos.

—Con la distorsión ahí arriba, que nadie pueda mirarla, la profecía se cumple igual —remató el warlock.

No había que arrancar los astros del firmamento. Bastaba con cegarlos. Tender un velo sobre el mundo y dejar que la gente, incapaz de hallar la luna, se convenciera de que en verdad se había ido para siempre. La profecía no se cumpliría: se falsificaría. Un engaño descomunal, urdido para que una ciudad entera diera por cierto su propio fin.

Quedaba la pregunta de siempre: ¿Cómo se rasga un velo del tamaño del cielo? Barajaron lo imposible —un Dispel Magic tan vasto que ninguna garganta podía conjurar; subir volando con la magia de Malizall y los sentidos divinos de Alistar para palpar lo que se ocultaba detrás—, pero las cuentas no salían. El ascenso era angustiosamente lento, la altura se medía en kilómetros y, sobre todo, la bajada era una sentencia: a ninguno le quedaba un hechizo que amansara semejante caída. La idea quedó suspendida, como tantas otras, a la espera de una ocasión que no terminaba de llegar.

Eredin apagó el cigarro contra la mesa y se puso en pie. Estaba acabado, y lo sabía. Se ofrecieron a acompañarlo a sus aposentos, pero el viejo declinó con un gesto cansado: aún podía él solo. Lo vieron arrastrar los pies hacia la puerta —un hombre que había consagrado la vida a leer el cielo y a quien, en la hora más decisiva, le habían apagado las estrellas.

Tras él quedaron sus cálculos inútiles: setenta y dos horas de tinta gastada persiguiendo una luna que una mano muerta había sepultado tras una ilusión.

La mano que aún se movía

El grupo se repartió la tarde como quien reparte una carga demasiado pesada para un solo par de hombros. Ander, Orianna y Hakuryuu pusieron rumbo a la residencia de los templarios de Lathander, donde el clérigo Benedict velaba el sueño maldito de Sildar; por el camino, las calles hervían de agentes de la Mano, más numerosos y descarados a cada esquina, como un presagio que nadie quiso nombrar en voz alta. Y Vengy decidió ir por su cuenta al cementerio. Nadie se lo discutió demasiado —no parecía, de entrada, un riesgo mayor—, pero a él tampoco le habría detenido la objeción: tenía una pregunta clavada en aquel camposanto, y pensaba arrancarla con sus propias manos.

Fue hacia el este, hacia las faldas de la montaña, cruzándose apenas con alguna patrulla de la Mano. El mismo camposanto ante cuya verja los habían rechazado aquella mañana se desplegó ahora ante él desde lo alto de una colina, y era inmenso. No lo habían trazado: había crecido. Nichos excavados en la roca, lápidas encaramadas unas sobre otras, senderos que se quebraban en recodos sin lógica, todo brotado de la ladera con la terquedad orgánica de la hiedra. Un laberinto de muertos.

Desde la altura los vio: cientos de fieles de la Nueva Fe con el símbolo al pecho, agentes de la Mano salpicados entre ellos, toda la parafernalia de una liturgia que ya tocaba a su fin. Vengy aguardó, paciente, mientras el cementerio se vaciaba poco a poco, como un reloj de arena que cuenta hacia la soledad. Cuando el movimiento menguó hasta casi extinguirse, saltó la verja. Su armadura de mithril apenas susurró. Avanzó entre las tumbas pegado a la piedra y a la sombra, hasta el corazón del lugar, allí donde se había oficiado el rito.

Y lo encontró. Una fosa enorme, recién cubierta de tierra, bajo la cual yacían —lo supo por su tamaño— no uno ni dos, sino muchos cuerpos. Alrededor, quemada en el suelo con saña, una figura precisa había dejado un rastro de hollín y ceniza. Vengy trepó a un repecho para abarcarla entera, y lo que desde el suelo parecía un triángulo se reveló como algo peor: triángulos dentro de triángulos, encajados unos en otros hacia un centro imposible. El sello de la Nueva Fe, grabado a fuego sobre la fosa común.

El aire de aquel rincón estaba mal. No era frío, ni hedor, ni nada que los sentidos supieran nombrar; era una certeza que le trepaba por la nuca: allí había ocurrido algo ajeno al orden natural de las cosas, algo maligno por su misma raíz. La perturbación le enturbió la mente, y notó que se le escapaban detalles, pistas que en otras circunstancias habría sabido leer. ¿Qué narices han hecho aquí?, pensó, sin atreverse a decirlo en voz alta. Deberíamos haberlos detenido en su momento.

Ya se disponía a salir —había visto suficiente— cuando algo se movió en la fosa.

Se quedó helado. Esperó, conteniendo el aliento, hasta que oyó pasos: alguien se acercaba. Apenas tuvo tiempo de tejer sobre sí una invisibilidad antes de que apareciera: un soldado de la Mano, rezagado, con una armadura demasiado bien trabajada para un simple centinela. El hombre escrutaba el suelo, no el aire, ajeno a la presencia invisible que tenía a cuatro pasos; algo no le cuadraba. Entonces clavó la bota en la arena removida y empezó a aplastar, a tapar, mascullando por lo bajo, lo que Vengy reconoció con un vuelco del estómago: una mano. Una mano humana mal enterrada, asomada entre la tierra.

Y en el dorso de aquella mano había un triángulo. No pintado: grabado a fuego en la carne, una cicatriz ennegrecida y hundida, como un tatuaje. Y Vengy la conocía demasiado bien, porque era la misma marca que Orianna y Hakuryuu llevaban en la piel desde las primeras jornadas de aquella historia.

No pudo contenerse. Dio cuatro pasos al frente, incapaz de creer lo que veían sus ojos, porque la mano se movía. No era el viento, ni la arena cediendo. Mientras el soldado echaba tierra encima, los dedos se crispaban, arañaban el aire, buscaban.

Estaban enterrando a la gente viva.

¡Están vivos!

El susurro fue su perdición. El soldado lo oyó, giró sobre sí mismo y, aunque no podía verlo, supo que no estaba solo. Alzó la voz pidiendo ayuda. No quedaba margen para las sutilezas.

Vengy descargó el espadón con toda la furia de su fe, un tajo invisible cargado de luz sagrada que habría partido a un hombre en dos. El soldado se tambaleó, malherido… y no cayó. Peor aún: ante los ojos incrédulos de Vengy, las heridas se le cerraron, la vida le volvió al cuerpo como si una mano invisible lo recosiera. Se rehízo y contraatacó, un golpe feroz, a ciegas pero certero; Vengy apenas alcanzó a tejer un escudo de fuerza que desvió el acero a un palmo de su carne. El mandoble del enemigo hendió el aire con el mismo estruendo que el suyo.

A lo lejos empezaban a oírse otras voces. Acudían.

No podía ganar aquello. Pero podía castigarlo. Vengy alzó la mano y lo señaló con un dedo.

—Pues chaval, buena suerte —masculló, con la sorna helada de quien ya no tiene nada que perder—. Porque va un Inmolar.

Y el nombre del conjuro se cumplió al pie de la letra. El hombre ardió: no la fosa, no la mano que aún se movía, solo él, envuelto de golpe en una columna de fuego que le lamió la armadura y le prendió la carne. Y, sin embargo —imposible, monstruoso—, el soldado siguió en pie. Siguió viniendo. Convertido en antorcha, rastreándolo por el ruido de sus pasos y el reguero de su magia, le arrojó jabalinas envueltas en su propia luz maldita. Una estalló a su espalda; la onda estuvo a punto de derribarlo, y solo a fuerza de voluntad se mantuvo en pie y siguió corriendo.

Era de día. Cada pisada levantaba polvo, lo delataba. La salida quedaba lejos y el perseguidor, ardiendo, no aflojaba. Entonces, al doblar un recodo, Vengy hizo lo único que le quedaba: un conjuro de vuelo lo arrancó del suelo y lo lanzó hacia lo alto, visible al fin, pero fuera del alcance de aquellas manos en llamas. Abajo, el soldado intentó un último hechizo para arrancarlo del cielo; Vengy lo señaló de nuevo, a distancia, y le quebró el conjuro en la garganta antes de que cuajara.

Y voló. Voló sobre el laberinto de muertos y la fosa blasfema, dejando atrás a un hombre ardiendo entre las tumbas y, bajo la tierra, una cosecha de inocentes que aún respiraban. No se quedó a ver cómo terminaba. Había escapado por un margen tan fino que el corazón le golpeaba el pecho como queriendo partirlo; y lo que se llevaba consigo, lo que sus ojos acababan de ver, no se lo arrancaría ya nadie en lo que le quedara de vida.

Antes de que alguien se haga daño

Mientras Vengy se alzaba en vuelo sobre el cementerio, dejando atrás el fuego y la tierra removida, sus compañeros caminaban hacia la otra herida de aquella tarde sin sospechar lo que iban a encontrar.

Ander, Orianna y Hakuryuu se dirigían sin prisa a la residencia de los templarios de Lathander, donde Sildar seguía durmiendo su sueño envenenado bajo el cuidado de Benedict. Pero al desembocar en la gran plaza del templo, los pies se les clavaron en el suelo.

La habían tomado. Ochenta soldados de la Mano, acaso más, ocupaban la explanada, y los pesados portones del santuario —rosados, recamados de oro, hechos para abrirse de par en par al amanecer— estaban cerrados. Mientras los héroes miraban, las hojas se separaron con un gruñido de bisagras forzadas, y por el hueco no asomó la luz del alba, sino una muralla de espaldas: un muro de escudos de la Mano, cerrado y rígido, alzado frente al templo. A un costado, otros soldados batían una puerta lateral con mazas y palancas, empeñados en reventarla. La plaza se vaciaba de fieles a empellones. Era de día todavía, pero sobre la casa de Lathander se había puesto el sol.

Y allí, ante el muro, estaba el Padre Relion.

Lo reconocieron y, a la vez, no lo reconocieron. El Sumo Sacerdote de Lathander, el hombre afable y de gesto distendido que recordaban, se erguía ahora recto como una lanza, severo, envarado en una pose que no le pertenecía. El sargento Derian, oficial de la Mano y un rostro que el grupo ya conocía, desplegaba ante él un pergamino y le hablaba sin tregua. Estaban demasiado lejos para oír una sola palabra.

Pero a Orianna no le hizo falta oírlas para que la sangre le hirviera. Quiso acercarse, y dos guardias le cerraron el paso.

—No podéis pasar. El padre está ocupado. Asuntos más importantes.

—¿Qué asuntos?

—La clausura del templo. ¿Algún problema?

—No podéis clausurar el templo —escupió ella.

—Mientras empuñaba el arma sin desenvainarla —respondió el guardia, midiéndola—, tranquilízate de una vez y da media vuelta.

—No me tranquilizaré hasta ver que el Padre Relion sale de aquí de una pieza.

Lo que Orianna no comprendía, lo que nadie en aquella plaza alcanzaba a ver, era que el Padre Relion no estaba siendo doblegado. Estaba eligiendo. Para él, batirse allí, desenvainar el acero o desatar la magia entre aquellos muros, no habría sido resistir: habría sido perder. La verdadera derrota era llegar a ese extremo. Por eso cedía, por eso inclinaba la cabeza ante el edicto y se disponía a partir, a entregar las piedras antes que las vidas. Y lo que le quebraba por dentro no era el miedo a la Mano, sino la impotencia de ver a sus propios fieles arrastrados por la ira de la Nueva Fe, ardiendo en un furor que él, pastor del alba, ya no sabía apagar.

Orianna no podía saberlo. Solo veía a un anciano querido acorralado entre lanzas, y al sargento Derian irguiéndose sobre él como un carcelero. Algo dentro de ella se quebró.

—Empiezo a ver todo en negro —dijo, en voz baja.

De cualquier otra habría sido una queja; en ella era un aviso. Significaba que la furia había tomado el mando, y que si un muro de escudos se interponía entre ella y aquel hombre, pasaría por encima.

Su cuerpo menudo se desbordó en un estallido de quitina y patas, y una araña descomunal ocupó su lugar. Tomó impulso y saltó. Los guardias más próximos alzaron los escudos por instinto, y apenas alcanzaron a ver la sombra del monstruo pasar sobre sus cabezas. Ander, con más suerte que cabeza, quedó colgado de una pata como quien se agarra a un carro desbocado. Hakuryuu no la tuvo: su manotazo no halló asidero y acabó rodando por el suelo, solo, en mitad de la primera fila de soldados.

Y allí, cercado de enemigos, el guerrero plantó los pies y tomó su decisión.

—¡Detente, Hakuryuu! —le gritó uno de los soldados.

—¡No! ¡Suficiente! Ya estoy harto de esperar. Ahora vais a ver cómo sabe mi espada.

Quiso que aquellas palabras cayeran como un trueno y abrieran a su alrededor un claro de miedo. Pero los soldados de la Mano no se inmutaron: eran decenas, un bosque de acero impasible, y su bravata se estrelló contra ellos sin arrancarles siquiera una mueca.

—¡Estúpido! Suelta el arma ahora mismo —le escupió uno.

Y entonces Hakuryuu, con el mandoble en alto y un mar de enemigos cerrándose sobre él, sintió por primera vez que el suelo se le movía bajo las botas. Aquella certeza de su propia fuerza, que jamás le había fallado, empezó a agrietarse por dentro. Quizá esta vez no bastara. Quizá esta vez no hubiese espada que valiese.

Entretanto, la araña había cruzado la plaza como una exhalación, regateando a los guardias que se le echaban encima en vano, y de un último salto franqueó el muro de escudos para caer justo ante el Padre Relion. El frenazo despidió a Ander, que había aguantado todo el trayecto agarrado a una pata: salió rodando y fue a parar detrás de la mole de quitina. Se levantó, se sacudió el polvo y asomó la cabeza por un costado de aquella araña monstruosa que se cernía sobre el sacerdote. Y, con la sonrisa más afable de su repertorio y el aplomo de quien no acabara de caerse de un monstruo gigante, ofreció:

—No se asuste, venimos a salvarle, padre.

La respuesta no fue gratitud. El rostro de Relion se crispó de cólera.

—¿Qué puñetas hacéis aquí? Marchaos antes de que esto acabe en sangre.

Porque lo último que aquel hombre desesperado deseaba era una batalla librada en su nombre. Y entonces ocurrió.

La voz del Padre Relion cambió. De su garganta brotó un tono grave, inmenso, una voz como ninguno de ellos había oído jamás, y con ella una marea de poder que empujó hacia atrás cuanto lo rodeaba. Los soldados de la Mano trastabillaron dos, tres pasos. Los ojos del sacerdote se encendieron, sus cabellos se alzaron como mecidos por un viento que no soplaba para nadie más, y aquella voz se alzó para pronunciar el edicto, no ya como una súplica, sino como un mandato divino.

Por un instante —uno solo— el alba volvió a tener voz.

Y entonces, entre las filas de la Mano, un agente alzó la mano con desgana y, sin más ceremonia, chasqueó los dedos. El poder de Relion se extinguió de golpe, como una vela pellizcada entre dos dedos. La voz grave enmudeció antes de pronunciar una sola palabra, la luz huyó de sus ojos, los cabellos le cayeron sobre la frente. Como si nunca hubiera ardido nada en él.

—Haced caso al edicto. Salid del templo antes de que alguien se haga daño. —Derian, áspero y contundente.

La marea de hierro

La chispa no la prendió ninguno de ellos: vino de una calle lateral, en tromba.

Irrumpió en la plaza la turba de la Nueva Fe —triángulos rojos al brazo, los rostros desencajados de fervor, antorchas humeantes en alto—, y al frente un heraldo que blandía como un trofeo un ídolo decapitado de Tymora.

—¡Sin suerte, sin herejía! ¡La Voz reclama lo suyo! —vociferaba.

Arrastraron hasta las puertas del templo cuanto mueble habían saqueado y lo apilaron en una pira impía. El fuego prendió glotón, escupiendo chispas que ennegrecieron las vidrieras y alzando sobre los tejados la columna de humo que pronto vería media ciudad. Y los más exaltados no se saciaron con la madera: se arrojaron sobre los fieles de Lathander entre insultos y empellones. Un joven acólito cayó derribado, y la primera sangre se mezcló con el hollín sobre el mármol blanco.

Y lo que siguió no fue una batalla, sino algo más sucio. Los devotos de Lathander —sacerdotes de hábito, pero también vecinos de a pie que solo habían ido a rezar, tenderos, ancianos, simples simpatizantes del dios del alba— no estaban dispuestos a ver arder su templo de brazos cruzados. Se revolvieron contra la turba de la Mano, y la turba se les echó encima.

No hubo nobleza en aquello. No hubo muros de escudos ni duelos de acero: hubo piedras arrancadas del propio empedrado y estrelladas contra rostros, puños que buscaban dientes, uñas que buscaban ojos, cuerpos derribados y pisoteados sobre el mármol que aún humeaba. Un anciano se desplomó con la sien abierta; un muchacho con el triángulo rojo al brazo cayó con una piedra hundida en la nuca. Gente que la víspera compartía pan en el mismo mercado se molía ahora a golpes entre el barro y la ceniza, cegada por un odio cuyo origen ni ellos mismos sabrían señalar.

Y eso —no el fuego, no el edicto, no las lanzas— era la verdadera obra del enemigo. Acererak no necesitaba ejércitos para tomar Waterdeep: le bastaba con partir a su gente por la mitad y dejar que se despedazara sola. Así, sin que los héroes pudieran hacer nada por impedirlo, la plaza del templo de Lathander se había convertido en eso: un campo donde la ciudad se mataba a sí misma.

Hakuryuu, aún cercado en la primera línea de soldados, hizo lo que mejor sabía: medir al enemigo. Y lo que leyó no le gustó. No era cuestión de valor ni de filo; era aritmética. Eran decenas, un oleaje de capas negras que no dejaba de engrosar, y ellos un puñado escaso. Por mucha fuerza que atesorara —y atesoraba de sobra—, allí no había victoria que arrancar.

Y, por primera vez, no supo qué hacer. Atacar parecía inútil; huir, imposible; quedarse quieto, una forma de rendirse que jamás había aprendido. El guerrero se quedó clavado, el mandoble en alto y la cabeza en blanco, mientras aquella certeza suya —la de una fuerza que nunca le había fallado— se le escurría entre los dedos como arena. Y los soldados de la Mano, que olfatean la vacilación como el lobo la sangre, avanzaron un paso más sobre él.

Y la cosa, lejos de calmarse, se tensaba más a cada instante. El sargento Derian no tenía prisa: con el arma aún baja, exigió a los intrusos que depusieran las suyas y se entregaran —aquello ya estaba perdido, dijo; solo faltaba que lo aceptaran—. Orianna le contestó a su manera.

—¡Soltad las armas inmediatamente, imbéciles! —le escupió, sin rastro de la prudencia que el momento aconsejaba.

Pero las palabras no frenaban lanzas, y los soldados de la Mano seguían apretando el nudo, paso a paso, hasta casi dejarlos sin aire. Ander fue el primero a quien el pánico le trepó a la garganta; y el pánico, en él, no paralizaba: estallaba. Alzó las manos y descargó un Shatter sobre los soldados más cercanos, un trueno de pura vibración que los arrojó hacia atrás y abrió, por un instante, un palmo de respiro. Y con aquel estallido saltó la última contención: el cerco se deshizo en combate abierto y la Mano se echó encima.

Orianna no pensaba desperdiciarlo. Se desprendió de su forma de araña como quien se quita un abrigo y, ya en su cuerpo, hizo aquello que mejor se le daba y más temía el enemigo: llamó a la tormenta. Por un instante, el cielo de mentira pareció obedecerla, y un rayo descendió sobre la plaza y frió a un soldado dentro de su propia armadura, sacudiendo y abrasando a cuantos lo rodeaban.

Pero fue lo único que le dio tiempo a hacer. Casi en el mismo gesto, un golpe brutal se le estrelló encima —acero y saña a partes iguales—, y el conjuro se le deshizo entre las manos: la tormenta que acababa de llamar se apagó tan deprisa como había venido. Maltrecha, sin aire y fuera ya de su piel de araña, nunca había estado tan a merced de nadie. Y Derian llevaba rato agazapado, esperando justo eso.

Hakuryuu lo vio y se lanzó a sacarla de allí, un zarpazo desesperado por arrancarla del cerco. Pero el sargento fue más rápido: le rodeó el cuello con el brazo y le posó la daga en la garganta antes de que el guerrero llegara a rozarle la túnica. La ganó por un suspiro. Orianna quedó inmóvil, sin un resquicio.

—¡Orianna! —El grito de Hakuryuu se ahogó en el fragor. No llegaba; nadie llegaba a tiempo.

Alrededor, los soldados que los estallidos habían derribado se reincorporaban, y muchos más cerraban filas sobre el grupo. No querían matarlos: querían que se rindieran. Con la druida de rehén y la daga en su cuello, cualquier paso en falso —un conjuro, una transformación, un mandoble de más— le costaría la vida antes de poder rematarlo.

Los que llegan tarde

A cierta distancia de la plaza, dos de los suyos corrían hacia el estruendo. Malizall y Alistar habían oído crecer el clamor mucho antes de doblar la última esquina, y lo primero que les salió al paso no fue la refriega: fue el humo, una columna gris izándose sobre los tejados, justo allí donde se alzaba la casa de Lathander.

Cuando alcanzaron a abarcar el panorama, se les heló la sangre. Cuarenta soldados de la Mano, la plaza vuelta un hervidero de gente moliéndose a golpes, el templo prendido… y, en el centro de todo, una de los suyos inmovilizada con una daga al cuello. La Mano, entretanto, contemplaba el caos sin mover un dedo, dejándolo crecer como quien atiza un fuego ajeno.

A Malizall le pudo el impulso.

—Bajemos. Entremos volando, ya.

Pero Alistar miró más allá del arrebato, y vio lo mismo que Hakuryuu había leído desde el suelo: que eran demasiados, que ni con toda su fe y todo su acero torcerían aquello, y que lanzarse de cabeza solo añadiría sus dos nombres a la lista de los caídos. Le costó la decisión más dura de la tarde.

—No. Así no. —Ya estaba dando media vuelta, con el alma en carne viva—. Son demasiados. La única forma de que esto no acabe en matanza es traer a los míos. Voy al templo de Tyr.

No tuvo que buscar caballo: la suya no era montura que durmiese en cuadra alguna. La invocó —privilegio de los paladines de Tyr—, un corcel de luz se materializó bajo él y, de un salto, partió al galope, dejando a su espalda la plaza en llamas y a una compañera con el filo en la garganta. Cada minuto contaría como una hora. Pero abandonarlos así, aunque fuera para salvarlos, le sabía a traición.

Malizall lo vio marchar y se quedó solo. Y solo, en mitad de aquel hervidero, no aguantaría ni un asalto. Fue el propio Padre Relion quien se lo gritó al pasar, fuera de sí:

—¿Qué haces aquí? ¿No ves la que se ha liado? ¡Vete, o acabarás como ellos!

Y al decir como ellos no señalaba a los suyos, presos junto al templo, sino a la marea de vecinos que se destrozaban a golpes en mitad de la plaza: como si lo que de verdad debiera temer Malizall no fuese la Mano, sino quedar engullido por aquella locura.

Pero Malizall no había venido a huir. Los suyos seguían dentro, y Orianna, con un cuchillo al cuello. Retrocedió hasta la boca de un callejón, lejos de las manos que pudieran interrumpirlo, y se tejió a sí mismo el conjuro del vuelo. Si no podía abrirse paso entre el muro de escudos, pasaría por encima. Tomó aire y se lanzó al cielo, rumbo al corazón de la plaza.

Y, mientras tanto, muy lejos, en los caminos del este, otro de los suyos corría sin resuello. Vengy, que escapaba aún del cementerio con el horror pegado a la piel, alzó la vista y vio sobre la ciudad el fogonazo de una tormenta imposible reventando entre las nubes. No necesitó más para saber de quién era aquella furia. Orianna. Apretó el paso hasta que los pulmones le ardieron, sabiendo de antemano que llegaría tarde: lo que se cocía allá lo separaban de él más de una hora de camino.

El sermón y el sargento

Malizall aterrizó en el ojo del huracán, entre los suyos y el muro de la Mano. Derian lo recibió con un gesto de fastidio, sin apartar la daga del cuello de Orianna.

—Siempre vais todos de la mano, ¿no?

—Somos un grupo —respondió Malizall.

Lo que vino después fue un pulso de nervios envuelto en palabras. Derian esgrimió de nuevo el edicto: hoy se clausuraba el templo; si deponían las armas y dejaban hacer, podrían marcharse con vida. Ander, a quien el miedo había enmudecido al fin, dejó caer su flauta al suelo en señal de rendición. Bajaron las armas. La daga no se apartó del todo, pero la matanza, por un momento, quedó suspendida en el aire.

Malizall no se fiaba.

—Dame tu palabra. Jura que no les harás nada.

—Nosotros nunca alzamos la mano contra la ley —repuso Derian, con una condescendencia que escocía—. No entendéis nada de nosotros.

—No me trates con condescendencia. —La voz de Malizall se afiló—. Es lo que más detesto en este mundo.

Y así, con Orianna de rehén y el templo ardiendo, el warlock de Lathander y el sargento de la Mano se enzarzaron en el único combate que aún podían librar: el de las palabras. Malizall lo acorraló a preguntas sin respuesta cómoda. ¿Dónde estaba su dios? ¿Dónde su poder? ¿En qué se manifestaba, salvo en lanzas y en hogueras? Una ley escrita esa misma mañana, improvisada, ¿con qué derecho se alzaba sobre fes de siglos? Si tan seguros estaban de su verdad, ¿por qué necesitaban acallar las demás?

—No te lo crees —le espetó—. Porque tu cara miente muy mal.

Pero Derian no era un fanático cualquiera, y respondió con una certeza que helaba más que cualquier amenaza.

—No entendéis que vuestra fe impura no es compatible con la nueva. La verdadera.

Malizall le devolvió el golpe con sus propias armas. Sabía bien —lo habían atado en el templo de Tyr— qué clase de horror se escondía tras los apóstoles y la Nueva Fe, y se lo escupió a la cara:

—Tu alma será devorada por un Atropal. O peor: por los mismos artefactos que mantienen vivo a Acererak.

Pero a Derian no le tembló la sonrisa; al contrario, se le ensanchó. En lugar de morder el anzuelo, se rió de ellos.

—Vivís en el pasado. Siempre con lo mismo: que si el Atropal, que si Acererak… —E hizo un gesto de hastío, como quien espanta una historia vieja—. Aquello fueron cuatro días de gloria. Superadlo ya.

Y aquella burla escoció más que cualquier amenaza, porque tocó donde dolía. Insinuaba que el grupo seguía librando una guerra de hacía años contra un enemigo que tal vez ya ni fuera el mismo; que su gran gesta, la que los había definido, no era más que un recuerdo al que aferrarse mientras el mundo se pudría, ahora, por otras manos y otras razones. Por un instante, ninguno supo qué responder. La duda, sembrada con una sonrisa, escoció más que el filo en el cuello de Orianna.

Mientras los dos se batían en aquel duelo de credos, a sus espaldas se consumaba una tragedia más callada. El Padre Relion había visto entrar a los soldados de la Mano en su templo, hacia las reliquias, y algo se le quebró para siempre. Del pastor afable no quedaba nada; solo un hombre deshecho por la impotencia de ver a su propio rebaño arrastrado por la ira.

—¡Dejémoslo arder! —gritó a los suyos—. ¡Es absurdo, es ridículo! Nos ha podido la locura. ¡Esta ciudad está perdida! Habrá otro amanecer.

Y, sin embargo, antes de marcharse, el viejo sacerdote no pudo reprimir un último gesto del pastor que había sido. Alzó la voz por encima del fragor, con una autoridad que parecía haber recobrado de golpe, y no la dirigió contra la Mano, sino contra los suyos, contra todos:

—¡Escuchadme de una vez! El verdadero amanecer no depende de estas puertas.

Y, por un instante imposible, la plaza entera se detuvo. Los puños quedaron suspendidos, las piedras sin arrojar; vecinos, fieles y soldados se miraron como quien despierta de golpe de una fiebre, y por unos segundos pareció que cada cual se preguntaba qué demonios estaba haciendo. Duró poco. Pero duró. Luego, dándole la espalda a la casa que había servido toda su vida, Relion comenzó a sacar a sus feligreses de la plaza, salvando lo que sus brazos podían cargar y entregando el resto a la suerte de la noche.

Orianna, presa, se había ido apagando. La rabia del principio se le había vuelto una calma terrible, la de quien ha mirado al abismo y ha dejado de pelear. Alzó la mano marcada con el triángulo y la mostró casi con dulzura.

—He visto su corazón de piedra —dijo, con la voz hueca—. Me ha hablado. He escuchado la Voz. —Y, clavando los ojos en Derian—: Ya no vale la pena. Tu alma tampoco vale la pena.

Y aquella calma escondía algo más oscuro todavía. Se había cansado de pelear por ellos; y cuando hablaba de los seguidores de la Nueva Fe lo hacía ya sin una brizna de piedad: sabía que Acererak los manejaba a todos como a marionetas y, aun así, el suplicio que les aguardaba había dejado de dolerle. Casi le parecía justo. Que lo afrontaran; que cada cual cosechara lo que había sembrado.

—Mañana, en el juicio, lo veremos —dijo. Y se le escapó una risa rota, casi delirante, que heló a sus propios compañeros más que cualquier amenaza de la Mano.

Después, con una indiferencia que daba más miedo que cualquier grito, le pidió a Derian que la soltase: no pensaba hacer nada, ¿para qué? Ya nada valía la pena.

Y Derian la creyó —¿qué amenaza era ya aquella mujer hueca?— y la soltó. Pero no sin una última vileza: al apartarla de sí, le hundió el codo en la espalda, un golpe brutal y del todo innecesario que la mandó trastabillando hacia los suyos. Una humillación gratuita, por si a alguien le quedaba duda de quién mandaba en aquella plaza.

Malizall vio una grieta y se lanzó por ella. Señaló la mano de Orianna —la del triángulo— y desafió a Derian a tocarla, a oír por sí mismo la Voz que tanto predicaba; a ver si era tan valiente de conocer la verdad. Tendió un hilo de magia a sus palabras para que las oyera toda la plaza. Orianna, indiferente, ni siquiera retiró la mano.

Y Derian aceptó. Quizá por orgullo, quizá por demostrar ante los suyos que no temía a nada, alargó el brazo y rozó la marca. En el acto, la mirada se le perdió y el cuerpo se le quedó rígido: el sargento de la Mano había caído en un trance.

Malizall había esperado verlo flaquear, dudar, quebrarse como se quiebra quien al fin escucha la verdad. No fue eso lo que ocurrió. Cuando Derian volvió en sí, no traía espanto en la mirada, sino un fervor casi extático.

—La he oído —susurró—. He escuchado la Voz.

—Esa voz es Acererak —le advirtió Malizall—. Te está usando. A ti, y a todos los tuyos.

Pero Derian solo sonrió, con la condescendencia de quien oye a un niño decir un disparate.

—¿Cómo va a ser Acererak esa voz que resuena dentro de mí, en mi propia alma? —Negó despacio, sin perder la sonrisa—. Es el dios todopoderoso. Y cuando llegue el momento, su rabia caerá sobre todos. Y vosotros seréis el ganado.

Pero Malizall no se dio por vencido. Si Derian no quería ver, que viese la plaza entera. Su voz, magnificada de nuevo por la magia, se alzó sobre el gentío como un pregón: que se acercase cualquiera con el valor de conocer la verdad, que dejara que la mano marcada de Orianna lo rozase, y oiría la Voz por sí mismo, en su propia carne. Era esa —proclamó— la prueba de que Acererak los manejaba a todos.

Derian no mordió tampoco esta vez. Se volvió hacia los suyos con una mueca de lástima.

—¿Veis a este loco?

Y bastó esa palabra, loco, dicha con la calma de quien se sabe dueño de la plaza, para que el desafío se apagara solo: nadie dio un paso al frente. La Voz, repitió el sargento, sonaba dentro de él, en su propia alma, y no había más que hablar. A Malizall solo le quedó una última estocada sin filo: que se aferrase a esa alma, porque era lo último que iba a conservar. Orianna ni se molestó en mirar; murmuró que la humanidad estaba perdida y que a ella había dejado de importarle. La guerra de las palabras también estaba perdida.

Demasiado tarde para todos

Y entonces, por la avenida principal, llegó Tyr.

Una columna de paladines y templarios entró en la plaza al trote, los estandartes de la balanza ondeando, y al frente —sobre un corcel de luz que no era el único, pues varias monturas dejaban a su paso una estela divina— cabalgaba Alistar, con el comandante Harker a su lado y el martillo de guerra al hombro. Había cumplido su palabra: volvía, y no venía solo.

La Mano les abrió paso y los saludó con una cortesía impecable, hipócrita hasta la náusea, como si no acabaran de prender fuego a un templo. La Guardia de la Ciudad, que poco antes había entrado a caballo a dispersar a la turba, cerró filas al verlos llegar: les franqueó el paso y formó un muro de lanzas, una posición de defensa de la que ya no pasaba nadie. Por un instante, la plaza entera contuvo el aliento, erizada de acero.

Fue Alistar quien exigió explicaciones, y fue uno de los agentes de la Mano quien, sin perder la sonrisa, dejó caer la verdad como quien suelta una losa. Habían venido a poner orden, dijeron; ya habían dispersado a la multitud y no les hacía falta ayuda. ¿No sería que venían por el Decreto? Los templarios de Tyr no sabían de ningún decreto —ni siquiera les había llegado—, y Alistar lo preguntó sin rodeos: ¿la Mano dictaba ya las leyes de la ciudad?, ¿iban a clausurar los templos, todos los templos? La respuesta fue una sola frase, dicha sin énfasis, que valía por una sentencia:

—Incluyendo los vuestros.

A Harker se le descompuso el rostro. Aquel edicto no cerraba solo el templo de Lathander: los cerraba todos. También el de Tyr.

—¡Imposible! —rugió—. ¡El templo de Tyr no será cerrado! ¡Y menos por esa escoria!

Pero el agente no se inmutó. La plaza humeaba a su alrededor, sembrada de piedra rota y de sangre; en el centro, ennegrecido, yacía el cadáver de un soldado al que había fulminado el rayo que Orianna llamó del cielo. Alistar lo abarcó todo con la mirada y alzó la voz hacia el gentío, hacia los que aún lucían los emblemas de la Nueva Fe:

—No lo entendéis. Os están utilizando a todos.

Nadie lo escuchó. El agente les agradeció los servicios con una sonrisa cortés y les hizo saber que ya podían retirarse: la multitud estaba dispersada, el templo seguiría clausurado, sus fieles se habían ido.

Entre el gentío que se retiraba pasó el Padre Relion. Cruzó con Alistar y con Harker una mirada extrañamente serena, casi una sonrisa. El paladín, que llevaba demasiado rato tragándose la rabia, no se la calló:

—Estoy cansado de no luchar cuando sé lo que están haciendo —dijo—, cuando los veo destruir, poco a poco, las fes de esta ciudad. —Y le ofreció su espada y su escudo, lo que el viejo quisiera.

Pero Relion negó con la cabeza. En su mirada ya no quedaba ninguna sorpresa.

—Nuestra lucha de hoy no se va a ganar. Con tu escudo, con tu espada… ya me gustaría. —Y, antes de perderse entre los suyos—: Llegará el momento de restaurar lo que ha sido profanado.

Y fue eso —no el decreto, no las lanzas, sino ver rendirse al mismísimo Relion— lo que acabó de quebrar a Harker.

—¡Maldición! —Estrelló el martillo de guerra contra el mármol con tal fuerza que la piedra se cuarteó y los nudillos se le abrieron en heridas.

Alistar acudió a su lado. Dejó que el aura serena de su escudo envolviera al comandante y, mientras la furia cedía, le habló con la voz queda de quien también querría romper algo:

—Comandante, hemos venido a ayudar a nuestros hermanos de Lathander. Pero su propio Sumo Sacerdote ha decidido que esta lucha de hoy no vale la pena. —Una pausa—. Tendremos que seguir luchando.

—Eso seguro —concedió Harker.

No quedaba batalla que dar, solo una raya que trazar. Y el comandante la trazó, con la voz aún ronca de ira: que se pusiera delante quien quisiera, pero que al templo de Tyr no iban a entrar. Alistar asintió. No pedía otra cosa.

—Y lucharé junto a vosotros —dijo.

Después solo quedó el recuento de la derrota. Los agentes de la Mano, sin prisa, metían en baúles y sacos las reliquias del templo de Lathander, profanando con guantes lo que durante siglos solo habían rozado manos consagradas. No habían perdido un combate aquella noche: habían perdido la plaza, el templo, un pedazo más de la ciudad.

Fue entonces cuando Vengy llegó, por fin, sin resuello. Venía del cementerio con mil cosas atravesadas en la garganta, pero todo se le borró de golpe ante lo que tenía delante. Aquella era su plaza —la que pisaba cada día con una sensación de plenitud, bajo las altas bóvedas de cristal del templo—, y la encontró reducida a una fachada ennegrecida, una pira humeante y un puñado de los suyos, derrotados y vivos de milagro. Le bastó una mirada para comprender que aquel no era ni el lugar ni el momento.

—Tengo mucho que contaros —dijo, cuando los tuvo cerca—. Aquí no. Vámonos.

Cayó la noche sobre Waterdeep. No la de las estrellas robadas, sino otra más terrena y más amarga: la certeza de que, con sus solas fuerzas, no había modo de doblegar a la Mano. Se encaminaron hacia los aposentos del templo, a velar el sueño de Sildar y a preguntarse en voz baja qué les quedaba por hacer. A sus espaldas, por las calles de la Ciudad de los Esplendores, la gente cuchicheaba luciendo ya sin pudor los emblemas de la Mano, y en los muros se multiplicaban los triángulos de la Nueva Fe.

La noche, en realidad, no había hecho más que empezar.