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Sesión 9

Juntas y mudas

La lluvia arreciaba ya sobre Waterdeep, terca y menuda. A su espalda quedaba la plaza de Lathander, con el templo aún humeante y sus reliquias en manos de la Mano. Caminaban callados, midiendo cada bocacalle. Vengy iba entre ellos con el horror del cementerio todavía pegado a la piel y una noticia atravesada en la garganta; entre las cenizas de la plaza solo había acertado a decir aquí no, y aún la guardaba.

Cuando alcanzaron el hospicio de Lathander, un detalle pequeño bastó para desentonar sobre todo lo demás: las puertas estaban cerradas. Aquellas puertas que jamás se cerraban, por las que entraba y salía sin tregua media ciudad doliente, juntas y mudas por primera vez en mucho tiempo.

Orianna entornó los ojos. Desde la plaza, la rabia se le había cuajado en una calma fría, y miraba el mundo como quien ya no aguarda de él nada bueno.

—¿Las han cerrado los del propio hospicio… o ya hay gente de la Mano dentro? —preguntó en voz baja.

No había candado ni precinto: solo las hojas encajadas. Vengy se adelantó y llamó. Una rendija se abrió, y tras ella asomó el rostro de un hombre muy joven.

—Soy Vengy. Me hospedo aquí.

El muchacho lo reconoció al instante y se apartó para franquearles el paso.

—Pasad, compañeros.

El tumulto llenaba el claustro, pero la calma de la víspera había desaparecido. Las miradas que se volvían hacia ellos cargaban inquisitivas y trémulas, y un sonido insistente —el afilar de las armas de los templarios— recordaba que la resignación no era una opción.

Vengy los guió hacia el interior.

—Venid —murmuró—. Vamos a mi habitación.

Quien quiso reinar sobre la muerte

El camino hasta la habitación fue, contra todo pronóstico, amable: bajo el gran emblema del amanecer que presidía el claustro, cada persona con que se cruzaban se llevaba la mano al pecho a modo de saludo, y ellos respondían igual. Pero al cruzar la puerta, la calidez se apagó de golpe.

Sildar estaba incorporado en el lecho, el rostro fatigado, los ojos abiertos pero vencidos. A su lado, Benedict parecía a punto de desmoronarse, con la cara de quien lleva horas soportando algo muy por encima de sus fuerzas. Y ese algo tenía nombre: encaramada a un taburete, en un equilibrio que desafiaba toda prudencia, una gnoma anciana de pelo cano libraba una guerra perdida contra unas gafas que le resbalaban hasta la punta de la nariz y que ella volvía a empujar a su sitio cada pocos segundos.

En cuanto los vio, se le encendió la cara y saltó del taburete para recibirlos… para volver a caer en él, medio enredada en la túnica, mientras el asiento se tambaleaba sin acabar de decidirse a tirarla.

—¡Por fin habéis llegado! ¡Qué bien! ¡Ya me dijo que veníais!

Sildar cerró los ojos con una mueca que decía, sin necesidad de palabras, «ahora veréis». Benedict, sin fuerzas ya ni para hablar, se limitó a cubrirse la cara: llevaba horas con aquello, y aquello no daba la menor señal de ir a callarse.

Antes de que la gnoma cogiera carrerilla, quisieron saludar a su viejo amigo; llevaban días sin verlo.

—Sildar, ¿cómo te encuentras? —preguntó Alistar.

—He estado mejor, la verdad.

—No hace falta que nos lo jures… ¿queda algún efecto o alguna dolencia que te siga afectando?

—No… después te cuento, si quieres, cuando estemos más tranquilos —dijo Sildar señalando con un gesto a la invitada.

Orianna apenas se sumó. Se dejó caer al suelo, en un rincón, replegada sobre las heridas de la víspera —la paliza, el filo en la garganta— y sobre algo más hondo que ninguna venda alcanzaba: el recuerdo de Elyz. Que hablaran los demás; ella solo quería que la dejasen curarse en silencio.

Incapaz de contenerse más, la gnoma se presentó a borbotones, disculpándose por los nervios.

—Me llamo Maelor. Archicatedrática Maelor.

Como nadie acababa de ubicarla, se lanzó a explicarse, y la explicación fue ya un retrato de cuerpo entero:

—Veréis, me envía el señor… ¡Mase! El señor Mase, el bibliotecario. Pobre, está pasando un mal día, con eso de que acaban de clausurarle la Gran Biblioteca; pero esta mañana, después de hablar con vosotros, vino a verme y me contó que habían pasado por allí unos muchachos «con un aura importante». Y como él no estaba muy inspirado, pues… aquí me tenéis.

Lo soltó casi sin respirar y, sin alterarse lo más mínimo por nada de cuanto la rodeaba, remató con la calma de quien lleva doscientos cuarenta años viéndolo todo pasar:

—Y no os apuréis por todo este lío, ¿eh? Ya pasará, como pasa todo. Siempre habrá un nuevo amanecer.

—Siempre habrá un nuevo amanecer —murmuró Malizall, reconociendo el lema de su propio dios.

—¡Eso! —celebró la gnoma, radiante de que alguien la siguiera.

Sobre la mesa descansaba un fajo de pliegos que imponía solo de mirarlo. Se lo había leído entero aquella misma noche —ochocientas páginas, precisó no sin orgullo, «y una cosa me llevaba a otra»—; ya conocía de sobra las viejas historias de Acererak, pero había topado con ciertos documentos que valían la pena. Convenía empezar por el principio. Les tendió las primeras hojas, de caligrafía apretada y antigua.

Extractos sobre Acererak · Archicatedrática Maelor Veyrum

I. Sobre su origen «No nació del todo hombre, ni del todo demonio. / Fue fruto de un vientre mortal desgarrado por la simiente de un balor. / La madre murió en el parto; el padre lo abandonó. / Pero la sangre de ambos ardía en sus venas: llama abisal y carne corruptible unidas en un solo cuerpo.» — Códice Abismal de Torshaan, folio 73.

II. El discípulo de Orcus «Fue llevado a Thanatos, reino de Orcus, Príncipe de la No-Muerte. / Allí aprendió los himnos del vacío y las fórmulas del hambre eterna. / Le enseñaron a vaciar la carne de vida, a atar un alma a un hueso, a escuchar el eco de los muertos como si fuera música.» — Cánticos de Thanatos, fragmento III.

III. La Ascensión como Lich «Acererak no se contentó con ser sacerdote ni esclavo. / Llevó su espíritu a través de rituales impíos, atando su esencia a filacterias ocultas. / Desde ese día, ni el paso de los años ni la ira de las espadas pudieron herirle jamás.» — Crónica de los Nigromantes Rotos, manuscrito sin autor.

IV. La Guerra del Abismo «Se cuenta que no permaneció en Thanatos. / Viajó por capas del Abismo, retando a reyes demonio menores. / Venció a cada uno con trampas, cepos de hierro y jaulas de luz. / Y cuando llegó al balor que lo engendró, lo encerró en un pilar de cristal indestructible, proclamándose señor de su linaje y juez de los demonios.» — Relato oral de los exiliados de la 67.ª capa.

V. El Ingeniero de la Muerte «Sus obras son mazmorras vivientes, sepulcros que respiran y se alimentan de la audacia de los héroes. / Cada trampa es un conjuro; cada sala, un altar a la desesperación. / No hay mayor arquitecto del terror en todos los planos.» — Tratado sobre Arquitectura Profana, de Aeymur Vhal.

VI. El Feto de Dios «Acererak halló lo imposible: un embrión divino, un dios de la muerte que nunca llegó a nacer. / Lo encadenó en la penumbra y lo usó como piedra angular de rituales prohibidos. / De su corrupción brotó el Atropal, criatura que no es vida ni muerte, sino blasfemia de ambas.» — Los Pergaminos del Fin Inconcluso, tablilla de obsidiana.

VII. El Almero y la Maldición de la Muerte «Obra suprema de Acererak: el Almero. / Con él torció el ciclo natural, arrebató las almas de vivos y resucitados. / Los muertos ya no volvían; los que habían regresado a la vida caían de nuevo, sin remedio. / La magia divina fue inútil, los dioses callaron. / Faerûn entero tembló ante un artefacto que ni las plegarias pudieron romper.» — Anales de la Catástrofe, Biblioteca de Neverwinter.

Luego, con un dedo en alto, resumió lo que tanto manuscrito enturbiaba:

—No es solo un liche. Es un demonio. Es un demonio liche. No solo busca vivir para siempre: busca hacer el mal, como cualquier demonio.

Y, entre todas sus obras, señaló el punto de inflexión: el Almero. No una mera trampa para almas, sino una obra de ingeniería que había torcido el mundo entero; con él, Acererak había dejado de ser un nigromante ávido de saber para convertirse en algo capaz de alterar la vida, la muerte y el destino de los dioses. Cómo se había forjado, nadie lo sabía a ciencia cierta; pero había bastado para arrebatar las almas que los propios dioses habían devuelto a la tierra, y aquello no hizo sino exacerbar el ya imperioso ego de Acererak. Y a Malizall no se le escapó la ironía más amarga: que una cuadrilla improvisada de aventureros le hubiera desbaratado el plan tenía que escocerle, a un ser de semejante orgullo, más que cualquier herida.

Pero había un segundo nombre que era imprescindible comprender, y a Maelor se le iluminó la cara como a quien al fin llega a su tema predilecto: Orcus. Les tendió un segundo legajo.

Extractos sobre Orcus · Archicatedrática Maelor Veyrum

I. El Príncipe Abismal «En la capa 113 del Abismo, llamada Thanatos, reina Orcus. / No hay ríos de agua ni montañas de piedra: solo mares de osamentas, valles de ceniza y palacios de hueso. / Orcus gobierna no con justicia ni con orden, sino con la certeza de que toda vida acaba en sus manos.» — Topografía de los Planos Infinitos, tomo IX.

II. Forma y símbolo «Su cuerpo es obeso y pútrido, cubierto de piel gris y alas de murciélago desgarradas. / Su rostro es el de una cabra infernal, con cuernos ennegrecidos por la corrupción. / Porta la Vara de Orcus, cetro de muerte instantánea: quien recibe su toque se desploma en silencio, sin alma ni recuerdo.» — Bestiario de las Profundidades, códice prohibido de Sigil.

III. El Amo de los No-Muertos «Orcus no crea vida, la roba. / Sus ejércitos no sangran ni respiran: marchan como mareas de cadáveres, pues cada tumba es una puerta abierta hacia su reino. / Ningún otro príncipe demoníaco tiene tanto dominio sobre la muerte. / Por eso necromantes y liches lo veneran, y por eso los dioses de la vida lo aborrecen.» — Letanías de Kelemvor contra el Abismo.

IV. El culto en el mundo mortal «No hay templos a Orcus, solo criptas saqueadas y ritos clandestinos. / Sus fieles son nigromantes, sectarios y hechiceros desesperados que ofrecen sacrificios de sangre para ganar poder sobre los muertos. / Quien le reza demasiado tiempo acaba escuchando su risa: un eco de cabra y trueno que desgarra la cordura.» — Crónicas de los Cazadores de Herejías, capítulo XII.

V. Rivalidades «Vecna le teme, pues aunque dios, sabe que Orcus puede reclamar a los no-muertos como propios. / Demogorgon lo odia, porque Orcus jamás buscó trono sino exterminio. / Graz’zt lo desprecia, pero jamás lo reta abiertamente. / El Abismo entero reconoce a Orcus como señor de lo inevitable: la podredumbre que vence incluso a los príncipes.» — Canciones de los yugoloths errantes.

VI. Sobre Acererak «Muchos discípulos pasaron por Thanatos, pero ninguno brilló como el semidemonio que hoy conocemos como Acererak. / Algunos dicen que Orcus lo moldeó como herrero paciente, otros que lo liberó al mundo como si fuera peste. / Para el Príncipe de la No-Muerte, Acererak fue, al principio, una joya en su corona abismal.» — Memorias de un Exiliado de Thanatos.

Orcus, explicó, había instruido a Acererak en los misterios de la no-muerte; durante un tiempo fue su joya, su mejor creación. Pero ahí mismo estaba la grieta: Orcus no ambiciona nada más allá de la muerte misma —que la muerte reine—, mientras que Acererak aspira a reinar él sobre ella. Dos voluntades que, antes o después, habrán de chocar.

—La bondad junta —sentenció la gnoma—, pero la maldad rompe y divide, y acabarán rompiendo y chocando, porque no les queda otra.

—¿Estás sugiriendo que ahí hay una oportunidad? —Malizall había visto una rendija de luz—. Si los dos males acaban chocando, quizá podamos aprovecharlo.

—Puede —concedió Alistar, cauto—, pero esa posibilidad tal vez escape a nuestro nivel. Esas criaturas miden el tiempo en escalas que ni una vida humana alcanza. Y para Orcus, un ser de poder divino, es probable que Acererak ni siquiera cuente como una amenaza.

—Por eso pregunto si es tan ingenuo. —Malizall no soltaba el hilo—. Si sabes que has creado un instrumento del mal y tú mismo lo instruyes, lo normal es que el alumno acabe superando al maestro… sobre todo cuando el maestro se ha ocupado de enseñarle, una a una, todas sus propias fallas. Y el ego de Acererak no hace más que crecer.

Fue Orianna, desde su rincón, quien lo zanjó sin un solo matiz:

—No podemos ni debemos confiar en que Orcus sea una baza a nuestro favor. De ninguna manera.

Nadie la contradijo. El culto de Orcus —apuntó Alistar— adora la propagación de la muerte; y todo cuanto hace Acererak la propaga. Por ahora, sus caminos discurrían juntos.

Maelor guardaba lo mejor para el final: sus propias conclusiones, las que ni ella se atrevía a llamar del todo catedráticas, pero que tenía por tan ciertas como cualquier otra cosa.

Conclusión sobre Acererak y Orcus · Archicatedrática Maelor Veyrum

I. Acererak no es un lich común. La mayoría de estas criaturas buscan perpetuar su existencia y conservar su filacteria. Acererak, en cambio, ha demostrado una ambición expansiva, arquitectónica, cósmica. Sus obras —mazmorras vivientes, artefactos de cosecha de almas— no son defensas, sino proyectos de dominio.

II. Su linaje lo distingue. Hijo de una mortal y de un balor, lleva en sí la paradoja de lo abisal y lo humano. Ese origen lo hace único: no solo un archilich, sino un híbrido que une tres naturalezas —demoníaca, mortal y no-muerta— en un mismo ser.

III. El vínculo con Orcus es indiscutible. Todo apunta a que Acererak fue moldeado en Thanatos, instruido en los misterios de la no-muerte por clérigos del Príncipe Demoníaco. Si bien hoy actúa por cuenta propia, su formación primera procede de Orcus. Aun así, no está claro si todavía rinde vasallaje o si ya se ha emancipado del todo.

IV. El Almero cambió la historia. Ningún acto suyo tuvo un impacto tan vasto como la Maldición de la Muerte. El Almero no solo robaba almas, sino que quebró la confianza del mundo en los dioses, pues ni los más altos conjuros pudieron revertir sus efectos. Esto coloca a Acererak en un plano de poder que roza lo divino.

V. Orcus y Acererak no deben confundirse. Uno es príncipe abismal, avatar de la corrupción incesante. El otro, arquitecto que manipula los engranajes de la muerte para fines propios. Comparten esferas de influencia, sí, pero son entidades distintas. Sin embargo, la relación de maestro y obra los une, y quizás algún día esa unión se quiebre.

VI. El mayor peligro reside en su visión. Acererak no busca aniquilar por mero placer, como tantos demonios. Tampoco preservar la eternidad, como otros liches. Busca que la muerte le pertenezca. No como proceso natural, ni como dominio de Orcus o de Kelemvor, sino como su propio dios personal, nacido de sí mismo y venerado por todos.

Y, con todo, lo que de verdad los dejó fríos no salió de aquellas páginas, sino de una pregunta de Alistar. Creían haber destruido al Atropal —lo habían visto caer—; ¿con qué facilidad podría Acererak hacerse con otro?

Maelor negó despacio.

—Eso lo destruisteis: su presencia material. Pero lo que no podéis destruir, a menos que seáis dioses, es lo de dentro: la chispa divina del Dios de la Muerte.

—Ese Atropal —prosiguió— no era más que eso: el feto de un dios que nunca llegó a nacer, arrastrado hasta el mundo y obligado a crecer. Vosotros segasteis el cuerpo; pero el núcleo sigue latiendo, intacto, en algún plano de sombra.

A Alistar se le agrió el semblante.

—Es un jarro de agua fría —murmuró—. Creíamos haber cerrado aquella herida hace años, y resulta que apenas la rozamos.

—¿Y podemos devolverlo a su plano —preguntó Orianna—, y que se quede allí?

—Eso es posible —respondió Alistar.

—Pero destruirlo del todo, no —razonó Malizall—. Eso sería como matar a un dios, y eso escapa a nuestro alcance.

—No somos más que simples criaturas —murmuró Orianna.

Pero Malizall, fiel al credo de su dios, no quiso cerrar en sombras:

—No importa lo difícil que sea, ni lo negra que sea la noche. Y si no somos nosotros, serán otros.

La gnoma se dio entonces un golpecito en la sien.

—Ah, y dos cosas, que se me escapan. Una: hay un pasadizo. Se entra por ese edificio al otro lado de la plaza, el registro civil; de su sótano salen catacumbas antiguas que comunican con el resto. Eso sí: que no os vea nadie, o el paso dejará de ser vuestro. Y dos: el triángulo de la mano, el que llevan los apóstoles. Eso es lo que os apaga los poderes; un don de Acererak, seguramente. ¿Cómo funciona? Ni idea; yo de magia sé lo justo. —Y ofreció, a modo de teoría, una verdad redonda—: Hay poderes que ocluyen a otros poderes.

Y, antes de que el desánimo se los tragara a todos, remató con una sonrisa a medio camino entre el consuelo y la broma:

—Por lo menos, moriremos inteligentes.

Entonces Malizall, agradeciendo a la archicatedrática semejante caudal de saber, se volvió hacia el rincón donde Vengy aguardaba, pálido y maltrecho, con algo atravesado en la mirada desde el instante mismo en que habían entrado.

—Bueno, Vengy. ¿Qué tienes que contarnos?

El cementerio que respira

Lo que Vengy había callado entre las cenizas de la plaza ya no le cabía dentro. Había ido solo al cementerio —Sildar, desde el lecho, dejó escapar que se sentía orgulloso de él, y también inquieto— y se había quedado a esperar, escondido, a que terminaran sus ritos. Luego había entrado.

—La gente que pensamos que está enterrada no está muerta —dijo.

La Mano custodiaba las fosas donde celebraban los rituales. Y allí, entre la tierra removida, Vengy había visto algo que aún no se atrevía del todo a creer:

—Vi una mano que se movía. Llevaba el triángulo, estaba enterrada.

Pero, según lo decía en voz alta, algo en su propia voz flaqueó. ¿La había visto moverse de verdad, o había sido un reflejo, un espasmo, un engaño de la mente exhausta en mitad del combate? Por un instante, hasta él dudó. Y, aun así, sacudió la cabeza.

—Te juro que algo se movió allí.

A Sildar no le hizo falta más.

—Yo te creo —dijo, e hizo ademán de incorporarse del lecho. Tuvieron que contenerlo.

Orianna apartó la cuestión del dedo que se movía: daba lo mismo si la mano había temblado o no; lo que contaba era una fosa entera de cadáveres sin alma, custodiada, y todos con la marca. Eso era lo que la helaba. Malizall lo nombró con las palabras de su fe:

—Es negar el siguiente amanecer a un alma.

Vengy continuó. El soldado con el que se había batido manejaba una magia que no había visto jamás.

—Con cada golpe notaba como una oscuridad… intentando apagar mi luz.

Cuando lo superaron en número, huyó como pudo. Pero no las tenía todas consigo: quizá lo habían reconocido.

Las piezas empezaron a encajar, y ninguna traía consuelo. Si arrancarle el alma a un cuerpo lo devolvía convertido en no-muerto —ya habían visto horrores así en Chult—, entonces aquello no era un cementerio: era una cantera.

—Es lo que le hicieron a Ras Nsi —dijo Orianna, sin rodeos.

Nadie preguntó a qué se refería. Todos habían estado en Chult. Y Alistar ató el cabo definitivo.

—Le está sirviendo tanto para alimentar de nuevo al Atropal como para crear un ejército.

Muerte y no-muerte a un tiempo, la misma dualidad que enturbiaba a Acererak. Y, gravitando sobre todo, el edicto que clausuraba ya todas las religiones: Lathander, Tymora, las demás.

—Como si los dioses entendieran de edictos —masculló Malizall.

Desde su rincón, Benedict sacó fuerzas para un último arranque de dignidad.

—Podrán matarme, pero no me quitarán mi fe.

Luego llegó la pregunta que nadie quería pronunciar: cuántos. A Orianna le bastó imaginar la multitud de muertos que dormían ladera arriba, en aquella ciudad de necrópolis —mausoleos, nichos y tumbas subiendo y bajando por la montaña, rodeando un trozo entero de muerte—.

—Centenares, seguramente —calculó Alistar.

—Incluso miles —añadió Malizall.

Ander, callado hasta entonces, hizo una pregunta ingenua, a la vez que aterradora.

—¿Pero hay que contar también a los que murieron durante todos estos años?

No, concluyeron: solo a los recientes, los que habían caído a tiempo para sus ritos —los muertos del día, los que llenaban las cárceles—. Y aun así, el número no se dejaba pensar.

Quedaba el cielo. Malizall no se lo quitaba de la cabeza: aquellas nubes que tapaban el amanecer no podían ser nubes. Una ilusión, quizá; una barrera tendida por Acererak. ¿Y adónde iban entonces las almas? ¿A la filacteria, como mandaba la vieja tradición de los liches, o a algún otro lugar, un portal abierto a quién sabe dónde? Lo anotaron para preguntárselo a Maelor.

Faltaba lo más difícil: que los demás les creyeran. De nada servía saber lo del cementerio si nadie con poder para actuar les daba crédito. Alistar dio con la manera y se la planteó a Vengy con calma:

—Para que te crean, podemos hacer como el otro día. El Sumo Sacerdote Eldrin puede asomarse a un recuerdo y verlo con sus propios ojos; ya lo hizo con Orianna. Si lo hace contigo, nadie podrá negar lo que viste.

Vengy asintió. Estaba dispuesto a abrir su recuerdo de par en par, con tal de que la gente le creyera y se decidiera a ayudar.

Desde el lecho, Sildar lo atajó con suavidad:

—A mí no me hace falta que hagas eso para creerte. —No era un halago, sino una certeza.

—Tú siempre estás de nuestro lado, Sildar —dijo Malizall agradecido.

—Siempre —respondió.

La canción que nadie oyó

Desde la ventana, Malizal quiso echar un vistazo hacia la calle. Aunque esperaba verla vacía, pudo ver que había gente moviéndose por la ciudad pese al toque de queda. Y no eran soldados de la Mano, sino vecinos comunes, con los emblemas de la Nueva Fe a medio esconder. Con esto se dieron cuenta de que el toque de queda solo regía para quien no fuese de la Nueva Fe. La ciudad ya estaba prácticamente tomada.

En este momento, Malizal lanzó una sugerencia al resto.

—Deberíamos dejar pasar la noche y descansar. Hay demasiada gente de la nueva fe por las calles.

Sin embargo, se encontró inmediatamente con la oposición de Vengy.
– Que les den, yo pienso salir.

—Vengy, debes guardarte tu ego, por un momento. ¡Necesitas descansar!

Sin embargo Vengy seguía en desacuerdo. En ese momento intervino Alistar.

—Yo no puedo quedarme aquí, Malizal. No puedo. —dijo pensando en el destino que le deparaba al templo de Tyr.

Malizal continuó insistiendo. —Nosotros no somos de la Nueva Fe. Y nos tienen identificados…

Sildar, cansado de no hacer nada, alzó la voz.

—¡A la mierda la Nueva Fe, debemos ir al cementerio! —dijo haciendo ademán de levantarse.

El desacuerdo continuó varios minutos, con Malizal tratando de convencer a los otros de lo necesario que era quedarse a descansar y comer.

Sin embargo, no tuvo éxito.

—Yo necesito salir—dijo Alistar con total seriedad.

En ese momento intervino Orianna, tratando de calmar los ánimos —Malizal, si Alistar dice que va a salir, no podrás detenerlo. Además, imagínate lo que—No pudo continuar, ya que Malizal la interrumpió.

—¡Si, ya sé por lo que debe estar pasando y que necesita defender su grandioso templo de Tyr!—contestó exasperado —Pero es demasiado arriesgado, y solo podremos ver un nuevo amanecer si seguimos todos vivos.

¡No es por su grandioso templo de Tyr! —Contestó Orianna. —¡Quiere proteger a los que hay dentro! Parece como si no conocieras a tu compañero…

Alistar, aunque agradecido por las palabras de su amiga, pensó para sí mismo que el templo también era importante para él, por su significado, y por ser uno de los pocos reductos de resistencia que quedaba en pie frente al avance de la Nueva Fe. Sin embargo, no dijo nada más.

Mallizal, ante la continua negativa de sus compañeros a dejar pasar la noche, finalmente desistió, así que Trazaron el modo de cruzar la ciudadla. Orianna se adelantaría por el aire, hecha búho —callado y discreto en la noche, nada de águilas que llamasen la atención—, atada a ellos por el pensamiento para avisar de cualquier patrulla. Vengy reservaba su invisibilidad mayor para la necesidad; Malizall podía alzar en vuelo a unos cuantos y, más astuto aún, en vez de cubrirlos a ellos, hundir un callejón entero en oscuridad para que pasaran sin ser vistos. Los que sabían volar quedarían prestos a escapar hacia lo alto si algo torcía. Se llevarían también a Sildar. Y la larga discusión, sin pretenderlo, les había servido de descanso.

—Confío en Lathander, y confío en los dioses —dijo Vengy, cuando se puso en duda que en el templo de Tyr fueran a defenderlos.

Alistar cerró el plan: saldrían y avanzarían con naturalidad mientras nadie reparara en ellos; correrían si hiciera falta; y, de verse acorralados, echarían a volar.

—En marcha.

Al pisar la noche, a Ander —callado desde hacía rato, harto ya de tanta desgracia— le subió una canción. No la cantó: le sonó por dentro, con los ojos prendidos en Hakuryuu, en cuyo distrito ardería pronto cuanto amaba. Era la canción de un cantor que un día guardó su voz en el gris y se escondió del miedo, y que ahora, por fin, elegía quedarse.

Ander, Canciones al Viento

Si caigo, que sea bajando. Si rompo, que sea por ti. Por mis hermanos doy la garganta.

Nadie la oyó. Pero algo en Ander, aquella noche, dejó de esconderse.

Una fe entre murallas

Salieron a la noche. Vengy descartó disfrazarse del soldado que lo había atacado: cargaba consigo el sol radiante de Lathander, y eso no había forma de ocultarlo.

El camino los obligó a bordear la plaza de Lathander, y la estampa no daba tregua: un lodazal de sangre y ceniza, la tierra empapada por la batalla del día, y el templo —medio quemado, las paredes tiznadas— cerrado a cal y canto. Costaba sostener la mirada sin que algo se removiera por dentro. Y, con todo, la plaza no estaba a oscuras: a un par de manzanas aún ardían las antorchas de los agentes de la Mano, y una claridad extraña —demasiada luz, demasiada gente— flotaba sobre el lugar que poco antes se consumía en llamas. No quisieron averiguar qué la causaba. Se escurrieron por callejones, lejos de las antorchas, hasta dejar atrás la plaza sin cruzarse con un solo hombre de la Mano.

El templo de Tyr quedaba en dirección contraria. Al asomar a su plaza —la Plaza del Juicio— encontraron gente, sí, pero no eran de la Mano: eran guardias de la ciudad, con sus antorchas, montando guardia. El edicto era ley del gobierno, y a ellos les tocaba hacerlo cumplir y vigilar el toque de queda. Los vieron mucho antes de ser vistos —el grupo no llevaba luz alguna— y, siguiendo a Alistar, que recordó una entrada lateral, torcieron antes de alcanzar la plaza principal.

La puerta del templo era de madera gruesa, reforzada de hierro y remaches. No llegó Alistar a picar: por dentro corrieron los cerrojos y un templario les franqueó el paso.

—Pasad. Rápido.

Apenas habían cruzado el umbral cuando la puerta volvió a cerrarse a su espalda.

Dentro, la casa de la justicia se había convertido en una pequeña fortaleza. Decenas de hombres con el emblema de Tyr —paladines, guerreros, templarios— se aprestaban tras los muros reforzados. Los guardias de la ciudad, supieron, no pensaban clausurar aquel templo: no esa noche, o quizá porque cerrarlo habría costado demasiado.

No era casual aquel aire marcial. La fe de Tyr se repartía en dos órdenes: la Balanza, que pesa y sopesa, y el Martillo, que golpea. Y aquella casa era del Martillo —la de quienes creen que la justicia ha de imponerse con la fuerza, dogmática y literal, sin demasiado lugar para la duda—. Era la orden del comandante Harker; no la de Alistar, ni la de Sildar, hombres de la Balanza. Y en esa diferencia, callada, latía ya media discordia.

En el centro de la sala, el Sumo Sacerdote Eldrin bendecía a la tropa al modo de Tyr, mientras Harker pasaba revista a los suyos, midiéndolos uno a uno. Reparó en los recién llegados y saludó; Alistar le devolvió el gesto. Pero cuando los ojos del comandante se posaron en Sildar, su semblante disimuló mal una pesadumbre —la de quien no acaba de perdonar una marcha—, y Sildar apenas se tomó la molestia de fingir. Entre ambos, por un instante, quedó al descubierto la vieja herida del que un día dejó esta iglesia.

El peso de la balanza

Alistar no dejó que la tensión cuajara. Se adelantó hacia el Sumo Sacerdote.

—¿Cuál es la situación aquí, Eminencia?

—No piensan clausurar el templo, al menos no esta noche —respondió Eldrin—. Estamos preparados; no hay de qué preocuparse.

—Me temo que sí lo hay.

Alistar no había cruzado media ciudad ensangrentada por una buena noticia, sino por una mala que todavía no había contado. Y, con Vengy a su lado, se dispuso a pedirle al sacerdote algo más difícil.

Lo que Alistar pedía no era poca cosa: que el Sumo Sacerdote se asomara con su don al recuerdo de Vengy y viera por sí mismo lo que el muchacho había presenciado en el cementerio. Ya lo había hecho días atrás con Orianna; así, lo que Vengy traía dejaría de ser un relato y se volvería prueba.

—Tengo malas noticias —dijo Vengy—. Necesito que las veáis.

El Sumo Sacerdote le tomó la mano entre las dos suyas. A Vengy se le nubló la vista, los párpados se le cerraron solos, y el cementerio se abrió de nuevo ante él —y, a través de aquel contacto, también ante Eldrin—: la tierra removida, las fosas custodiadas, aquella mano enterrada, marcada con el triángulo, que él había visto moverse. Eldrin mantuvo los ojos cerrados y el semblante grave, sin permitirse un solo gesto.

—¿Te refieres a la mano que se mueve? —preguntó—. ¿Es eso lo que querías que viera?

—Por la mano que se mueve —respondió Vengy—, y por toda la fosa.

El sacerdote asintió despacio. No era, del todo, una sorpresa.

—Ya sabíamos que están robando las almas.

Pero Alistar puso nombre a lo que aquello significaba, y el nombre era peor que el robo.

—Eso le sirve, además, para crear no-muertos sin cuento. Un ejército. Es una situación muy peligrosa.

Si todo el cementerio llegaba a alzarse —apuntó Vengy—, los superarían en número sin el menor esfuerzo.

Eldrin sopesó las salidas en voz baja. Habría que purificar aquellos cuerpos, erradicar cualquier resto antes de que el enemigo los levantara, y habría que hacerlo pronto. ¿Esa misma noche, dejando el templo sin defensa? No. Quizá un grupo reducido, una operación encubierta. Lo único cierto era que, si dejaban ver su flaqueza, la Mano atacaría sin piedad.

Y entonces el sacerdote reveló lo que de veras lo desvelaba.

—He tenido una visión, gracias a Faux. Quizá sea prometedora. —Hizo una pausa—. En ella, dejábamos de proteger el templo. Recogíamos lo valioso, lo poníamos a salvo y partíamos.

Malizall ató el cabo al vuelo:

—¿Quieres decir que ese edicto no es casualidad?

—No sé para qué querríamos el templo, a estas alturas —respondió Eldrin.

Alistar se removió. El templo de Tyr era el último símbolo de justicia que le quedaba en pie a Waterdeep, el único baluarte; abandonarlo se le antojaba una claudicación.

—Debemos protegerlo. Para la gente que lo necesita.

—Debemos hacer justicia —replicó el sacerdote—, no protegernos a nosotros mismos ni a nuestros símbolos. Y, aunque me cueste admitirlo, Malizall tiene razón: el templo nos ancla. Nos limita. —Las almas que aún podían salvarse merecían un nuevo amanecer; un templo, en cambio, siempre podría reconstruirse.

Lo que sabía de cierto lo dejó caer como una piedra.

—Hoy, según nuestros espías, le toca a los ricos de la ciudad. Será en Sea Ward, el Distrito del Mar.

—Sea Ward —repitió Alistar—. Eso puede ser un baño de sangre. Hay milicias defendiendo ese distrito.

No era azar. La Mano había ido devorando la ciudad por estratos, con método: primero unos, luego otros, y ahora los de arriba. Y por la inacción de todos, se dijo Alistar, acabarían cayendo todos.

Fue ahí donde la sala se partió en dos.

—Ha llegado el momento de tomar las armas y hacer justicia —dijo Malizall—. Pero ¿contra quién? ¿Contra las personas? Tú mismo lo dijiste, Alistar: no están corrompidas, están confundidas. Unas ideas falsas han anidado en sus cabezas. Lo que debemos combatir es esas ideas, y a quien las representa. Y esta vez no se vence con espadas ni con hechizos… pero tampoco con palabras, porque la fe que profesan es demasiado fuerte. Entonces, ¿qué nos queda?

Harker, que pasaba revista a los suyos sin perder ripio, no aguantó más. Cada vez que oía la palabra civiles, torcía el gesto.

—Los que amparan a esos energúmenos, los que vociferan blasfemias, los que queman templos y persiguen a los inocentes por la calle… esos no son civiles. La justicia no distingue por las razones de cada cual, sino por sus actos. Y quien comete actos infames ha de ser castigado. Si no, ¿qué es la justicia?

Malizall insistió. La Mano de Hierro era la influencia corruptora, la que mentía y reescribía la historia; a ella, y solo a ella, quería ver desaparecer. Pero tras la Mano se parapetaría la Nueva Fe, y la Nueva Fe eran civiles, gente manipulada. Él mismo había muerto, como todos los presentes, para ahorrarle al mundo un mal mayor; habría quien se lo agradeciera eternamente. Solo que esa gente se escondía ahora, y todavía los necesitaba.

—¿Contra quién luchamos, entonces? —preguntó—. Esa es mi pregunta.

Le preguntaron entonces a Hakuryuu, callado hasta ese momento. El guerrero no se anduvo con rodeos.

—Deberíamos buscar una solución. Y actuar.

—Pacífica ya no puede ser —dijo Vengy.

—No —concedió Hakuryuu—. Obviamente, ya no.

Y no era el único que lo veía así. Orianna, con la misma calma fría que no la abandonaba desde la plaza, fue aún más lejos:

—Yo no me detendré porque en medio haya un civil confundido. Porque, para mí, no está confundido: ha tomado una decisión, igual que la tomé yo.

—Entonces serás igual que ellos —le advirtió Malizall.

—No soy igual que ellos. Yo no voy a atacarlos: vendrán ellos contra mí, e intentaré hacer el menor daño posible. Pero si alguno alza un hechizo para hacer creer a las masas que su dios nuevo ha barrido a los viejos… ese morirá. Como ya murieron los apóstoles.

—Pero ese es un civil —protestó Malizall.

—Vale cien veces más que un asesino —terció Harker—. Nos han llamado asesinos, ¿y qué más da? La justicia pesa más que el desprecio de la mayoría. Yo seré un asesino, si así lo quieren. Pero siempre detrás de la justicia.

A Malizall se le quebró la voz.

—Llevar a cabo la justicia no puede apartarte del camino, Harker. La justicia es un fin, no una excusa. —Y, volviéndose hacia Vengy, con los ojos muy abiertos—: Vengy, no me puedo creer que estés diciendo esto. No continúes. No continúes, te lo pido.

Habló entonces Alistar, y lo hizo con un conflicto que no se molestó en disimular. Los años de contemplación, la impotencia de ver que nada de cuanto hacían frenaba aquella marea, le pesaban en cada palabra.

—Creo que la justicia debe estar templada con compasión —dijo, buscando los ojos del warlock—. Pero tampoco podemos consentir que la ciudad entera caiga por nuestra inacción. En algún momento, hermano, habremos de aceptar que devolver el bien a este mundo tendrá un precio. —Hizo una pausa—. ¿Te habrías detenido, allá en Chult, ante la maldición de la muerte, solo porque hubiera bajas de por medio? No lo hicimos. Llevamos años dialogando, intentando convencer, y todo ha ido a peor. El momento de decir basta es ahora.

—¿Y es justo —preguntó Malizall, casi en un susurro— que nuestro fracaso se pague con sus vidas?

Nadie se atrevió a decir que sí.

—Pues entonces no es justicia —concluyó él—. Lo justo sería que nada de esto hubiese ocurrido jamás.

—Cada cual pagará por sus faltas —dijo Harker—. Y yo, llegado el momento, pagaré por las mías.

—En el fondo, todos sabemos quién es el enemigo —terció Alistar, buscando recomponer al grupo—. Pero también debemos dar una señal a los que aún creen en nosotros: que seguimos en pie, dispuestos a defender lo poco que queda de justicia en esta ciudad.

—¿Y cómo vamos a defenderlo, si estamos deslegitimados? —objetó Malizall.

—Eso es lo que tú piensas —repuso Alistar.

Y fue Vengy quien puso el cierre, tomando prestado el lema del propio dios de Malizall.

—Esto es el nuevo amanecer, Malizall. Que alguien se levante con una nueva luz.

Malizall lo miró, y lo que dijo no fue un reproche, sino casi un duelo.

—Vengy… ya no sé ni qué fe profesas.

El Sumo Sacerdote dejó que el silencio pesara sobre todos. Luego se volvió hacia los suyos y tomó la decisión que la visión le había dictado: aquella misma noche retirarían del templo cuanto tuviera valor. Porque, dijera lo que dijera el miedo de cada cual, había una verdad que ni el edicto ni la Mano podían clausurar.

—La justicia no necesita este templo.

Repartir la luz

Si la justicia no necesitaba aquel templo, quedaba decidir adónde llevarla. Eldrin lo dejó dicho sin margen para la duda: al caer la noche del día siguiente se reunirían todos en la Plaza del Puerto —la que el rumor de la ciudad había empezado a llamar, con macabra puntería, la Plaza del Sacrificio—. Allí estarían, y de allí no se moverían; y si a alguno no le parecía bien, que lo dijese.

Alistar preguntó si contarían con los servidores de Helm. El Sumo Sacerdote lo esperaba, aunque sin demasiada fe: los de Helm no tenían la menor intención de abandonar su templo. Y quizá fuera lo mejor: aquel sería el último rincón donde los más débiles pudieran guarecerse cuando llegara lo que ya nadie se atrevía a nombrar sino como el apocalipsis.

Quedaba el cementerio, y nadie tenía respuesta para él. Estaba fuera de su alcance —reconoció Malizall—, demasiado lejos y demasiado guardado. Pero a Alistar le rechinaba dejarlo así: si los muertos de aquellas fosas llegaban a alzarse, alguien debería al menos estar velando, y no contaban con un solo hombre del gobierno. Maldijo entre dientes. La ciudad entera dormía de espaldas a su propia ruina.

Lo que sí estaba en su mano era ayudar a Hakuryuu. El guerrero tenía a los suyos —el clan del Dragón de Plata— justo en el distrito al que esa noche bajaría la matanza, y no pensaba quedarse de brazos cruzados. Buscaba un lugar donde esconder a quien aún pudiera salvarse, un escondrijo que la Mano de Hierro no conociera; y conocía algunos. Habría que llegar a tiempo, sacar a la gente con lo puesto y guiarla hasta allí.

Hakuryuu se sentó a escribir. La carta iba dirigida a Kael, y en ella le contaba todo: que la Mano planeaba caer sobre los ricos de la ciudad, y que, con la ayuda de Varuun y de Dareth, sacaran a cuanta gente pudieran y la pusieran a salvo. La firmó como se firma lo que tal vez sea una despedida.

Faltaba hacerla volar. La mansión de Hakuryuu tenía su propio servicio —de niño se había carteado con su padre por paloma mensajera—, pero más a mano quedaba el puesto del propio templo de Tyr. La sellaron con el cuño del templo de Tyr, y una paloma se perdió en la lluvia rumbo al Distrito del Mar, llevando atado a la pata el peso de cuántas vidas nadie se atrevía a calcular.

Era ya noche cerrada, pasada la medianoche, cuando el templo empezó a desmontarse a sí mismo. Abrieron la biblioteca y descolgaron los pergaminos; llenaron arcones con los objetos de valor, con los códices de viejos templarios que un día lucharon por la causa de Tyr, con símbolos sin más poder que el de la memoria. Lo repartirían en pequeños grupos, cada cual con sus instrucciones, de modo que fuera imposible dar con todos a la vez; y así, aunque cayera el templo, aunque faltara la mitad de ellos, algo quedaría en pie para volver a poner la palabra de Tyr sobre la mesa.

Alistar subió a sus antiguos aposentos —porque allí, en la casa de Tyr, había tenido un día su hogar— a recoger unos pocos símbolos que no quería dejar atrás. Harker, entretanto, no soltaba a su gente: pasaba revista una vez y otra, preparando la enésima defensa, con todos en sus puestos por si reventaban la puerta antes del alba.

Y así, mientras la lluvia seguía cayendo sobre Waterdeep, el último baluarte de la justicia se guardaba en arcones y se desmenuzaba entre manos discretas, para no ofrecerle al enemigo un solo blanco que abatir. No era una rendición. Era el modo de seguir ardiendo cuando ya no quedasen hogueras.

La noche de las antorchas

La tentación de no esperar a mañana rondó a más de uno. ¿Y si bajaban ya al Distrito del Mar, o si caían sobre el cementerio antes de que los muertos despertaran? Pero el distrito quedaba a media hora larga, quizá una entera; y el cementerio, a aquellas horas, estaría guardado con uñas y dientes —entrar sería más difícil que ninguna otra cosa—. Orianna iba herida; ninguno estaba entero. Si querían llegar en pie al día del Juicio, había que guardar las fuerzas. Alistar lo zanjó: se atendría a la orden del Sumo Sacerdote —dispersarse hoy, estar listos mañana—, por mucho que le pesara saber lo que iba a suceder mientras ellos descansaban. Eran seis. ¿Seis, contra toda una Orden? Lo que pasara aquella noche quedaría sobre sus conciencias; y no había, sencillamente, nada que pudieran hacer.

El más callado era Hakuryuu, que era a quien más le iba en ello: su gente vivía justo donde caería la matanza. Cuando le pidieron parecer —porque era el que más derecho tenía a decidir—, no se escudó en la rabia.

—Confío en mis hombres —dijo—. Sabrán hacer lo correcto en el momento correcto. Son la Orden del Dragón de Plata. —Y, tras un silencio, lo que de verdad le pesaba—: Confío en ellos. Pero esto es una guerra. Y en una guerra sé muy bien lo que puede pasar.

Camino de la posada no se escondieron, pero tampoco se dejaron ver: avanzaron buscando las sombras. De la Mano apenas cruzaron a uno o dos agentes, acaso a ninguno. Lo que sí abundaba eran las turbas. Grupos de veinte, de treinta personas con antorchas, a quienes el toque de queda traía sin cuidado —no regía para ellos—, reunidos en plena noche, cantando y voceando proclamas camino del Distrito del Mar.

—¡Los ricos no se salvan! —coreaban—. ¡Hoy la sangre va al salón!

No eran soldados. Eran gente como cualquiera: vecinos que habían descolgado el hacha de partir leña, la hoz de segar, el martillo de forjar; y con eso iban. Y mientras el grupo pasaba de largo, los templarios, los paladines y los clérigos del templo de Tyr se desplegaban también en todas direcciones, a la carrera, cargados con lo que habían podido salvar. Toda la ciudad se movía aquella noche; solo que unos huían y otros iban a matar.

Iba a arder el distrito entero. Y por delante quedaban muchas horas de oscuridad para pensarlo, que es la peor manera de pasar una noche.

A las dos de la madrugada, Hakuryuu no había pegado ojo. Daba vueltas por su cuarto como una fiera enjaulada, asomándose una y otra vez a la ventana que daba, como por crueldad del azar, hacia el Distrito del Mar. Iría solo, se decía. No, no podía ir solo. ¿Y entonces qué hacía? La pregunta no encontraba fondo.

A los demás el agotamiento los venció antes que el sueño. Y entonces soñaron —todos el mismo sueño, todos menos Hakuryuu, que seguía en vela—. En él, Acererak reía desde el cielo, y ellos se iban haciendo más pequeños, más pequeños, más pequeños, mientras él crecía y crecía, hasta dejar de ser una figura para volverse una boca, una sima, un abismo abierto sobre el mundo. Ellos no dejaban de menguar. Él no dejaba de agrandarse.

Cuando despertaron, aún no había salido el sol, pero ya clareaba: esa primera claridad incierta que precede al primer rayo, cuando el mundo todavía no es de nadie. Hakuryuu la vio filtrarse despacio por su ventana, tras una noche entera consagrada a pensar en lo que debía o no debía haber hecho. Y, sin poder más, descargó el puño contra la pared, un golpe que estuvo a un palmo de atravesarla. Amanecía sobre Waterdeep. Y el Distrito del Mar, a lo lejos, ya no necesitaba del sol para estar encendido.

Los que volvieron

En aquella primera luz sin color, mientras la ciudad despertaba a su propia desgracia, cada cual cargaba un peso distinto; y a ninguno le había sido dado evitar nada.

A Orianna, la suerte de los ricos la dejaba fría. No era crueldad: era distancia. De toda aquella gente, los únicos que le importaban de veras eran los de Hakuryuu —en aquellos dos años, el poco trato que había tenido lo había tenido con su gente—. La riqueza ajena le era indiferente; si alguien había preferido quedarse a defender su patrimonio antes que huir, allá él: era una decisión de adulto, y los adultos cargan con lo que eligen.

Ander lo había visto de otro modo, con una tristeza que le dolía por dentro. La paz que aquellas gentes habían disfrutado se les estaba volviendo terror, y ese tránsito —de la calma al espanto— lo conocía demasiado bien. No hizo falta que explicara por qué.

Alistar habitaba una calma extraña, casi incómoda. Sabía, con una certeza que no dejaba sitio ni al consuelo ni a la culpa, que su presencia allí no habría torcido el curso de nada; haber estado en el Distrito del Mar no habría salvado una sola vida. No se sentía culpable. Pero le pesaba que hubiese tenido que ocurrir.

Y Vengy compartía con él la misma impotencia: la de saberse incapaz de haber cambiado aquel destino, la de ver hordas enteras dispuestas a derramar la sangre de quienes, a su juicio, acaso fueran culpables de algo —no de ser ricos, que eso no es delito, pero tampoco merecedores de semejante final—.

Porque esa era la herida que la Mano había sabido envenenar. ¿Por qué los ricos? Atando los cabos de cuanto habían oído, la lógica de la Nueva Fe se dibujaba con una claridad escalofriante. Los ricos, con su dinero, habían cometido el pecado de querer estar por encima de la ley de la muerte. Cuando un dios —o una magia tan vasta que tanto daba— castigó al mundo con la maldición de la muerte, ellos habían hallado el modo de imponerse a ella: pagaban por volver. Y, según el evangelio de los humildes, era por esa soberbia por lo que ahora se castigaba a todos. Los pobres jamás habrían podido ofender a un dios: no tenían poder para tanto. La culpa, en su credo, era de los de arriba… y de los dioses que se la habían consentido.

Había una crueldad exacta en aquel privilegio. La resurrección nunca había vencido a la vejez: quien moría de viejo, en el término natural de sus años, no regresaba —no había plegaria de sumo sacerdote que alcanzase a tanto—. Solo volvían los que la muerte había arrebatado antes de tiempo: por enfermedad, por accidente, por el filo de un asesino. Y aun así, volver costaba una fortuna que únicamente los ricos podían pagar. Un privilegio, en suma, reservado a unos pocos.

Y entonces, casi sin quererlo, la pregunta se volvió contra ellos mismos. Porque ellos no eran ricos, y sin embargo habían vuelto. Alguien los había traído de regreso del otro lado. ¿Por qué? ¿Por gratitud? ¿Por conveniencia? ¿Para tener a mano unos cuantos avatares de aquella bondad escogida, unos muñecos con cara de milagro? Por más vueltas que le dieron, solo hallaron una certeza, y era incómoda. La dijo Ander en voz alta, sin una gota de chiste:

—Estamos vivos porque a ellos les convenía.

A qué fin exactamente, no lo sabían. Quizá no lo sabrían nunca. Y con esa duda clavada en el pecho los sorprendió, al cabo, el primer rayo de sol: una luz nueva que no traía consigo respuesta alguna.

La ley clavada en los muros

Cuando bajaron, ya entrada la mañana, los podía la necesidad de asomar la cabeza y ver qué quedaba de la ciudad. La posada estaba cerca del templo de Helm; de aquella zona elevada, allá donde se alzaba también la Casa del Comercio, subía una columna de humo. Quizá del templo, quizá no; no se distinguía bien. Y entre la posada y aquel humo se interponía el templo de Tyr, el suyo, el que habían vaciado de madrugada. Por un instante pensaron en él: si las antorchas habrían llegado hasta sus puertas. Abandonado como estaba, era fácil temerse lo peor.

En la calle, un agente de la Mano de Hierro, con un martillo y un clavo, fijaba un nuevo decreto sobre la pared. Cuando se apartó, pudieron leerlo.

Hoy, día santo del juicio, por decreto del Consejo de los Señores de Waterdeep, en consejo extraordinario celebrado bajo el amparo del Gran Apóstol Hederic Alorn,

Sea promulgado y obedecido lo siguiente:

I. Se establece toque de queda parcial en toda la ciudad de Waterdeep. Queda permitido abandonar el domicilio únicamente por motivos justificados y de primera necesidad (trabajo esencial, aprovisionamiento, asistencia médica o comparecencia ante la autoridad).

II. Los templos, santuarios y casas de culto permanecerán cerrados durante toda la jornada. Ninguna ceremonia, misa, consagración o reunión religiosa podrá celebrarse ni en su interior ni en las inmediaciones de los recintos sagrados.

III. Queda terminantemente prohibido el uso de magia religiosa y la invocación de poderes divinos en lugares públicos o privados. El quebranto de esta orden será considerado acto de sedición espiritual y castigado con todo el peso de la ley.

IV. Se proscribe toda forma de chamanería, adivinación, ritual de fortuna o superstición practicada en calles, plazas, domicilios o comercios. Los infractores serán perseguidos y juzgados sin dilación.

Al pie no había firma alguna.

—¿Quién lo firma? —Malizall recorrió el pliego de arriba abajo, y se respondió solo—: No lo firma ni un dios.

Pero lo más revelador no era lo que decía el pliego, sino quién lo prendía en la pared. La perspicacia de Orianna reparó en el detalle: hasta entonces, todos aquellos edictos los había fijado un funcionario de la ciudad, un trámite gris del gobierno. Este no. Quien iba colocándolo por doquier, calle tras calle, era un agente de la Mano, con un fajo entero de pliegos idénticos bajo el brazo. Ya ni siquiera se molestaban en fingir que la ley salía del Consejo: la ley era de la Mano, y la Mano la fijaba a martillazos en cada esquina.

—Ni me sorprende —dijo Ander.

Mientras tanto, Hakuryuu buscaba el humo con los ojos y no daba con su distrito. Era lógico: Sea Ward quedaba justo al otro lado de la posada, a su espalda. Estaba mirando en la dirección equivocada —como quien busca el mar de cara a la montaña—. Bastaba con salir y doblar la esquina de la manzana para verlo. Y algo en su pecho ya sabía, antes de doblarla, lo que iba a encontrar.

Lo que haría su padre

Ander fue el primero en intentar contenerlo.

—Hakuryuu, piensa un poco. Cálmate. No te dejes llevar por las vísceras.

Pero el propio decreto dejaba una rendija: se podía salir por causa justificada, y un hombre tiene derecho a volver a su casa. La casa de Hakuryuu estaba en Sea Ward. No necesitó más excusa.

No le hizo falta siquiera doblar la esquina. La columna de humo negro que se alzaba sobre el distrito ya se lo decía todo: lo peor. Sea Ward —el barrio de los pudientes, en alto y amurallado— seguía ardiendo a aquellas horas, y aquella humareda no auguraba que fuese a quedar gran cosa en pie.

Y Hakuryuu lo comprendió de golpe, como una losa que le cayera encima: cuanto había levantado en aquellos años —una casa, un nombre, un clan— se consumía ahora entre llamas. La gente con la que había convivido los últimos dos años bien podía estar muerta; no lo sabía, y esa ignorancia resultaba casi peor que la certeza. Y él había estado lejos, sin hacer nada. Un guerrero del Dragón de Plata, viendo arder a los suyos desde el otro extremo de la ciudad. No había sangre fría que resistiera aquello. Por dentro, algo empezaba a quebrarse.

Ander, que un instante antes le había rogado calma, comprendió que la calma no era lo que su amigo necesitaba.

—Desahoga eso que llevas dentro —le urgió—. Haz algo que nadie espere de ti… aunque me hagas llorar a mí el primero. Pero no te aferres a la rabia.

Porque el bardo, que se ganaba el pan leyendo los corazones ajenos, intuía que bajo aquella furia latía algo más hondo, pugnando por salir.

Orianna se le acercó y le puso una mano en el hombro, por ver si la consentía. Conocía bien aquel filo: la pasión que ardía en Hakuryuu lo mismo podía sostenerlo que enloquecerlo, y no había manera de saber de antemano hacia qué lado se inclinaría. Él era un veterano, había pisado guerras de verdad; pero ninguna guerra prepara a un hombre para ver su propio hogar reducido a cenizas.

Paralizado entre la rabia y el espanto, Hakuryuu hizo lo único que sabía hacer cuando el suelo se le abría bajo los pies: se preguntó qué haría su padre. Y luego, qué haría su hermano. La respuesta de ambos fue la misma, y no dejaba lugar a los matices.

—Ir —dijo—. No sé si me seguiréis o no. Pero yo voy.

Y se marchó como sabía marcharse: por el aire. Aunque ya no pudiera hacer nada, aunque llegar no fuese a salvar una sola vida, aunque al final del vuelo solo lo aguardara la confirmación de su desgracia, prefería mil veces la furia de volar a la cobardía de quedarse. Alistar, que lo comprendía mejor que ninguno —de haber estado en su lugar, también él habría echado a volar—, no hizo nada por detenerlo. Hakuryuu alzó el vuelo y se lanzó hacia el humo, solo, dejando atrás a los demás y media ciudad entre él y aquello que más temía encontrar.

Donde todos perdieron

Kuryuu llegó a Sea Ward, y lo que halló no tenía nombre.

El distrito de los pudientes, amurallado y en alto, seguía humeando; aquí y allá ardía todavía algún rescoldo, y la mayoría de las mansiones no eran ya sino esqueletos calcinados. Pero no fue el fuego lo que lo detuvo en seco: fue el rastro de muerte. Nada más cruzar, los vio: muertos a cientos, apilados en la calle, unos sobre otros.

Y eran, sobre todo, pobres. Gente de la Nueva Fe, creyentes mal armados que no sabían siquiera empuñar un arma, convencidos de que los ricos los habían exprimido durante generaciones y de que había llegado al fin la hora del desquite. Habían asaltado el barrio alto, lo habían incendiado… y se habían estrellado contra la guardia profesional de las casas nobles. Por cada soldado caído yacían veinte civiles, o más; porque los unos eran soldados adiestrados, y los otros, un gentío que solo tenía a su favor el número y la rabia. No había sido una matanza de inocentes a manos de un verdugo: había sido algo peor, una carnicería en la que todos perdieron. Habían muerto nobles y burgueses con sus guardias; pero muchísimos más de los humildes a quienes les habían enseñado a odiarlos. Una buena parte de Waterdeep yacía allí, en las calles de Sea Ward.

Entre los caídos reconoció una librea que conocía bien: las armaduras de color celeste, con el emblema de Aguas Profundas, de la casa noble que había gobernado la ciudad antes que Varn Dorsic. Sus soldados sembraban el suelo, muertos. Y en el centro, un rostro que conocía demasiado, ahora ennegrecido de sangre: Lancelot. El capitán de aquella guardia, el guerrero con quien había compartido batallas durante aquellos años. Tenía el cuerpo acribillado, agujero tras agujero, como si lo hubiese asaltado un enjambre de mosquitos —cien manos desarmadas haciendo lo que ni una espada habría logrado—. Un hombre de su temple no merecía caer así, ahogado bajo una marea de desesperados.

Sobre todo aquello reptaba una sombra, y entre los cuerpos seguían ardiendo antorchas y lámparas de aceite, como cirios de un velatorio que nadie había convocado.

Hakuryuu no se detuvo. Voló por encima del horror y, al pasar frente al templo de Selûne —quemado también, como cuanto lo rodeaba—, alcanzó a ver, tendida en las escaleras, a la sacerdotisa que un día había bendecido a Orianna. No bajó. Siguió su camino, rumbo a su casa, con aquella imagen clavándose junto a todas las demás. Porque aún le quedaba algo por averiguar, lo único que de verdad le importaba: si los suyos seguían con vida.

El nombre que no merecía

Su mansión seguía en pie.

Entre tanta ruina, intacta. Y al verla, lo primero que sintió fue alivio —un alivio inmenso, incontenible—; y lo segundo, una vergüenza que le quemó más que el incendio del distrito. Porque ¿con qué derecho se alegraba él de que su casa se hubiese salvado, después de cuanto acababa de ver en las calles? Aquel alivio le dio rabia, una rabia dirigida, por una vez, contra sí mismo.

De pie ante su hogar incólume, Hakuryuu hizo cuentas con su propia alma. Durante años no había vivido más que para una cosa: recuperar a Myrrym, la espada que le habían arrebatado, la que tenía por extensión de su brazo y símbolo de toda su gloria. Esa había sido su primera furia, la que lo había movido desde que volvió a la vida. Pero ahora, después de no haber estado donde debía, después de ver lo que la noche había dejado por las calles, la obsesión se le antojó pequeña. ¿De veras era una espada lo que hacía de él un guerrero? ¿Valía Myrrym todo aquello?

No. Lo que él era no dependía de ningún acero, por legendario que fuese.

Fue Ander quien le puso el espejo delante.

—Ese nombre que llevas no es uno cualquiera —le recordó—. Lo tomaste de alguien que reunía todo lo que tú siempre quisiste ser. Y esta noche no te has comportado como ese Hakuryuu.

El nombre era un ideal al que se había jurado parecerse; y aquella noche —huyendo solo, llegando tarde, sin salvar a nadie— le había quedado grande.

Lo aceptó sin defenderse. No tenía derecho a seguir llamándose así, no después de cómo había obrado. El que había sido aquella noche era un hombre impulsivo, imperfecto, egoísta; y de ese hombre no quería saber nada más.

—A partir de ahora —juró— dejaré de ser Hakuryuu, porque no he actuado como Hakuryuu. Hasta que no acabe con Acererak, con Myrrym o sin ella, seré solo Kuryuu.

No lo movía el miedo, ni el despecho. Era un ajuste de cuentas consigo mismo: se despojaba del nombre como quien deja en prenda lo que más quiere, para no recobrarlo hasta haberlo merecido.

Cuando los demás llegaron, volando con el retraso de sus propios conjuros, lo hallaron así: ante su casa intacta, en mitad de un distrito muerto, jurando en voz baja volverse digno de un nombre al que acababa de renunciar.

Y así, por mucho que a los compañeros les costara amoldar la lengua, aquella noche guardó el nombre de Hakuryuu como quien envaina una espada que no se cree digno de blandir. De ahí en adelante sería Kuryuu.

Un hilo de esperanza

Fue Malizall, precisamente, quien encontró palabras para todos. Y no las dijo para sí, sino en voz alta, para que las oyeran.

—Esto que ha pasado aquí… no está bien. Pero era lo correcto. Haber muerto defendiéndolo no nos habría servido de nada. Nuestro deber es acabar con Acererak, y que esto no vuelva a repetirse jamás.

Que aquellas palabras salieran de él —del que la víspera se había negado a pagar el precio, del que había suplicado no ser como ellos— decía cuánto pesaba ya la mañana sobre todos.

Pero Orianna no lo escuchaba. Su atención se había quedado prendida en un punto del paisaje calcinado: el templo de Selûne, quemado como todo lo demás. Aquel templo le dolía de un modo particular, porque algo de lo que ella era estaba atado a aquella fe, a la bendición que un día recibió bajo su techo. Y en las escaleras, inmóvil, yacía la sacerdotisa que se la había dado.

Pidió perdón a Ander, se soltó de él y bajó. Se acercó al cuerpo con un hilo de esperanza absurdo y terco: no la veía destrozada, tal vez… tal vez solo estuviera herida. La tocó. La volvió con cuidado. Y entonces vio la brecha que le cruzaba la cabeza, y el hilo se rompió. Estaba muerta.

Algo hondo y oscuro se le removió por dentro. ¿Cómo era posible que el mal supiera elegir tan bien sus armas, y que los justos, los buenos, los que andaban el camino recto, perdiesen siempre? Perdían —se dijo con amargura— porque no querían luchar; porque dudaban; porque se conformaban con tener razón. De entre las cosas de la sacerdotisa tomó un colgante, uno de los suyos, y lo apretó en el puño como quien se guarda una promesa.

Y le habló al cadáver, muy quedo.

—Me las van a pagar. Te vengaré. Vengaré todo esto. Y recuperaré a Elyz. Te lo juro. —Alzó la mirada al cielo velado, allá donde debería haber estado la luna—. Por Selûne.

Después dejó el cuerpo como estaba, con cuidado, casi con ternura.

—Vamos —le dijo a Ander.

Pero Ander no estaba en condiciones de seguirla. Al tomar tierra había caído rodando, dando tumbos como un fardo, y cuando al fin se detuvo y abrió los ojos, se encontró la cara a un palmo de la de un cadáver.

La voz perdida

El cadáver tenía rostro, y el rostro era el de una niña. Cuatro años, quizá. La muerte la había sorprendido con el espanto pintado en la cara, y así se había quedado, mirando sin ver, a un palmo de los ojos de Ander.

Algo se le rompió por dentro, sin ruido. Ander —que tenía siempre una broma a flor de labio, una copla para cada desgracia— se echó hacia atrás y no pudo gritar. No le salió el grito, ni la palabra, ni siquiera el aire. Se quedó mudo. Mudo del todo, como si el horror le hubiese arrancado de cuajo lo que más suyo era: la voz.

Estuvo así un buen rato, sin una sílaba. Y cuando al fin algo pugnó por salir de él, no fueron palabras —no era capaz de pronunciar ninguna—, sino una melodía. Una balada lenta, sin letra, hecha solo de tristeza y de impotencia; de esas que no se le cantan a nadie, porque no hay consuelo que ofrecer. Le brotó como brota la sangre de una herida, porque no podía quedarse dentro. Y fue lo único que le salió. Ni una palabra más.

El bardo de las canciones al viento se había quedado sin voz ante el cuerpo de una niña de cuatro años. Y aunque entonces no lo dijo —no podía decir nada—, en algún rincón mudo de su pecho empezó a fraguarse una promesa que tardaría todavía en encontrar palabras.

Amanecer sobre las cenizas

Vengy fue el último en tomar tierra. Y cuando lo hizo, cuando abarcó de una mirada el reguero de muertos y el barrio entero vuelto pira, algo le prendió en el pecho y le subió ardiendo hasta la garganta. No era tristeza —o no solo—: era una ira tan honda que le brotó en forma de grito, una maldición lanzada al cielo velado contra el nombre de Acererak. Por sus venas corría sangre de dragón de bronce, y en aquel instante la sangre despertó: el aire crepitó a su alrededor, y quien lo hubiese rozado se habría llevado la descarga. Juró, con el rayo bulléndole bajo la piel, que acabaría con él.

A Alistar, en cambio, la rabia se le hizo plomo. La balada sin palabras de Ander seguía flotando sobre los cadáveres, y cada nota le ahondaba el duelo. Porque al recorrer la matanza con los ojos cayó en la cuenta de lo más cruel de todo: no había allí ni un solo soldado de la Mano. Ni uno. Habían empleado a los ciudadanos —a los pobres— para hacer el trabajo y para morir en él, mientras la Mano ni siquiera se ensuciaba las manos. Y a aquella impotencia, ya vieja, ya casi perpetua, de no haber podido evitar nada, se le sumó un deseo oscuro: que llegara de una vez la noche del Juicio, para poder mirar a la Mano de Hierro a la cara.

Fue entonces cuando lo asaltó la tentación. Conservaba aún sobre los hombros las alas que le había prestado Malizall. ¿Y si subía? ¿Y si se alzaba por encima de las nubes y veía con sus propios ojos qué se escondía allá arriba, qué era aquello que sepultaba el amanecer, y lo destruía? No supo resistirse. Tenía demasiadas ganas de ver. Y se lanzó hacia el cielo, sabiendo —porque lo sabía— que el sol no saldría a recibirlo.

Pero las alas de Malizall no estaban hechas para tanto. Aquel vuelo no daba para las alturas que Alistar pretendía: subir tan arriba era, casi con seguridad, morir. Y Malizall, más sereno que nadie aquella mañana, lo comprendió al instante. No lo dudó —no voy a permitir que mi compañero se muera— y se lanzó tras él, las alas tornándosele de un rosa imposible, disparándose hacia lo alto más deprisa que el propio conjuro. A Alistar el frío ya ni le dolía; el sudor se le cristalizaba en hielo sobre la piel y las cejas se le escarchaban mientras rasgaba las nubes hacia arriba.

Y al atravesarlas, lo vio. No el atisbo que había entrevisto Orianna tiempo atrás, sino aquello entero, descomunal: una grieta colosal abierta en el cielo, una herida con sus truenos, sus acantilados inmensos y una niebla de ácido y corrupción manando de ella. Una puerta al Abismo mismo. Ninguna ilusión la velaba: estaba allí, desnuda, innegable. Y —Alistar lo sintió en los huesos— lo llamaba. El Abismo lo llamaba, quería que se acercase, que saltara, que cayera. Era un anzuelo. Y él, una presa cansada.

Malizall llegó a su lado en el último instante, antes de que se dejara ir. También él miraba la grieta, y también a él le hervía una rabia que no necesitaba explicarse. Pero no había subido a maldecir. Le posó una mano en el hombro y habló.

—Alistar, somos más fuertes que esto. Tenemos que luchar para que haya un nuevo amanecer, no precipitarnos al abismo para perecer.

Y, como si las palabras tuvieran poder, Alistar miró al horizonte. Allí, por encima de las nubes, estaba amaneciendo. El sol no se había marchado a ninguna parte: seguía saliendo, fiel, cada mañana. Era el velo lo que lo ocultaba abajo, en la ciudad — la mentira tendida por aquel mismo Abismo para robarle al mundo su aurora.

Alistar cerró la mano sobre el emblema de Tyr que llevaba al pecho, como quien se aferra a un cabo para no caer, y apretó hasta que las ganas de cruzar —de ir a buscar a Acererak, fuera lo que fuese que aguardara al otro lado— se le aplacaron. Volvió a mirar la grieta.

—Acabaremos contigo.

—Por supuesto, hermano —respondió Malizall—. Acabaremos con él. Porque a veces, para que haya un nuevo amanecer, la justicia tiene que vencer. Y ha llegado el momento de que luche por él.

Luego dieron media vuelta y descendieron, despacio, hacia la ciudad que todavía ardía.

Mientras tanto, al otro extremo de aquel distrito muerto, Kuryuu llegaba por fin a su mansión. Y empezó a contar. Recorrió a los suyos uno por uno, desesperado, buscando los rostros que sabía que debían estar, temiéndose a cada paso el hueco que no quería hallar. No lo halló. Estaban todos. Su clan —el del Dragón de Plata— seguía vivo.

Varuun se arrodilló ante él. No había sabido cumplir el mandato de quedarse: había tenido que salir a proteger a la gente.

—Siento haber incumplido vuestras órdenes, Señor.

Kuryuu lo miró. Él, que aquella misma noche había renunciado a su nombre por no haber dado la talla, tenía delante a un hombre que sí la había dado: que había desobedecido por la única razón por la que merece la pena desobedecer.

—No lo sientas, Varuun. Has hecho muy bien. Has cumplido mis órdenes mejor que nunca. Estoy orgulloso de ti.

Y entonces, al que se había jurado estoico, al guerrero que no se permitía una flaqueza, se le escapó una lágrima. Una sola. No se la enjugó.

Y en las calles, junto al cuerpo que lo había enmudecido, Ander seguía cantando su balada sin palabras mientras hacía lo único que estaba en su mano. Recogió a la niña con cuidado. Le cerró los ojos, le borró del rostro el espanto, la compuso un poco y la tendió sobre una piedra, como si se hubiera quedado dormida. No la conocía; no podía hacer más por ella que aquello: devolverle, siquiera, la apariencia del descanso.

Cuando acabó de cantar, le habló. Y al hablarle, la voz —la que el horror le había arrancado— le volvió a la garganta.

—Qué desgracia —dijo— que lo último que haya visto esta criatura, este ser inocente, haya sido su propio final.

Y entonces aquella promesa que se le había estado fraguando, muda, en el pecho, encontró por fin sus palabras.

—En nombre de la Inocencia, nunca más volveré a perder la voz.

La dejó así, como dormida, como si soñara.

—Sueña —le murmuró—. Sueña, que volverás a correr por aquí.

Y se marchó, con Orianna a su lado, camino de la mansión donde aguardaban los demás. Amanecía sobre Waterdeep —el primer amanecer después de la noche más larga—, y, pese a todo, pese a las cenizas y los muertos y la grieta abierta en el cielo, los seis seguían en pie para verlo.


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