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Sesión 11

Los que no marchan

La procesión tardó en irse del todo. Su rumor fue apagándose calle arriba, salmo a salmo, hasta que en el chiringuito de la tía Lothar solo quedó el chisporroteo del pescado en las brasas y el olor a sal y aceite quemado. La tarde era joven; nadie tenía prisa por mirarse a la cara.

Fue Alistar quien rompió el compás de espera.

—Creo que deberíamos ir a ver a esa bruja, ya que estamos aquí —dijo—. Podría tener información importante. Y tal vez Malizall pueda averiguar dónde está Harker.

—Aquí no, desde luego —contestó Malizall, echando un vistazo a las mesas—. Pero podemos averiguar qué ha pasado con él.

Quedaban parroquianos en el local: los demasiado borrachos para marchar, los que no habían querido. Y una mesa al fondo que no encajaba, con un orco de armas a la vista, un elfo embozado, dos humanos y alguien pequeño que lo mismo podía ser mediano que enano. Sildar ya recogía sus cosas junto a la puerta, con la impaciencia de un hombre con demasiadas jarras encima y pocas respuestas.

Vengy planteó el norte de la jornada: había que detener el ritual, ese era el objetivo; y rescatar a Harker, si aún podía rescatarse.

—Hay muchos prisioneros a los que tenemos que rescatar —dijo Alistar—. No los voy a dejar abandonados. No lo haré.

—¿Crees que no están muertos?

—Eso Malizall nos lo dirá.

Antes de salir, Alistar tomó un riesgo. Se subió el ánimo a la garganta y habló para toda la taberna: si no habían seguido a la muchedumbre, dijo, era porque no compartían sus ideas; si querían hacer algo por la ciudad, el momento era hoy.

—El momento es esta noche, en la Plaza del Juicio. Debemos impedir que lleven a cabo su ritual.

—Un ritual malvado, vil, peligroso —apostilló Malizall, por si el matiz se le escapaba a alguien.

Nadie aplaudió. Pero cuando ya se giraba para irse, el elfo de la mesa del fondo se le acercó, calándose más la capucha. El pelo liso y peinado, las ropas caras bajo la capa: nada de aquello pertenecía al barrio.

—Vosotros sois los héroes de Chult, ¿verdad?

—Así es.

—Yo soy Hilarion.

No dijo mucho más. Que esta noche estarían allí. Que mantuvieran a los suyos escondidos, le pidió Alistar; y el elfo torció el gesto hacia la calle.

—Aquí nadie está a salvo. La Mano vigila, aunque parezca que no.

Volvió a su mesa a la carrera, donde el humano le riñó entre dientes y el pequeño le soltó un puñetazo en el hombro, disimulado y contundente. El orco se presentó desde lejos con un gruñido de nombre imposible, Roj Mak Grubel — Mak, para los amigos. Al grupo se le quedó grabada la estampa: otra mesa de gente que no marchaba con el rebaño. Ya la habían visto antes, en aquel mismo rincón, la tarde en que el apóstol se llevó a la ciudad entera tras de sí. Como asomarse a un espejo, habían pensado entonces. El espejo seguía allí.

La casa de las flores marchitas

El barrio pobre se acababa donde empezaba el bosque, y allí, en la última casa antes de los árboles, vivía la bruja. Ni muralla ni guardia: aquel arrabal entero quedaba fuera de las defensas de Waterdeep, un tercio de ciudad hecho de tablones y hojalata al que nadie consideraba digno de proteger. De la tierra salían raíces de un color oscuro, poco natural, y el aire olía a madera quemada y a ramos de flores marchitas. La puerta estaba abierta. Dentro ardían velas.

Sildar se plantó a diez pasos del umbral.

—Es aquí. Yo no voy a entrar a ver a esa vieja. —Escupió a un lado—. Sus predicciones son peligrosas. Son casi como maldiciones.

—Como sea —dijo Alistar—, en este momento cualquier riesgo es aceptable.

Y entraron.

—Os estaba esperando.

La cabaña era toda un santuario: una mesa vestida de telas hasta los pies, y encima cartas, dados, huesos de animal, artilugios de adivinación en un orden que solo ella entendía. La mujer iba envuelta en ropajes grises cargados de cuentas de madera, talladas a mano y bastas, como mordidas. De las vigas colgaban comadrejas decapitadas y plumas de colores, pintadas, pegadas con algo que parecía sangre.

—Acercaos. Acercaos a mí. La Tierra os teme y los dioses se callan, pero yo os diré cuál es vuestro futuro.

Alistar se sentó el primero. Fueron sentándose todos.

Fue Orianna quien la reconoció, y no por la cara: por el olor. Aquella casa olía exactamente igual que la vieja que un día se le había agarrado del brazo para susurrarle que ella era la única que no olía a muerte. La druida no dijo nada; apretó los brazaletes contra la manga.

—El futuro aún respira —le dijo la bruja, como si le hubiera oído el pensamiento—. Al menos para ti, muchacha.

—¿Y para los demás? —preguntó Malizall.

—La muerte.

—¿Que moriremos o que morimos? —Malizall alzó las palmas—. Ya lo hicimos una vez. ¿Podemos volver a morir?

La vieja no recogió el guante. Alistar preguntó por la ciudad.

—Aún está en el abismo.

—¿Caerá?

—Quizá no. No se sabe.

Vengy buscó el resquicio práctico: ¿había algo que hacer, alguna manera de equilibrar la balanza?

—Sí. —La bruja juntó las manos—. Alguien muy querido por vosotros tiene que morir. Y pronto. Solo dentro de unas horas.

El silencio que siguió tuvo dientes.

—Tenéis que esperar a la noche —añadió.

—Precisamente no queremos esperar —dijo Alistar—. Queremos evitar que lleven a cabo lo que sea que van a hacer.

—¿Creéis que no se puede evitar? Lo evitaréis esta noche.

—¿Un sacrificio? —preguntó Ander, muy bajo.

—¿No estarás hablando de Sildar? —Malizall se inclinó hacia delante—. ¿Por qué?

—No se sabe. Solo vosotros lo sabréis.

—¿Hay que matar a un traidor?

—Traidor no —murmuró Malizall, y le pesó cada sílaba—. A uno que queremos.

Alistar se puso en pie.

—¿Tenemos que traicionarle? De ninguna manera. Eso es plegarse a los designios y a la voluntad de Acererak y de toda esta gente que lo sigue. De ninguna manera. Los detendremos con nuestra fuerza.

La miró buscándole la mentira. No la encontró: solo la sonrisa de alguien perturbado y una convicción sin fisuras. La vieja no engañaba. Eso era lo peor.

—Y tú… —siguió ella, señalándolo—. Tú además salvarás a alguien.

—¿A quién?

—De las sombras.

—¿No puedes decirme nada más?

—Las visiones son así, joven. Yo no puedo hacer nada para cambiarlo. A veces las visiones son cosas inconexas.

Orianna se acercó a la mesa con su pregunta quemándole la lengua.

—Necesito saber dónde está Elyz. ¿Qué sabes de ella?

La sonrisa de la bruja se apagó en un gesto de concentración. Pidió algo de la dragona; Orianna se descubrió los brazaletes de escamas verdes y dejó que los tocara.

—Mucho poder. Criatura muy poderosa.

—Es una dragona.

—No me digas cosas que ya sé.

La vieja tanteó largo rato el aire por encima de las escamas, tan largo que a Orianna le crujían los nudillos de impaciencia. Malizall le puso una mano en el antebrazo: paciencia, las respuestas requieren tiempo. Aunque no lo tenían, lo requerían. Al fin, la bruja alzó la cabeza.

—Es mejor que no vayas. Pero ansía que vayas.

—Esa es mía —dijo Orianna. Y por debajo del orgullo, muy al fondo, algo se le encendió que no era orgullo.

Le llegó el turno al warlock. Malizall se acomodó, cortés como en una audiencia, y por una vez habló sin retórica.

—Quería preguntarte por mi futuro, porque ahora mismo es un poco incierto. He vivido toda mi vida con la premisa de ayudar a los demás, y tengo incertidumbre. Me gustaría saber qué auguras hacia mi persona. —Una pausa—. Porque tengo mucho miedo.

—Vendiste tu vida por un pacto. Ese pacto no te va a salvar.

—¿Y qué me va a salvar? ¿Un poder interior?

—Ningún dios te va a salvar.

—¿Y de mí? De querer ayudar siempre a los demás, ¿quién me va a salvar?

—Tú. Eres el único que te puede salvar.

—¿Solo yo?

—Sí.

Quedaba una prenda por echar sobre la mesa. Alistar rebuscó en su bolsa y sacó la insignia que se había arrancado el día que Harker lo expulsó de la Orden; la había guardado todo este tiempo, sin saber para qué.

—Esto perteneció a mi comandante. ¿Serías capaz de averiguar su paradero?

La bruja cogió dos monedas, una de plata y una de oro, y las dejó caer sobre el símbolo. Al tocarlo, la insignia se quebró en mil pedazos.

—Su alma ya no está aquí.

Alistar no contestó. Cerró la mano en torno al emblema de Tyr que llevaba al pecho, y la abrió, y la volvió a cerrar.

Vengy quiso apurar la visita: sacó la piedra que cargaban desde el bosque, la que sostenía una de las brujas nocturnas muertas. No llegó a ponerla en la mesa.

—¡Objeto podrido, maldito! —La vieja se echó atrás como si la hubieran quemado—. ¡Saca eso de mi cabaña! ¡Energía corrupta! No deberías llevar eso encima. ¡Elimínalo! ¡Fuera!

Salieron sin despedida, porque la bruja no era de despedirse. Orianna, la última, cerró de un portazo.

Fuera, Sildar les vio las caras y escupió el nombre igual que un juramento.

—¡Elira! ¿Qué les has contado? ¡Mira qué caras! ¡Maldita sea!

Alistar se lo confesó sin rodeos: le había pedido ubicar al comandante, y la respuesta fue que su alma había sido consumida.

—A esa vieja chocha no le hagas caso —gruñó Sildar.

Pero lo dijo andando, sin mirarlo, y a Alistar no se le pasó por alto que el viejo paladín apretaba el paso como quien huye de una casa en llamas.

La runa borrada

La piedra de la saga no podía seguir con ellos. En el lindero del bosque, Vengy la depositó sobre un tocón para que Malizall le asestara el golpe final — y el tocón empezó a pudrirse allí mismo: el musgo se volvió negro, la madera segregó un líquido viscoso, le brotaron venas oscuras por dentro.

—¡Vengy, está pudriendo el bosque!

Los estallidos místicos de Malizall solo consiguieron mandarla volando entre los árboles, intacta. El warlock fue tras ella maldiciendo, la recogió del suelo y bajó la cabeza.

—Lathander, si tu poder aún reside en mí, elimina la maldición de este objeto.

La piedra se iluminó. Por un instante se vio, inscrita en ella, una runa que nadie había visto jamás; la luz creció, y cuando menguó, la runa ya no estaba. Sobre la palma de Malizall quedaba un canto rodado cualquiera, una piedra del campo.

—Observamos. Hacemos el método científico —dictaminó Ander, contando con los dedos—. Esperamos. Concluimos. ¿Todo bien?

—Todo bien —dijo Malizall.

Reemprendieron la marcha. A su espalda, sobre la Plaza del Juicio, un destello blanco rasgó el mediodía y duró cinco segundos; luego, una a una, tres luces, y otras tres, subieron hacia las nubes y se perdieron. Malizall las contó con el estómago encogido. No eran chorros continuos: eran ráfagas. Ya estaban cosechando almas, horas antes de la noche.

—Tenemos que darnos prisa —dijo Alistar. Y propuso el único plan sensato que quedaba: el templo de Helm estaba cerca de la plaza; apelarían a la orden del Vigilante, a sus guerreros, a lo que quedara en pie de la ciudad de la justicia.

La señora del bosque

Las puertas de la muralla estaban abiertas y sin guardia, y aquello era lo más raro que habían visto en seis días. La ciudad de intramuros los recibió con calles vacías, persianas echadas y vecinos que se escondían a su paso; Ceniz, enviado de avanzadilla, decidió que las órdenes de Malizall eran más bien sugerencias y voló a su albedrío, para desespero de su amo.

Fue entonces cuando los brazaletes de Orianna latieron.

Un palpitar contra la piel de los brazos, sin dolor, un aviso en el idioma sin palabras de Elyz. La druida levantó el brazo, olfateó el aire y torció por un callejón sin dar explicaciones. Agua estancada. Hierro oxidado. El rastro la llevó hasta una verja entornada que daba a un patio de luces, y en el patio, un pozo comunal con el brocal comido por un musgo ennegrecido, el mismo musgo exacto que habían visto tragarse el tocón del bosque.

—Algo huele mal aquí —dijo—. Hay que averiguar qué es.

—Orianna. —Alistar la alcanzó—. Sabes que siempre nos hemos fiado de tu instinto, pero no hay tiempo que perder. ¿Qué has sentido?

—Mis brazaletes se están portando de una manera extraña, y este olor no es normal. Algo malo está pasando aquí. —Miró alrededor—. ¿Por qué no hay nadie vigilando?

Había alguien. Débil, apagado: un murmullo de niño. En un rincón del patio, sobre mantas viejas, tres críos descansaban con la quietud mala de los enfermos. La más pequeña no tendría ni siete años. Se levantó despacio al ver a Orianna, cruzó el patio con los labios cuarteados y la agarró de la ropa.

—Señora del Bosque, ¿puedes volver a hacer crecer la hierba y hacer que el agua vuelva a estar buena?

A la señora del bosque se le olvidó el nombre de todos los dioses. La niña llevaba al cuello un talismán de Tymora, la herradura de latón partida en dos por una bota, y aun roto lo acariciaba como si diera suerte. Cuando Vengy asomó tras Orianna, la cría retrocedió tres pasos; la druida la tranquilizó con la palma abierta y se giró hacia los suyos: aquella gente llevaba días bebiendo de allí.

Alistar rastreó la energía con los sentidos amplificados por Tyr: venía del pozo. El agua, negruzca, putrefacta, exhalaba un olor que desaconsejaba hasta acercarse. Malizall se asomó al brocal, y por una vez el orador no encontró un sermón: le temblaban las manos.

—Envenenar el agua de personas civiles… —Se arrodilló junto al pozo—. Eso no me parece algo que se pueda hacer.

Hundió los brazos hasta el codo.

—Ayúdame a limpiar este pozo de corrupción, para que esta gente pueda seguir bebiendo agua.

Lo consiguió. Pero el precio lo puso otro: nada más tocar el agua supo que la ponzoña iba mucho más allá de una impureza, que era una energía maldita, y esa energía le subió por los brazos como una quemadura lenta mientras su luz inundaba el patio. Cuando acabó, diez segundos más tarde, Malizall estaba de rodillas, más débil, más viejo. Alrededor del pozo, tres estacas de madera clavadas en triángulo —tan sutiles que nadie las había visto— se deshicieron en ceniza, y el aire se las llevó.

El color regresó al patio como vuelve la sangre a una cara: la piedra, la hierba, el agua. También los rostros de los niños, que dejaron atrás aquel gris de cera.

—Estaban intoxicados —murmuró Orianna—. Estaban mal.

—Han envenenado toda la ciudad —dijo Malizall, sin fuerzas ni para indignarse.

La niña se quitó el talismán roto del cuello, se acercó a Orianna con los ojos llorosos de fiebre y se lo puso en la mano.

—Está roto, pero aún sigue dando suerte. A lo mejor con esto puedes ayudarme.

Orianna lo guardó donde guardaba las cosas que no se dicen. A cambio le dio su cantimplora y la comida que llevaba, y la vio correr hacia los otros niños con el botín abrazado. Quedaba una cosa por hacer. La druida sacó el collar que le había regalado la sacerdotisa de Selûne y lo sostuvo un momento sobre el brocal.

—Bajo la protección de la luna —dijo—. Aunque no la veas, la luna estará.

Lo dejó caer. El metal giró en la penumbra del pozo, y donde tocó el agua hubo un claro de luna sin luna, un haz de plata que iluminó el fondo un instante y se apagó dejando el agua limpia.

—Hasta el nuevo amanecer —dijo Malizall, incorporándose con crujidos—, o la pérdida del mismo.

Nadie le rio la variante. Salieron del patio con el paso doblado de prisa: si aquello estaba en un pozo cualquiera de un patio cualquiera, la aritmética de la maldad daba vértigo.

Camino del vigía

Dos soldados de la Mano les salieron al paso en una calle vacía. Preguntaron qué hacían allí; fue toda su contribución a la jornada.

—¡Apartad de nuestro camino! —Alistar ya iba lanzado, la espada fuera, el escudo por delante, la carga a medio galope—. ¡Escoria! ¡A vuestras casas!

A su lado, a Vengy se le encendieron los ojos de dragón. Desenvainó despacio, para que se oyera el acero electrificado crepitar de punta a punta, y cargó también. No hizo falta más: uno de los guardias soltó espada y escudo gritando piedad; el otro dio media vuelta y batió alguna marca de velocidad del distrito.

Malizall lo intentó, porque Malizall siempre lo intentaba.

—Coge esa espada y ese escudo y ven con nosotros. Hoy tienes un cometido: ayudarnos. ¿Sabes qué están haciendo con el agua y con la comida? Están envenenando y matando a toda la población.

—Estáis locos —balbuceó el guardia—. Os van a matar.

—¿Y qué importa la muerte, si vivimos una vida que no vale la pena vivir? Ven con nosotros.

El hombre tembló, miró la espada en el suelo, alargó la mano hacia ella. Y la retiró.

—¿Por qué? ¿Por qué me pasa a mí esto?

—¡Vete! —zanjó Alistar—. Vete lo más lejos que puedas, pero no te interpongas en nuestro camino.

El guardia salió corriendo, tropezó consigo mismo, gateó cuatro pasos y se perdió calle abajo. Nadie del grupo dijo nada. Tampoco hizo falta.

El templo de Helm apareció al fin tras una cuesta que subía en forma de ese, y lo que apareció no fue un templo: fue un castillo, portones como primera muralla y almenas con vigías, y toda la cuesta sembrada de cadáveres. Agentes de la Mano de Hierro, decenas, erizados de flechas, entre pequeñas máquinas de asedio abandonadas — arietes de mano, ballestas de las que cargan tres hombres. La Mano había intentado tomar la casa del Vigilante aquella misma noche.

Se habían atrevido. Y habían pagado.

Alistar se arrancó la capa de criado a media cuesta; Vengy lo imitó. Si iban a llamar a esa puerta, llamarían con sus nombres.

—¡Necesitamos entrar al templo de Helm! ¡Por favor!

—Lo sentimos mucho —contestaron desde el adarve—. Está cerrado.

—¡Soy paladín de Tyr! La ciudad necesita vuestra ayuda.

—Demuestra que eres paladín. —Una pausa—. Hay muchos mentirosos hoy.

Alistar desenvainó y concentró su poder divino hasta que la hoja ardió en luz; Malizall alzó el símbolo de Lathander, que respondió con su brillo de alba. Arriba, el centinela no perdió el gesto.

—¡Abridles!

El pacto de los sumos sacerdotes

Tras el portón pequeño —el grande no se abría por nadie— los esperaba una formación de soldados con el ojo alado de Helm en el peto, y tras los soldados, un patio en pie de guerra: tiendas de campaña, ristras de escudos alineados contra los muros, espadas afiladas y dispuestas para ser cogidas al vuelo. Bajó a recibirlos un oficial de aspecto de hombre del norte, la barba trenzada de escarcha vieja.

—Soy Magran.

—Magran. Alistar Belmont. Gracias por permitirnos el paso.

El informe fue al grano. Malizall mostró los antebrazos, donde la energía del pozo le había dejado el rastro como un tatuaje de latigazos: la Mano estaba envenenando el agua y la comida de todo Waterdeep; él mismo había purificado un pozo y pagado el precio. Alistar puso el resto sobre la mesa: los rituales ya habían empezado, y lo que segaban era mucho más que vidas. Almas enteras, enviadas al abismo.

—Apelamos a vuestro juramento de protección. Hay que pararlo ya. En la Plaza del Juicio.

—Es horrible, y yo estoy con vosotros. —Magran no se escondió—. Pero nuestras órdenes son no actuar hasta esta noche. Así se quedó entre los sumos sacerdotes hace ya tres días. Ese pacto.

—Lo sé. El mismo sumo sacerdote Eldrin me lo dijo. —Alistar señaló hacia la costa—. Pero ¿ves esa luz a la distancia? El ritual ya está en marcha. Esas almas ya están siendo enviadas al abismo. No sé si podemos esperar a la noche.

Pidió audiencia con el sumo sacerdote de Helm: Belmortareth, el Centinela Dorado — su gente decía de él que dormir es el primer pecado de un buen guardián. Imposible, contestó Magran; el Centinela aguardaba el momento, recluido, y esas eran las órdenes. Malizall dejó caer entonces la noticia que traían del sur.

—Uno de los grandes sacerdotes ya no está.

—El sumo sacerdote Eldrin —dijo Alistar—. Lo mataron.

A Magran se le fue el color del gesto militar.

—El templo de Tyr son ruinas —siguió el warlock—. No hay nada allí dentro.

—No salieron todos. —Alistar hablaba cada vez más bajo—. Él se quedó. Él y el comandante Harker.

—Y Harker vio cómo lo mataban —añadió Malizall. Y como nadie encontraba dónde poner aquello, lo puso él—: El capitán se hunde con el barco. No podía dejar que destruyesen todo lo que ha sido.

—No puedo evitar pensar que tendría que haber estado ahí —dijo Alistar.

—Todos deberíamos haber estado en muchos sitios —contestó Magran—. Pero estamos aquí.

La discusión de la espera duró lo que dura un asedio. Malizall pintó el cuadro completo: de cada alma cosechada, un muerto que camina; ¿pensaban enfrentarse a todo un Waterdeep de muertos por respetar un horario? Vengy zanjó que a peores cosas se habían enfrentado — a la mismísima muerte. Y alguien, muy bajo, dijo lo que ninguno quería decir:

—No puedo vivir otro Chult otra vez.

Magran aguantó el chaparrón sin moverse un palmo de sus órdenes. Ni sabía dónde tenía la Mano los calabozos, ni podía adelantar la hora de nadie: hasta la más novicia de las clérigas de Tymora estaría esa noche en la plaza. Así se había pactado. Lo único que podía hacer por ellos era intentar convencerlos de esperar.

—Sus argumentos tienen peso —concedió al fin Malizall, más templado—. Nos estamos dejando llevar por la pasión del momento.

—Solo puedo pensar en todas esas almas que se están dirigiendo al abismo —dijo Alistar.

Los cálculos que Kuryuu había hecho sobre la profecía daban la noche a partir de las ocho: quedaban cuatro o cinco horas. Y mientras la sensatez hacía su trabajo, por encima del muro seguían subiendo al cielo, en ráfagas, los destellos de las almas.

Alistar no podía quedarse de brazos cruzados. Nadie lo esperaba de él. Pero había maneras de no cruzarse de brazos sin regalarse a la Mano: los tejados y balcones que daban a la plaza. Ver, al menos. Estar cerca.

Un perro en el templo

Quedaba un asunto de la máxima importancia estratégica: Loti.

—Antes de irnos, yo dejo a buen cuidado de la capitana a Loti —anunció Ander, plantando a la perra en brazos de la capitana Soriah Durn, que se había refugiado en el templo tras la caída de su biblioteca y aún llevaba aquel incendio en la cara—. Toma, Loti. Toma, perraco.

—No, no, no. —La capitana retrocedió—. ¿Qué haces?

—No se permiten perros en este templo —terció un soldado.

—¿Cómo vais a dejar a Loti con esa gente que no respeta ninguna vida animal? —Ander se llevó la mano al pecho, herido en lo más hondo—. ¿Sabéis cuánto vale este perro? Vamos a una guerra y necesitamos confianza entre nosotros. Este perro es parte de mi trabajo.

No a todo el mundo le pareció tan mala idea: más de un soldado de Helm ya le rascaba las orejas a la perra con esa avidez de cariño que tienen los hombres en vísperas de batalla. Fue entonces cuando uno reparó en el emblema que Loti llevaba prendido: el dragón plateado del clan Arashi. Las miradas fueron del perro a Kuryuu, que no dijo nada — no hacía falta. En algún momento de aquellos días, sin anunciarlo, el dragón había marcado a la callejera como cosa suya, bajo el aval de su casa.

—Es un perro muy inteligente —remató Ander—, aunque no lo parezca. —Y agachándose hasta el hocico—: Loti, te tienes que portar bien. Vigila. —Al soldado más cercano—: Este perro tal vez te proteja más a ti que tú a él.

La primera que moleste, a la calle, advirtió alguien sin convicción. Loti los miró a todos, asustada; y si supo que la dejaban al margen de lo que venía, no dijo nada.

Malizall repartió el cielo: entre los que ya volaban por su cuenta y los que no, alas para todos. Vengy podía costeárselas solo, gastando de lo suyo; Alistar recibió las plumas de sombra con una mueca — no le gustaba deberle la altura a nadie que no fuera su dios.

—Aunque vayamos volando, nos van a ver —avisó Malizall—. Yo no me acercaría demasiado.

—No me importa ya que nos vean —dijo Alistar.

Magran los despidió desde el patio con dos palabras que en boca de un helmita eran un abrazo: tened cuidado.

El zumbido y las montañas

Waterdeep, desde el aire, era una ciudad arrodillada.

La Plaza del Juicio no cabía en sí misma: la multitud desbordaba las calles que morían en ella, decenas de miles de cabezas apretadas mirando al centro, y del centro subían las luces. Ráfagas de almas, racimos enteros arrancados de golpe, tan seguidos que ya no había pausa entre ritual y ritual. Junto al agua se alzaban montoneras de cuerpos — por cientos, por miles—, y hacia la plaza seguían abriéndose paso carros de la Mano cargados hasta los ejes.

Al que miraba con atención, la escena le devolvía un detalle peor. Los altares eran estructuras de vigas ennegrecidas, atadas con cuerdas, medio cayéndose sin caerse, y dentro los cadáveres no estaban amontonados: estaban dispuestos. Ordenados con esmero de liturgia. Sacerdotes de la Nueva Fe iban de altar en altar invocando la Cosecha, y cada vez que empezaban, un aura negra abrazaba la estructura y al oficiante; después llegaba el zumbido, un temblor grave de campana sumergida, y las almas se desprendían de los cuerpos y subían. Lo que quedaba, los cuerpos vaciados, los recogían y los tiraban a las montañas sin ningún cuidado. El esmero era solo para la parte que le interesaba al dios.

Estuvieron un rato sin hablar, suspendidos sobre aquello, buscando un tejado vacío donde no los vieran posarse. Cada cual libró a solas su propia batalla por seguir mirando. En este mundo, la continuidad del alma no era una fe: era un hecho — y aquella gente de ahí abajo no se enfrentaba a la muerte, sino al fin de su existencia.

A Kuryuu le tembló la barbilla dentro del yelmo, y agradeció que nadie pudiera verlo.

Sermón desde un balcón

Encontraron sitio en los balcones de una casa vacía con vistas a la plaza, y desde allí lo vieron todo demasiado bien.

Abajo oficiaban los dos apóstoles. Marvyn Taul iba de altar en altar con sus clérigos, sereno como siempre, ejecutando la Cosecha con esa dulzura suya que helaba más que ningún grito. El otro no rezaba con nadie: sermoneaba. Hederic Alorn, gesto severo donde Marvyn lo tenía cercano, la palabra contundente donde el otro la tenía triste.

—Hoy devolvemos a la Voz lo que es suyo —proclamaba—. Ningún alma quedará errada en esta ciudad. Ninguna mentira será propagada. Hoy os entregaremos la verdadera eternidad: formaréis parte de él y viviréis por siempre.

Un ritual terminó cerca. Primero la onda; después ese frío que ya conocían, como si el mundo tragara saliva.

A Alistar aquello le pudo. Malizall le posó en el hombro una mano espectral, conjurada entre dientes para no delatarse, y el paladín la agradeció sin volverse; pero era una sensación demasiado pesada, dijo, la de no poder hacer absolutamente nada. Cuando el apóstol prometió una vez más la vida eterna, algo se le terminó de romper por dentro al hijo de Tyr — y donde se le rompía a él, hablaba él.

—¡Ciudadanos de Waterdeep! —Su grito cruzó la plaza por encima de mil cabezas—. ¡No os dejéis engañar por sus mentiras! Dice que os espera la vida eterna. Lo que os espera es el fin de vuestra existencia. Esas almas que está enviando al abismo serán consumidas. ¿Es eso lo que queréis?

La multitud se giró como un solo cuello. Algunos devotos empezaron a tirarles lo que tenían a mano; otros, los menos hondos en la fe, se escurrieron hacia las bocacalles. Y desde el estrado, Hederic Alorn alzó la vista hacia el balcón con una sonrisa que no era de sorpresa.

—¿Esos son los héroes del pueblo? Los que dicen que salvaron al mundo, que detuvieron al dios de la muerte. —Abrió los brazos—. Yo os contaré la verdad.

—¡Detuvimos a Acererak, nada de dios de la muerte! —Malizall ya estaba encaramado a la barandilla—. ¡Mentiroso, zafio, patán! ¡Eres un desgraciado!

—¡Callarás!

La palabra golpeó a Malizall en la garganta como un puño. El warlock siguió gritando; no salió sonido alguno. Se palpó el cuello, movió los labios, fulminó al apóstol desde la altura — mudo. De todos los castigos posibles, a Malizall de Lathander le habían quitado la palabra.

—Ellos no detuvieron un castigo —predicó Hederic a los suyos—: destruyeron la última bendición. La muerte no es una afrenta; era un don, un camino para redimirnos. Y hoy, en el día del Juicio, se verá la verdad: los que creen sobrevivirán, y los que no, recorrerán la senda.

—No estamos hablando solo de muerte —contestó Alistar—, sino del fin de vuestras almas. Si aún tenéis una pequeña duda, marchaos. No colaboréis con esta locura. Apelo a vuestro sentido de la sensatez.

El apóstol dejó pasar un instante, saboreándolo. Luego buscó otro blanco.

—Bueno… todos no. —La sonrisa se le agrió al volverse hacia Vengy—. Hubo uno que ni siquiera pudo oponerse a la condena. ¿Eh, Vengy? Ni siquiera pudo intentarlo. Esa parte de la historia no la contaste, ¿verdad? Su poder es escaso. Y hoy caerá otra vez.

—Gracias a mí, mis compañeros llegaron a hacerlo. —El aire alrededor del paladín olió de pronto a tormenta—. Vaya un charlatán tenemos aquí. Esta noche se verá. Tú serás el primero, no te preocupes.

Entonces Orianna hizo lo que nadie esperaba: bajó la voz. La taumaturgia se la multiplicó por toda la plaza, calmada, casi doméstica, y por eso mismo imposible de no escuchar.

—Una vez deis estas almas a vuestro dios, los cuerpos se alzarán. Todos esos cuerpos van a ser su ejército, como ya pasó en Chult. Lo sé porque llevo esta marca del triángulo, que el mismo Acererak me puso. He hablado con esa voz. Y esa voz es Acererak: un liche, un arquitecto que se divierte con nuestro sufrimiento, y estos charlatanes son solo sus marionetas. Nosotros vamos a luchar contra él hasta el final. Pero si alguien quiere salvarse, debe irse ya.

Muchos se fueron. Muchos más se quedaron, y de los que se quedaron, buena parte rugió.

—¡Estos apóstatas tienen que ser capturados inmediatamente! —Hederic ya no sonreía—. ¡Son enemigos del Juicio y heraldos de la mentira! ¡Capturadlos! Si se resisten, ¡usad todo el poder de vuestro juramento!

—Venid a por nosotros cuando queráis —dijo Vengy.

La turba reventó las puertas del edificio. Malizall, todavía sin habla, se despidió del apóstol con una pantomima florida que no necesitaba traducción, y el grupo se lanzó al aire desde la barandilla. Hubo un instante de peligro que casi nadie vio: entre la multitud, un agente de la Mano trazaba ya los gestos de un contraconjuro para arrancarles el vuelo — y algo en aquel gesto que no encajaba le llamó la atención a Vengy, que deshizo la magia enemiga con la suya, un relámpago de voluntad cruzado en el aire. Salieron disparados por encima de los tejados.

—¡Huid, salid de la ciudad! —les gritó a los de abajo, ya en fuga—. ¡Se acerca un cataclismo! ¡Esta noche morirán todos los que estén en esta ciudad!

—Una pequeña victoria —se concedió Alistar, el aliento corto.

Pusieron rumbo al templo de Helm. Faltaban pocas horas; había espadas que afilar.

La dragona en el cristal

El templo les prestó dos horas de una calma extraña, la de la víspera. Cada cual la gastó a su manera: Kuryuu se retiró a meditar para la batalla; Ander afinó la flauta; y Orianna buscó un cuarto apartado, se sentó en el suelo con los brazaletes al descubierto y tendió su mente hacia Elyz, para decirle que estaban en peligro, que iría a salvarla.

La respuesta fue una visión que no le dejó decir nada — como hablar bajo el agua, como gritar en el espacio.

Vio a su dragona. Apretada, retorcida hasta lo antinatural, plegada como jamás debería plegarse un cuerpo con alas, y metida dentro de una columna de cristal. Y al lado, en otro tubo idéntico, un demonio enorme, un balor, doblado y comprimido con la misma precisión de coleccionista.

El grito de Orianna atravesó las paredes. Kuryuu, que montaba guardia cerca, abrió la puerta con la mano en la espada.

—¿Qué pasa, Orianna?

—No sé dónde está. Pero está con él. —Le costaba armar las frases—. La tiene encerrada. La está utilizando.

—No te preocupes. La recuperaremos, sea como sea.

Fue a marcharse, y no se marchó. Orianna lo detuvo con un gesto y cerró la puerta. Lo que venía no era para el grupo.

—Cuando todo esto acabe, es posible que me tenga que ir.

—Si eso llega a pasar, te acompañaré.

—No, Kuryuu. No debes sacrificarte por mí. Hay gente que te necesita ahora mismo.

—¿Quién me necesita?

—Tu clan.

—No creo que mi padre quiera.

—Te van a necesitar. Ahora que has despertado, ahora que eres tú, necesitarán de ti. —Bajó la vista a los brazaletes—. Acererak me dejó entrar, ¿entiendes? Me dejó verla. Tengo que ir a por él. Y no voy a dejar que nadie más…

—Entiendo tus palabras, Orianna. —Kuryuu tardó en seguir—. Pero créeme que, de todo corazón, si no te volviera a ver, estaría muy triste.

—Volveré. Siempre vuelvo.

—Prométemelo.

—Te lo prometo. Volveré. —Y antes de abrir la puerta—: No les digas nada a los demás. Querrían venir conmigo, y no deseo eso.

—No entiendo tu decisión, pero la respeto. No diré nada.

Salieron cada uno por su lado, como si no hubiera pasado nada. Ahora tenían un secreto.

La garganta del bufón

A media tarde, sin anunciarse, Ander se subió a un banco del patio y empezó a cantar.

No era una canción nueva. Era la suya, la que se había arrancado del pecho tras la peor de sus noches, la promesa hecha sobre el cuerpo de una niña a la que su música no llegó a tiempo. Los soldados de Helm dejaron las piedras de afilar; el grupo se fue acercando sin hacer ruido, porque había algo en la manera de cantarla —esta vez, aquí, la víspera de todo— que la volvía a estrenar.

Ander, Si sangro que sea aqui

Si caigo, que sea abrazando; si rompo, que sea por ti. Si tiemblo, que sea cantando; si sangro, que sea aquí.

El bufón de la compañía, el que nunca era tomado en serio, cantó lo de romperse el pecho si hacía falta y dar la garganta por sus hermanos, y ninguno de sus hermanos encontró nada gracioso que decir. Cuando acabó, el patio siguió un momento en la nota final, como el vaso que vibra después del brindis. Algo de aquella canción se les quedó dentro a todos, un calor pequeño y terco por debajo del miedo. Esa noche, más de uno pelearía con un verso de bufón sujetándole el corazón.

Helm no duerme

Se hizo de noche, y el ejército de Helm formó.

Donde por la tarde había habido bromas por lo bajo y el roce doméstico de la piedra en el acero, no quedó sitio ni para un carraspeo: patios enteros de gestos medidos, escudos al frente, arqueros detrás, caballería a las alas. Del portón interior salió la guardia del templo escoltando al sumo sacerdote, gris y oro de gala, y el hombre que jamás concedía audiencias subió a las almenas para gastar el último rayo de sol en una arenga.

—Helm no muere. Helm no perdona. Helm no pierde. —Cada frase caía como un portón—. Hoy no perderemos. No dormiremos. No descansaremos. Y mañana tampoco. Y pasado mañana tampoco. Hasta que esta ciudad sea libre, otra vez. Helm no duerme, y vosotros no dormiréis hoy: solo es una noche más en vela, como más nos gustan a nosotros. Si alguien duda de que Helm ganará hoy, es que no nos ha visto luchar juntos nunca. Este ejército es invencible.

El ejército no vitoreó. Golpeó los escudos una sola vez, todos a una, y echó a andar.

Marcharon con ellos. Alistar invocó a su corcel y, ya montado, antes de calarse el yelmo, se le vio en la cara algo parecido al descanso. Orianna se hizo lechuza y se adelantó por el aire oscuro; Ceniz la siguió, desertando otra vez de su amo sin remordimientos.

Por el camino, la columna fue engordando. De los portales salían vecinos armados con lo que hubieran encontrado —azadas, garrotes, cuchillos de destazar— y guerreros sin símbolo alguno que se sumaban sin pedir permiso. Los templos de Sea Ward y de Castle Ward aparecieron por las avenidas del norte con sus propias columnas. Desde el aire, Orianna vigilaba los grupos de antorchas que confluían por los flancos, desconfiando de cada uno; Alistar comprobó el más cercano y las antorchas lo saludaron con el puño en el pecho.

—Esta gente está con nosotros, Orianna.

Pero en toda aquella marea, Alistar no encontraba lo único que buscaba. Ni un manto de la Balanza, ni un yelmo de la Orden del Martillo: de Tyr, nada. Fue apurando el galope de grupo en grupo, y el desasosiego le crecía a cada antorcha desconocida, hasta que la brisa marina le trajo un cántico. Uno que había cantado mil veces.

Los encontró formados en una bocacalle: un pelotón entero, y al frente un yelmo que habría reconocido en la noche más cerrada.

—No sabéis cuánto me alegro de veros, hermanos —dijo Marcus Deren.

Los hombres se llevaron la mano al pecho al verlo llegar. Alistar desenvainó y alzó la espada, y la dejó encenderse — que fuera un símbolo de esperanza, que se viera de lejos. Los años de derrotas de aquella semana se le cayeron de los hombros de golpe; hay medicinas que solo saben administrar los hermanos. El pelotón de Tyr y el ejército de Helm se cruzaron el saludo, puño al pecho, sin romper el paso, y marcharon juntos.

Sobre sus cabezas, las últimas almas de la tarde subían al cielo cada vez más luminosas. Y delante, sobre el horizonte del mar, la luna había empezado a bajar.

No a ponerse: a bajar. Enorme, clara, descolgándose del cielo como un sol que abdicara, con su reflejo esperándola en el agua.

El alma que no quiso caer

La multitud se abrió ante el ejército sin una palabra. No era miedo, o no solo: los devotos se apartaban con un gesto ausente, casi involuntario, como se aparta el que sueña. La plaza descendía en pendiente suave hacia el paseo marítimo, y en su centro ya no quedaban los altares de la tarde. Los habían desmontado todos. En su lugar se alzaba uno solo, mucho mayor, con forma de triángulo, y sobre él un único cuerpo amortajado.

Esta vez oficiaba Hederic en persona.

—¡Detente de inmediato! —tronó Alistar.

Nadie le hizo caso. Miles de gargantas murmuraban oraciones desacompasadas, cada cual la suya, un oleaje de rezos que se tragaba cualquier grito. Entre Alistar y el altar había una plaza entera de rodillas.

—Suficiente. —El paladín no gritaba ya. Dictaba—. El juicio ha terminado, y ha sido declarado culpable.

Se abrió paso con el poder de su dios: una orden que no salió de su boca sino de dentro del pecho de cada cual, ábrete, apártate, y la multitud se apartó a oleadas, algunos de rodillas, otros amontonándose sobre otros. Avanzaron en cuña —Alistar la punta, Malizall y Vengy los flancos—, con Ander detrás sorteando gente, negándose a empujar a nadie.

Orianna, águila gigante en el cielo negro, vio el ritual desde arriba: Hederic alzaba un cáliz del que manaban humos de una luz amarillenta y mortecina, y los derramaba sobre el cuerpo. El zumbido de campana sumergida recorrió la plaza. Todo pareció detenerse un instante, esa pausa que el mundo hace antes de las peores cosas.

Y el águila plegó las alas y cayó sobre el altar.

Fue un intento imposible y estuvo a un suspiro de lograrlo: robar el cadáver del altar en pleno rito, delante del apóstol y de diez mil fieles. Las garras rozaron la mortaja — y el alma salió despedida hacia el cielo, ganándole la carrera por un latido, mientras una explosión de fuerza maligna lanzaba a Orianna dando tumbos por el aire. Se enderezó a duras penas sobre la multitud.

Arriba, el alma robada a medias no se dejaba llevar.

Era más luminosa que todas las de la tarde, y su camino no era recto: subía a rachas, revolviéndose, un baile furioso de energía resistiéndose a cada palmo de cielo. Ninguno necesitó preguntar de quién era. Solo un alma en Waterdeep podía pelear así — la del hombre que se había quedado en su templo a esperar el fuego.

Las nubes se abrieron en vórtice a su paso, y por el claro asomó lo que había estado esperando toda la semana detrás del cielo: una grieta. Una herida abierta en la bóveda, y al otro lado un plano de tormenta, relámpagos y ceniza. Los marcados no podían verla; para ellos, solo estrellas. Para el resto, el abismo estaba mirando.

Cuando el alma de Eldrin cruzó la grieta hubo una eclosión, un grito que no era de este mundo ni quería serlo. Los devotos cayeron de rodillas abrazados a sus triángulos, y sus oraciones se relanzaron con un fervor nuevo, más alto, más rápido. En el altar, el cáliz de la Cosecha reventó en mil pedazos.

Solo Orianna lo vio. Y decidió que aquel hombre no iba a alzar nada más en su vida.

Fuego del amanecer

Malizall lo intentó primero por las buenas: taumaturgia a pleno pulmón, el grito multiplicado por tres.

—¡Mirad el cielo! ¡Es una grieta al abismo!

Contra la oración de miles, ni la magia. Alistar ya galopaba plaza abajo abriéndose paso entre los que se apartaban y los que no; el resto corría tras él, cada vez más atrás — hasta que el paladín llegó a un muro de soldados de la Mano de Hierro formado en cerco alrededor del altar, y allí se acabó el avanzar.

Arriba, el águila giraba sobre Hederic. El apóstol había quedado de cara a la luna, orando, la cara bañada en aquella luz baja y enferma.

Orianna plegó las alas por segunda vez.

El picado la llevó directa a la cara del apóstol — porque esa águila él la conocía, y que la conociera era parte del mensaje. Las garras le agarraron el rostro con las dos zarpas, tiraron, lo alzaron dos dedos del suelo y lo soltaron: Hederic cayó de espaldas con las manos en la cara y la sangre entre los dedos. El águila remontó chillando su victoria.

Alistar la vio atacar y ya no hubo prudencia que valiera.

—¡Orianna se ha lanzado! ¡Entro con ella!

Espoleó al corcel contra la fila de la Mano, sin bajar la espada hacia nadie: que arrollara el caballo, que el acero se guardara para quien lo merecía. Detrás se lanzaron Vengy, Sildar y los demás. Y Vengy, viendo a su hermano de armas meterse solo en la boca del lobo, se giró hacia Malizall con dos palabras:

—Es el momento.

Malizall miró la carga de Alistar, miró el cielo roto, y se llevó la mano al símbolo del alba que le colgaba del pecho. Los dedos le chisporrotearon — no era electricidad: era todo el poder que le quedaba, concentrándose. En lo alto, en el mismo cuadrante del cielo donde palpitaba la grieta, nació una bola de fuego, y creció, y cayó aullando sobre la plaza.

No pensaba en el abismo. Pensaba en abrirle camino a su amigo.

El meteoro reventó delante mismo de la carga. Cayó tan justo que un instante más de tardanza lo habría hecho caer sobre el propio paladín; llegó por los pelos. La onda barrió las filas de la Mano en todas direcciones, desmontó a Alistar —el caballo tropezó entre soldados derribados y el paladín rodó por el empedrado—, y donde había un cerco impenetrable quedó un cráter humeante y despejado. Alistar tardó menos de un segundo en estar de nuevo en pie; los oídos le pitaban, el fuego le enmarcaba la silueta, y delante, a tiro de piedra, el apóstol de la Nueva Fe se incorporaba con la cara ensangrentada.

Kuryuu y Ander, que llegaban por detrás, frenaron en seco ante la explosión. El dragón midió las llamas con ojo de estratega y sujetó al bardo por el hombro: primero, ver qué hacía Vengy. Los devotos, alrededor del cráter, ni corrieron ni gritaron. Rezaron más alto.

El juicio del paladín

Alistar cruzó el cráter a la carrera y agarró a Hederic Alorn por la túnica.

—¿Qué es lo que has hecho?

El apóstol tenía un ojo cerrado por el zarpazo y la sangre le corría por el cuello, pero lo que le quedaba de cara sonreía hacia arriba, hacia la luna gigante que ya casi tocaba el mar.

—¡Ya viene! —dijo—. ¡Solo mira a la luna!

—Estás condenando al mundo, maldito.

—¡No!

La espada del paladín se encendió con todo el poder de Tyr que le quedaba a su dueño. Hederic alzó las manos en un gesto inútil; la hoja las atravesó, y atravesó el pecho detrás de ellas. Un destello cegador inundó la plaza — no el fogonazo sucio de la Cosecha, sino luz limpia, luz de juicio, y donde entró el acero el cuerpo del apóstol no sangró: se abrió en un hueco de partículas radiantes, como si la espada no matara, sino purificara. Los ojos de Hederic Alorn se quedaron abiertos, todavía vueltos hacia su luna. Cayó, y no se movió más.

A la espalda de Alistar, media docena de clérigos de la Nueva Fe terminaron de canalizar la andanada que llevaban un minuto tejiendo: proyectiles de fuego y una ráfaga de escarcha que surcó el aire en vórtice, todos con el mismo destino. Malizall llegó a deshacer el fuego con un contraconjuro desesperado. La escarcha siguió volando.

—Ander. —El destino de la mesa entera pendió de un bardo—. ¿Qué haces?

—Silencio.

Fue exactamente eso. El conjuro de Ander cayó sobre los oficiantes cuando les faltaba la última sílaba, y la última sílaba no llegó a existir: la escarcha se deshizo en el aire a diez pasos del paladín, disuelta en una quietud sin ecos. El bufón había vuelto a hablar el idioma que mejor conocía — el de callar a los importantes en el momento justo.

Kuryuu aterrizó junto a Alistar; había volado los últimos metros, acordándose a media carrera de que podía. Orianna acabó su giro y se posó. Se reagruparon alrededor del cadáver del apóstol, jadeando, mirando en todas direcciones.

Lo que vieron fue peor que un contraataque.

La Mano de Hierro se reagrupaba a lo lejos, sí. Pero la multitud, los miles y miles de fieles de rodillas, ya no rezaban desacompasados. Rezaban al unísono, palabra por palabra, una sola oración en diez mil bocas — y todos, absolutamente todos, miraban la luna.

Demasiado.

La luna devorada

Tal y como dijo la profecía, la luna fue devorada por su propio reflejo.

Bajó hasta rozar el mar, inmensa, y su gemela de agua subió a su encuentro; menguaron a la par, empujándose la una contra la otra como dos manos que se cierran, hasta que del choque no quedó nada. Un último destello sobre las olas. El impacto no tuvo sonido — tuvo un estremecimiento sordo que la ciudad sintió en los huesos, y por un segundo hasta las oraciones callaron. Los arrodillados se pusieron en pie. Todos querían ver qué venía después.

Vino el viento. La brisa marina se volvió vendaval de golpe, apagó de un manotazo cuantas antorchas quedaban, y barrió del cielo los últimos jirones de nube. Sobre la Plaza del Juicio, a oscuras, quedó el firmamento entero al descubierto — y en él, desnuda ya de todo velo, la grieta.

Los soldados que la vieron, algunos de la propia Mano, retrocedieron a trompicones; hubo armas que cayeron al suelo. Alistar buscó a Kuryuu para señalársela, y el dragón alzó la cabeza y no encontró nada.

—¡No veo!

Para los marcados, ni grieta ni estrellas: una negrura total, un cielo de tinta que respiraba. Orianna y Kuryuu se quedaron mirando aquella nada mientras a su alrededor los demás se encogían ante algo que jamás podrían enseñarles. Y en el suelo, junto al altar, el espejo del apóstol muerto —ese espejo que nadie recordaba haber mirado de frente— se partió solo, en mil pedazos, sin que nadie lo tocara.

Los cánticos volvieron. Ya no eran diez mil oraciones al unísono: eran una sola cosa, un patrón exacto, robótico, sin un tropiezo ni un aliento, como si la plaza entera fuese una única garganta ensayada durante años. No quedaba libre albedrío en aquellas bocas.

La Voz

Sobre el agua, donde había muerto la luna, empezaron a girar las luces.

Esferas y anillos de energía, orbitándose en un caos que iba encontrando su centro, creciendo, escupiendo relámpagos contra el mar y contra la plaza. Alistar tendió su sentido divino hacia aquello y lo que percibió le heló más que cualquier presencia: no había presencia. Había un plano maligno al otro lado, empujando. Algo estaba cruzando.

La gravedad se rindió alrededor de la esfera; el agua subió en gotas quietas, flotando en espiral. Y la esfera implosionó.

Quedó una figura levitando sobre el mar. Humanoide, envuelta en capas oscuras con los bordes quemados desde dentro, dos brasas por toda cara. No hizo falta que nadie la nombrara: la plaza entera se arrodilló a la vez, clérigos y fieles y niños, con el crujido de diez mil rodillas contra el empedrado.

Alguien del grupo gritó algo a la multitud. Ninguna cabeza se volvió. La respuesta llegó de todas las gargantas a la vez, una cacofonía perfecta, cada marcado pronunciando las mismas palabras en el mismo instante, y las palabras eran estas:

—Los cielos han callado, y ahora hablaré yo por ellos.

El vendaval se detuvo en seco, como cortado con un cuchillo. Y de los fieles arrodillados empezó a salir humo.

Columnas de un vapor verdoso, amarillento, alzándose de cada pecho en oración, torciéndose todas hacia la figura del agua. La cosecha ya no necesitaba altares ni cálices: bebía directamente. Alistar y Malizall le lanzaron su fuego sagrado a la vez —el paladín besó su emblema, se lo llevó a la frente y señaló con la espada; el warlock rezó su plegaria al alba entre dientes—, y la llamarada radiante cruzó la noche e impactó de lleno.

La figura ni se volvió. La cacofonía respondió por ella, serena, infinita:

—Durante eras habéis rezado a dioses que callan. Su última palabra fue muerte. Y esa es mi palabra: muerte.

La energía cosechada terminó de acumulársele alrededor. Entonces habló por tercera vez, y esta vez no fue una respuesta — fue una orden.

—La Voz habla, y el verdadero dios escucha.

El humo de diez mil plegarias se precipitó sobre las montañas de cadáveres.

Y las montañas se movieron.

Seis contra la marea

Se levantaron a espasmos, a cientos, de las pilas junto al agua y de los rincones de la plaza, y echaron a andar. No tropezaban con los fieles arrodillados: fluían entre ellos como agua entre piedras, sin rozarlos, todos en la misma dirección — hacia los vivos que no rezaban.

Alistar plantó el símbolo de Tyr por delante y dejó salir su reprensión:

—¡Deteneos ante el poder de Tyr!

La onda santa frenó a los primeros. Los de detrás pasaron por encima. No tenían dirección propia, ni miedo, ni rabia: eran un río bajando la pendiente de la plaza, y los ríos no escuchan.

Los seis respondieron como lo que eran — una sola criatura con seis corazones.

Malizall alzó un muro de fuego en anillo alrededor del mayor de los montones, una corona de llamas de la que los muertos salían ardiendo a medio deshacer. Orianna, plantada de nuevo sobre sus dos pies, llamó a las llamas mismas: del interior del anillo emergieron unas manos de incendio, un rugido crepitante que robaba el aire, y su elemental se alzó dentro del muro con órdenes sencillas — quema todos los cuerpos corrompidos; que ninguno salga. Los que salían, una zarpa de fuego los agarraba y los devolvía dentro.

Vengy se puso espalda contra espalda con Alistar y Malizall y extendió las manos al cielo. Sobre el grupo cuajó una tormenta propia, y de la tormenta bajó en vuelo rasante un dragón de relámpago —el espíritu de su linaje, alas de chispa y trueno—, que barrió la vanguardia de los muertos con un aliento eléctrico que iluminó la plaza entera. Hasta los suyos tuvieron que cubrirse tras los escudos.

Y Ander miró a Kuryuu de abajo arriba.

—Ha llegado la hora —le dijo—. Es el momento de que muestres la fuerza y la nobleza que llevas dentro. Que se vea por fuera tu gran valor.

Le dio un toque en el brazo, y el dragón empezó a crecer.

Kuryuu se hinchó de música y de magia hasta el triple de su tamaño, la armadura y la espada creciendo con él, y antes de rugir tuvo un pensamiento que no compartió con nadie: ha llegado el momento, hermano. Daré honor a tu nombre. Y espero que algún día nuestro padre me pueda perdonar. Luego alzó la espada de filo escarchado, golpeó el escudo y abrió las alas.

—¡Todos los enemigos morirán esta noche! ¡Venceremos juntos, compañeros! ¡Adelante!

Su gigante espada segaba a los muertos por hileras; los que le llegaban a la rodilla se le agarraban a las piernas como sabandijas, y se los sacudía a puñados. La marea, sin embargo, no se acababa nunca. Rodearon al trío del centro por tres flancos; Alistar encajó un golpe en el pecho y convocó su aura contra el mal; Malizall, protegido a duras penas entre los dos paladines, sintió más de una dentellada demasiado cerca.

Y el frente se rompió. A la espalda del grupo, la Mano de Hierro chocó al fin contra las fuerzas de Helm y de Tyr, y el estruendo de conjuros mandó cuerpos por los aires. Una oleada de muertos rebasó a los paladines y sepultó a Malizall bajo una montaña de manos y dientes. Alistar gastó en salvarlo el último poder que le quedaba de Tyr:

—¡Retrocede!

La onda santa aflojó el amasijo, y el dragón de relámpago de Vengy remató la faena con un golpe de cola que barrió del warlock a los muertos que aún lo cubrían. Apenas se hubo enderezado Malizall, el dragón viró y volvió a lanzarse, esta vez a arrancar a Kuryuu de un enjambre que trepaba por sus piernas de gigante — la vieja rivalidad de bronce y plata resuelta, por una noche, en rescate. Kuryuu se sacudió los últimos cadáveres de encima y miró hacia el mar, hacia la figura de la que seguía manando el humo de las almas.

—Son sus rezos —dijo—. Hay que silenciarlos.

Y en medio de todo, cruzando la plaza en diagonal, una sombra pequeña esquivaba muertos sin pelear con ninguno: Ander, fluyendo entre la carnicería con pasos de baile, la flauta apretada contra el pecho, corriendo a reunirse con los suyos.

Llegó cuando más falta hacía.

—¡Faro de Esperanza! —gritó, y la luz del conjuro se abrió sobre el grupo como se abre un quitasol en pleno aguacero.

Bajo aquella luz, las curas rendían el doble; las palabras sanadoras del bardo recompusieron a Malizall, que era el que peor cargaba la noche. Alistar aprovechó el respiro para alzar el símbolo una vez más, y esta vez la expulsión salió con toda su alma detrás: los muertos más cercanos se apartaron en círculo, dejando alrededor del grupo unos metros de calma prestada.

Respiraron. Duró lo que duran esas cosas.

La capitana y el hielo

Ladera abajo, decenas de soldados de la Mano cargaban hacia ellos con las espadas encendidas de magia. Y entre todos los yelmos, Alistar reconoció una cabeza descubierta.

La capitana Soriah Durn bajaba con la carga, el gesto apretado de una rabia sin dueño, luchando del lado de los que habían quemado su mundo.

—¡Soriah! —El grito de Alistar cruzó por encima del estruendo—. ¡Me niego a pensar que esto sea lo que quieres!

Los pasos de la capitana se desordenaron. Algo se le apagó en la cara — no la rabia: la cuerda que la sostenía. Por un momento pareció una mujer que ha perdido una guerra que nadie más veía.

—¡Aún puedes luchar por esta ciudad! —siguió el paladín—. ¡Levántate! ¡Lucha con nosotros! ¡Lucha por el amanecer!

Y la capitana Soriah Durn se giró en mitad de la carga, contra la marea de los suyos.

No estuvo sola ni un suspiro. Malizall apretó en el puño su piedra de vínculo, y delante de la carga de la Mano el suelo latió dos veces y reventó en un torrente de fuego y luz; cuerpos enteros salieron despedidos, aunque entre las llamas se vio a algunos seguir andando, imperturbables, como si el fuego fuera cosa de otros. La respuesta enemiga llegó en forma de granizada arcana — hielo, relámpago, fuerza pura, una decena de conjuros convergiendo a la vez.

Vengy miró a sus compañeros con las manos ya blancas de escarcha.

—Prefiero caer con orgullo que vivir sin gloria.

Y se plantó al lado de Soriah, en primera línea, sin gesto alguno de esquivar, y descargó un cono de frío contra la carga entera. La humedad de la noche cuajó en el aire: rostros, brazos y corazas quedaron soldados en escarcha, y la primera oleada de la Mano cayó incapacitada a los pies de la capitana y el dragón de bronce.

Detrás venían más. Siempre venían más.

La siguiente andanada llegó con una onda de choque que tumbó la primera línea del grupo. A Alistar le reventó los oídos y lo lanzó de espaldas, y aún en el suelo un virote de fuego lo atravesó; Ander encajó un golpe que habría matado a un buey; a Orianna, el muro de viento que acababa de alzar le desvió una flecha que llevaba su nombre. Sonaron cuernos a la espalda. Por un instante nadie supo si eran buenos o malos.

Eran de Helm.

La falange entró en la plaza como entra la marea, sin prisa y sin remedio: escudos, lanzas, espadas, una formación que avanzaba metódica arrollando muertos y fanáticos por igual, con el ojo del Vigilante brillando en cada peto. Los templos de la ciudad chocaron de frente contra la Nueva Fe, y la Plaza del Juicio se convirtió en un mar de espadas luminosas.

El nombre en la tormenta

En medio de todo aquello, la figura del agua seguía creciendo.

Fue Sildar quien lo dijo primero, agarrando a Malizall del hombro en pleno caos:

—¡Malizall! ¡Haznos volar!

—No tengo hechizos. —El warlock se miró las manos vacías—. No tengo hechizos.

—Los siervos aún canalizan —avisó Vengy, señalando los hilos de humo que seguían manando de los fieles—. Se ve el flujo.

Kuryuu giró la cabeza gigante hacia el paladín de Tyr.

—Alistar: terminemos con la fiesta.

Los dos dragones fueron los únicos con cielo propio. Kuryuu batió las alas y se lanzó hacia la figura con el pecho hinchándose de escarcha; visto desde abajo, gigante, alado, escupiendo un vendaval blanco, ya no parecía un hombre agrandado por la magia — parecía exactamente lo que su clan llevaba generaciones pintando en los estandartes.

El aliento de hielo atravesó la esfera de energía y obligó a la figura, por primera vez en toda la noche, a moverse. Alzó un escudo en el último instante; la escarcha se estrelló contra él y no la tocó — pero para alzarlo tuvo que soltar lo que sostenía. La canalización se interrumpió. Los hilos de humo de diez mil pechos temblaron, cortados de golpe, y en toda la plaza fue como si un acorde infinito fallara por primera vez.

Lo había conseguido un dragón de plata con nombre prestado y devuelto.

—¿Quién es ese? —jadeó Malizall desde abajo, viendo a la figura recomponerse.

Nadie respondió. La figura retomó su avance hacia la costa, levitando, y a su paso el aire empezó a cantar. No era una imagen: cantaba. Una melodía subterránea que salía de las diez mil gargantas en trance y de ninguna, versos que se enroscaban en el vendaval, y decían: ya no hay cadenas, ya no hay temor; el abismo es mío, me da su favor. Y decían: renuncié a mi nombre, olvidé quién fui; ahora soy el eco de un poder sin fin.

Kuryuu se quedó inmóvil en el aire, las alas abiertas, sin terminar el giro.

Aquella manera de decir las cosas. Aquella cadencia por debajo de la cacofonía, ese deje exacto que ni la muerte ni el abismo habían conseguido lijar del todo. El dragón lo supo antes de saberlo, con esa parte del cuerpo que reconoce las voces de casa.

—¿Eres tú? —preguntó, muy bajo.

…cada paso es un pacto, cada risa un grito… no soy nada… no soy yo…

—¡TERRY!

El nombre salió de la garganta de un gigante y lo oyó la plaza entera. Lo oyó Orianna en plena carrera hacia la orilla, y el suelo se le movió bajo los pies. Lo oyó Alistar, y la firmeza con la que avanzaba se le rompió por dentro; la espada, sola, le fue bajando hasta apuntar al empedrado. Lo oyó Malizall, y por unos segundos el hombre que nunca callaba se quedó sin nada que decir.

La figura ni se detuvo. Siguió levitando hacia la costa, imperturbable, dejando atrás al dragón suspendido en el aire con el nombre de su amigo todavía en la boca.

Terry Black. El compañero de Chult. El que se había quedado atrás.

La Voz que hablaba por los cielos callados tenía la cara del amigo muerto, y los que lo habían conocido lo supieron todos a la vez, cada uno en su rincón de la batalla, como se sabe una mala noticia: de golpe y para siempre.

Grietas en la oscuridad

La respuesta de Terry fue hacer llover el cielo.

Astros enteros cayeron aullando sobre la plaza, y las explosiones lanzaron a los seis por los aires como muñecos. Malizall, que volaba, recibió lo peor: perdió el sentido en pleno aire, las alas de sombra se le deshicieron entre los omóplatos, y el orador de Lathander cayó a plomo hacia el empedrado — lo salvó un viejo amuleto del fondo de su mochila, que le frenó la caída a un palmo del suelo y lo depositó entre los escombros como a un fardo. Con su conciencia se apagó también el muro de fuego, y el anillo de llamas que contenía a los muertos se deshizo en pavesas.

—¡Malizall!

Alistar corrió hacia el caído. No llegó primero.

Hubo un parpadeo de bruma gris, y Vengy apareció arrodillado junto al warlock, sacado de la nada por su magia de dragón, ya vertiéndole entre los labios su mejor poción. Por una vez en la vida, alguien había llegado antes que Tyr. Malizall tragó, tosió, y volvió al mundo maldiciendo en dos idiomas.

Ander lo había visto todo desde el suelo.

El bardo había caído mal, con un dedo roto y un dolor en el pecho que burbujeaba al respirar; y desde allí, tirado entre los muertos, vio el cielo caer y a Malizall desplomarse, y sacó fuerzas de donde se sacan esas cosas. Se incorporó sobre un codo y cantó.

La canción salió rota. El dedo no obedecía sobre la flauta, la sangre le estorbaba en los pulmones, y las notas que otras noches habrían cosido heridas enteras apenas cerraban los cortes a medias. Cantó igual. Cantó la canción entera, mal, sosteniendo con su música desafinada a media compañía en pie.

—Me cuesta —admitió después, escupiendo rojo—. Pero aún sé hacer canciones.

Arriba, Kuryuu había terminado de elegir su rabia. Si aquello era Terry, no era Terry entero: alguien lo movía como a un títere, alguien les estaba usando la cara de un amigo como un arma. Orianna lo había gritado ya desde la orilla — están usando su imagen contra nosotros. El dragón apretó la espada de escarcha y arremetió.

El DM del destino quiso que aquel golpe fuera de los que se cuentan. La hoja gigante encontró el escudo invisible, lo dobló, lo atravesó — y el filo alcanzó la espalda de la figura y la abrió en un tajo largo. Terry se giró en el aire. Por primera vez en toda la noche, su rostro velado registró algo: incredulidad.

—¿Tú no eres Terry? —le rugió Kuryuu, casi una súplica.

La respuesta le llegó por dentro. Los ojos de brasa lo agarraron, y detrás de ellos Kuryuu vio el abismo, y vio a Acererak, y oyó su risa; el cuerpo entero se le aflojó como un saco cortado, y el guerrero que no retrocedía ante nada se descubrió arrastrándose hacia atrás, lejos de aquello, con los músculos ajenos y un espanto sin nombre en la boca. La herida, mientras tanto, sangraba.

—¿De qué color es la sangre? —preguntó Vengy desde abajo, con la crueldad práctica de los desesperados.

Roja. Rojísima. Debajo de la Voz había un cuerpo vivo.

Alistar lo miraba levitar y no conseguía odiarlo. Le vino, sin llamarlo, un recuerdo con arena de Chult: Terry burlándose con cariño de su fe desmesurada, Terry insistiendo en que los conjuros y las explicaciones racionales solían ser la solución, mientras el paladín afilaba la espada y sonreía sin darle la razón. Intentó imaginar el castigo para aquel hombre y la imaginación se le declaró en huelga.

—¡Terry! ¡Detente! —gritó—. ¡Sé que aún queda algo de ti en ese cuerpo! ¡No puedes dejarte dominar por Acererak!

Vengy eligió el camino contrario: todo el poder que le quedaba, la espada electrificada de la empuñadura a la punta, la hechicería innata rugiéndole en la sangre, y una embestida voladora con el castigo divino detrás. El primer intento rebotó en el escudo como una piedra en un estanque. En el segundo, ya en pleno vuelo, una presencia le entró en la cabeza sin llamar: el mundo desapareció, y Vengy estuvo en un cubo blanco — paredes blancas, suelo blanco, techo blanco, sin puertas, sin ruido, sin tiempo, él solo en el centro de una nada perfecta. Duró un latido y duró un año. Cuando la realidad volvió de golpe, el dragón de bronce estaba delante de su enemigo con la guardia deshecha, sabiendo con exactitud una sola cosa: que había estado a punto de no volver.

Orianna probó entonces sus dos armas a la vez.

La primera fue Ingo. El elemental cruzó la plaza en una zancada de incendio y descargó sobre el escudo golpes que por fin parecían hacer mella. Terry ni pronunció palabra: chasqueó los dedos —solo eso, un chasquido sin conjuro, y esa facilidad era en sí misma una confesión de lo que tenían delante— e Ingo dejó de existir.

La segunda fue la lengua.

—Oye —le gritó la druida, con el tono exacto de las viejas discusiones de campamento—, ese conjuro también te lo sacaste del culo, ¿no? Como el que guardaste aquel día en la biblioteca.

Y la Voz del dios verdadero, el heraldo del dios que calla, el profeta del fin de los cielos… se detuvo.

Fue un momento. Un brillo detrás del velo, un titubeo de la levitación, algo que se giraba hacia el recuerdo de una biblioteca lejana y de una carcajada compartida. Vengy, que era quien más cerca estaba, lo vio con toda claridad: un instante de duda. Luego la figura siguió avanzando, imperturbable otra vez.

Pero todos lo habían visto. Dentro de aquella cosa, en alguna grieta de aquella oscuridad, quedaba una luz.

La lágrima

—Tiene que descansar en paz —dijo Kuryuu.

Ya no peleaba por vencer. Los dos dragones atacaron juntos, y el gigante de plata alzó la espada con el pecho hinchado:

—¡Acererak! ¡No te atreverás a usar a nuestro amigo contra nosotros! ¡No lo permitiré!

El golpe combinado —el acero de Kuryuu, el destello solar de Vengy con su rugido de dragón dentro— atravesó las defensas, y por un instante creyeron haberlo logrado: el cuerpo de Terry se deshizo en energía pura bajo el filo. Pero no cayó. La nube de motas y humo que orbitaba a su alrededor, la cosecha de la noche entera, empezó a consumirse a ojos vista, gastándose en recomponerlo — la Voz estaba quemando sus reservas de almas para seguir teniendo forma. Cada golpe se las vaciaba un poco más.

Y la Voz decidió acabar con el que más dolía.

Ignoró a Vengy por completo. Se giró hacia Kuryuu y alargó la mano abierta hacia él, y algo en aquel gesto lento hizo más ruido que toda la batalla. Vengy se lanzó a desviarle el brazo; Alistar, desde abajo, jugó la única carta que le quedaba:

—¡Terry! ¡Para! ¡Detén esta locura! ¿Te acuerdas de cuando me decías que confiaba demasiado en mi fe? ¡Pues sí! ¡Pero no solo en Tyr! ¡También tengo fe en que tú puedes detener esto! ¡En que puedes resistir a Acererak!

Alistar no llegó a verlo. Vengy tampoco, ocupado en el forcejeo. Solo Kuryuu, a un palmo de aquella cara en la pelea por apartarle el brazo, vio salir la lágrima de debajo del velo y rodar por la mejilla del profeta del dios de la muerte.

—No lo intentéis —dijo Terry, muy bajo, solo para él.

La mano encontró su hueco en el forcejeo y le rozó la pierna.

No hubo herida. Hubo ausencia: del muslo al pie, la pierna de Kuryuu se volvió polvo gris que el vendaval deshizo, y el gigante se desplomó en el aire y cayó a la plaza entre un grito que no parecía suyo. El dolor llegó después, tarde, como llega el trueno.

Orianna alzó el brazo hacia el cielo pidiendo la luz de siempre, la de su señora de plata — y encontró el hueco. No es que la luna no se viera. Era que ya no estaba. En algún cajón de su memoria, la druida archivó aquel vértigo para el resto de su vida: el gesto de invocar a la luna y el cielo devolviéndole una nada sin luna que invocar.

Tiró de la tormenta, entonces. Suya era, y respondió: los relámpagos empezaron a caer sobre el escudo de Terry, uno, otro, obligándolo a gastarse en recomponerse. Malizall, de pie a duras penas, sumó su llama sagrada — el dado de su dios estalló en la noche y el fuego del alba prendió en el pecho del profeta y ya no se apagó, lamiéndole la piel en llamas pequeñas y tercas. Las heridas ya no se le cerraban. La reserva se acababa.

Ander, sin aliento para llegar hasta Kuryuu, le mandó la curación a distancia, nota a nota. El muñón dejó de sangrar; la carne se cerró limpia sobre la ausencia. La pierna no volvió. Hay cosas que ninguna canción devuelve.

A Vengy, el viento le trajo a la cara el polvo de la pierna de su compañero.

Lo que pasó entonces dentro del dragón de bronce no tuvo nombre de conjuro. Los ojos se le nublaron del todo, la magia se le aceleró sola, y descargó sobre Terry un relámpago que le atravesó el cuerpo de parte a parte, y detrás del relámpago el espadazo, y detrás del espadazo el roce del acero que recuerda la cercanía de la muerte. La figura se tambaleó en el aire, humeando por el rostro, erizada, gastada.

La tormenta de Orianna le dio el resto. El último rayo lo alcanzó de lleno y la Voz del dios verdadero cayó del cielo y golpeó el empedrado de la Plaza del Juicio como cae un hombre: mal.

—Alistar —dijo Orianna—. Reacciona.

Lo que no podía morir

Alistar corrió hasta el cuerpo caído, lo agarró del hombro y lo giró hacia sí.

—No lo entiendes —dijo Terry—. No puedo morir.

—Pues resiste.

Terry se echó atrás la capucha. En la cabeza, grabado a fuego en la piel, llevaba un triángulo invertido hecho de triángulos — diez, doce, de todos los tamaños, encajados unos en otros hasta formar el sello completo. La marca de la Nueva Fe no era suya: era sobre él. Un castigo escrito en la carne del que un día se atrevió a traicionar al arquitecto.

Con la mano que le quedaba libre, el hechicero agarró a Alistar del hombro, espejo exacto del gesto del paladín.

—Deberíais destruirlas todas.

—¿Todas? ¿El qué, Terry?

—Las filacterias. Las filacterias, Alistar. —El aliento se le iba—. Si no las destruís todas, seguirá reinando. Hazlo con nosotros. Yo soy una de ellas. —Y como el paladín no se movía—: Escúchame. No puedo morir. Aunque me matéis aquí, no moriré. No acabará aquí.

Alistar hizo lo único que su fe le dejaba hacer. Le puso las dos manos sobre la marca y canalizó — todo. El juramento, la conexión, cada gota de poder divino que le quedaba tras la noche más larga de su vida, la energía entera de un héroe desesperado volcada en purificar a un amigo. La plaza se iluminó una última vez.

El poder rebotó. Una onda expansiva le devolvió su propia luz, y Alistar conoció la impotencia exacta de su fuerza: insignificante contra aquel sello escrito por un dios a medio hacer.

—Acabad ya —pidió Terry. Y con el último aire, casi con dulzura—: Pero volveré.

La espada de Tyr le entró en el pecho con toda la decisión que a su dueño le faltaba. Terry no opuso resistencia alguna; se dejó atravesar como quien por fin se acuesta. La luz lo llenó desde dentro —una bombilla encendiéndose bajo la piel, cada vez más blanca— y se apagó.

El cuerpo cayó hacia atrás. Y ante los ojos de los seis envejeció de golpe: la piel se apergaminó, se hundió, se fue; quedó el hueso, y el hueso se hizo polvo, y el polvo se lo llevó el viento de la plaza hacia el mar, donde ya no había luna que lo mirara.

Los que despertaron

La marea murió con su dueño.

Los muertos que quedaban se quedaron sin cuerda, tambaleándose, apagados; las fuerzas de Helm y de Tyr y lo que restaba de la Guardia cargaron sobre la Mano de Hierro en desbandada, y la caza duró toda la noche. Y los fieles —los diez mil arrodillados, la garganta única del dios verdadero— despertaron.

Se levantaron con la torpeza del que vuelve de muy lejos, se miraron unos a otros sin reconocerse, y echaron a correr. Qué recordaban, si recordaban algo, nadie lo supo aquella noche.

Orianna se quedó mirando el punto del aire donde había estado su amigo.

No le había dejado llorarlo. Eso era lo que más le costaba perdonar: que no le hubiera dado tiempo. Primero no quiso creer que fuera él — Terry había muerto, Terry era una cara robada, una crueldad más del arquitecto—; después, cuando ya no hubo manera de no creerlo, Kuryuu estaba perdiendo una pierna y no hubo hueco para el duelo. Ahora el duelo llegaba todo junto, y traía deberes. Se acordó de algo que el propio Terry decía en los tiempos de Chult: que a veces una persona se corrompe tanto que destruirla es lo único bueno que queda por hacerle. Se lo había oído defender ante una celda, hacía una vida. No pensó que un día la doctrina fuera para él.

—Si no está el alma de Terry —preguntó Kuryuu, sentado en el suelo, la pierna ausente estirada hacia la nada—, ¿por qué tiene los recuerdos? ¿Por qué tiene los sentimientos?

Nadie tenía la respuesta. Ander, que no había conocido a Terry en vida, confesó que él había creído estar viendo una proyección, un truco; le costaba entender la medida exacta de lo que sus compañeros acababan de enterrar. Y Orianna entendió otra cosa, ella sola, sin decírsela aún a nadie: que su viaje al abismo ya no era solo por Elyz. Allá arriba, en alguna parte de aquella grieta, estaba también el alma de su amigo. Y que ya no podría ir sola — aquello era más grande que ella.

Alistar fue el último en hablar. Se quitó el yelmo delante de todos.

—Lo siento, chicos. Os tengo que pedir perdón. No he podido reaccionar. No pude hacer nada. Necesitaba intentar salvarlo.

—Has hecho lo correcto, según tu devoción —dijo Malizall.

—¿Sabes, Alistar —dijo Orianna—, que a nuestro amigo la única manera de salvarlo era destruirlo?

—Él dice que volverá —recordó Kuryuu.

Se acordaron entonces, todos a la vez y ninguno en voz muy alta, de la vieja de la casa de las flores marchitas. Alguien muy querido por vosotros tiene que morir, había dicho. Y lo evitaréis esta noche. Y tú salvarás a alguien. Habían pasado la tarde temiendo por Sildar, contando sus jarras, vigilándole la espalda — y la profecía hablaba de un amigo al que daban por muerto desde Chult. Matar a quien querían para salvarlo. Las visiones son así, joven: cosas inconexas. Hasta que dejan de serlo.

Saliendo de la plaza encontraron a la capitana.

Soriah Durn yacía entre los caídos de la última carga, la espada aún en la mano, de cara al cielo sin estrellas. Tenía en el rostro una sonrisa que hacía una década que nadie le veía — la de antes de los archivos quemados y las puertas selladas, la de cuando custodiar algo todavía significaba algo. Alistar se arrodilló, le puso la mano en la frente y rezó a Tyr para que, si aquella alma seguía al alcance de alguien, alguien la acogiera.

Quizá también de ella hablaba la vieja. Salvar a alguien de las sombras no siempre es impedir que muera.

El primer cielo vacío

La noche fue larga y los muertos, muchos.

Los hubo que cruzaron las murallas y se perdieron por los caminos; el cementerio del alba se vació entero sobre los barrios del norte, y Sea Ward, que ya era ceniza, aprendió que aún podía ser algo peor. El grupo peleó hasta el final junto a soldados de tres templos, gente exhausta a la que ya no preguntaban el nombre, tapando brechas, quemando lo que caía. Cuando pareció que no quedaban más, nadie lo celebró, por si acaso.

Y entonces salió el sol.

Salió normal, puntual, indiferente, por el este de un cielo que ya nunca tendría luna, y fue el amanecer más raro de la historia de Waterdeep: la primera mañana del mundo nuevo. Los que no habían temido a la sombra lo vieron llegar de pie, tal y como la profecía había prometido. Sobre sus cabezas, donde los no marcados alcanzaban a mirar, la grieta seguía abierta — una herida quieta en mitad del azul, esperando.

—¿La victoria? —Alistar tanteó la palabra y la dejó donde estaba—. Hemos evitado una derrota mayor. Eso sí.

—No es una victoria —dijo Kuryuu.

Estaba sentado sobre un murete, el muñón vendado con jirones de estandarte, mirando el hueco del cielo donde su amigo se había ido dos veces. Nadie lo contradijo.

En algún momento de la mañana, entre las ruinas, una perra flaca salió disparada de un portal y se lanzó contra el pecho de Ander, y el bardo del dedo roto la abrazó riéndose y quejándose a la vez, y por un rato, en una plaza rota de una ciudad rota, hubo algo que se parecía bastante a la vida.

Quedaban las filacterias. Quedaba el abismo, y una dragona plegada en cristal, y un alma que esperaba ser libre, y un arquitecto riéndose en su oscuridad. Quedaba todo. Pero eso ya no era el final de esta historia, sino el principio de la siguiente.

El día 7 amaneció sobre Waterdeep, y las campanas, las pocas que quedaban, sonaron.


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