Sesión 7
Umbral de la Séptima Noche
La lluvia caía pausada, paciente, reventando en charcos terrosos donde el sotobosque se hacía barro. No había trino ni zumbido: el bosque guardaba luto.
En una hondonada cercada por helechos vencidos y ramas abatidas, yacía Sildar. Su rostro, desencajado por la visión, conservaba la boca curvada y el ceño fruncido; estaba inconsciente. Alrededor, el rastro reciente del combate: cadáveres de brujas y bestias abisales, charcos de sangre enrojecida que la lluvia diluía en arabescos ferruginosos. Las piedras de paso etéreo, antes encendidas en las manos de aquellas hechiceras, yacían ahora opacas, sin pulso ni fulgor. Desde el sur empujaba un frente de nubes densísimas: la tormenta ensayando su caída sobre Waterdeep.
El grupo se reunió en torno a Sildar con inquietud contenida. Alistar —la cota pesada oscurecida por la lluvia, los ojos firmes— comprobó su pulso y el compás de la respiración. Concluyó que, aunque desvanecido, estaba fuera de peligro. Acarició el hombro de Malizall con una mano enguantada y habló con voz baja, de temple acerado:
—Calma, Malizall, es lo mismo que les ha pasado a Orianna y Hakuryuu; estará bien.
—Pero era yo el que tenía que recibir esto, ¡no… no Sildar! —respondió Malizall, con la voz rota.
—Ya lo conoces —replicó Alistar con firmeza—. Si tuviera la oportunidad de protegerte, no la iba a dejar pasar.
Dentro de Malizall, una voz fina y despiadada arañó: Tendrías que haber sido más rápido; más atento. El amuleto rosado de Relion reposaba tibio sobre su pecho. El consuelo llegaba; la culpa no se movía de sitio.
—Hakuryuu —ordenó Alistar, girándose hacia el dracónido—, ayúdame a incorporarlo. Lo ataremos al arzón de mi montura para movernos con seguridad.
Hakuryuu asintió en silencio. Sus manos escamadas, firmes pese al temblor contenido, alzaron con Alistar el cuerpo de Sildar. El metal, el cuero y el jadeo leve del herido compusieron un acorde breve bajo la lluvia. Con gesto experto, aseguraron correas y mantas.
Alistar cerró los ojos un instante, abriendo su percepción a lo invisible. Su sentido divino palpó la espesura, tanteando la grieta entre lo sagrado y lo profano. Nada acudió: ni zarpazo de mal ni latido impío.
—No percibo más corrupciones —anunció—. El bosque está quieto… por ahora.
Orianna, con el cabello pegado a la frente y los ojos encendidos de una cólera silenciosa, miró hacia el sur, donde el cielo se ennegrecía como una amenaza antigua. Vengy apretó el medallón del sol naciente, cuya luz, en lugar de estallar, titubeó en un ámbar enfermo antes de apagarse de nuevo. Ander custodió el flanco con la mano en la empuñadura, atento al crujido más leve entre la maleza.
Sobre ellos, la lluvia redobló. Ataron al compañero caído y echaron a andar hacia la ciudad, con la tormenta —de agua y de hierro— pisándoles los talones.
Aliento violeta
La grieta por la que Orianna había cruzado antaño aún supuraba humo: una herida abierta e infecta. El vaho denso se arrastraba a ras de suelo, espesándose en torno al tajo como si se aferrara a la tierra. A cada paso, el aire se volvía más frío, cerrado, con un olor antiguo de cripta abierta. Un eco sordo —crujidos, chasquidos, la promesa remota de una tormenta— emergía desde la profundidad.
Alistar se quedó atrás, velando a Sildar; el resto avanzó. Hakuryuu, Orianna, Vengy y Malizall se internaron en el perímetro de la grieta, y antes de franquear el humo, Orianna alzó la voz:
—Este miasma hirió a Elyz. Respirad poco y moveos deprisa.
La luz, filtrada por aquellos gases, viraba a un violeta malsano. Malizall, atento al rumor de las profundidades, negó con la cabeza.
—No es máquina ni fragua —murmuró—. No hay ritmo; es algo vivo.
Los brazaletes de escamas —la gema musgosa que los recorría, sintonizada al bosque— vibraron contra la piel de Orianna, como si el lugar los reconociera y rechazara a la vez. Un hormigueo le subió por el antebrazo con el perfume agrio del peligro.
—¿El sonido aumenta? —preguntó Ander, ladeando la cabeza.
Se detuvieron. El ronco crujir no crecía; se mantenía, obstinado, como una marea al otro lado del mundo.
De súbito, Vengy se volvió hacia Orianna:
—¿Tienes marfil?
—¿Marfil? —replicó ella, casi ofendida.
—Para el ritual Saber legendario. Si supiéramos qué sangra al otro lado…
No tenían marfil. Quedó el silencio, y la decisión de acercarse más.
El árbol partido seguía colgado del borde, sangrando savia oscura, luchando por no ceder al abismo. Parecía una mano aferrada al precipicio. Orianna tomó la cabeza, Malizall la sombra; Vengy y Hakuryuu flanquearon. El consejo fue claro:
—Evitad inhalar; recordadlo: esto es literalmente un portal al Abismo.
Juntos bajaron hasta las raíces expuestas; Hakuryuu cubrió el último tramo con la espada desnuda a media altura, en una guardia baja y paciente, de escuela. La herida abierta supuraba un olor a corrupción, la inversión exacta de lo que aquel lugar había sido. Ander rompió el mutismo:
—Dime una cosa, Orianna: ¿hemos de salvar el árbol, impedir que caiga… o solo mirar?
—Hasta que la grieta no se cierre, el árbol seguirá enfermo —respondió ella, con voz acerada—. Creo que es lo único que la sujeta, lo que impide que crezca.
—Entonces no deberíamos moverlo.
—No. El árbol aún protege este bosque. Si la grieta no es mayor, es por su resistencia.
Orianna alargó la mano hacia el tronco. Antes de tocarlo, algo verde relampagueó entre la corteza desgarrada: una escama, inconfundible, de Elyz. La recogió con dedos firmes; el pulso le vibró en la muñeca. Rabia, impotencia, cansancio se alzaron como un oleaje… y pasó a través de ellos. Guardó la escama en su bolsa.
Entonces la visión la asaltó: garras verdes arañando el suelo, buscando asidero; la tierra levantada en surcos; el arrastre invisible en dirección al árbol, como si una fuerza silenciosa reclamase a Elyz hacia la grieta.
—¡Elyz! —se le escapó, apenas un hilo de voz.
Hakuryuu dio un paso, espada baja; Vengy apretó el símbolo del alba hasta que el metal le dolió en la palma; Malizall, con los ojos clavados en el tajo, sostuvo la mirada a lo desconocido.
La crisálida en la corteza
Orianna vaciló un instante ante el tronco herido. La corteza, abierta como una boca sin voz, despedía un hálito frío de humedad antigua. Cuando por fin posó la palma sobre la madera, la asaltó un torrente de punzadas: agujas de memoria, el pulso debilitado de un corazón que se niega a rendirse. El árbol estaba enfermo, sí, pero vivo; su savia —espesa, fatigada— empujaba todavía en los túneles íntimos de la madera.
Entonces llegó el grito. No brotó del bosque, sino del interior de su cráneo: un último alarido, nítido y quebrado, con el timbre inconfundible de Elyz. Junto a la voz, un rastro de aroma: la pureza fresca tras una lluvia breve sobre hojas jóvenes, una fragancia que no podía pertenecer a otra. Elyz había estado allí… y luego, sencillamente, ya no.
De la herida del tronco brotaba una rama mínima, tímida al principio, como un pronóstico de esperanza. Orianna la creyó sana, casi radiante; pero al alzarla a la luz vio, en la punta, una crisálida. La encerraba una escama de Elyz, engastada en fibras vegetales, y en torno a esa tesela de su compañera reptaba una corrupción púrpura, lenta y metódica, como tinta derramada en agua.
El árbol, o aquello que aún quedaba de su voluntad, suplicó sin palabras. «Llévatela». Orianna obedeció. Arrancó el brote con un chasquido húmedo y se detuvo a contemplarlo.
La vara cabía entera en el antebrazo, no más de treinta centímetros, pero pesaba como un juramento. La madera, de un negro terroso, destellaba en vetas verdes y violetas, y su superficie no era lisa: espirales y surcos que evocaban runas druidas. En el remate, la crisálida abrazaba la escama de Elyz como si el propio árbol hubiese intentado asimilarla sin conseguirlo del todo.
Al tomarla, Orianna percibió un calor vivo. La vara palpitó, un compás sutil que se acompasó con su corazón, y la humedad pegajosa de la savia dejó en sus dedos un hormigueo insistente. Entonces la oleada la alcanzó: una energía densa, sombría, que trepó desde la yema de los dedos hasta el codo y fue a clavarse en la cicatriz de su mano. La marca comenzó a tiritar, a vibrar con una ansiedad casi dolorosa. Y, simultánea, llegó la otra corriente: una claridad limpia, protectora, un resplandor que no iluminaba los ojos pero despejaba la respiración, como si Elyz —no su recuerdo, sino su presencia— la rodeara por un instante.
Un sonido subió desde lo más hondo de sí misma, una nota que era voz y campana apagada a la vez: «Orianna… Huye… N… No vengas a por mí». El aire se le atascó en la garganta. Respondió en un susurro que apenas se atrevió a existir: —Ya sabes que… o juntas o… —y la frase quedó trunca, desgastada por todo lo que no podía decir.
Siguió un intervalo sin tiempo. En él, la mente de Orianna viajó hacia la figura que encarnaba su odio. Vio a Acererak envuelto en llamas —no las del mundo, sino las suyas—, su osamenta crepitando bajo un fuego más puro que el de las forjas. Lo vio caer, una y otra vez, y su puño, convertido en maza de ira, golpeó con disciplina obstinada, sin prisa y sin piedad, hasta romper la corona hueca que respaldaba aquella risa. Era una visión descarnada y, con todo, un desahogo: un lugar donde el dolor podía respirar.
La vara susurró entonces, apenas un rumor de hojas agitadas por un viento que aún no había llegado. Al acercarla involuntariamente al pecho, el fulgor de la escama subió un grado, y el fuste vibró con una intención que no alcanzó a descifrar; señaló, tal vez, un destino. La madera olía primero a bosque recién llovido; debajo, a savia corrompiéndose.
—Tranquila —se dijo, sin convencerse del todo.
Guardó la vara con un cuidado que parecía ternura. Su luz, apenas perceptible, proyectó sobre el suelo un doble perfil mientras desaparecía entre los pliegues del manto: la sombra de una rama viva y la sombra de un tentáculo. Pesó, en el silencio, la certidumbre de un poder formidable allí encerrado; lo sintió escurrirse por los bordes de su voluntad como una marea subterránea buscando grietas.
Cuando se volvió hacia los demás, el bosque volvía a ser bosque. Nadie preguntó. Orianna calló. Bajo el manto, la vara latía contra sus costillas, y ni ella sabía aún si la escondía para proteger a los demás o para no tener que renunciar a ella.
Sostuvo un segundo más la mirada sobre la herida del árbol —el pulso débil persistía, tercamente vivo—, inclinó la cabeza y reemprendió la marcha.
—Orianna —dijo Ander, muy quieto—, tienes que prepararte para lo peor, por si llegara.
—Sé que sigue viva —respondió ella.
—Hay destinos peores que la muerte. Prepárate también para eso.
—Estoy preparada para todo —zanjó Orianna—. Aquí ya no queda nada que rascar; no tenemos con qué adentrarnos en la grieta, y el juicio está a punto de empezar.
—Pues habrá que volver a la ciudad —resolvió Malizall, práctico.
—El juicio… final… —arrastró Ander las sílabas, como si las paladease.
Apenas se reunieron con Alistar, su voz cortó el murmullo del bosque como un filo que reconoce su vaina.
—Siento una presencia maligna, Orianna —advirtió, con una gravedad que no admitía réplica.
El paladín ladeó la cabeza, dejando que su sentido sacro peinara el aire en torno a ella; el fulgor de su fe, aunque invisible, vibró como un diapasón. Su mirada se detuvo en el bulto que Orianna guardaba con celo. Señaló la rama coronada por la crisálida.
—Seguramente viene de aquí.
—Simplemente la he cogido porque tiene un aura de Elyz —replicó Orianna, firme—, y voy a necesitarla para encontrarla. No estoy mintiendo.
Alistar sostuvo el silencio un parpadeo más, calibrando la sombra que se adhería al objeto. Lo que percibía no era un eco cualquiera: era un pulso, una latencia que se apretaba y se aflojaba como respiración contenida… y algo más, una vigilancia. No solo estaba ahí: miraba desde ahí.
—Aun así… úsalo con cautela —concluyó, sin apartar la vista.
—Curioso… —murmuró para sí, antes de compartir con el grupo aquello que su percepción había rastreado—. Late, y… observa.
La ciudad sin guardianes
Decidieron volver a Waterdeep. La tarde, ya inclinada, derramaba sus últimos hilos de oro sobre los tejados altos; el camino hacia la ciudad olía a polvo cansado y a promesas cerradas. A la entrada, los mercaderes plegaban toldos y ataban cordelerías a toda prisa, para llegar a casa antes que la noche. Vengy habló sin rodeos:
—Necesito marfil. En el puerto lo venden, entre otros materiales… llamémosles exóticos. Primero os acompaño al templo; después me encamino al muelle.
Waterdeep, sin embargo, no los recibió con el pulso habitual. En las paredes, en las esquinas de los portales, en los lomos de los carros, el rojo reciente de las consignas hervía aún: «Sólo un dios», «La Voz es ley», «Muchas manos, una sola voz». Abundaban los triángulos invertidos, estampados a brochazos torpes, como tatuajes de urgencia. Ander refunfuñó al verlos, escupiendo entre dientes un improperio que el viento se llevó sin destino.
La ausencia pesaba más que los signos: no había un solo guardia de la Ciudad ni un brazal de la Mano de Hierro en todo el trayecto. Calles vigiladas por nadie.
Frente al templo de Tyr, la estatua seguía tendida, monumental en su derrota, con heridas de mármol que no ocultaban el símbolo: la justicia caída, el juez vencido a ras de suelo. La plaza, poblada por corrillos de voces bajas, olía a miedo: ese murmullo que pregunta si es más prudente encerrarse o fingir normalidad.
Alistar, con las palabras de Sildar aún clavadas bajo la armadura, habló con la claridad de una sentencia:
—Tenemos que acceder a los miembros más altos de la Mano de Hierro; detenerlos, cueste lo que cueste… aunque ello incluya el uso de la fuerza.
—¿Nosotros seis contra toda una orden? —Malizall tragó saliva—. O sea… no te digo que no, ¿eh?
—O no solo nosotros seis —matizó Alistar—. Podemos entrar en el templo de Tyr y hablarlo con otros.
—La que se va a liar… Lathander nos guarde el siguiente amanecer —masculló Malizall.
—Ya no es solo una orden que intenta expandir sus ideales —dictaminó Alistar, sin temblor—. Son un peligro real. Están atentando contra las almas de las personas.
—Cuando los conocimos ya pintaba mal la cosa; ahora pinta mucho peor —concedió Malizall.
Subieron los peldaños. Las losas, ya limpiadas de la sangre de la batalla, tenían un brillo triste. Dentro, el incienso persistía —dulce y denso—, pero estaba corrompido por un regusto de humo y sudor humano: el perfume de un esfuerzo que se sabe insuficiente. Había menos fieles de los que el recinto solía abrazar; los rostros, tensos; una armadura por allí con el cuero reventado, una túnica por allá con zurcidos recientes; el cansancio flotaba como un velo.
Hakuryuu y Alistar cargaban con Sildar. Nada más franquear la nave, el paladín alzó la voz hacia el primer guardia que encontró.
—Necesitamos un espacio para que Sildar descanse.
—¿Qué ha pasado? —preguntó el guardia, con una preocupación sin barniz.
—Fuimos atacados por unos demonios; tuvimos que enfrentarnos a ellos —respondió Alistar, con un poso de pesadumbre.
—¿Más demonios? —un fulgor de miedo cruzó los ojos del hombre.
—En la arboleda sagrada de Waterdeep —añadió Alistar—. Fuimos para investigar la grieta… y allí nos aguardaban más enemigos.
—¿¡Allí hay demonios!? ¡Hay que avisar de inmediato, hay que exterminar a esas criaturas! —la alarma le tensó el gesto y lo trocó en ira.
—No solo demonios —intervino Orianna—. También encontramos brujas.
—Y bien feas, además —terció Ander, con una energía que pretendía humor y terminaba en cansancio.
—¿Brujas? Por aquí no hemos visto ninguna —replicó el guardia.
—Nosotros encontramos al menos dos —dijo Orianna.
—Y suelen ser tres —apostilló Malizall.
—Llevaremos a Sildar a una estancia privada; no puede quedarse aquí —resolvió el guardia.
—Por supuesto —asintió Alistar.
Los condujeron hacia una zona que antaño había sido espacio de curación improvisado y que ahora, sin haber recuperado su antigua pulcritud, respiraba cierto orden. Bastidores alineados, mantas plegadas sin esmero, cuencos de agua tibia que murmuraban vapor. Allí podían, por fin, sentarse.
—Necesitará supervisión —advirtió el guardia—. Alguien debe quedarse con él.
—M… me quedaré yo —se ofreció Malizall—, si no me veis necesario donde vayáis.
—Os pediré que os quedéis todos —dijo Alistar, volviéndose hacia el grupo—. Iré a hablar con el comandante.
—Eres el único que puede convencer a alguien —concedió Orianna.
La puerta se cerró quedamente tras ellos. En el silencio posterior se oía, mejor que nunca, la respiración doble de la ciudad: una hecha de incienso y rezos; la otra, de pintadas rojas y símbolos invertidos. Afuera, la estatua de Tyr seguía recordando, desde el suelo, lo que se había venido abajo.
El peso de las órdenes
Dejaron marchar a Alistar. El paladín cruzó la nave con paso comedido, y lo encontró en una capilla lateral, de pie ante la estatua de Tyr. Harker no vestía su armadura habitual: llevaba ropas cómodas, de paño oscuro, el yelmo ausente, las manos entrelazadas como un candado. Rezaba sin estridencia, con la mandíbula apretada y la espalda recta: para Harker, también la plegaria era una forma de servicio.
Alistar no interrumpió. Esperó —diez minutos que parecieron el doble—, midiendo la respiración para domar la impaciencia. Cuando Harker al fin se incorporó, el gesto que encontró en su rostro fue el de un cansancio hastiado, una mueca leve y áspera que no llegaba a desprecio, pero lo rozaba.
—Comandante —saludó Alistar.
—Alistar. Cuánto tiempo —repuso Harker, sin entusiasmo y con la cólera dormida tras los párpados.
—Imagino que estará harto de que le traiga malas noticias, pero es necesario. Tengo que hablar con usted de nuevo.
—Pues aquí estamos. Todo oídos —dijo Harker, con aún menos ánimo en la voz.
—Tuvimos un enfrentamiento contra demonios en el bosque de Waterdeep —anunció Alistar— y Sildar fue… atacado. Maldito.
—Esas cucarachas… —Harker dejó escapar un siseo de enfado—. ¿Y Sildar? ¿Cómo… cómo está?
—Inconsciente. Tuvo una visión, como mis otros compañeros cuando fueron malditos. No sé si lo llegó a ver, pero se les formó un triángulo. Un triángulo que…
—¿¡Está maldito!? —lo cortó Harker.
—Está vinculado a Acererak —concluyó Alistar.
—¿Sildar? ¿Te refieres a Sildar? —insistió Harker, ya con exasperación.
—Sildar —confirmó Alistar.
—Tiene que estar fuera de este templo. ¿¡No me digas que lo has traído aquí!? —el control se le quebró en un grito—. Como si no te conociera.
—Por supuesto que lo he traído. ¿Dónde iba a estar si no? —respondió Alistar.
—No. No, no, no. Nada de cosas malditas en este templo. ¡HAY QUE RESISTIR! ¡HAY QUE BLINDARSE! ¡SÁCALO DE AQUÍ INMEDIATAMENTE! —tronó Harker, y su voz rebotó en la piedra.
—Tiene que escucharme. Es importante lo que voy a decirle —intentó proseguir Alistar.
—¡Escúchame tú a mí! —Harker avanzó un paso—. Saca. Cualquier. Cosa. Corrupta. De. Este. Templo. Sagrado.
—Con todos mis respetos, señor —Alistar no alzó el tono—, un paladín de Tyr que ha sido maldito debería encontrar refugio en la casa de Tyr.
—Encontrará refugio en cualquier otro lugar. ¡No aquí! No lo entiendes: somos pocos, y cada vez menos —replicó Harker, fuera de sí.
—Está bien. Iremos a otro lugar —cedió Alistar, con un suspiro seco—. ¿Por lo menos podría decirme dónde está Marcus?
—No lo sé con certeza. Creo que en el puerto… sí, en el puerto. Más criaturas, o no sabemos si criaturas o emboscadas. La ciudad arde —informó Harker, recobrando un poco de compostura al ver que Alistar obedecía.
—¿Y el sumo sacerdote Eldrin? —inquirió Alistar.
—Recuperándose, por suerte. Quizá pronto pueda valerse por sí mismo y ayudarnos a seguir los pasos de Tyr. Ojalá Tyr lo salve pronto de su estado y podamos estar protegidos por él, porque sinceramente no sé qué vamos a hacer sin su ayuda —dijo Harker, y la exasperación volvió a asomar.
—Somos paladines de Tyr; haremos lo que haga falta —afirmó Alistar, impasible—. Necesito ver al sumo sacerdote, si acepta visitas.
—Imposible. No puedo permitirlo —cortó Harker.
—Sildar vio almas atrapadas sobre Waterdeep. No tengo duda de que la Mano está detrás de esto. Mis compañeros y yo haremos todo lo posible por detenerlos —declaró Alistar, ya a punto de concluir la entrevista.
—¿¡Qué!? ¡Estás loco! —se encendió de nuevo Harker—. ¡Las calles arderán! No todo se resuelve con una espada. Así no arreglaremos nada.
—Ya no es una orden que solo trata de propagar sus ideas —replicó Alistar—. Están acabando con las almas de los ciudadanos.
—¿Tienes alguna prueba de lo que dices? —inquirió Harker.
—Me fío de la palabra de Sildar —respondió Alistar, firme.
—Pero Sildar no ha visto eso. ¿Y si es una alucinación? ¿Sabes lo que puede causar? ¿Y si todo es una tentación? —lo reprendió Harker—. No te dejes llevar por los engaños del maligno: acabarás cometiendo una locura y los demás pagaremos el precio.
—¿Y qué sugiere? ¿Que esperemos sin hacer nada? —lo acució Alistar.
—¿¡Esperar!? ¿Acaso ves que estemos esperando? —Harker señaló la sala contigua, donde los pocos servidores de Tyr trabajaban con los hombros vencidos—. Mientras tú te paseas por ahí y tomas decisiones precipitadas, los demás intentamos restaurar el orden en esta ciudad.
Alistar soltó un suspiro corto. El muro estaba donde siempre.
—¿Tiene algo más de información de la Mano de Hierro que pueda compartir con nosotros?
—Sí —repuso Harker, con sarcasmo—. Imposible que te lo diga después de lo que me has confesado. No pienso compartir información con alguien que quiere luchar esta batalla él solo, sin orden. Tú no estás siendo un buen paladín.
—No quiero luchar solo. Por eso he venido aquí —dijo Alistar.
—Pues si acudes a mí, escúchame. Escucha mis órdenes, eso que tanto te cuesta. Esta batalla no la ganarás luchando contra la Mano —sentenció Harker.
Harker era serio y seco; pero detrás del fragor, Alistar vio la fractura: un hombre fatigado de elegir entre caminos en los que todos pierden algo.
Alistar se retiró con el saludo reglamentario. La tensión, el agravio y la frustración podían casi tocarse en el aire. Regresó con los suyos.
—Harker está completamente cerrado a escuchar ninguna explicación —comenzó.
—Eso es porque está asustado —diagnosticó Orianna.
—Ey… Creo que este no es el sitio para tener esta conversación —murmuró Malizall.
En el camastro, Sildar se agitaba, anclado a pesadillas que no daban tregua. Malizall le posó las manos sobre la frente y dejó correr un caudal de magia curativa. El guerrero se removió, sudoroso; la temperatura de su piel era alarmante.
—¿Qué hacemos? —apremió Malizall.
—Hay que llevarlo a algún sitio donde puedan hacerle una restauración mayor. Creo que está empeorando —diagnosticó Vengy—. Nuestras artes son insuficientes. Vayamos al templo de Lathander; allí quizá nos atiendan mejor.
El comentario golpeó a Alistar por dentro, pero no tuvo réplica que oponer.
El templo de Lathander era más pequeño, incapaz de albergar multitudes; sus clérigos usaban posadas cercanas como aposentos.
—Vayamos a mis aposentos —propuso Vengy—. Allí podremos cuidarlo.
Asintieron. Fuera, la ciudad seguía murmurando sus dos plegarias: la del incienso y la de la pintura roja.
La diplomacia de Ceniz
El sol se había ocultado ya tras los tejados, pero aún quedaban, en lo alto, hebras de luz deshilachándose sobre las chimeneas. No ardían hogueras; ardían, en cambio, pequeñas rabias: disturbios que no llegaban a incendio, sombras que no acababan de dispersarse.
En una bocacalle, el grupo los vio: figuras con capuchas, rostros borrados, movimientos de enjambre. No llevaban armas a la vista —Malizall lo comprobó con una mirada técnica—, pero el modo en que se apostaban, codo con codo y espalda al muro, delataba el oficio de lo clandestino: conspiración o, como poco, un negocio que necesitaba de la noche para no avergonzarse de sí mismo.
—Ceniz —susurró Malizall, y el cuervo acudió raudo, atraído por la promesa de un premio. La moneda de su afecto tintineó en el aire. Malizall le indicó con un gesto que fuera a posarse cerca de los encapuchados.
A través de los sentidos del ave, el murmullo se hizo frase:
—Ya estoy harto de quemar cuatro carromatos. Vamos al barrio de los ricos. Que sufran esos asquerosos —escupió uno, con una inquina que olía a vino agrio.
Ceniz, no obstante, eligió una diplomacia muy suya: bajó en picado, picoteó a los hombres y tiró de una capucha con un graznido indignado. Uno de ellos manoteó para apartarlo. Malizall extendió la mano para llamarlo por el viejo vínculo… y la memoria le pinchó como una espina: ese poder ya no estaba. El vacío le dejó un sabor a metal.
Orianna silbó; la nota fue un hilo claro en el aire. Ceniz, obediente, viró y se refugió junto al grupo. Los sospechosos, heridos en su vanidad, se crecieron. Uno llegó a descubrirse el rostro con gesto chulesco, como si nombrarse con la piel fuese un desafío. Vengy, hasta entonces con la paciencia de un cuchillo enfundado, tensó la mandíbula.
—Iros de Waterdeep —soltó primero uno de los encapuchados.
—¿Por qué habríamos de irnos de Waterdeep? —preguntó Malizall.
—No traéis más que muerte. Sois la peste —apuntaló otro.
—Vámonos de aquí —sugirió Alistar, buscando aplacar el ruido que ya veía venir.
—Sí, sí. Escupe. Va bien para las encías —se burló Malizall.
—No decíais lo mismo cuando disipamos la Maldición de la Muerte. ¿Qué ha cambiado? Dímelo —insistió, esta vez sin burla.
—Sí, sí, la maldición… Tremendos mentirosos —escupió el tercero.
—¿Mentirosos por qué? ¿Cómo se disipó, entonces? —apretó Malizall.
—Sarta de mentiras.
—¿Crees que todo es mentira? ¿Qué te lleva a pensarlo? De veras me interesa —persistió Malizall.
—Me lleva a pensarlo que eres un puto mierdas —le devolvieron—. ¿No ves tu cara de viejo? ¿Cómo vas a salvar el mundo, estúpido?
La mirada de Vengy se encendió.
—Vengy, Vengy, Vengy… Diplomacia. Recuerda —lo amonestó Malizall al ver la mirada del hechicero convertirse en filo.
—Y el otro putero, ¡venga! Fuera de Waterdeep, guarro —remató otro, señalando a Vengy, buscando herir por el barro.
El aire cambió de densidad. Alistar invocó su aura de paz; no era luz visible, pero sí un descenso súbito en la temperatura del conflicto, una invitación al sosiego que rozó la piel de todos como agua fría.
—No vale la pena —dijo al oído de Malizall, tomándolo del brazo.
—No, quizá no. Pero podríamos averiguar por qué ha cambiado todo —repuso el brujo.
—No va a cambiar nada, Malizall. No te esfuerces —cerró Alistar.
Entonces Vengy se movió. La ira le subió con la memoria de mil problemas resueltos por su poder; esta vez, el poder no mandaba. Dio dos zancadas y agarró a uno de los encapuchados por el pescuezo. Ander y Hakuryuu saltaron para detenerlo, pero ya lo había alzado del suelo. El hombre, en un gesto sucio y rápido, sacó una navaja y la hundió en la axila del hechicero. Vengy soltó un puñetazo que, desangrado por el dolor, se perdió en el aire. El encapuchado cayó, rodó y echó a correr. Los otros dos le siguieron, como si la bravata hubiese cumplido su cuota de coraje.
—¿Cuándo perdiste el camino de Lathander? —le lanzó Malizall, a cierta distancia que era más moral que física.
Vengy dio otro paso, dispuesto a cazar al fugitivo — y chocó contra Hakuryuu, que se había plantado delante sin prisa, como se planta un muro. El dracónido no lo soltó hasta que el hechicero dejó de empujar; Ander se le colgó del otro brazo, y Alistar cerró el cerco. Costaba más contener a un dragón que a una turba, y Hakuryuu lo sabía mejor que nadie. Vengy respiró hondo. La axila le ardía; el orgullo, más: ¿qué humillación más áspera que ser herido por quien no sabe luchar?
—Necesitamos a alguien —dijo, aún jadeante.
—¿Qué crees que nos aportará? —preguntó Alistar, sin aflojar el gesto.
—Sonsacarle algo… quizá —admitió Vengy, ya con dudas.
—Pero, en primer lugar… —empezó Malizall—. Vengy, ¿qué te pasa? Tú no eres así.
—¿No veis que están destruyendo la ciudad? ¡Es el caos! —replicó Vengy—. Hay que pararlos de alguna manera.
—No a esta gente —dijo Alistar—. A quienes hay que detener es a los responsables. Estas personas están siendo confundidas.
—Tal vez haya que empezar por abajo para llegar arriba —ensayó Vengy, casi en susurro.
—No de esta manera —zanjó Alistar.
El hechicero bajó los hombros. La respiración se le hizo pareja. La sangre, tibia, le pegaba la tela al costado. Reanudaron la marcha.
El hospicio que servía de aposentos para los clérigos de Lathander estaba inusualmente vacío. Mesas despejadas, catres sin mantas, tazas alineadas como en una despedida. Vengy fue el primero en preguntar:
—¿Qué ha pasado? ¿Por qué hay tan poca gente?
—No sé… Mucha gente ha partido hacia otros puntos de la Costa de la Espada —respondió el encargado, un hombre de voz cansada.
—¿Están huyendo? —se alarmó Vengy.
—No. Han sido llamados por sus órdenes —aclaró el hombre.
—¿Cómo que por sus órdenes? —intervino Malizall.
—Órdenes de otras ciudades. Hay misiones por doquier; no somos el único sitio con problemas —añadió, sombrío.
—¿Alguna misión concreta? —insistió Vengy.
—Sobre todo al norte. Dicen que hay una presencia maligna que avanza de norte a sur por la Costa de la Espada.
—¿En Neverwinter? —preguntó Alistar, y en su voz se abrió una grieta.
—Todavía no. Pero todo sugiere que se dirige hacia allí —dijo el encargado.
La preocupación le desordenó a Alistar la compostura habitual; recordó a sus padres, a su casa, y sintió, por un latido, que la armadura pesaba el doble.
—No se sabe qué es —continuó el encargado—, pero hablan de un demonio de poder enorme.
—Arrollador, si avanza como dices —murmuró Malizall, con una inquietud que ya no disimulaba.
—¿Cuánto hace de eso? —preguntó Vengy.
—Unos días.
—Alistar, ¿podría ser que Marcus haya ido a por él? —aventuró Vengy.
—No. Harker dijo que estaba en el puerto —repuso el paladín, recobrando su temple—. Aun así, quiero ir. Quiero encontrarlo y hablar con él. Tú también debías ir.
—Sí. Necesito materiales —asintió Vengy.
—Yo me quedaré con Sildar —dijo Malizall.
—Antes de que nos vayamos, Vengy… ¿conoces a algún clérigo con magia avanzada para tratar de sanar a Sildar? —preguntó Alistar.
—Sí. Benedict —respondió Vengy—. Puede que nos ayude. Vayamos a verlo.
El hechicero abrió su bolsa y puso quinientas monedas de oro en manos de Alistar, como quien aprieta una promesa. Orianna entregó a Malizall un vial cuyo contenido olía a bosque recién abierto. Ander, sentado a la cabecera, dejó que una melodía tranquila descendiera como una manta sobre el insomnio de Sildar.
Luego, Vengy, Orianna y Hakuryuu se repartieron el peso del herido. Salieron al corredor con el rumor de la ciudad todavía latiendo como un tambor lejano. Iban en busca de Benedict, y quizá, con él, de un resquicio de luz que contuviera la maldición.
Amanecer sin amanecer
Encontraron a Benedict con la puerta entreabierta, sentado en el borde de su catre, los codos apoyados en las rodillas y un volumen abierto entre las manos. Leía con una concentración de cirujano, ajeno al tránsito tenue del pasillo. Fue Vengy quien rompió el cerco del silencio.
—Vengy… ¿qué haces aquí? —alzó la vista Benedict, con una media sonrisa—. ¿No deberías estar luchando contra los demonios que acechan ahí fuera?
—Pues sí —repuso Vengy, cansado—. De hecho, hemos peleado con un par de demonios y con brujas.
—¡No me digas! —la sonrisa se desvaneció—. Lo decía en broma. Pensé que no habría más demonios. Pero claro, tú siempre andas por ahí… arreando.
—No paro —concedió Vengy.
—Uy… ¿y eso en el costado? —Benedict frunció el ceño ante la sangre que empapaba la tela.
—He sufrido peores. Sanaré en un rato —quitó hierro el hechicero—. Necesito tu ayuda. Un compañero ha sido maldito por una bruja: la fiebre no deja de subir.
—¿Dónde está? —Benedict cerró el libro con un golpe suave—. Te advierto: mi magia ya no brilla como antes. Desde que el amanecer anda oscuro… pero iremos.
—En mis aposentos. Sígueme —dijo Vengy—. Tenemos que intentarlo. Ha tenido una visión sobre Waterdeep y necesitamos saber qué vio.
Caminaron juntos, y al cruzarse con el grupo Benedict no pudo aguantarse el comentario socarrón:
—Vaya compañía —murmuró—. ¿Con estos te paseas dando mamporros?
—¿No los conoces? —Vengy fingió extrañeza—. Somos los que salvamos al mundo de la Maldición de la Muerte.
—Se te crece el pecho, como siempre —rió Benedict—. Te crees el héroe de todo y al final no eres más que un rayo en este amanecer que nos queda.
—Reconozcámoslo: yo no fui el héroe. Lo fueron ellos —admitió Vengy, más flojo de lo habitual.
—Sí, sí… lo que nos contó Malizall. Por cierto, ¿dónde está? —inquirió Benedict—. Además, vosotros llegasteis ya para el último acto; el trabajo duro lo hicimos los demás.
—Bueno, bueno… —Vengy dejó el gesto en tierra de nadie.
Orianna sonrió por primera vez en días: una grieta de luz breve, casi esquiva.
—Creo recordar a un tal Terry del que Malizall hablaba con envidia —continuó Benedict—. ¿Y tu compañero?
—Malizall está con el herido. Un paladín de Tyr: Sildar —explicó Vengy.
—De paladines sé poco. De escritos del Alba, mucho —concedió Benedict, cordial—. Siempre estáis con algo: demonios, bestias… vuestra luz golpeando. No me interesan tanto esas cosas.
—Alguien tiene que luchar contra ellos —intervino Alistar.
—Eso también —asintió Vengy.
—Y también es verdad —zanjó Benedict—. Vamos.
Entraron. Sildar, tendido, ardía sin despertar. Benedict aspiró hondo: el cuarto tenía olor a sudor, a incienso ya frío y a miedo domado con disciplina.
—Le invade un aura oscura —diagnosticó—. Trataré de iluminarla con la luz de Lathander.
Se arrodilló junto al camastro. Sacó de su bolsa una piedra sagrada y la sostuvo entre ambas manos. La juntura de sus dedos formó un cuenco y, dentro, la piedra pareció latir.
—Oh, primer rayo que rozó esta tierra —oró—, rayo de esperanza que rompe la noche: presta tu aliento a este servidor de la bondad y de la justicia; su espada ha velado durante años, durante décadas, por los inocentes. Que su aura no se extinga; que vuelva a brillar en estos días aciagos. Concédeme tu luz, y que tu claridad devore lo que lo ennegrece.
El fulgor se filtró por los surcos de la piedra, trepó a las manos de Benedict y de allí a las de Sildar. El paladín se estremeció; un temblor recorrió sus brazos, pero los párpados no se abrieron. La luz menguó como si exhalara un último esfuerzo y quedó en nada.
Benedict bajó las manos con una pesadumbre que no disfrazó.
—No puedo hacer más.
—¿Y qué hacemos? —Malizall miró de reojo un vial sobre la mesa—. Si Benedict no ha podido, esta poción tampoco.
—Dejémosle descansar —dijo Alistar, asentando el peso de la decisión en la voz.
—Tal vez solo necesite tiempo —concedió Malizall—. Pero el tiempo no se detiene: todo avanza.
Ander se inclinó, tomó la temperatura con el dorso de la mano y forzó una sonrisa breve.
—Está un poco mejor —informó, y el cuarto respiró.
—Yo me quedaré con Sildar —anunció luego Malizall—. Sería prudente que vayáis a por Marcus.
—¿Marcus? —preguntó Ander.
—El compañero de Alistar —aclaró—. No conviene que dos de nosotros anden solos por ahí.
—Gracias, Benedict —dijo Malizall entonces, con una inclinación sincera.
—Lo intenté —respondió el clérigo, extrañado de su propia tibieza—. Mis dones no responden como antes.
—Había que intentarlo —zanjó el brujo.
Mientras se preparaban para partir, Vengy retuvo a Benedict un instante.
—Eso que notas, que la magia se te va… ¿desde cuándo?
—Desde que empezó todo esto —dijo Benedict—. Como si amaneciera sin amanecer. Mi don se ha vuelto tenue.
—Hace un par de días sentí lo mismo —confesó Vengy—. ¿A ti también…?
—Los corruptos apagan la magia —respondió Benedict, con una convicción sobria—. Cada vez que hablan, la magia tiembla.
—¿Cómo puede ser? —murmuró Malizall para sí.
—No te preocupes —continuó Benedict, al ver a Vengy vacilar—. El poder de Lathander los destruirá cuando llegue el momento. Lo nuestro es sostener la promesa: garantizar que habrá un nuevo amanecer, por oscura que sea la noche.
—Tienes razón —apretó el collar Vengy—. Lucharemos por un nuevo amanecer.
—Exacto.
Alistar escuchó sin replicar. Comprendía esa fe del alba; pero en su pecho, la doctrina de Tyr era otra cosa: justicia que no aplaza, deber que no duerme cuando la noche muerde. No es después; es ahora.
Vengy, Alistar, Orianna y Hakuryuu salieron luego hacia el puerto. Malizall y Ander se quedaron en vigilia junto a Sildar. El pasillo devolvió sus pasos con un eco blando.
—Alistar —dijo Vengy, ya en la calle—. ¿Puedes usar tus poderes para sentir criaturas ocultas por la ciudad?
—Es un don limitado —advirtió—. Si ves algún lugar sospechoso, lo emplearé.
Y marcharon hacia el puerto por una ciudad que ya no prometía nada.
Donde no hay demonios
Llegaron al puerto sin contratiempos. La explanada costera no era solo muelles y jarcias: se abría como un recinto industrial cercado por una valla de estacas reforzadas, más disuasoria que inexpugnable, con garitas en las esquinas y un equipo de guardia que regulaba el trasiego por unas puertas menores de paso. Dentro, el mundo del comercio respiraba a pulmón lleno: almacenes con portones anchos, patios donde se apilaban cajas marcadas con tintas de colores, grúas de flecha, polipastos chillando en alturas, carros que iban y venían entre calles de traviesas manchadas de brea, bancos de carpinteros con virutas recientes y cuadrillas remachando planchas en cascos abollados. De un lado, el edificio principal —una casa de piedra y madera barnizada— albergaba oficinas en los pisos superiores y, en su corazón, un gran auditorio donde se reunían los mercaderes del Consorcio del Oro Silente, patronal de los grandes capitales marítimos.
Alistar —montado— distinguió a Marcus en la puerta de acceso al recinto vigilado. Guardaba el tránsito con actitud sobria, la vista abarcando más de lo que parecía. El paladín espoleó hasta colocarse frente a él.
—¡Marcus! Me alegro de verte. Hace días que te he estado buscando.
El otro respondió con el saludo reglamentario.
—¡Señor!
—Quería hablar contigo. Es realmente importante. He tratado de hablar con Harker, pero está totalmente cerrado a escuchar.
—No me sorprende en absoluto —contestó Marcus, sincero hasta la desolación.
—Esperaba algo más de comprensión por su parte… —admitió Alistar, la frustración asomándole al rostro.
—Tú siempre piensas demasiado bien de las personas —replicó Marcus, sin acritud.
Alistar tomó aire y, tras una pausa, expuso lo ocurrido con voz pesada:
—Estuvimos en el bosque de Waterdeep. Nos enfrentamos a un grupo de demonios. Durante el combate, Sildar fue alcanzado por una maldición y tuvo una visión… vio almas atrapadas sobre Waterdeep.
La sombra cruzó el semblante de Marcus.
—Imposible… No puede ser.
—Me temo que sí. Y no tengo duda: la Mano está detrás. ¿Cómo iban a coincidir estos sucesos con su súbito ascenso si no?
—Seguro… —concedió Marcus—. Pero la Mano no es lo que más miedo me da. Son sus acólitos, sus profetas, sus apóstoles.
—Exacto. Al fin y al cabo, son ellos quienes mueven los hilos. Si hay responsables de lo que hacen con esas almas, son ellos.
—Están corruptos —dijo Marcus, sin rodeos.
—No sé cómo, pero mis compañeros y yo tenemos que acceder a ellos y detenerlos. ¿Tú o la Orden habéis averiguado algo más? Intenté sonsacar a Harker y se negó a darme información.
Marcus lo tomó del codo y lo apartó a un rincón del vallado, fuera del oído de los estibadores.
—La verdad… no estamos haciendo nada para impedir que la Mano prospere. Vigilamos y custodiamos a los poderosos. Mírame aquí: guardando este perímetro porque los señores comerciantes están dentro. Nos ordenan protegerlos a ellos en vez de hacer algo de verdad por la ciudad.
—Tenemos que luchar por esta ciudad —insistió Alistar—. Si no lo hacemos nosotros, ¿quién?
Marcus dejó que el silencio respondiera un par de latidos antes de hablar:
—Aunque quieras, no es posible un enfrentamiento directo. Son demasiados. Y aunque los derrotaras y arrestaras, no puedes apresar la fe. Sigue habiendo quien cree. Cada vez que intentamos detener a un vándalo en la calle, solo alimentamos el odio y la animadversión hacia nosotros… Nuestras armas no están hechas para esta guerra.
La rabia y la impotencia tensaron el gesto de Alistar.
—Lo sé… maldita sea.
—Quizá Harker tenga razón —murmuró Marcus, bajando la mirada—. Tal vez no sea nuestro deber.
—¿Y de quién, si no, es luchar contra el mal? —alzó Alistar—. Esto ya no es solo una fe. Están atrapando —y quizás destruyendo— las almas de la gente. Son un peligro para la sociedad.
—Luchar contra el mal es sencillo cuando tienes un demonio delante —dijo Marcus—. Cuando es una persona con ideales, con fe… no lo es. Eso quizá no sea trabajo de un paladín.
Alistar no respondió enseguida. Tres años atrás, el enemigo tenía colmillos, y podía morir.
—Sinceramente —prosiguió Marcus con gesto derrotado—, no sé qué solución hay. Temo que, haga uno lo que haga, empeore todo. Y si quisieran, ahora mismo… ¿qué no podrían hacer con esta ciudad?
Alistar quedó un instante sumido en sus pensamientos.
—Si averiguas algo que pueda servirnos, te agradeceré que me lo hagas saber —dijo, al fin.
—No creo poder averiguar nada aquí, vigilando a estos picatostes mientras negocian a quién deben apoyar —escupió Marcus, más cansado que airado.
—¿El sumo sacerdote no se ha recuperado lo suficiente como para retomar la dirección de la Orden?
—No lo creo.
—Está bien. Acompañaré ahora a Vengy a buscar en el puerto los ingredientes que necesita.
—Si puedo ayudarte en algo, dímelo. Aquí me siento completamente inútil… —admitió Marcus. Luego, con una tristeza sin máscara—: A veces desearía que vinieran más demonios para saber por qué luchar… y qué hacer.
—Al pasar por el templo de Lathander nos hablaron de un demonio muy poderoso en el norte, avanzando hacia el sur —recordó Alistar.
—Así es. No hay certezas aún. Han partido hacia allí paladines de Helm y de Lathander. No así los de Tyr. Harker se aferra a defender a toda costa lo que cree que será nuestro último bastión: el templo.
—Ya veo.
Alistar posó una mano en el hombro de Marcus.
—Si llega el momento de luchar, sé que contaré contigo.
—Por supuesto —respondió sin sombra de duda.
Se despidieron con el saludo de orden. Hakuryuu, que había seguido el diálogo un paso por detrás, inclinó la cabeza ante el soldado antes de dar media vuelta.
—Ese hombre merece un mando mejor —dijo, ya de camino.
Alistar asintió, se volvió hacia los suyos, y juntos se encaminaron al interior del recinto portuario, donde el rumor de poleas y martillos marcaba el compás de una ciudad que, incluso bajo amenaza, seguía moviendo mercancías y voluntades.
El miedo es caro
A esas horas, el recinto portuario respiraba con un pulmón más lento. Las grúas dormían como jirafas de hierro, los polipastos pendían inmóviles y solo quedaba el ir y venir de algún sereno, el rumor de cadenas al mecerse y el salitre lamiendo la piedra. Entre naves y patios cercados se alzaba, con una sobria pretensión, el auditorio del Consorcio del Oro Silente: fachada de madera barnizada y sillería, contraventanas cerradas a cal y canto, dos lámparas de aceite encendidas junto al portal. No era un coloso —a lo sumo cincuenta almas cabían en su sala—, pero la guardia privada que lo flanqueaba, más los escoltas personales de cada mercader, le daban aspecto de bastión.
Varias figuras bien vestidas, escoltadas de cerca, cruzaban el umbral con esa prisa medida de quien llega tarde sin querer parecerlo.
—¿No os parece extraño una reunión a estas horas? —musitó Vengy.
Un poco más allá, a pie de muelle, aguardaba una caravana: cajas de marfil con el sello de procedencia y bramantes recién tensados. No había vendedor —normal para la hora—, y la tentación llevaba nombre de necesidad. Vengy apretó la mandíbula, miró las cajas un latido más y volvió la vista al auditorio.
Del interior llegó un jaleo: voces cruzadas, aplausos aislados, madera de banco protestando. Alistar se acercó a los dos guardias de la puerta.
—¿Qué se celebra dentro? —preguntó.
—Asamblea del Consorcio —respondió uno, seco. El resto de la información se atrincheró en su mirada. Alistar dejó el asunto donde lo había encontrado.
—Podrías meterte como lagartija para escuchar… —susurró Vengy a Orianna.
Ella dudó un instante. Transformarse en mitad de la vigilancia era invitar a preguntas. Esperó a que el grupo echara a andar, aprovechó el pliegue más ancho de la capa de Hakuryuu y, al abrigo de ese paño, dejó que la metamorfosis ocurriera: vértebras encogidas, piel que se afinaba, dedos que se volvían dedos distintos. Hakuryuu no bajó la vista: un guerrero de su casa no espiaba asambleas de mercaderes. Fijó los ojos en las lámparas del portal y dejó que la capa hiciera el resto. La lagartija trepó por el zócalo y se deslizó bajo la puerta.
Al mismo tiempo, Vengy hizo brotar un ojo arcano: una pupila invisible que planeó hasta el dintel… y atravesó el umbral como una gota en el agua. Sintió el roce de un campo antimagia, una resistencia como de goma tensa; pero el conjuro, aunque amortiguado, persistió.
Dentro, la sala de actos desplegaba su geografía práctica: platea semicircular, bancos corridos, un pasillo central y, presidiéndolo todo, un atril de madera encerada con un emblema dorado. Entre cuarenta y cincuenta comerciantes llenaban el recinto; cada uno, flanqueado por su guardia. El sonido era un enjambre: frases que se solapaban, indignaciones simultáneas.
—¡Guarden silencio! ¡Lady Shadari Velnarë en la sala! —tronó una voz desde el escenario.
El rumor decreció hasta quedar en respiración contenida. Subió al atril una elfa lunar de porte glacial, la seda bien cortada, la mirada exacta de quien mide con el mismo rigor la ganancia y el riesgo. Habló sin pedir permiso a las palabras:
—El orden se ha descompuesto en la ciudad. Las tiendas se vacían y el puerto rumia una superstición que cada día nos cuesta más dinero. Mientras aquí debatimos, yo sostengo —como puedo— el techo bajo el que todos comemos.
Un hombre, apremiado por el cálculo, la interrumpió desde la platea:
—El pueblo teme, y el miedo es caro. El alimento aquí almacenado no rota y se estropea. Los obreros rezan, y mientras rezan no trabajan. He revisado los libros: en tres días hemos perdido un catorce por ciento del movimiento fiscal. ¿Y el Consejo qué quiere? ¿Esperar los rezos a ver si nos salvan? No puede ser. Debemos deshacernos de las banderas que nos atan. ¡Hay que hacer algo!
—Tal vez aún es pronto para según qué medidas… —arriesgó una voz joven.
Lady Shadari no cedió un milímetro:
—¿Pronto para qué? ¿Para que la Mano de Hierro imponga un toque de queda y se paren muelles y mercados? ¿Para que nos llamen impíos por importar mirra? ¿Para que ese apóstol —ese adolescente esmirriado— decida qué grimorio es vendible y cuál no? No aceptaré que lleven contabilidad dentro de mi casa. No hacer nada es absurdo: hay que hacer. O, dicho de otro modo, nos pondremos del lado de la Mano de Hierro. Si la ciudad quiere rezar, que rece; mientras no impongan toque de queda y el comercio continúe, ¿qué problema hay? Si la ciudad necesita mártires, que los tenga. Si los templos caen, nosotros seguiremos teniendo ladrillos para levantarlos. Nos llamarán cobardes, oportunistas. Y el profeta —el falso profeta— desaparecerá. Cuando lo haga, nosotros seguiremos aquí, abasteciendo a la ciudad y reconstruyéndola con nuestras monedas.
No fue ovación, pero sí una suma de aplausos decididos. Lady Shadari descendió del atril, y el consenso —más práctico que fervoroso— se instaló en la sala como una losa útil.
La lagartija se escurrió de nuevo hacia la luz de la calle y, en el amparo de una sombra, recuperó el cuerpo de Orianna. Contó lo visto y lo oído. Añadió, en voz baja, su reflexión:
—Podría ser una aliada… si lográramos inclinarla.
Alistar negó con suavidad.
—Creo que se quedarán al margen. No van a luchar. Cuando termine, harán lo que mejor saben: seguir con su actividad y, quizá, contribuir a reconstruir. Pero no empuñarán nada que no sea su propio interés.
—Puede que tengas razón —concedió Orianna, sin dejar de pensar en la utilidad de ciertas sumas de dinero cuando el mundo se desmorona.
Vengy, entretanto, no había soltado su ojo arcano. La pupila invisible siguió a Lady Shadari fuera del auditorio: en sus labios se demoraba una sonrisa breve, la de quien ha hecho aprobar lo que ya tenía decidido. Su séquito la escoltó hasta el muelle, donde un navío aguardaba con las amarras prontas y los faroles encendidos. La vio subir a bordo y desaparecer tras la borda, rumbo a la negrura salina, antes de que el conjuro se deshilara por fin contra el campo antimagia que aún lamía las paredes del recinto.
El rumbo de los perdidos
La noche estaba ya muy entrada cuando regresaron a los hospicios de Lathander. Las habitaciones se abrían vacías a ambos lados del corredor, una hilera de puertas mudas que antaño habían cobijado a clérigos y peregrinos. Antes de buscar el sueño, Vengy quiso pasar por el templo a orar; Alistar lo acompañó, no tanto por devoción como por la esperanza de hallar al padre Relion.
Lo encontraron de rodillas ante el altar, las manos unidas y la voz reducida a un hilo. Vengy se arrodilló a su lado y sumó su plegaria a la del anciano. Alistar se quedó algo atrás, sentado, respetando aquel cerco de recogimiento.
Cuando Relion concluyó su oración, se volvió hacia el hechicero con una sonrisa cansada.
—Vengy, hijo. ¿Cómo va?
—Rezo por el alma de un compañero —respondió—. Lo han maldecido.
—Vaya… ¿Habéis pedido ya ayuda a algún clérigo?
—A Benedict. Pero no logró disipar la maldición. Nos atacaron en el bosque, y allí se la lanzaron. Ahora lleva grabado el triángulo invertido de Acererak. Sufre pesadillas, fiebre alta… Por Lathander, ojalá se recupere y pueda seguir el viaje con nosotros.
—Ojalá sea así. No podemos permitirnos perder a gente como tu compañero —el anciano dejó que el silencio pesara un instante—. Y, aun así, deja que te diga una cosa: por mucho que las desgracias nos atormenten, lo que siempre hemos de pedir es la esperanza de saber que llegará un día mejor que este. Aunque no sea para nosotros.
Vengy asintió. Las palabras se le posaron dentro con un peso sereno.
—Es muy probable que tarde o temprano ataquen este templo —prosiguió Relion—. Cuando lo hagan, no quiero que nadie se manche las manos de sangre por una idea corrupta.
—¿Y qué hacemos?
—Intentar convencerlos.
—No quieren escuchar. Para ellos, su fe es la verdad, y los corruptos somos nosotros.
—Tarde o temprano escucharán. Tarde o temprano verán la verdad y la luz.
—Tal vez, cuando lo hagan, ya sea demasiado tarde.
—Nunca es demasiado tarde —repuso el sacerdote, sin asomo de duda—. Siempre hay un nuevo amanecer.
La frase caló en Vengy con una autoridad que no admitía réplica. Relion lo miró entonces de un modo distinto: sabía bien lo que latía bajo aquella armadura.
—Escúchame de verdad: cuando vengan, no derrames sangre.
—Es difícil. Ya me conoces: soy impulsivo —admitió Vengy, con una mueca—. Espero que mis compañeros me ayuden a contenerme.
—No es tu labor juzgarlos. No es lo que tu dios quiere —y aquí la voz del anciano se afiló con un timbre de mandato que un paladín de Lathander sabe que debe obedecer—. No dejes que tu sangre de dragón prevalezca sobre tu fe. Controla la ira de tu dragón interior.
Vengy bajó la cabeza, y en su pecho la brasa antigua —esa que tantas veces le pedía morder antes que hablar— se replegó un grado.
Cuando vio que ambos habían terminado, Alistar se acercó.
—Sumo sacerdote Relion. Antes, al ayudarnos, el clérigo Benedict mencionó algo que me inquietó: un demonio muy poderoso que se acerca desde el norte. ¿Sabe usted algo?
—Sé que es una criatura grotesca, pero por ahora se conoce poco. Hemos enviado una veintena de hombres a investigar y a proteger a la gente.
—¿Sabe a cuántos días está de Neverwinter?
—Depende de la velocidad a la que avance. Quizá a una semana.
Alistar respondió con la mirada extraviada, los pensamientos ya lejos.
—De acuerdo… Muchas gracias, eminencia.
—Me da la impresión —dijo Relion, observándolo— de que vosotros siempre estáis donde no debéis. Y, justo ahí, es donde debéis estar. Mientras los demás luchan contra demonios… ese no es vuestro camino.
—¿Luchar contra los demonios no es nuestro camino? —Alistar frunció el ceño.
—No. Por eso estáis aquí. No son los demonios lo que os ata a esta ciudad.
El paladín soltó un suspiro.
—Sinceramente, ya no sé qué pensar. Intentamos frenar la propagación de la nueva fe, pero, como me dijo Marcus, siempre es más fácil luchar contra demonios: cuando el enemigo es el mal encarnado, la tarea es sencilla. Aquí ya no estoy seguro de qué podemos hacer. Si de verdad hay una amenaza tan grave en el norte, tal vez sea allí donde deberíamos estar.
—Exacto. Y, a la vez, no estáis. Y creo que es por algo —Relion habló despacio, como quien lee un presagio—. Cuando mandábamos misiones a todas partes en busca de la Maldición de la Muerte, vosotros andabais perdidos. Y fue justo eso lo que nos salvó. Creo que aquí también estáis perdidos. Pero si estáis aquí, es por algo. Así lo presiento.
—Espero que así sea.
—¿Cómo está Malizall? —preguntó el sacerdote, más suave.
—Tocado. No puede evitar culparse por lo de Sildar. Pero creo que estará bien. Haremos todo lo posible.
—Seguro que sí.
Se despidieron para entregarse al descanso. El resto se retiró a las habitaciones contiguas; Malizall despabiló la vela, acercó el taburete al camastro de Sildar y se dispuso a no dormir. Fuera volvía a llover.
La mañana sin alba
Cuando los héroes despertaron, se reunieron en el cuarto donde Malizall velaba a Sildar. El paladín, aunque seguía inconsciente, presentaba mejor semblante: la fiebre había cedido un grado, y el rictus de dolor ya no le fruncía el entrecejo.
Un anciano cruzó entonces el pasillo, arrastrando las suelas y las palabras a partes iguales:
—Agh… qué asco. Ahora están cerrando también la biblioteca. Ya me dirán qué tiene que ver eso con la fe…
Alistar alzó la cabeza.
—Señor, ¿dice que han clausurado todas las bibliotecas?
—No. La Biblioteca Central. La gran biblioteca de Waterdeep —replicó, y su voz tuvo un filo de incredulidad—. Dicen que tiene libros que quieren requisar. Libros herejes.
El hombre se detuvo un latido, como para tomar aliento, y añadió:
—Y además, ninguno de ustedes está a salvo: cualquiera que haya conjurado en la calle ha cometido un delito. Tienen ojos por todas partes. Al menos ya han detenido a tres clérigos de Lathander en lo que va de mañana. La verdad… no sé qué hacemos aquí. Lo mejor sería huir y buscar otro sitio donde vivir.
Se fue entre refunfuños, dejando el pasillo con un temblor de rumor.
Las palabras encendieron la discusión como una yesca. Orianna fue la primera en fijar posición: no ocultaría nada por mera complacencia ante el celo inquisitorial de la Mano. Si empezaban a esconder sus posesiones o su saber, ¿qué no acabarían entregando?
Ander escuchaba con la flauta atravesada en las rodillas, el pulgar yendo y viniendo por la muesca.
Malizall, atento a un silencio que pesaba más que todos los sonidos, miró a Alistar.
—¿Qué te aflige?
El paladín respiró hondo, y la exhalación sonó a cansancio antiguo.
—Que ahora mismo veo imposible convencer a la gente de la falsedad y la corrupción de la Mano —dijo—. Y, aun así, lo único que podemos hacer es luchar por ellos, aunque estén en nuestra contra.
Se pasó la mano por la frente, como si apartara un sudor que no había.
—Pienso en tres vías. Primera: enfrentarnos directamente a los apóstoles, cueste lo que cueste y pase lo que pase con nosotros después. Segunda: ir a por la amenaza que avanza desde el norte. Quizá esté conectada con lo del sexto día; podría ser su método más rápido para acopiar almas sin mancharse las manos aquí. La gente no quiere morir, al fin y al cabo. Tercera… —y su voz bajó un punto—: averiguar cómo están atrapando las almas en Waterdeep. Si lo están haciendo, debe existir un mecanismo, una estructura, algo.
—Pero la amenaza del norte… —objetó Malizall—. Se supone que está a semanas de aquí.
—Sí —concedió Alistar—, pero no sabemos qué ocurrirá exactamente el sexto día. Podría ser solo el inicio de algo que conecte con eso. No lo sé.
Orianna, que había escuchado con los brazos cruzados y la mirada fija en el suelo, levantó por fin la voz:
—Tal vez deberíamos dejarnos apresar para introducirnos en la Mano.
—De ninguna manera —replicó Malizall sin dudar—. Ya pasamos por ahí, y no salió bien.
Hakuryuu habló entonces, y su tono tuvo la firmeza de un tajo limpio:
—Debemos enfrentarnos a ellos. No hay otra manera.
El pulgar de Ander se detuvo en la muesca.
—Si acabamos con los apóstoles los convertiremos en mártires —repuso Malizall—. Y eso podría ser peor.
Alistar giró el ángulo de la conversación con un gesto.
—Si la Mano está atrapando almas, necesita un modo de hacerlo. Un artefacto, un ritual sostenido, una infraestructura.
—Tiene que haber un Almero —aventuró Orianna—. Pero Sildar dijo que las vio sobre Waterdeep. ¿Cómo puede estar… sobre Waterdeep?
—Podríamos buscar en otras zonas —terció Vengy—. No tiene por qué estar literalmente encima de la ciudad, aunque Sildar lo viera así.
—El Almero que destruimos capturaba almas en todo Faerûn —recordó Malizall—. No necesitarían estar cerca del punto de muerte. A menos que estemos ante una versión más pequeña y limitada.
—Y recuerda —dijo Vengy, frunciendo el gesto—: Acererak invirtió un tiempo incontable en construir aquel Almero.
—Entonces, busquemos a alguien con conocimientos arcanos elevados —propuso Malizall.
—Es buena idea —asintió Alistar.
—La Biblioteca Central —continuó el brujo— es la mayor fuente de conocimiento arcano de la ciudad… y, según el anciano, la Mano la ha clausurado.
—Aun así, quizá valga la pena acercarse —decidió Alistar.
—Propongo otra cosa —añadió Vengy—: pasemos primero por el puerto a por el marfil que necesito, y luego vamos a la biblioteca.
Antes de moverse, aseguraron la vigilancia de Sildar. Benedict, avisado, aceptó ocuparse de él.
—Queda en mis manos —dijo el clérigo—. Si la fiebre vuelve, estaré aquí.
Dejaron el hospicio. El claustro recibía la mañana sin sorpresa, como una mala noticia que ya esperaba. Tomaron los caballos. El camino hacia el puerto se les hizo veloz: la ciudad, aunque herida, abría paso al trote de las monturas. Pasaron por la entrada del recinto; Vengy pagó por el marfil que precisaba, contó los paquetes con una precisión de escriba y volvió a montar.
—A la biblioteca —dijo Alistar.
La capitana de espaldas
La Gran Biblioteca de Waterdeep
La Biblioteca Central se alzaba al final de una escalinata ancha, y al pie de sus peldaños aguardaba lo que el anciano había anunciado: una veintena de soldados de la Mano de Hierro cerrando el paso, formados en una hilera de acero pardo. Los mandaba una figura que Alistar reconoció antes de verle el rostro, solo por el porte: Soriah, antigua capitana de la orden de Tyr. Mujer seria, recia, de cierta edad, con una firmeza tallada a fuerza de años. Estaba de espaldas, a media distancia, discutiendo con alguien en lo alto de la escalinata.
A Alistar, la sola idea de tener que dirigirle la palabra le anudó el pecho.
Junto a Soriah y a su interlocutor había un tercer hombre que a Orianna le sonó de algo. Al acercarse a la línea de soldados, reconocieron al erudito que porfiaba con la capitana: el célebre Mase Dorlan Trenn. Orianna probó suerte con la formación.
—Me gustaría consultar algo en la biblioteca.
—La biblioteca va a ser clausurada —respondió un soldado, seco.
—¿Ya? ¿Ahora mismo?
—Ahora mismo.
—¿Por qué?
—No moleste, señora.
El hombre, agotada la paciencia, golpeó el guantelete contra el escudo para hacer ruido y cerró un palmo más la formación, retirándole la mirada. Ander masculló entre dientes:
—Mira que se creen los dueños de la biblioteca…
Alistar trató de pescar la discusión de lo alto, pero, aunque al erudito se le veía alterado, no alzaban la voz lo suficiente. Orianna insistió: ¿a quién debía dirigirse?, ¿era esa la única biblioteca clausurada? Solo necesitaba consultar algo de herbología. No obtuvo respuesta. Y entonces cayó en por qué le sonaba el hombre que acompañaba a Soriah: era el mismo que había visto, escoltado por un soldado de la Mano, cuando se infiltró en la capilla de Tymora. Se lo comunicó a Alistar por el collar de telepatía. El paladín no dijo nada; se limitó a esperar, y a dar un paso al frente para que Soriah reparara en su presencia.
El primero en advertirlo fue el acompañante, que tocó a la capitana y señaló al grupo. Soriah cruzó la mirada con Alistar. Él la sostuvo con seriedad, tratando de ocultar la decepción; ella no pudo evitar bajar los ojos al suelo un instante antes de volverse de nuevo hacia el erudito. Alistar lo notó. Y siguió callando.
El funcionario que escoltaba a Soriah bajó los peldaños hacia ellos.
—No habréis venido a causar problemas, ¿verdad?
—¿Qué problemas? —se indignó Orianna—. Sólo quiero saber de herbología.
—Pequeña druida, métete en tus asuntos.
—Mis asuntos son conocimientos druídicos. Y están en esta biblioteca.
—Sabemos de sobra que no es momento de herbología. No me torees —el hombre destilaba prepotencia—. No se entra hasta que requisemos el material prohibido.
—¿Material prohibido? ¿En serio? ¿Y cuánto tardaréis en ese «trabajito»?
—Qué chistosa. Un par de días, seguramente.
—Un par de días… que casualmente coincidirán con «el Juicio».
—Coincidirá con lo que tenga que coincidir —y, con una risa burlona—: ¿Tan apremiante es ese remedio de hierbas?
—Obviamente —replicó ella, con acidez—. Después del «incidente» que ocurrirá dentro de poco habrá mucha sangre, mucha gente que sufra. Necesitaré muchos remedios.
—¡Ja! Sí, claro, tú salvarás la ciudad. Seguro que sí. En fin, el gobierno ha ordenado requisar los libros, y yo, como funcionario, obedezco.
—Pues disfruta del camino que has escogido.
—Y tú del tuyo. Pero hoy, sin libros.
El funcionario aguardó a que se marcharan; el grupo siguió plantado, esperando a que Soriah y el erudito zanjaran su disputa. Cuando el hombre fue a hablar de nuevo, Alistar se le adelantó, ya harto:
—No nos interesa hablar con usted, señor. Esperamos a ese caballero —dijo, señalando al bibliotecario.
—Bueno, pues a ver si os decidís. En fin: dentro de poco la biblioteca estará cerrada, y el señor Mase quedará libre para perder el tiempo con vosotros.
Y subió de nuevo los peldaños. Arriba, el erudito acabó cediendo: abrió las puertas para franquearles el paso a los requisadores y descendió la escalinata, mientras Soriah permanecía en lo alto, inmóvil. La hilera de soldados se abrió para dejarle salir. Al pasar, los héroes lo oyeron farfullar:
—Maldita sea, Soriah… Antes, al menos, sabía leer. Ahora se ha vuelto imbécil.
Alistar aprovechó el resquicio.
—Yo también estoy decepcionado con ella.
El erudito le clavó un rostro amargado.
—¡Métete en tus asuntos!
Pero Alistar le siguió el paso, con los suyos detrás.
—Necesitamos hablar con usted, señor Trenn. Sólo será un minuto.
—No me molestes ahora. Hoy no es buen día. Lo siento.
—Al menos díganos dónde hallar una biblioteca con conocimientos parecidos a esta.
—¿Una biblioteca como esta? Qué absurdo… —masculló sin detenerse.
—Necesitamos acceder a ciertos conocimientos arcanos —insistió Alistar, alzando la voz—. Es extremadamente importante. Por favor.
Mase suspiró, vencido.
—Está bien, está bien. Tranquilo. Acompañadme.
Echó a andar farfullando que pensar en otra biblioteca comparable a la Gran Biblioteca de Waterdeep era el colmo de las necedades que llevaba oyendo toda la mañana. Alistar puso los ojos en blanco ante el dramatismo, pero no dijo nada.
Un recipiente con forma de hombre
Mase los condujo a una taberna. Al entrar, el tabernero lo reconoció y, sin que mediara palabra, empezó a tirarle una jarra de cerveza.
—Sí, sí, ya lo sé, es un poco pronto para esto —se adelantó el erudito—. Pero qué más da…
—Que sean dos —terció Ander, alzando dos dedos hacia el tabernero—. Por solidaridad.
—Nadie va a juzgarte por ello —dijo Alistar.
—Después de lo que habrás pasado, es normal —añadió Malizall.
Mase bebió un trago largo.
—La maldita Soriah. Antes pertenecía a la Orden del Códice. Yo mismo le enseñé incontables versículos. ¿Y ahora resulta que prohíben el conocimiento? Ya veréis: harán la mayor pira de libros de la historia de Waterdeep. ¿Y sabéis qué hará el gobierno? Lo de siempre. Nada.
Volvió a beber. Cuando se templó, dejó la jarra y compuso el gesto.
—Disculpad, qué maleducado. No me he presentado. Soy Mase Dorlan. Tal vez me conozcáis.
—Así es —respondió Alistar—. Yo soy Alistar. Estos son mis compañeros —y los fue nombrando uno a uno.
—Veníamos buscando conocimiento sobre algo muy concreto. Quizá eso le ayude a decirnos dónde encontrarlo.
—Buscad más bien a las personas adecuadas; los lugares con libros acabarán todos clausurados. Y, ya que estamos: puede que no lo sepáis, pero soy probablemente quien más conocimiento arcano atesora en esta ciudad. No uso la magia —nunca me interesó—, pero de saber, sé.
Vengy fue directo.
—Necesitamos información sobre Almeros. Creemos que podría haber uno sobre Waterdeep.
—Eso, o sobre otros mecanismos capaces de atrapar almas —apostilló Alistar.
—Almero, que se sepa, solo ha habido uno, y me extrañaría muchísimo que hubiera otro sobre Waterdeep —repuso Mase—. Ahora hay nubes; pero cuando no las había no se veía nada ahí arriba. Es muy confuso lo que decís.
—¿Y no podría estar debajo? —tanteó Malizall—. En las alcantarillas.
—Podría… Aun así, me extrañaría.
—Pero Sildar vio las almas sobre Waterdeep —terció Alistar.
—Tal vez el Almero las canalice de modo que se concentren ahí arriba —aventuró Malizall.
Alistar comprendió que debía poner al erudito en antecedentes.
—Déjeme contextualizarle. Espero que no se altere… aunque, con todo lo que pasa, lo dudo. Sabemos, por un compañero que tuvo una visión tras ser marcado con el sello de Acererak, que…
—¿Acererak? —lo cortó Mase—. ¿Qué tiene que ver Acererak con todo esto?
—Todo —contestaron Orianna y Malizall, al unísono.
—Creemos que esto es la continuación de lo que ya intentó en su día —dijo Alistar—. En esa visión, nuestro compañero vio almas atrapadas sobre Waterdeep. Fueron sus palabras.
—No, no tan deprisa —insistió Mase, incrédulo—. ¿Qué tiene que ver Acererak, exactamente?
—Acererak es una criatura que disfruta dando mensajes crípticos —explicó Malizall—. Cruzamos su Tumba para destruir el Almero, y en cada piso había pistas veladas sobre los horrores que albergaba. La profecía funciona igual. Y en uno de sus versos dice: «el renacer de lo que nunca vivió».
—¿De lo que nunca vivió?
—Lo que nunca vivió era la criatura, el engendro que alimentaba con las almas que capturaba.
—El dios de la muerte que pretendía crear —añadió Alistar.
—El Atropal —dijo Mase. Lo dijo en voz baja, y miró alrededor por si la taberna tenía oídos.
Todos asintieron.
—Pero ¿por qué estáis tan seguros de que es Acererak? Sigo sin verlo.
—Por esto —Orianna le mostró la palma, con el triángulo invertido grabado en la piel—. ¿Reconoces el símbolo? ¿Y a quién lo enarbola hoy como emblema de su fe?
—Lo reconozco, sí. Pero… ¿un mero triángulo sostiene todas vuestras hipótesis?
—Desde que pisamos la Tumba supimos que ese signo está ligado a Acererak —dijo Alistar.
—Lo sé, lo sé perfectamente. De hecho, conservo varios tomos donde se explica, pero… —no terminó la frase.
—Nuestra compañera —Malizall señaló a Orianna— estuvo a punto de quedar atrapada en un limbo por su culpa.
—Igual que los apóstoles, también nosotros hemos oído su voz —dijo ella—. Sabemos que está aquí.
Mase suspiró y apartó la jarra, de pronto sobrio.
—Sí… tiene sentido. Y los demonios están muy ligados a él. Pues, si es así, tenemos un problema.
—Un problemón —corrigió Malizall—. Necesitamos saber cómo detectar la presencia de un Almero en el flujo mágico. Si es que puede sentirse.
—Puede. Una persona de fe podría notarlo. O bien otro liche.
—Los liches… ¿son todos de naturaleza malvada? —preguntó Orianna.
—Por supuesto. ¿Crees que alguien —si es que aún puede llamársele así— que vive de las almas ajenas, puede ser bueno?
—¿Y cómo detectaríamos el Almero?
—Honestamente, no creo que lo haya. Sería demasiado aparatoso para ocultarlo en Waterdeep.
—¿No podría estar escondido, diseñado a propósito para ello? —porfió Malizall—. En las alcantarillas, por ejemplo.
—Tendría que ser una obra concienzuda de muchos años.
—Han pasado tres.
—No bastan.
—¿Hay algún otro mecanismo? —preguntó Alistar.
—Por supuesto. Una filacteria es otro artificio capaz de atrapar almas.
—¿Una filacteria con poder para retener las almas de toda Waterdeep? —dudó Malizall—. ¿No es su efecto más localizado?
—Por norma general, atrapar un alma exige rituales. Pero lo que alguien retenga por arte mágica, o en lugares muy preparados, sí: las almas cercanas pueden quedar prendidas en la filacteria de forma casi automática. —Se limpió la espuma del bigote con el dorso de la mano, sin prisa, dejándolos hacer cuentas.
—¿Entonces es una filacteria, y no un Almero, lo que hay en Waterdeep? —murmuró Malizall, casi para sí.
—¿Podríamos averiguar dónde se hacen esos rituales? —preguntó Orianna—. ¿Han de hacerse en un sitio concreto?
—Cerca de los cuerpos que yacen. Hablo de metros, a lo sumo. Aunque hay excepciones: ciertas tumbas o guaridas de liches atrapan las almas de los aventureros que mueren en ellas.
—¿Y hay modo de detectar una filacteria? No estará a la vista; es demasiado valiosa para un liche.
—Correcto, sería ridículo dejarla expuesta… a menos que esté bien protegida, aunque esté a plena vista. A veces las guardan conjuros que impiden destruirlas.
—Tal vez lo que buscamos esté delante de nuestras narices y no lo veamos —dijo Vengy, en voz baja.
—¿Qué tamaño, qué forma tiene una filacteria? —quiso saber Orianna.
—Puede ser cualquier cosa. Cualquier objeto. Aunque algunos perturbados sostienen que hasta podría intentarse convertir a una persona en filacteria.
La idea atravesó a Malizall como una flecha.
—¡Los apóstoles! ¡Los apóstoles podrían ser filacterias vivas!
Un escalofrío recorrió la mesa. Ander abrió la boca con una broma a medio armar y la cerró sin gastarla.
—Pero me sigue chirriando que Sildar dijera «sobre Waterdeep» —objetó Alistar—. Quizá no salgamos de dudas hasta que despierte.
—Tendremos que volver con él —convino Malizall.
—Y, sin embargo —siguió Alistar—, si fuera sobre la ciudad, debería existir algún objeto físico que atrapara las almas…
—Invisible —soltó Malizall.
—La tormenta —dijo Vengy, despacio—. Algo debe de estar ocultándose tras la tormenta.
—Dejando eso de lado —retomó Orianna—, ¿qué se sabe de Acererak en general? ¿Qué información hay sobre él?
—Nada muy concreto, aunque es un ser conocido —Mase apuró otro trago—. Se dice que vive desde que hay memoria. Algunos relatos lo pintan como un niño traumado, con sangre de demonio, que enloqueció. Si hemos de creerlos, es mitad demonio, mitad humano. Viajó al Abismo y se hizo su señor, derrotando a un rey demonio tras otro, hasta vencer a su propio padre, al que encarceló en su guarida. Una guarida a la que nadie, que se sepa, ha logrado llegar.
—Tengo otra duda —dijo Orianna—, sobre algo que vi cuando él me marcó.
Y le describió lo que había contemplado al asomarse a la grieta del bosque.
—Sin duda, es el Corazón del Abismo.
—¿Y por qué crees que me lo enseñó?
—No creo que te lo enseñara. Lo viste porque intentaste atravesar el plano hacia el Abismo.
—Así que esto confirma que es un portal —dijo Malizall.
Alistar retomó el hilo.
—Entonces, si están enviando las almas de los muertos, necesitarán cuerpos. Fallecidos.
—Cementerios —apuntó Vengy.
—No —corrigió Malizall—. En los cementerios, las almas ya han partido. Han de ser personas agonizantes, recién muertas.
—Exacto. Pero en un lugar concreto, para poder oficiar su ritual.
—Tal vez lo disimulen para que no levante sospechas. Tal vez lo hagan a plena luz del día, sin que nadie se percate.
Alistar miró a Mase de frente.
—Y si los apóstoles fueran las filacterias… ¿cómo nos enfrentamos a ellos? ¿Cómo se destruye una filacteria?
—O sabes exactamente cómo hacerlo —todas tienen un punto débil que el liche está obligado a dejar—, o solo un hechizo de poder descomunal podría lograrlo.
—Desintegrar —probó Malizall.
Mase negó con la jarra a medio camino de la boca.
—No. Ni siquiera. Tendría que ser un deseo. O varios.
El silencio se cerró sobre la mesa unos instantes.
—Definitivamente, necesitamos hablar con Sildar —dijo Alistar.
—Así es. Tenemos que despertarlo de algún modo —asintió Malizall—. Señor Mase, espero que esta conversación le haya resultado, al menos, entretenida.
—Sí… —respondió el erudito, con una sonrisa amarga—. Siempre está bien hablar de viejos conocidos.
—Señor Trenn, gracias por su tiempo y por el conocimiento que ha compartido con nosotros.
Mase se quedó terminando su jarra mientras el grupo salía a la calle.
Y, al enfilar el camino hacia el aposento donde descansaba Sildar, la mañana les mostró su última carta: Soriah y su pelotón, concluido ya el trabajo en la biblioteca, avanzando en línea recta hacia ellos.
El compás de las botas llegó antes que los rostros. La mano de Alistar empezó a subir hacia la espada — y se detuvo.