Sesión 8
La ciudad que aprendió a callar
La lluvia caía sobre Waterdeep fina y persistente. La Ciudad de los Esplendores tenía las contraventanas cerradas a mediodía, los puestos del mercado desmontados y, tras cada rendija, un ojo temeroso.
Desde el umbral de la posada, los héroes la vieron llegar antes de oírla: una columna de la Mano de Hierro avanzando con una cadencia solemne, casi litúrgica. Una veintena de agentes, quizá treinta, embutidos en armaduras ennegrecidas y capas oscuras, con el triángulo escarlata pintado sobre el pecho como una herida ordenada. Marchaban como una procesión: sin prisa, sin desorden, seguros de que la calle entera les pertenecía.
Y al frente, con el yelmo bajo el brazo y la mirada fija en ningún punto y en todos, caminaba la Capitana Soriah Durn. Su rostro era el de siempre —curtido, disciplinado, imposible de descifrar—, y precisamente por eso dolía mirarlo. Porque Alistar sí lo conocía. Lo había visto inclinado en oración bajo las balanzas de Tyr, en los bancos de la misma iglesia donde ambos habían jurado servir a la justicia. Habían sido hermanos de fe, compañeros durante años, antes de que ella colgara los hábitos de la orden para abrazar el puño que ahora ahogaba la ciudad. Soriah no le dedicó ni un gesto. Tal vez fuera lo más piadoso que podía ofrecerle.
No todos guardaron las formas. Uno de los agentes, al pasar, encontró los rostros del grupo y curvó los labios en una sonrisa prepotente, hecha para ser vista. Una invitación a la rabia. Pero Orianna no le concedió ese poder: simplemente cerró los ojos y apartó el rostro. No pensaba regalarle una sonrisa, ni siquiera la mueca de odio que el hombre buscaba. Cuando volvió a abrirlos, la columna ya se alejaba, y la insolencia de aquel rostro se había perdido entre cien capas iguales.
Pero los ojos del grupo no se quedaron atrás. Invisible y silencioso, el ojo arcano de Vengy se deslizó tras la procesión, mirando por ellos lo que ellos no podían seguir.
Resguardados de nuevo bajo el alero, las piezas empezaron a encajar en voz queda y sombría. Si la Nueva Fe arrancaba las almas de los muertos para alimentar los fragmentos malditos de Acererak, necesitaba algo más que fe: necesitaba cadáveres, y recientes. Malizall se subió el embozo y señaló hacia el este, con la lluvia corriéndole por el guante.
—Al cementerio —dijo—. Si están cosechando muertos, es allí donde hay que mirar.
Y hacia el cementerio se encaminaron, bajo una lluvia que no parecía dispuesta a parar, en una ciudad que había dejado de levantar la vista.
Siega de las almas
El camposanto principal aguardaba en el extremo oriental de la ciudad, donde las casas menguaban y el lujo cedía paso a la piedra gris. Lo cercaba una verja de hierro forjado, oscura y austera. Tras los barrotes se adivinaban cipreses empapados y flores marchitas. La quietud de los cementerios está hecha de respeto y de memoria; esta contenía el aliento.
No fueron los muertos quienes los recibieron, sino los vivos: una guarnición de la Mano de Hierro formaba a un costado del portón, escudo en mano y espada envainada, las miradas clavadas al frente con una rigidez que no era de vigilancia rutinaria, sino de guardia ante algo. A escasos cinco metros de la entrada, una mano enguantada se alzó sin prisa, y el grupo se detuvo.
—El acceso está restringido —dijo el agente—. Se celebran rituales para dar libertad a las almas de los fallecidos ayer. Solo entra quien posee permiso.
Malizall dio un paso al frente, con esa serenidad de orador que sabe que la mentira más firme se sostiene sobre una verdad a medias.
—¿Y quién concede esos permisos? Querríamos uno.
—Mi compañero debe rendir homenaje a uno de sus compañeros caídos —dijo, dejando que la mirada del guardia resbalara hacia Alistar.
El soldado lo observó con una devoción serena, casi luminosa, y Malizall decidió tantear ese fervor.
—Se te ve muy devoto en lo que dices —deslizó.
—¿Acaso no sois seguidores de la Nueva Fe? —repuso el agente, devolviéndole la pregunta.
—Estamos estudiando sus ideas, a ver si las seguimos o no —respondió Malizall sin perder la calma—. Tienes que entender que es un cambio radical.
El guardia no respondió enseguida. Sus ojos descendieron hacia los pechos del grupo, hacia los símbolos sagrados que ninguno había tenido el cuidado de ocultar: la balanza de Tyr, la luz de Lathander, emblemas de dioses que la ciudad había empezado a llamar paganos.
Ander, que había escuchado todo aquello con el desdén de quien asiste a una mala comedia, masculló entre dientes un sincero —Qué tontos—. Y, sin embargo, tal era el aire de bufón inofensivo que envolvía al pícaro que los guardias no encontraron en sus palabras provocación alguna que castigar. La insolencia se disolvió como una broma que nadie se molesta en perseguir.
A Alistar, en cambio, no le hizo falta oír más. Rituales para liberar almas. El eufemismo le bastó: comprendió de golpe la magnitud de lo que se cocía tras aquella verja, y su voz se volvió prudente.
—Volveremos en otro momento.
—¿Y cuándo concluirá el ritual? —preguntó Vengy, guardándose la respuesta para más tarde.
—En dos horas. Entonces el cementerio volverá a abrirse.
Fingieron la retirada, murmurando naderías sobre compras y cenas, dando media vuelta con estudiada indiferencia.
Y fue justo al volver la espalda cuando el mundo enmudeció.
No cesó la lluvia —seguía cayendo, fina y constante—, pero dejó de oírse, como si cada gota fuera a romper contra el suelo de otro mundo. Con ella callaron el viento, las hojas, el roce de las capas, el rumor remoto de la ciudad, hasta el latido de la propia sangre en los oídos. No era el silencio de la calma: era el de una estancia inmensa en la que algo, de pronto, ha vuelto la cabeza para mirar. Un silencio atento y hambriento, que se posó sobre los hombros como una losa de agua.
Y en mitad de aquella mudez, desde el corazón del camposanto, dio comienzo el oficio. Entre las tumbas abiertas, donde la tierra de la víspera aún estaba removida y fresca, se recortaban figuras encapuchadas con los hábitos de la Nueva Fe, inmóviles como mojones. Y sobre todas ellas, erguido en una piedra que hacía las veces de altar, presidía el Apóstol Hederic Alorn. No clamaba ni imploraba; con una calma que helaba más que cualquier alarido, alzó por encima de su cabeza el Cáliz de la Fe del Profeta y lo ofreció al cielo encapotado, como quien brinda de igual a igual con un dios.
Entonces ocurrió lo que no debería haber sido posible. De la tierra recién cerrada, de cada fosa de los muertos de ayer, empezó a manar una luz pálida y trémula. Decenas de luces, centenares; esferas del tamaño de un puño que se despegaban del suelo con una lentitud agónica, temblando, como si se resistieran a abandonar la carne que todavía las reclamaba. Eran las almas. Las almas de quienes apenas una jornada antes habían respirado, reído y temido, arrancadas de su descanso igual que se arranca una raíz que no quiere soltarse, atraídas hacia el Cáliz en alto y, desde él, hacia las alturas.
Subieron en una procesión muda y luminosa, sin prisa, y atravesaron el manto de nubes como el humo atraviesa una sábana. Pero no se deshicieron en lluvia ni cayeron sobre tejado alguno de Waterdeep: cruzaron el velo gris y, sin más, dejaron de existir para el mundo, tragadas por algo que aguardaba al otro lado y que ninguno de ellos alcanzaba a ver. La ciudad enterraba a sus muertos, y la Nueva Fe los segaba antes de que el cuerpo se enfriara, para entregarlos a un hambre sin nombre.
Junto al portón, ajenos al horror que custodiaban —o, peor aún, en comunión con él—, los tres centinelas inclinaron la cabeza y entonaron una oración. No era arcana, ni infernal, ni ninguna de las lenguas que los héroes habían aprendido en mil caminos: era un idioma muerto, hecho de sílabas que ninguna garganta viva debería poder formar, y que, sin embargo, aquellos hombres salmodiaban con la dulzura de una nana.
A Orianna se le erizó el cuerpo entero, de la nuca a los talones. La druida, de estatura menuda, se aferró a lo primero que tuvo al alcance —la pierna de Hakuryuu— y, con la voz quebrada por un pavor que rara vez se permitía mostrar, dijo lo único que su instinto le gritaba:
—Tenemos que marcharnos de aquí. Ahora mismo.
Nadie discutió. Se alejaron de la verja con paso medido para no delatar el miedo, mientras a sus espaldas el cielo seguía tragándose en silencio la cosecha de la Nueva Fe.
Velo sobre velo
Se internaron de nuevo en las arterias de la ciudad hasta dar con un callejón olvidado, lejos de miradas y de triángulos rojos.
Antes de mudar la forma, Orianna no quiso fingir aplomo.
—No voy a negar que tengo miedo —admitió—. Pero hay algo ahí arriba, y tengo que verlo con mis propios ojos.
Alistar le posó una mano en el hombro y dejó caer sobre ella una bendición, una brizna del favor de Tyr para que la amparase en la altura adonde ningún dios parecía ya asomarse.
Allí, donde la magia proscrita podía costar la vida, Hakuryuu hizo de muro: plantó su corpulencia ante Orianna y la envolvió con el embozo de su capa, ocultándola del mundo igual que una roca oculta a un manantial. Bajo aquel abrigo de sombra, la druida menguó y mudó, huesos y carne plegándose en plumas, hasta que de entre los pliegues alzó el vuelo un águila de plumaje gris, deliberadamente vulgar, nacida para no llamar la atención de nadie.
Mientras tanto, muy lejos de allí, Vengy seguía mirando por un ojo que no era suyo. Su centinela arcano había rastreado a la Mano de Hierro a través de las calles, y la había visto partirse en dos ríos: uno tras el Inspector, otro tras la Capitana Soriah. Optó por seguir a esta última, y lo que el ojo le mostró lo dejó sin saliva: las dos corrientes volvían a confluir, engrosadas por decenas y decenas de agentes más, hasta formar casi un ejército, congregándose en la gran plaza que se abría ante el palacio del Gobernador. No se reunían para desfilar. Se reunían para caer sobre algo.
—Daos prisa —transmitió Vengy a los demás—. Algo muy gordo va a pasar en media hora.
Arriba, Orianna ascendía. Atravesó las primeras nubes —esas nubes bajas de lluvia mansa que tanto amaba, las que un día había cruzado a lomos de Elyz— y siguió subiendo, batiendo las alas contra un aire cada vez más frío y más delgado. Volar sola aún se le hacía raro: le faltaba el rumor de otras alas al costado. El instinto del águila le advertía que se acercaba a un límite que ningún ave debería cruzar; aun así, subió. Y al rasgar el techo de nubes encontró, al fin, el cielo abierto.
Pero no era un cielo.
Sobre ella se extendía un azul soleado, sí, de los que deberían reconfortar el corazón tras tanta lluvia. Solo que estaba… mal. Plano. Demasiado perfecto, un gradiente impecable sin la hondura de lo verdadero, recorrido por una sutil ondulación, como si mirase el firmamento a través de una lámina de agua. No era cielo: era la imagen de un cielo. Una ilusión tendida sobre el mundo, vasta más allá de toda medida, una mentira pintada de azul para que nadie, allá abajo, sospechara lo que se ocultaba detrás.
Orianna forzó las alas un poco más, peleando contra el frío y la falta de aire, solo para confirmar lo que ya sabía. Y al hacerlo, por un instante, sintió lo que había al otro lado del velo: no el vacío sereno de las alturas, sino algo inmenso, hambriento y ajeno a este mundo, una herida abierta en la bóveda misma de la realidad hacia la que ascendían, mansas y robadas, las almas de Waterdeep. No alcanzó a verlo con claridad —ningún mortal estaba destinado a verlo—, pero su alma de druida lo reconoció como se reconoce la cercanía de un depredador en la oscuridad. El cielo eterno y encapotado de aquellos días no era obra del clima. Era una losa que una mano antigua y muerta había colocado sobre el mundo para esconder su cosecha.
—No me hace falta ver más —se dijo.
Y plegó las alas. Cayó a plomo, dejándose tragar de nuevo por las nubes mientras el aire turbulento la zarandeaba, descendiendo hacia una ciudad que vivía bajo un cielo falso sin saberlo, ignorante de que, por encima de su lluvia cotidiana, algo había abierto una puerta y aguardaba ser alimentado.
Donde la justicia aún velaba
Orianna recuperó su forma casi antes de tocar el suelo, y aun así el aterrizaje fue duro. Cayó de rodillas, el pecho agitado, el corazón desbocado y la cabeza dándole vueltas — y no por el esfuerzo del águila: por lo que había rozado allá arriba. Tardó un momento en encontrar de nuevo el aliento, y los demás le concedieron ese silencio.
Pero el mundo no estaba dispuesto a darles tregua. Sobre los tejados volvió a alzarse el desfile de luces: una segunda oleada de almas ascendiendo mansa hacia el cielo de mentira. Verlo por segunda vez no lo hizo más soportable, sino menos. Alistar se quebró primero; se llevó las manos a la cabeza, incapaz de seguir mirando aquella procesión de difuntos robados. A Ander no le quedaba chiste en el cuerpo: miraba subir las luces con la flauta olvidada en la mano. Hakuryuu, a su lado, cerró el puño sobre la marca de su palma.
—No, no puede ser. Tenemos que actuar ya. —Recobró el aliento a duras penas, y la urgencia se le agrió en rabia impotente—. Ya no hay ninguna duda… pero no tenemos pruebas de nada.
—No podemos convencer a Harker de que nos ayude —apuntó Malizall, sombrío—. No podemos hacer nada.
—Sí que tenemos una prueba —dijo Orianna, todavía con la respiración entrecortada—. Está sobre nuestras cabezas. El cielo no es el cielo.
Aquello bastó para encender la chispa. Si la bóveda celeste era una falsificación, alguien sabría reconocerla: alguien que se pasara las noches escrutándola. Y fue la propia Orianna quien lo señaló, buscando a tientas la palabra:
—Hay que hablar con ese que se pasa las noches con la vista clavada en las estrellas.
—El astrónomo —completó Malizall.
—Eredin —asintió Alistar.
Pero antes de ir tras él decidieron acercarse a la Ciudad de la Justicia, pues Vengy había visto a la Mano congregarse en sus inmediaciones y convenía saber qué se cocía allí. El distrito era un recinto casi amurallado, donde los propios edificios se cerraban formando baluarte, y lo coronaba la fortaleza-templo de Helm: los vigilantes, los protectores eternos de la ciudad, atrincherados en un torreón que era a la vez santuario y castillo, con su foso, sus murallas y sus portones. Desde sus alturas, ladera abajo y de cara al mar, se alcanzaban a ver los campanarios del templo de Tyr.
Para Hakuryuu, aquel no era un distrito cualquiera: era su hogar. Conocía sus avenidas y sus plazas, el trasiego de funcionarios y el bullicio de las casas de comidas a aquella hora; y por eso le dolía más verlo ahora erizado de guardias y salpicado de capas negras.
En la entrada del distrito reinaba esa tensión de plaza tomada por el ejército: guardias controlando cada acceso, miradas que los habían visto llegar mucho antes de que llegaran. Pero el capitán que mandaba el puesto era un rostro conocido. Serjay, caballero de armadura impoluta y porte disciplinado, compartía con Alistar la orden y los años, y los saludó como se saluda a un viejo camarada.
—¿Cómo están las cosas por aquí? —tanteó Alistar.
—Tensas. La Mano está muy activa… por toda la ciudad. —Serjay midió las palabras—. Nada que merezca la pena contar.
Pero algo en su tono, y en el discreto engrosamiento de las filas que se adivinaba a izquierda y derecha, decía lo contrario: algo estaba creciendo. Alistar no insistió. Se limitó a sostenerle la mirada y bajar la voz lo justo, consciente de que el resto de la guardia, firme y con la vista al frente, fingía no escuchar.
—Solo te diré una cosa, Serjay: ten cuidado, y mantente alerta estos próximos días.
Una chispa en la noche más cerrada
El templo de Tyr se alzaba ladera abajo, de cara al mar. Dentro reinaba un temple muy distinto del que habían dejado en la casa de Lathander. Si en el templo del alba los sacerdotes habían atrancado los portones con miedo, aquí los templarios de Tyr se movían con la espalda recta y la mano cerca del pomo, tensos como la cuerda de un arco, aguardando una orden de soltarse que no terminaba de llegar. Hakuryuu, al pasar entre ellos, asintió apenas: esa espera armada era un idioma que él hablaba. La balanza de Tyr pesaba la justicia, cierto, pero la pesaba sobre el filo de una espada, y aquella casa no había olvidado jamás el segundo platillo.
Y, sin embargo, la primera buena noticia de la jornada los aguardaba en el corazón del templo: el Sumo Sacerdote Eldrin, en pie. Caminaba despacio, pasito a pasito, con la cautela de quien ha estado más cerca de la otra orilla de lo que quisiera admitir; pero caminaba. Días atrás lo habían visto postrado, temiendo que no volviera a levantarse, y ahora recorría la nave por su propio pie, las canas peinadas y la mirada despejada. Tras él, un paso por detrás, marchaba un paladín de armadura impecable y gesto de ira contenida. Era un detalle pequeño y terrible: Eldrin nunca había necesitado escolta para andar su propio templo. Hoy la llevaba.
Los vio antes de que lo saludaran, y en su rostro fatigado se abrió una sonrisa.
—Alistar, hijo de la Balanza.
—Eminencia. —Alistar inclinó la cabeza, y por una vez la solemnidad se le llenó de algo cálido—. No sabe cuánto me alegro de verle en pie.
—La verdad es que han sido unos días horribles. No sabía si me levantaría. —Eldrin dejó flotar un instante la confesión antes de enderezarla—. Pero Tyr ha estado conmigo. Quiere que siga luchando.
—Por supuesto que sí.
—Y luchar es lo que necesitamos ahora, Alistar.
—Me alegro de que me diga esas palabras, Eminencia —respondió el paladín—, porque es justo lo que pienso.
No había tiempo para más cortesías, y ambos lo sabían. Alistar le refirió lo que habían visto y lo que habían atado: el encuentro con los demonios en el bosque de Waterdeep, las grietas abiertas al abismo, la maldición que había abatido a Sildar. Al pronunciar el nombre midió la lengua un instante —conocía de antiguo la frialdad que el Sumo Sacerdote reservaba para quien había dado la espalda a su orden, y Sildar era, a ojos de la casa de Tyr, un renegado—, pero lo que traía no admitía remilgos. Aquella maldición, dijo, le había concedido a Sildar una sola visión antes de hundirlo en su sueño: almas atrapadas sobre Waterdeep.
—Después de eso decidimos investigar por nuestra cuenta —continuó—. Hoy nos acercamos al cementerio, sospechando que la Mano estaba detrás. No nos dejaron pasar; dijeron que celebraban un ritual para liberar las almas de los muertos. Y vimos con nuestros propios ojos cómo esferas de luz se alzaban al cielo. —Hizo una pausa, y la voz se le endureció—. Están utilizando las almas de los muertos.
Algo se ensombreció en el semblante del sacerdote. No era sorpresa: era la confirmación de un espanto largamente temido.
—Entonces es verdad.
—No quería creerlo —admitió Alistar—. Pero ya no podemos quedarnos sin hacer nada. Ya no. Está en peligro la ciudad. La gente.
Quedaba la pregunta que nadie quería formular: ¿para qué? Fue el propio Alistar quien se atrevió con la respuesta, y era un nombre que ninguno pronunciaba a la ligera.
—Lo único que podemos pensar es que Acererak quiera retomar el plan que ya le frustramos una vez. En su día quiso usar las almas para alimentar el nacimiento de un dios de la muerte.
Orianna añadió lo que había rozado en las alturas: la distorsión tendida sobre el cielo entero, la certeza de que algo inmenso aguardaba al otro lado del velo. Y todo encajaba —la visión de Sildar, lo presenciado en el cementerio, lo que ella había sentido sobre las nubes—; tres piezas que dibujaban una misma figura. Malizall fue más lejos y puso voz a la teoría más oscura: los apóstoles, los predicadores de la Nueva Fe, no eran simples fanáticos. Tenían razones para creer que eran filacterias, los receptáculos fragmentados donde un liche esconde su alma para burlar a la muerte.
—Eso se hace bastante descabellado —objetó Alistar.
—Estamos hablando de Acererak —repuso Malizall.
—Es una mera teoría. —Alistar no quiso comprometerse, pero tampoco la descartó—. Lo que no admite duda es que son ellos los instigadores de toda la mentira, y quienes organizan lo que se hace ahora con las almas. Así que es a ellos a quienes debemos ir.
Eldrin había escuchado hasta el final. Cuando habló, no lo hizo con el ardor de sus templarios, sino con la fatiga lúcida de quien ha visto demasiados incendios apagarse en ceniza.
—La política es el mayor enemigo de la justicia —dijo—. ¿Qué justicia puede haber si no se conoce la verdad?
Y los previno contra lo que sus propios paladines ansiaban. Un enfrentamiento abierto, por justo que pareciera, no conduciría a ninguna parte: solo engrandecería la mentira.
—Si la hacemos grande enfrentándonos a ellos, la falsa fe no hará más que crecer. Y la gente lo tendrá claro: o estás con ellos o contra ellos. Y estar con ellos significa estar contra nosotros.
Eldrin no se estaba rindiendo: si confirmaban que en el cementerio se cometían actos impíos, había otra manera de golpear sin alzar estandarte.
—Podemos enviar un grupo sin ninguna señal. Alguien que no se identifique con ninguna de las órdenes, y que sea lo bastante valiente como para detener lo que estén haciendo… aun sabiendo lo que puede costarle. —Y, antes de que nadie se ofreciera, zanjó—: De eso ya me encargo yo.
Había hablado ya con las demás órdenes —los centinelas de Helm, los vigilantes eternos de la ciudad—, y cuando llegara la hora los templos abrirían sus puertas como refugio para los civiles; el de Helm, fortaleza entre fortalezas, sería el corazón de esa retirada. Porque la hora de la verdad tenía fecha. Sus informantes coincidían: todo culminaría la noche del juicio, el día sexto, cuando los apóstoles se reunieran. Y había algo más.
—Nuestros informantes dicen que la Voz también estará.
—La Voz —repitió Orianna, casi en un susurro—. Es él.
A Alistar le hervía la sangre de tener que esperar. Se ofreció a ir él mismo al cementerio, a mudar el rostro si era preciso, pero los suyos lo contuvieron: era demasiado conocido, un cartel andante que la Mano sabría leer de un vistazo. Su deber era otro ahora, le recordaron; el de todos, desentrañar cómo atajar el mal mayor. Cedió a regañadientes, y al hacerlo regresó en silencio a su juramento. El de la devoción: el mayor de los bienes con el menor de los daños; actuar con honestidad; siempre la verdad, nunca la mentira; proteger a los inocentes; luchar, sin dudas, contra el mal.
A la hora de despedirse, Eldrin reservó para él un trato de tú a tú que lo desconcertó —el Sumo Sacerdote solía ser hombre de distancias—, y unas palabras que el paladín se llevaría consigo a la noche que se avecinaba:
—Incluso en la noche más cerrada, basta con una simple chispa para volver a iluminar la verdad. La mayoría de la gente solo está confundida; cuando vean la verdad, sabrán lo que es justo y volverán al camino. —Le sostuvo la mirada—. No los juzgues a ellos. Están confundidos.
Afuera, sobre el mar, la tormenta seguía sin decidirse a caer. Pero quedaba aún un hombre que gastaba las noches escrutando el firmamento, y si alguien podía decirles qué se escondía tras aquel velo de azul mentiroso, sería él. Hacia el astrónomo, pues, dirigieron sus pasos, mientras la tarde se vaciaba de luz sobre Waterdeep.
El astrónomo a ciegas
La sala de estudio del Maestro Eredin había conocido días mejores. Donde antes se apretaba el bullicio de discípulos y curiosos, ahora solo quedaba el silencio polvoriento de un aula vaciada. Un ayudante dormía desplomado sobre una mesa del fondo, vencido por el cansancio en una postura imposible. Y al frente, más demacrado todavía, el propio astrónomo: ojeras como cardenales, las gafas torcidas, balbuceando ante una pizarra cubierta de cálculos como si impartiera lección a un auditorio que se hubiera marchado hacía horas. No reparó en ellos al entrar. Llevaba demasiado tiempo a solas con las estrellas que no podía ver.
Fue Malizall quien lo llamó de vuelta al mundo.
—Maestro. Maestro Eredin. —El astrónomo alzó apenas la vista, los ojos enrojecidos—. Tenemos algo que decirte. Algo importante, y necesitamos de tu conocimiento.
—Mi conocimiento está un poco frustrado últimamente —repuso él, con una sonrisa amarga.
—Precisamente por eso. —Y cuando el sabio protestó que no había tiempo de sentarse, Malizall le robó la excusa con la suavidad de quien sirve al alba—: Quince minutos los tienes. Mañana habrá otro amanecer, no te preocupes.
Eredin se dejó caer en su silla. Prendió un cigarro a medio consumir y, mientras la primera calada le devolvía algo de color, escuchó sin mirarlos.
Alistar le expuso la situación sin un adorno —era la tercera vez que contaba la misma historia aquel día—: una distorsión tendida sobre el cielo que parecía ocultar la realidad; la Mano atrapando las almas de los muertos en algún lugar de las alturas; su propia compañera, hecha águila, elevándose hasta rozar aquel velo. Venían a saber si el mayor experto en astronomía de Waterdeep había advertido algo extraño.
El astrónomo dejó escapar el humo despacio.
—¿Sabes cuál es el mayor enemigo de un maestro de las estrellas? —Hizo una pausa dramática—. Las nubes. —Y, como si la palabra le supiera a hiel, añadió—: Llegan los días más importantes para observar el cielo de mi vida y resulta que hay nubes. Llevo literalmente setenta y dos horas esperando y no se ha visto el firmamento en ningún momento.
Setenta y dos horas. Los héroes cruzaron una mirada. No era el clima quien le había robado el cielo al sabio justo en los días señalados.
—Demasiada casualidad —murmuró Malizall.
—Demasiada —convino Alistar.
Algo empezó a encajar en la mente de Malizall, una pieza que llevaba días girando sin hallar su hueco. Preguntó qué calculaba el Maestro entre aquel naufragio de papeles.
—La luna —respondió Eredin—. La trayectoria de los astros. La profecía anuncia que la luna no volverá, y eso es sencillamente imposible. Mis números lo gritan: la luna se ocultará una noche, sí. Y a la siguiente regresará, como ha regresado desde el principio del tiempo.
Y entonces lo vieron.
—Espera. No hace falta quitar la luna —dijo Malizall, muy despacio.
—No hace falta. —Orianna sintió que un escalofrío le trepaba por la espalda al comprenderlo—. Solo que no la veamos.
—Con la distorsión ahí arriba, que nadie pueda mirarla, la profecía se cumple igual —remató el warlock.
No había que arrancar los astros del firmamento. Bastaba con cegarlos. Tender un velo sobre el mundo y dejar que la gente, incapaz de hallar la luna, se convenciera de que en verdad se había ido para siempre. La profecía no se cumpliría: se falsificaría. Un engaño descomunal, urdido para que una ciudad entera diera por cierto su propio fin.
Quedaba la pregunta de siempre: ¿cómo se rasga un velo del tamaño del cielo? Barajaron lo imposible —un conjuro de disipación tan vasto que ninguna garganta podía pronunciar; subir volando hasta palparlo—, y la idea quedó sobre la mesa, junto a los cálculos inútiles del viejo.
Eredin apagó el cigarro contra la mesa y se puso en pie. Estaba acabado, y lo sabía. Se ofrecieron a acompañarlo a sus aposentos, pero el viejo declinó con un gesto cansado: aún podía él solo. Lo vieron arrastrar los pies hacia la puerta —un hombre que había consagrado la vida a leer el cielo y a quien, en la hora más decisiva, le habían apagado las estrellas.
Tras él quedaron sus cálculos inútiles: setenta y dos horas de tinta gastada persiguiendo una luna que una mano muerta había sepultado tras una ilusión.
La mano que aún se movía
El grupo se repartió la tarde. Ander, Orianna y Hakuryuu pusieron rumbo a la residencia de los templarios de Lathander, donde el clérigo Benedict velaba el sueño maldito de Sildar; por el camino, las calles hervían de agentes de la Mano, más numerosos y descarados a cada esquina, como un presagio que nadie quiso nombrar en voz alta.
Malizall y Alistar, en cambio, se rezagaron con una idea que no habían sabido soltar: la misma que habían dejado suspendida en el estudio del astrónomo. Subir al cielo como lo había hecho Orianna y hendir el velo, pero esta vez sin alas de águila —con el vuelo que el warlock sabía tejer y los sentidos consagrados del paladín, capaces de rastrear lo divino allí donde la vista no alcanzaba—. Buscaron un lugar elevado y discreto, midieron la empresa una vez más… y una vez más las cuentas se negaron a salir: el cielo seguía a kilómetros, el ascenso era desesperadamente lento y la bajada, una sentencia que ninguna magia suya podía amansar. Terminaron por descartarlo, con el regusto de quien cierra la única puerta que creía entreabierta. Y, ya sin excusa, partieron tras los pasos de Ander, Orianna y Hakuryuu.
Y Vengy decidió ir por su cuenta al cementerio. Nadie se lo discutió demasiado —no parecía, de entrada, un riesgo mayor—, pero a él tampoco le habría detenido la objeción: tenía una pregunta clavada en aquel camposanto, y pensaba arrancarla con sus propias manos.
Fue hacia el este, hacia las faldas de la montaña, cruzándose apenas con alguna patrulla de la Mano. El mismo camposanto ante cuya verja los habían rechazado aquella mañana se desplegó ahora ante él desde lo alto de una colina, y era inmenso. No lo habían trazado: había crecido. Nichos excavados en la roca, lápidas encaramadas unas sobre otras, senderos que se quebraban en recodos sin lógica, todo brotado de la ladera con la terquedad orgánica de la hiedra. Un laberinto de muertos.
Desde la altura los vio: cientos de fieles de la Nueva Fe con el símbolo al pecho, agentes de la Mano salpicados entre ellos, toda la parafernalia de una liturgia que ya tocaba a su fin. Vengy aguardó, paciente, mientras el cementerio se vaciaba poco a poco, como un reloj de arena que cuenta hacia la soledad. Cuando el movimiento menguó hasta casi extinguirse, saltó la verja. Su armadura de mithril apenas susurró. Avanzó entre las tumbas pegado a la piedra y a la sombra, hasta el corazón del lugar, allí donde se había oficiado el rito.
Y lo encontró. Una fosa enorme, recién cubierta de tierra, bajo la cual yacían —lo supo por su tamaño— no uno ni dos, sino muchos cuerpos. Alrededor, quemada en el suelo con saña, una figura precisa había dejado un rastro de hollín y ceniza. Vengy trepó a un repecho para abarcarla entera, y lo que desde el suelo parecía un triángulo se reveló como algo peor: triángulos dentro de triángulos, encajados unos en otros hacia un centro imposible. El sello de la Nueva Fe, grabado a fuego sobre la fosa común.
El aire de aquel rincón estaba mal. No era frío, ni hedor, ni nada que los sentidos supieran nombrar; era una certeza que le trepaba por la nuca: allí había ocurrido algo ajeno al orden natural de las cosas, algo maligno por su misma raíz. La perturbación le enturbió la mente, y notó que se le escapaban detalles, pistas que en otras circunstancias habría sabido leer. ¿Qué narices han hecho aquí?, pensó, sin atreverse a decirlo en voz alta. Deberíamos haberlos detenido en su momento.
Ya se disponía a salir —había visto suficiente— cuando algo se movió en la fosa.
Se quedó helado. Esperó, conteniendo el aliento, hasta que oyó pasos: alguien se acercaba. Apenas tuvo tiempo de tejer sobre sí una invisibilidad antes de que apareciera: un soldado de la Mano, rezagado, con una armadura demasiado bien trabajada para un simple centinela. El hombre escrutaba el suelo, no el aire, ajeno a la presencia invisible que tenía a cuatro pasos; algo no le cuadraba. Entonces clavó la bota en la arena removida y empezó a aplastar, a tapar, mascullando por lo bajo, lo que Vengy reconoció con un vuelco del estómago: una mano. Una mano humana mal enterrada, asomada entre la tierra.
Y en el dorso de aquella mano había un triángulo. No pintado: grabado a fuego en la carne, una cicatriz ennegrecida y hundida, como un tatuaje. Y Vengy la conocía demasiado bien, porque era la misma marca que Orianna y Hakuryuu llevaban en la piel desde las primeras jornadas de aquella historia.
No pudo contenerse. Dio cuatro pasos al frente, incapaz de creer lo que veían sus ojos, porque la mano se movía. No era el viento, ni la arena cediendo. Mientras el soldado echaba tierra encima, los dedos se crispaban, arañaban el aire, buscaban.
Estaban enterrando a la gente viva.
—¡Están vivos!
El susurro fue su perdición. El soldado lo oyó, giró sobre sí mismo y, aunque no podía verlo, supo que no estaba solo. Alzó la voz pidiendo ayuda. No quedaba margen para las sutilezas.
Vengy descargó el espadón con toda la furia de su fe, un tajo invisible cargado de luz sagrada que habría partido a un hombre en dos. El soldado se tambaleó, malherido… y no cayó. Peor aún: ante los ojos incrédulos de Vengy, las heridas se le cerraron, la vida le volvió al cuerpo como si una mano invisible lo recosiera. Se rehízo y contraatacó, un golpe feroz, a ciegas pero certero; Vengy apenas alcanzó a tejer un escudo de fuerza que desvió el acero a un palmo de su carne. El mandoble del enemigo hendió el aire con el mismo estruendo que el suyo.
A lo lejos empezaban a oírse otras voces. Acudían.
No podía ganar aquello. Pero podía castigarlo. Vengy alzó la mano y lo señaló con un dedo.
—Pues chaval, buena suerte —masculló, con la sorna helada de quien ya no tiene nada que perder—. Porque va un Inmolar.
Y el nombre del conjuro se cumplió al pie de la letra. El hombre ardió: no la fosa, no la mano que aún se movía, solo él, envuelto de golpe en una columna de fuego que le lamió la armadura y le prendió la carne. Y, sin embargo —imposible, monstruoso—, el soldado siguió en pie. Siguió viniendo. Convertido en antorcha, rastreándolo por el ruido de sus pasos y el reguero de su magia, le arrojó jabalinas envueltas en su propia luz maldita. Una estalló a su espalda; la onda estuvo a punto de derribarlo, y solo a fuerza de voluntad se mantuvo en pie y siguió corriendo.
Era de día. Cada pisada levantaba polvo, lo delataba. La salida quedaba lejos y el perseguidor, ardiendo, no aflojaba. Entonces, al doblar un recodo, Vengy hizo lo único que le quedaba: un conjuro de vuelo lo arrancó del suelo y lo lanzó hacia lo alto, visible al fin, pero fuera del alcance de aquellas manos en llamas. Abajo, el soldado intentó un último hechizo para arrancarlo del cielo; Vengy lo señaló de nuevo, a distancia, y le quebró el conjuro en la garganta antes de que cuajara.
Y voló. Voló sobre el laberinto de muertos y la fosa blasfema, dejando atrás a un hombre ardiendo entre las tumbas y, bajo la tierra, una cosecha de inocentes que aún respiraban. No se quedó a ver cómo terminaba. Había escapado por un margen tan fino que el corazón le golpeaba el pecho como queriendo partirlo; y lo que se llevaba consigo, lo que sus ojos acababan de ver, no se lo arrancaría ya nadie en lo que le quedara de vida.
Antes de que alguien se haga daño
Mientras Vengy se alzaba en vuelo sobre el cementerio, dejando atrás el fuego y la tierra removida, sus compañeros caminaban hacia la otra herida de aquella tarde sin sospechar lo que iban a encontrar.
Ander, Orianna y Hakuryuu se dirigían sin prisa a la residencia de los templarios de Lathander, donde Sildar seguía durmiendo su sueño envenenado bajo el cuidado de Benedict. Pero al desembocar en la gran plaza del templo, los pies se les clavaron en el suelo.
La habían tomado. Ochenta soldados de la Mano, acaso más, ocupaban la explanada, y los pesados portones del santuario —rosados, recamados de oro, hechos para abrirse de par en par al amanecer— estaban cerrados. Mientras los héroes miraban, las hojas se separaron con un gruñido de bisagras forzadas, y por el hueco no asomó la luz del alba, sino una muralla de espaldas: un muro de escudos de la Mano, cerrado y rígido, alzado frente al templo. A un costado, otros soldados batían una puerta lateral con mazas y palancas, empeñados en reventarla. La plaza se vaciaba de fieles a empellones. Era de día todavía, pero sobre la casa de Lathander se había puesto el sol.
Y allí, ante el muro, estaba el Padre Relion.
Lo reconocieron y, a la vez, no lo reconocieron. El Sumo Sacerdote de Lathander, el hombre afable y de gesto distendido que recordaban, se erguía ahora recto como una lanza, severo, envarado en una pose que no le pertenecía. El sargento Derian, oficial de la Mano y un rostro que el grupo ya conocía, desplegaba ante él un pergamino y le hablaba sin tregua. Estaban demasiado lejos para oír una sola palabra.
Pero a Orianna no le hizo falta oírlas para que la sangre le hirviera. Quiso acercarse, y dos guardias le cerraron el paso.
—No podéis pasar. El padre está ocupado. Asuntos más importantes.
—¿Qué asuntos?
—La clausura del templo. ¿Algún problema?
—No podéis clausurar el templo —escupió ella.
El guardia empuñó el arma, sin llegar a desenvainarla, y la midió con la mirada.
—Tranquilízate de una vez y da media vuelta.
—No me tranquilizaré hasta ver que el Padre Relion sale de aquí de una pieza.
Lo que Orianna no comprendía, lo que nadie en aquella plaza alcanzaba a ver, era que el Padre Relion no estaba siendo doblegado. Estaba eligiendo. Batirse allí, desenvainar entre aquellos muros, habría sido la derrota de verdad; por eso cedía, por eso entregaba las piedras antes que las vidas. Lo que le quebraba por dentro no era la Mano: era ver a sus propios fieles arder en un furor que él, pastor del alba, ya no sabía apagar.
Orianna no podía saberlo. Solo veía a un anciano querido acorralado entre lanzas, y al sargento Derian irguiéndose sobre él como un carcelero. Algo dentro de ella se quebró.
—Empiezo a ver todo en negro —dijo, en voz baja.
De cualquier otra habría sido una queja. Los que la conocían se apartaron un paso. Orianna tocó el hombro de Ander y le señaló la bocacalle:
—Aléjate de aquí.
Fue el único aviso. Su cuerpo menudo se desbordó en un estallido de quitina y patas, y una araña descomunal ocupó su lugar. Tomó impulso y saltó. Los guardias más próximos alzaron los escudos por instinto, y apenas alcanzaron a ver la sombra del monstruo pasar sobre sus cabezas. Ander, con más suerte que cabeza, quedó colgado de una pata como quien se agarra a un carro desbocado. Hakuryuu no la tuvo: su manotazo no halló asidero y acabó rodando por el suelo, solo, en mitad de la primera fila de soldados.
Y allí, cercado de enemigos, el guerrero plantó los pies y tomó su decisión.
—¡Detente, Hakuryuu! —le gritó uno de los soldados.
—¡No! ¡Suficiente! Ya estoy harto de esperar. Ahora vais a ver cómo sabe mi espada.
Quiso que aquellas palabras cayeran como un trueno y abrieran a su alrededor un claro de miedo. Pero los soldados de la Mano no se inmutaron: eran decenas, un bosque de acero impasible, y su bravata se estrelló contra ellos sin arrancarles siquiera una mueca.
—¡Estúpido! Suelta el arma ahora mismo —le escupió uno.
Y entonces Hakuryuu, con el mandoble en alto y un mar de enemigos cerrándose sobre él, sintió por primera vez que el suelo se le movía bajo las botas. Aquella certeza de su propia fuerza, que jamás le había fallado, empezó a agrietarse por dentro. Quizá esta vez no bastara. Quizá esta vez no hubiese espada que valiese.
Entretanto, la araña había cruzado la plaza como una exhalación, regateando a los guardias que se le echaban encima en vano, y de un último salto franqueó el muro de escudos para caer justo ante el Padre Relion. El frenazo despidió a Ander, que había aguantado todo el trayecto agarrado a una pata: salió rodando y fue a parar detrás de la mole de quitina. Se levantó, se sacudió el polvo y asomó la cabeza por un costado de aquella araña monstruosa que se cernía sobre el sacerdote. Y, con la sonrisa más afable de su repertorio y el aplomo de quien no acabara de caerse de un monstruo gigante, ofreció:
—No se asuste, venimos a salvarle, padre.
La respuesta no fue gratitud. El rostro de Relion se crispó de cólera.
—¿Qué puñetas hacéis aquí? Marchaos antes de que esto acabe en sangre.
Porque lo último que aquel hombre desesperado deseaba era una batalla librada en su nombre. Y entonces ocurrió.
La voz del Padre Relion cambió. De su garganta brotó un tono grave, inmenso, una voz como ninguno de ellos había oído jamás, y con ella una marea de poder que empujó hacia atrás cuanto lo rodeaba. Los soldados de la Mano trastabillaron dos, tres pasos. Los ojos del sacerdote se encendieron, sus cabellos se alzaron como mecidos por un viento que no soplaba para nadie más, y aquella voz se alzó para pronunciar el edicto, no ya como una súplica, sino como un mandato divino.
Por un instante —uno solo— el alba volvió a tener voz.
Y entonces, entre las filas de la Mano, un agente alzó la mano con desgana y, sin más ceremonia, chasqueó los dedos. El poder de Relion se extinguió de golpe, como una vela pellizcada entre dos dedos. La voz grave enmudeció antes de pronunciar una sola palabra, la luz huyó de sus ojos, los cabellos le cayeron sobre la frente. Como si nunca hubiera ardido nada en él.
—Haced caso al edicto. Salid del templo antes de que alguien se haga daño. —Derian, áspero y contundente.
El edicto al que se acogían no dejaba lugar a duda:
Hoy, día 1 antes del juicio, por decreto del Consejo de los Señores de Waterdeep, en consejo extraordinario celebrado bajo el amparo del Gran Apóstol Hederic Alorn, y en virtud de los graves acontecimientos recientes,
sea promulgado y obedecido lo siguiente:
I. A partir de este día, y hasta nueva disposición, todos los templos, santuarios y casas de culto serán cerrados y sellados con el último rayo de sol. Queda suspendida toda liturgia, congregación y actividad religiosa en horario nocturno. Las llaves de los recintos sagrados quedarán bajo custodia de las autoridades designadas por el Consejo y el Gran Apóstol.
II. Se establece toque de queda general: desde el instante en que el sol se ponga hasta el primer destello del alba, ningún ciudadano, residente, visitante o forastero podrá deambular por las calles, plazas o caminos de Waterdeep. Toda persona hallada fuera de su morada en ese intervalo será detenida y puesta a disposición del Consejo, bajo acusación de alterar la paz pública y desacato al orden vigente.
III. La ejecución de este edicto corresponde a la Guardia de Waterdeep y a los agentes de la Mano de Hierro, quienes actuarán en coordinación para velar por su estricto cumplimiento.
La marea de hierro
La chispa no la prendió ninguno de ellos: vino de una calle lateral, en tromba.
Irrumpió en la plaza la turba de la Nueva Fe —triángulos rojos al brazo, los rostros desencajados de fervor, antorchas humeantes en alto—, y al frente un heraldo que blandía como un trofeo un ídolo decapitado de Tymora.
—¡Sin suerte, sin herejía! ¡La Voz reclama lo suyo! —vociferaba.
Arrastraron hasta las puertas del templo cuanto mueble habían saqueado y lo apilaron en una pira impía. El fuego prendió glotón, escupiendo chispas que ennegrecieron las vidrieras y alzando sobre los tejados la columna de humo que pronto vería media ciudad. Y los más exaltados no se saciaron con la madera: se arrojaron sobre los fieles de Lathander entre insultos y empellones. Un joven acólito cayó derribado, y la primera sangre se mezcló con el hollín sobre el mármol blanco.
Y lo que siguió no fue una batalla, sino algo más sucio. Los devotos de Lathander —sacerdotes de hábito, pero también vecinos de a pie que solo habían ido a rezar, tenderos, ancianos, simples simpatizantes del dios del alba— no estaban dispuestos a ver arder su templo de brazos cruzados. Se revolvieron contra la turba de la Mano, y la turba se les echó encima.
No hubo nobleza en aquello. No hubo muros de escudos ni duelos de acero: hubo piedras arrancadas del propio empedrado y estrelladas contra rostros, puños que buscaban dientes, uñas que buscaban ojos, cuerpos derribados y pisoteados sobre el mármol que aún humeaba. Un anciano se desplomó con la sien abierta; un muchacho con el triángulo rojo al brazo cayó con una piedra hundida en la nuca. Gente que la víspera compartía pan en el mismo mercado se molía ahora a golpes entre el barro y la ceniza, cegada por un odio cuyo origen ni ellos mismos sabrían señalar.
Y eso —no el fuego, no el edicto, no las lanzas— era la verdadera obra del enemigo. Acererak no necesitaba ejércitos para tomar Waterdeep: le bastaba con partir a su gente por la mitad y dejar que se despedazara sola. Así, sin que los héroes pudieran hacer nada por impedirlo, la plaza del templo de Lathander se había convertido en eso: un campo donde la ciudad se mataba a sí misma.
Hakuryuu, aún cercado en la primera línea de soldados, hizo lo que mejor sabía: medir al enemigo. Y lo que leyó no le gustó. No era cuestión de valor ni de filo; era aritmética. Eran decenas, un oleaje de capas negras que no dejaba de engrosar, y ellos un puñado escaso. Por mucha fuerza que atesorara —y atesoraba de sobra—, allí no había victoria que arrancar.
Y, por primera vez, no supo qué hacer. Atacar parecía inútil; huir, imposible; quedarse quieto, una forma de rendirse que jamás había aprendido. El guerrero se quedó clavado, la cabeza en blanco. Descubrió que le sudaba la mano dentro del guantelete; con el mandoble en alto, eso no le había pasado jamás. Lo aferró con las dos. Y los soldados de la Mano, que olfatean la vacilación como el lobo la sangre, avanzaron un paso más sobre él.
Y la cosa, lejos de calmarse, se tensaba más a cada instante. El sargento Derian no tenía prisa: con el arma aún baja, exigió a los intrusos que depusieran las suyas y se entregaran —aquello ya estaba perdido, dijo; solo faltaba que lo aceptaran—. Orianna le contestó a su manera.
—¡Soltad las armas inmediatamente, imbéciles! —le escupió, sin rastro de la prudencia que el momento aconsejaba.
Pero las palabras no frenaban lanzas, y los soldados de la Mano seguían apretando el nudo, paso a paso, hasta casi dejarlos sin aire. Ander fue el primero a quien el pánico le trepó a la garganta; y el pánico, en él, no paralizaba: estallaba. Alzó las manos y descargó un estallido sobre los soldados más cercanos, un trueno de pura vibración que los arrojó hacia atrás y abrió, por un instante, un palmo de respiro. Y con aquel estallido saltó la última contención: el cerco se deshizo en combate abierto y la Mano se echó encima.
Orianna no pensaba desperdiciarlo. Se desprendió de su forma de araña como quien se quita un abrigo y, ya en su cuerpo, hizo aquello que mejor se le daba y más temía el enemigo: llamó a la tormenta. Por un instante, el cielo de mentira pareció obedecerla, y un rayo descendió sobre la plaza y frió a un soldado dentro de su propia armadura, sacudiendo y abrasando a cuantos lo rodeaban.
Pero fue lo único que le dio tiempo a hacer. Casi en el mismo gesto, un golpe brutal se le estrelló encima —acero y saña a partes iguales—, y el conjuro se le deshizo entre las manos: la tormenta que acababa de llamar se apagó tan deprisa como había venido. Maltrecha, sin aire y fuera ya de su piel de araña, nunca había estado tan a merced de nadie. Y Derian llevaba rato agazapado, esperando justo eso.
Hakuryuu lo vio y se lanzó a sacarla de allí, un zarpazo desesperado por arrancarla del cerco. Pero el sargento fue más rápido: le rodeó el cuello con el brazo y le posó la daga en la garganta antes de que el guerrero llegara a rozarle la túnica. La ganó por un suspiro. Orianna quedó inmóvil, sin un resquicio.
—¡Orianna! —El grito de Hakuryuu se ahogó en el fragor. No llegaba; nadie llegaba a tiempo.
Alrededor, los soldados que los estallidos habían derribado se reincorporaban, y muchos más cerraban filas sobre el grupo. No querían matarlos: querían que se rindieran. Con la druida de rehén y la daga en su cuello, cualquier paso en falso —un conjuro, una transformación, un mandoble de más— le costaría la vida antes de poder rematarlo.
Los que llegan tarde
A cierta distancia de la plaza, dos de los suyos corrían hacia el estruendo. Malizall y Alistar habían oído crecer el clamor mucho antes de doblar la última esquina, y lo primero que les salió al paso no fue la refriega: fue el humo, una columna gris izándose sobre los tejados, justo allí donde se alzaba la casa de Lathander.
Cuando alcanzaron a abarcar el panorama, entendieron que llegaban tarde. Cuarenta soldados de la Mano, la plaza vuelta un hervidero de gente moliéndose a golpes, el templo prendido… y, en el centro de todo, una de los suyos inmovilizada con una daga al cuello. La Mano, entretanto, contemplaba el caos sin mover un dedo, dejándolo crecer como quien atiza un fuego ajeno.
A Malizall le pudo el impulso.
—Bajemos. Entremos volando, ya.
Pero Alistar miró más allá del arrebato, y vio lo mismo que Hakuryuu había leído desde el suelo: que eran demasiados, que ni con toda su fe y todo su acero torcerían aquello, y que lanzarse de cabeza solo añadiría sus dos nombres a la lista de los caídos. Le costó la decisión más dura de la tarde.
—No. Así no. —Ya estaba dando media vuelta, con el alma en carne viva—. Son demasiados. La única forma de que esto no acabe en matanza es traer a los míos. Voy al templo de Tyr.
No tuvo que buscar caballo: la suya no era montura que durmiese en cuadra alguna. La invocó —privilegio de los paladines de Tyr—, un corcel de luz se materializó bajo él y, de un salto, partió al galope, dejando a su espalda la plaza en llamas y a una compañera con el filo en la garganta. Cada minuto contaría como una hora. Pero abandonarlos así, aunque fuera para salvarlos, le sabía a traición.
Malizall lo vio marchar y se quedó solo. Y solo, en mitad de aquel hervidero, no aguantaría ni un asalto. Fue el propio Padre Relion quien se lo gritó al pasar, fuera de sí:
—¿Qué haces aquí? ¿No ves la que se ha liado? ¡Vete, o acabarás como ellos!
Y al decir como ellos no señalaba a los suyos, presos junto al templo, sino a la marea de vecinos que se destrozaban a golpes en mitad de la plaza. Lo que había que temer allí ya no era la Mano: era la locura.
Pero Malizall no había venido a huir. Los suyos seguían dentro, y Orianna, con un cuchillo al cuello. Retrocedió hasta la boca de un callejón, lejos de las manos que pudieran interrumpirlo, y se tejió a sí mismo el conjuro del vuelo. Si no podía abrirse paso entre el muro de escudos, pasaría por encima. Tomó aire y se lanzó al cielo, rumbo al corazón de la plaza.
Y, mientras tanto, muy lejos, en los caminos del este, otro de los suyos corría sin resuello. Vengy, que escapaba aún del cementerio con el horror pegado a la piel, alzó la vista y vio sobre la ciudad el fogonazo de una tormenta imposible reventando entre las nubes. No necesitó más para saber de quién era aquella furia. Orianna. Apretó el paso hasta que los pulmones le ardieron, sabiendo de antemano que llegaría tarde: lo que se cocía allá lo separaban de él más de una hora de camino.
El sermón y el sargento
Malizall aterrizó en el ojo del huracán, entre los suyos y el muro de la Mano. Derian lo recibió con un gesto de fastidio, sin apartar la daga del cuello de Orianna.
—Siempre vais todos de la mano, ¿no?
—Somos un grupo —respondió Malizall.
Lo que vino después fue un pulso de nervios envuelto en palabras. Derian esgrimió de nuevo el edicto: hoy se clausuraba el templo; si deponían las armas y dejaban hacer, podrían marcharse con vida. Ander, a quien el miedo había enmudecido al fin, tendió la mano y soltó su flauta. La madera sonó contra el mármol, con la muesca de Sildar hacia arriba, y Derian la miró un instante sin entender del todo qué acababa de rendirse. Bajaron las armas. La daga no se apartó del todo, pero la matanza, por un momento, quedó suspendida en el aire.
Malizall no se fiaba.
—Dame tu palabra. Jura que no les harás nada.
—Nosotros nunca alzamos la mano contra la ley —repuso Derian, con una condescendencia estudiada—. No entendéis nada de nosotros.
—No me trates con condescendencia. —La voz de Malizall se afiló—. Es lo que más detesto en este mundo.
Y así, con Orianna de rehén y el templo ardiendo, el warlock de Lathander y el sargento de la Mano se enzarzaron en el único combate que aún podían librar: el de las palabras. Malizall lo acorraló a preguntas sin respuesta cómoda:
—¿Dónde está ese dios tuyo? ¿Dónde está su poder? ¿En qué se manifiesta, aparte de en lanzas y en hogueras? Una ley escrita esta misma mañana, improvisada… ¿con qué derecho se alza sobre fes de siglos? Si tan seguros estáis de vuestra verdad, ¿por qué necesitáis acallar todas las demás?
—No te lo crees —le espetó—. Porque tu cara miente muy mal.
Pero Derian no era un fanático cualquiera, y respondió con una certeza tranquila, peor que cualquier amenaza.
—No entendéis que vuestra fe impura no es compatible con la nueva. La verdadera.
Malizall le devolvió el golpe con sus propias armas. Sabía bien —lo habían atado en el templo de Tyr— qué clase de horror se escondía tras los apóstoles y la Nueva Fe, y se lo escupió a la cara:
—Tu alma será devorada por un Atropal. O peor: por los mismos artefactos que mantienen vivo a Acererak.
Pero a Derian no le tembló la sonrisa; al contrario, se le ensanchó. En lugar de morder el anzuelo, se rió de ellos.
—Vivís en el pasado. Siempre con lo mismo: que si el Atropal, que si Acererak… —E hizo un gesto de hastío, como quien espanta una historia vieja—. Aquello fueron cuatro días de gloria. Superadlo ya.
La burla tocó donde dolía: en la sospecha de que su gran gesta, la que los había definido, no fuera más que un recuerdo al que aferrarse mientras el mundo se pudría por otras manos. Por un instante, ninguno supo qué responder. La duda había entrado donde no llegaban las lanzas.
Mientras los dos se batían en aquel duelo de credos, a sus espaldas se consumaba una tragedia más callada. El Padre Relion había visto entrar a los soldados de la Mano en su templo, hacia las reliquias, y algo se le quebró para siempre. Del pastor afable no quedaba nada; solo un hombre deshecho por la impotencia de ver a su propio rebaño arrastrado por la ira.
—¡Dejémoslo arder! —gritó a los suyos—. ¡Es absurdo, es ridículo! Nos ha podido la locura. ¡Esta ciudad está perdida! Habrá otro amanecer.
Y, sin embargo, antes de marcharse, el viejo sacerdote no pudo reprimir un último gesto del pastor que había sido. Alzó la voz por encima del fragor, con una autoridad que parecía haber recobrado de golpe, y no la dirigió contra la Mano, sino contra los suyos, contra todos:
—¡Escuchadme de una vez! El verdadero amanecer no depende de estas puertas.
Y, por un instante imposible, la plaza entera se detuvo. Los puños quedaron suspendidos, las piedras sin arrojar; vecinos, fieles y soldados se miraron como quien despierta de golpe de una fiebre, y por unos segundos pareció que cada cual se preguntaba qué demonios estaba haciendo. Duró poco. Pero duró. Luego, dándole la espalda a la casa que había servido toda su vida, Relion comenzó a sacar a sus feligreses de la plaza, salvando lo que sus brazos podían cargar y entregando el resto a la suerte de la noche.
Orianna, presa, se había ido apagando. La rabia del principio se le había vuelto una calma terrible, la de quien ha mirado al abismo y ha dejado de pelear. Alzó la mano marcada con el triángulo y la mostró casi con dulzura.
—He visto su corazón de piedra —dijo, con la voz hueca—. Me ha hablado. He escuchado la Voz. —Y, clavando los ojos en Derian—: Ya no vale la pena. Tu alma tampoco vale la pena.
A unos pasos, cercado de lanzas, Hakuryuu se miró el dorso de la mano —la misma marca— y la escondió bajo el guantelete.
Y aquella calma escondía algo más oscuro todavía. Se había cansado de pelear por ellos; y cuando hablaba de los seguidores de la Nueva Fe lo hacía ya sin una brizna de piedad: sabía que Acererak los manejaba a todos como a marionetas y, aun así, el suplicio que les aguardaba había dejado de dolerle. Casi le parecía justo. Que lo afrontaran; que cada cual cosechara lo que había sembrado.
—Mañana, en el juicio, lo veremos —dijo. Y se le escapó una risa rota, casi delirante, que heló a sus propios compañeros más que cualquier amenaza de la Mano.
Después, con una indiferencia que daba más miedo que cualquier grito, le pidió a Derian que la soltase: no pensaba hacer nada, ¿para qué? Ya nada valía la pena.
Y Derian la creyó —¿qué amenaza era ya aquella mujer hueca?— y la soltó. Pero no sin una última vileza: al apartarla de sí, le hundió el codo en la espalda, un golpe del todo innecesario que la mandó trastabillando hacia los suyos.
Malizall vio una grieta y se lanzó por ella. Señaló la mano de Orianna —la del triángulo— y desafió a Derian a tocarla, a oír por sí mismo la Voz que tanto predicaba; a ver si era tan valiente de conocer la verdad. Tendió un hilo de magia a sus palabras para que las oyera toda la plaza. Orianna, indiferente, ni siquiera retiró la mano.
Y Derian aceptó. Quizá por orgullo, quizá por demostrar ante los suyos que no temía a nada, alargó el brazo y rozó la marca. En el acto, la mirada se le perdió y el cuerpo se le quedó rígido: el sargento de la Mano había caído en un trance.
Malizall había esperado verlo flaquear, dudar, quebrarse. No fue eso lo que ocurrió. Cuando Derian volvió en sí, no traía espanto en la mirada, sino un fervor casi extático.
—La he oído —susurró—. He escuchado la Voz.
—Esa voz es Acererak —le advirtió Malizall—. Te está usando. A ti, y a todos los tuyos.
Pero Derian solo sonrió, con la condescendencia de quien oye a un niño decir un disparate.
—¿Cómo va a ser Acererak esa voz que resuena dentro de mí, en mi propia alma? —Negó despacio, sin perder la sonrisa—. Es el dios todopoderoso. Y cuando llegue el momento, su rabia caerá sobre todos. Y vosotros seréis el ganado.
Pero Malizall no se dio por vencido. Si Derian no quería ver, que viese la plaza entera. Su voz, magnificada de nuevo por la magia, se alzó sobre el gentío como un pregón: que se acercase cualquiera con el valor de conocer la verdad, que dejara que la mano marcada de Orianna lo rozase, y oiría la Voz por sí mismo, en su propia carne. Era esa —proclamó— la prueba de que Acererak los manejaba a todos.
Derian no mordió tampoco esta vez. Se volvió hacia los suyos con una mueca de lástima.
—¿Veis a este loco?
Y bastó esa palabra, loco, dicha con la calma de quien se sabe dueño de la plaza, para que el desafío se apagara solo: nadie dio un paso al frente. La Voz, repitió el sargento, sonaba dentro de él, en su propia alma, y no había más que hablar.
—Pues aférrate a esa alma —le quedó a Malizall por toda estocada—. Es lo último que vas a conservar.
—La humanidad está perdida —murmuró Orianna, sin mirar a nadie—. Y a mí ha dejado de importarme.
La guerra de las palabras también estaba perdida.
La raya en el mármol
Y entonces, por la avenida principal, llegó Tyr.
Una columna de paladines y templarios entró en la plaza al trote, los estandartes del martillo ondeando, y al frente —sobre un corcel de luz que no era el único, pues varias monturas dejaban a su paso una estela divina— cabalgaba Alistar, con el comandante Harker a su lado y el martillo de guerra al hombro. Había cumplido su palabra: volvía, y no venía solo.
La Mano les abrió paso y los saludó con una cortesía impecable, hipócrita hasta la náusea, como si no acabaran de prender fuego a un templo. La Guardia de la Ciudad, que poco antes había entrado a caballo a dispersar a la turba, cerró filas al verlos llegar: les franqueó el paso y formó un muro de lanzas, una posición de defensa de la que ya no pasaba nadie. Por un instante, la plaza entera contuvo el aliento, erizada de acero.
Fue Alistar quien exigió explicaciones, y fue uno de los agentes de la Mano quien, sin perder la sonrisa, dejó caer la verdad como quien suelta una losa. Habían venido a poner orden, dijeron; ya habían dispersado a la multitud y no les hacía falta ayuda. ¿No sería que venían por el Decreto? Los templarios de Tyr no sabían de ningún decreto —ni siquiera les había llegado—, y Alistar lo preguntó sin rodeos: ¿la Mano dictaba ya las leyes de la ciudad?, ¿iban a clausurar los templos, todos los templos? La respuesta fue una sola frase, dicha sin énfasis, que valía por una sentencia:
—Incluyendo los vuestros.
A Harker se le descompuso el rostro. Aquel edicto no cerraba solo el templo de Lathander: los cerraba todos. También el de Tyr.
—¡Imposible! —rugió—. ¡El templo de Tyr no será cerrado! ¡Y menos por esa escoria!
Pero el agente no se inmutó. La plaza humeaba a su alrededor, sembrada de piedra rota y de sangre; en el centro, ennegrecido, yacía el cadáver de un soldado al que había fulminado el rayo que Orianna llamó del cielo. Alistar lo abarcó todo con la mirada y alzó la voz hacia el gentío, hacia los que aún lucían los emblemas de la Nueva Fe:
—No lo entendéis. Os están utilizando a todos.
Nadie lo escuchó. El agente les agradeció los servicios con una sonrisa cortés y les hizo saber que ya podían retirarse: la multitud estaba dispersada, el templo seguiría clausurado, sus fieles se habían ido.
Entre el gentío que se retiraba pasó el Padre Relion. Cruzó con Alistar y con Harker una mirada extrañamente serena, casi una sonrisa. El paladín, que llevaba demasiado rato tragándose la rabia, no se la calló:
—Estoy cansado de no luchar cuando sé lo que están haciendo —dijo—, cuando los veo destruir, poco a poco, las fes de esta ciudad. —Y le ofreció su espada y su escudo, lo que el viejo quisiera.
Pero Relion negó con la cabeza. En su mirada ya no quedaba ninguna sorpresa.
—Nuestra lucha de hoy no se va a ganar. Con tu escudo, con tu espada… ya me gustaría. —Y, antes de perderse entre los suyos—: Llegará el momento de restaurar lo que ha sido profanado.
Y fue eso —no el decreto, no las lanzas, sino ver rendirse al mismísimo Relion— lo que acabó de quebrar a Harker.
—¡Maldición! —Estrelló el martillo de guerra contra el mármol con tal fuerza que la piedra se cuarteó y los nudillos se le abrieron en heridas.
Alistar acudió a su lado. Dejó que el aura serena de su escudo envolviera al comandante y, mientras la furia cedía, le habló con la voz queda de quien también querría romper algo:
—Comandante, hemos venido a ayudar a nuestros hermanos de Lathander. Pero su propio Sumo Sacerdote ha decidido que esta lucha de hoy no vale la pena. —Una pausa—. Tendremos que seguir luchando.
—Eso seguro —concedió Harker.
No quedaba batalla que dar, solo una raya que trazar. Y el comandante la trazó:
—Que se ponga delante quien quiera. —Harker aún sangraba por los nudillos—. Al templo de Tyr no entran.
Alistar asintió. No pedía otra cosa.
—Y lucharé junto a vosotros —dijo.
Después solo quedó el recuento de la derrota. Los agentes de la Mano, sin prisa, metían en baúles y sacos las reliquias del templo de Lathander, profanando con guantes lo que durante siglos solo habían rozado manos consagradas. No habían perdido un combate aquella noche: habían perdido la plaza, el templo, un pedazo más de la ciudad.
Fue entonces cuando Vengy llegó, por fin, sin resuello. Venía del cementerio con mil cosas atravesadas en la garganta, pero todo se le borró de golpe ante lo que tenía delante. Aquella era su plaza —la que pisaba cada día con una sensación de plenitud, bajo las altas bóvedas de cristal del templo—, y la encontró reducida a una fachada ennegrecida, una pira humeante y un puñado de los suyos, derrotados y vivos de milagro. Le bastó una mirada para comprender que aquel no era ni el lugar ni el momento.
—Tengo mucho que contaros —dijo, cuando los tuvo cerca—. Aquí no. Vámonos.
Ander volvió sobre sus pasos, rescató su flauta del mármol y la limpió contra la manga antes de guardársela.
Cayó la noche sobre Waterdeep, y con ella una certeza más amarga que la oscuridad: con sus solas fuerzas no había modo de doblegar a la Mano. Se encaminaron hacia los aposentos del templo, a velar el sueño de Sildar y a preguntarse en voz baja qué les quedaba por hacer. Alistar caminó el último, con la mirada perdida calle abajo: en algún lugar de aquella ciudad patrullaba Soriah, que ni siquiera había querido mirarlo. A sus espaldas, la gente cuchicheaba luciendo ya sin pudor los emblemas de la Mano, y en los muros se multiplicaban los triángulos de la Nueva Fe.
La noche, en realidad, no había hecho más que empezar.